En abril de 2007, el mismo grupo de amigos de años anteriores decidimos repetir la fórmula de nuestra escapada de Semana Santa, esta vez dirigiendo nuestros pasos hacia el sur de Francia. Del 5 al 7 de abril, elegimos dos destinos que prometían experiencias muy diferentes: Lourdes, con su famoso santuario, y Pau, una ciudad más pequeña y auténtica. La idea era contrastar el fervor religioso y turístico de uno con la tranquilidad y el encanto más discreto del otro.
El viaje hacia tierras del Béarn #
Una vez más, mi Ford Fiesta se convirtió en nuestro medio de transporte, aunque esta vez con un destino algo más lejano que Burdeos. El trayecto hacia el sur de Francia nos permitió disfrutar de paisajes progresivamente más montañosos, especialmente según nos acercábamos a los Pirineos. Las paradas habituales para café y combustible se alternaron con momentos de contemplar las vistas que se abrían ante nosotros.
La estrategia era clara: dedicar el jueves 5 de abril completo a Lourdes, dormir en Pau esa noche, explorar esta ciudad el viernes 6, y usar el sábado 7 para el regreso con paradas en lugares conocidos. Un plan sencillo que nos permitiría conocer dos facetas muy diferentes del sur francés.
Lourdes: entre el fervor y la arquitectura #
Mi primera impresión de Lourdes fue de sorpresa por las dimensiones del complejo religioso. El santuario resultó ser mucho más grande de lo que había imaginado, con una arquitectura realmente impresionante que se extiende a lo largo del río Gave. La basílica subterránea, la basílica del Rosario y la basílica de la Inmaculada Concepción forman un conjunto monumental que, independientemente de las creencias personales, resulta visualmente impactante.
El ambiente de fervor religioso era intenso, quizás demasiado para mi gusto personal, pero pude apreciarlo desde una perspectiva más antropológica y cultural. Ver a miles de peregrinos de todas las nacionalidades convergiendo en este lugar me hizo reflexionar sobre la importancia histórica y social de Lourdes como destino de peregrinación. La gruta de Massabielle, origen de todo el fenómeno religioso, mantiene una atmosfera especial que trasciende las creencias individuales.
El propio pueblo de Lourdes, más allá del santuario, conserva un encanto particular a pesar de estar completamente volcado al turismo religioso. Las calles están saturadas de hoteles, restaurantes y tiendas de souvenirs, creando un ambiente muy comercial pero que forma parte integral de la experiencia de visitar este lugar único.




Pau: autenticidad en estado puro #
El contraste con Pau no podía ser mayor. Esta ciudad pequeña pero con personalidad propia nos recibió con la tranquilidad de un lugar que no vive exclusivamente del turismo. Muy pocos visitantes extranjeros, un ritmo de vida pausado y una autenticidad que se agradecía después de la intensidad de Lourdes.
Dedicamos todo el viernes 6 de abril a explorar Pau con calma. El castillo de Pau, lugar de nacimiento de Enrique IV de Francia, se convirtió en nuestra primera parada obligatoria. Sus jardines ofrecen unas vistas espléndidas de los Pirineos en los días claros, y el interior conserva una interesante colección de tapices y mobiliario de época que ayuda a comprender la importancia histórica de la ciudad.
El casco antiguo de Pau nos invitó a perdernos por sus calles tranquilas, donde cada plaza parecía tener su propia personalidad. La rue du Château, que conecta el castillo con el centro, se convirtió en nuestro eje de movimiento, perfecta para alternar visitas culturales con paradas en cafeterías locales donde los precios eran considerablemente más moderados que en Lourdes.
El bulevar de los Pirineos, esa terraza natural que ofrece una panorámica única de la cordillera, nos proporcionó uno de esos momentos de contemplación que hacen que un viaje merezca la pena. Sentados en uno de sus bancos, pudimos apreciar por qué los británicos del siglo XIX eligieron Pau como destino de invierno y contribuyeron a darle ese aire cosmopolita que aún conserva.






El regreso por territorio conocido #
El sábado 7 de abril iniciamos el regreso hacia el Bilbao con la satisfacción de haber conocido dos caras muy diferentes del sur de Francia. Como era habitual en nuestras escapadas, decidimos aprovechar el viaje de vuelta para hacer paradas en lugares que, aunque conocidos, siempre resultan agradables de revisitar.
Biarritz fue nuestra primera parada, esa ciudad que desde Bilbao visitamos esporádicamente para escapadas de un día. Sus playas, su casino y su ambiente elegante nos resultaban familiares, pero siempre conservan cierto atractivo, especialmente después de haber pasado días en lugares menos cosmopolitas. Una parada perfecta para almorzar y estirar las piernas antes del tramo final.
Hondarribia cerró nuestra pequeña ruta de regreso. Este pueblo guipuzcoano, con su casco histórico perfectamente conservado y su puerto pesquero, representa uno de esos destinos que los vascos tenemos muy cerca pero que siempre merece una visita. Sus calles empedradas y sus casas con balcones de madera nos devolvieron gradualmente a territorio familiar, preparándonos para el final de la escapada.
Dos ciudades, dos filosofías de viaje #
Esta escapada a Lourdes y Pau nos demostró cómo dos ciudades relativamente cercanas pueden ofrecer experiencias completamente diferentes. Lourdes, con su dimensión espiritual y su masificación turística, frente a Pau, con su tranquilidad y su autenticidad más discreta. Ambas válidas, ambas interesantes, pero dirigidas a viajeros con expectativas muy diferentes.
El contraste entre el fervor religioso y el ritmo pausado provincial nos permitió reflexionar sobre los diferentes tipos de turismo y sobre cómo cada lugar desarrolla su propia identidad en función de sus atractivos principales. Una vez más, el Ford Fiesta había cumplido su misión de llevarnos a descubrir rincones relativamente cercanos pero que aún guardaban sorpresas por desvelar.

Juanjo Marcos
Desarrollador y diseñador web actualmente afincado en Bilbao. Desde que tengo uso de razón viajar es una de mis grandes pasiones, junto a la tecnología, la fotografía y los largos paseos sin rumbo definido.
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