
Sociedad Filarmónica de Bilbao
Más de 125 Años de Excelencia Musical
He pasado cientos de veces por delante del número 2 de la calle Marqués del Puerto sin levantar la vista. Le pasa a casi todo el mundo: la fachada es estrecha, sobria, y nada hace sospechar que al fondo de un pasillo larguísimo se esconde una de las salas de conciertos con mejor acústica de Europa. La Sociedad Filarmónica de Bilbao es uno de esos lugares que la ciudad guarda para quien se toma la molestia de entrar.
Detrás de esa puerta hay 130 años de historia, una sala modernista que se conserva casi como la dejó su arquitecto en 1904 y un buen puñado de rincones que normalmente no se enseñan: un palco donde las viudas escuchaban música sin ser vistas, un pasillo para los que llegan tarde y dos cuadros que resumen toda la historia de la casa.
En este artículo te cuento cómo nació la Filarmónica, por qué su edificio es tan peculiar, qué hay dentro y cómo puedes visitarla. Buena parte de lo que sigue lo he aprendido preparándome como voluntario para las visitas guiadas de Open Bilbao, así que va con el detalle de quien ha tenido que estudiarse la sala para poder explicarla.
De El Cuartito a la Sociedad Filarmónica¶
La historia empieza a finales del siglo XIX, y no en un edificio sino en una habitación. Bilbao vivía entonces un momento de enorme efervescencia, con el dinero de la minería y la industria alimentando una vida cultural nueva. En ese ambiente, un grupo de jóvenes de la burguesía bilbaína, vinculados al llamado Kurding Club, se reunía para tocar y escuchar música en un pequeño local alquilado al que llamaban «El Cuartito».
El Cuartito no estuvo siempre en el mismo sitio. Empezó en la calle del Arenal, pasó después a la calle Correo y de allí a Bidebarrieta, siempre en el Casco Viejo. Sus paredes estaban cubiertas con telas pintadas por algunos de sus propios miembros, nada menos que Ignacio Zuloaga, Manuel Losada y Anselmo Guinea, y en sus sesiones se interpretaban sonatas, tríos, cuartetos y piezas a cuatro manos. Por allí pasaban aficionados como Lope y Cleto de Alaña, Juan Carlos de Gortázar o Javier Arisqueta.
De aquellas reuniones salió una idea más ambiciosa: dotar a Bilbao de una temporada estable de conciertos del más alto nivel, como las que ya existían en otras ciudades europeas. El 10 de febrero de 1896, un grupo de melómanos envió una circular a los vecinos de la villa proponiendo crear una asociación para fomentar la música. La respuesta fue tan rápida que el 23 de febrero de 1896 quedó constituida la Sociedad Filarmónica de Bilbao.
Su primer presidente fue Emiliano de Arriaga, sobrino nieto del compositor Juan Crisóstomo de Arriaga. Pero los grandes impulsores fueron tres: Juan Carlos de Gortázar, Lope de Alaña y Javier Arisqueta, a quienes el violinista belga Mathieu Crickboom bautizó como «los Apóstoles». El primer concierto se celebró el 20 de mayo de 1896 en el salón de actos del Instituto Vizcaíno, en la plaza de los Auxiliares, la actual plaza de Unamuno.
Un solar con condiciones en pleno Ensanche¶
La Sociedad creció deprisa, llegó a rondar los 500 socios y pronto quedó claro que necesitaba una sala propia. Tras estudiar varias ubicaciones, en 1902 compró un solar en el Ensanche, en la calle Marqués del Puerto. Y aquí aparece una de las historias que más me gustan de este edificio.
El terreno se lo vendió Ramón Ibarra y Arregui, que lo cedió a un precio ventajoso a cambio de que se dedicara a la música, y con una condición expresa: allí no podría haber nunca bailes públicos, cante y baile flamenco ni teatro de género chico. El solar podía cambiar de dueño, pero no de vocación. Desde el primer día, aquel lugar quedó ligado a la música de concierto.
El problema era el solar en sí. Cuando la Filarmónica llegó, la manzana ya estaba prácticamente construida, y lo que quedaba libre era un patio interior de unos 1.030 metros cuadrados al que solo se podía acceder por una abertura estrecha entre dos edificios. Por eso el edificio tiene una fachada de apenas siete metros y por eso la sala está escondida en el interior de la manzana que forman Marqués del Puerto, la Gran Vía y Ercilla. No es un edificio con una sala detrás: es una sala de conciertos que tuvo que encontrar su sitio dentro de una manzana ya hecha.
La obra la pagaron los propios socios y simpatizantes. La Sociedad emitió 250 obligaciones hipotecarias, de las que llegaron a circular 212, con el propio edificio como garantía. Es un detalle que dice mucho del carácter de la institución: todo lo que hay aquí salió de la iniciativa de unos particulares.
Fidel Iturria y una sala pensada para el oído¶
El proyecto se encargó al arquitecto tolosano Fidel Iturria Bizcarrondo (1860-1922), que no había construido nunca una sala de conciertos. Lo que hizo fue prepararse a conciencia: recorrió Europa estudiando las mejores salas de su tiempo y las técnicas de proyección del sonido, y volvió con las ideas muy claras. Las obras empezaron en 1902 y la sala se inauguró el 26 de enero de 1904, con un concierto de la Schola Cantorum de París.
Iturria diseñó una sala de cámara de planta rectangular, de estilo modernista e inspiración francesa, en la que todo está al servicio de la acústica. El arquitecto Manuel Salinas lo ha explicado muy bien: la excelente acústica de la sala «no fue un logro fortuito que la casualidad obrara, sino muy al contrario la consecuencia de haber proyectado el edificio desde el conocimiento científico». Iturria se basó en las reglas geométricas conocidas desde la Antigüedad y fijó las dimensiones de la sala según la proporción áurea, de modo que el largo, el ancho y el alto se corresponden con valores de la sucesión de Fibonacci.
El resultado es una sala concebida por y para la música de cámara: mucha madera, el público cerca del intérprete y un techo curvo calculado para proyectar el sonido hacia las butacas. Suele citarse, junto a la Wigmore Hall de Londres, entre las salas de cámara más antiguas y de mejor acústica de Europa. Su presidenta, Carmen Iztueta, la ha descrito como una acústica «inmejorable, muy exigente con el intérprete y magnífica para la escucha». Basta hablar en voz baja desde el escenario para comprobarlo.
Cómo es el edificio por dentro¶
Lo primero que encuentra quien entra es el pasillo, de 7 metros de ancho y 52 de largo, que une la calle con la sala. Merece la pena fijarse en el suelo, de mármol rojo de Ereño, que es el original, igual que las molduras del techo, hoy restauradas. Este pasillo es el único acceso a la sala y también su única vía de evacuación, y por eso en la última reforma se puso especial cuidado en los recubrimientos ignífugos y se mantiene siempre libre de muebles.
El edificio tiene sótano, planta baja, planta alta y bajo cubierta, y sobre la fachada, en el piso superior, se sitúan las oficinas. Pero el corazón es la sala, con su patio de butacas y sus dos alturas de palcos recorriendo el perímetro. Conserva las columnas originales, sorprendentemente delgadas, y el pan de oro de las molduras, que recuperó su brillo en la última restauración. En el techo hubo en origen una gran vidriera, que se perdió durante la Guerra Civil.
En cuanto al aforo, la sala nació con unas 930 localidades y la cifra ha ido cambiando: la reforma de 1919 ganó un centenar y en la más reciente se retiraron algunas butacas para dejar sitio a sillas de ruedas. Una curiosidad que explica bien cómo funciona la casa es que las butacas no están reservadas. Ningún socio tiene un asiento asignado, y solo dos palcos, el 1 y el 3, se guardan para la junta directiva.
El escenario también tiene su historia. No es plano, sino que está ligeramente inclinado, una herencia del teatro que permite ver y oír mejor a los músicos del fondo, y puede ampliarse retirando las dos primeras filas de butacas cuando el concierto lo requiere. Lo presiden los bustos de Bach y Beethoven, y detrás se conservan los tubos de un órgano que ya no existe: el instrumento desapareció, posiblemente durante la guerra.
El palco de las viudas y otros rincones que casi nadie ve¶
El rincón con más historia social del edificio es el que se conoce como palco de las viudas o palco de luto. Durante muchos años, posiblemente hasta mediados del siglo XX, una mujer viuda debía guardar un luto riguroso y no estaba bien visto que participara en la vida social. Pero eso no significaba renunciar a la música. Las viudas que querían asistir a un concierto llegaban las primeras, se colocaban en un palco oculto tras una celosía, desde el que apenas se veía el escenario pero se oía perfectamente, y se marchaban las últimas para que nadie las viera salir. Hoy la celosía es una pared y el antiguo palco, una pequeña sala cerrada con fotografías.
En la planta alta hay un pasillo con un apodo que me hace mucha gracia: el pasillo del castigo. Es donde esperan quienes llegan tarde, porque no se puede entrar en la sala hasta el siguiente entreacto. Y en la planta baja está «la Rotonda», un ensanchamiento ovalado con sillas que sirve de zona de descanso al público durante los intermedios. Justo encima queda la sala de piano, un espacio privado donde algunos músicos calientan antes de salir a tocar.
La parte que el público no ve es la de los artistas. En la zona de camerinos, las paredes están cubiertas de fotografías de quienes han pasado por aquí, y eso que solo es una mínima parte del enorme archivo fotográfico de la Sociedad. Entre ellas hay un Joaquín Achúcarro jovencísimo, Mstislav Rostropóvich, Montserrat Caballé y una imagen de 1928 de Maurice Ravel con los músicos de la Sinfónica de Bilbao y un joven Pablo Sorozábal.
Y en la escalera cuelgan dos cuadros que, juntos, cuentan toda la historia. El primero es Las valquirias, de Manuel Losada, fechado en 1894, uno de los lienzos que Zuloaga, Losada y Guinea pintaron para decorar El Cuartito: en él aparecen Juan Carlos de Gortázar y Javier Arisqueta al piano, con Enrique Borda escuchando y Nicolás Tous leyendo un libro. El segundo es una obra contemporánea de García Ergüín, encargada para el 120 aniversario, que muestra en el escenario al Cuarteto Takács junto a quienes han presidido la Sociedad. Del Cuartito al escenario de hoy.
Un edificio que no ha dejado de reformarse¶
Aunque la sala es lo más auténtico que queda de la obra de Iturria, el edificio ha cambiado mucho. La primera reforma importante la hizo el propio Iturria en 1919: eliminó algunos palcos, estrechó el pasillo superior y ganó un centenar de localidades. Quince años después de inaugurarla, la Filarmónica ya se había quedado pequeña. El arquitecto Emiliano Amann intervino después en 1928 y de nuevo en 1939, cuando construyó un cinematógrafo para la Sociedad. La sala funcionó también como cine durante décadas, posiblemente hasta 1982, aunque esa etapa no está del todo documentada, y al fondo todavía se ve el hueco donde se instalaba el proyector.
En 1953, Manuel María Smith y Juan Carlos Smith reformaron el vestíbulo, y en 1963 llegó la intervención clave, obra de Juan Carlos Smith y Emiliano Amann. Afectó a la sede social, a la sala y al cinematógrafo, renovó la cubierta, las butacas y la calefacción, y transformó a fondo la fachada y el vestíbulo. Conviene saberlo antes de plantarse delante: la fachada que vemos hoy desde la calle es, fundamentalmente, la de 1963 y no la que dibujó Iturria.

La última gran reforma se hizo en 2019 y 2020, con participación de los estudios Eduardo Escauriaza y Luis Solachi Arquitectos y E45 Arkitektura, y su objetivo fue poner el edificio al día respetando la protección que tiene. Se mejoraron la accesibilidad y la protección contra incendios, sectorizando la sala respecto al núcleo de comunicaciones y protegiendo la estructura de la cubierta, que además se rehízo por completo. Se renovaron la ventilación, la climatización y la instalación eléctrica, se colocaron dobles puertas en los accesos a modo de cortavientos y se rehabilitaron el vestíbulo y la zona administrativa.
Lo más visible para el público es la luz. El nuevo alumbrado integra luces indirectas en los elementos ornamentales y crea una atmósfera mucho más homogénea, que deja lucir el pan de oro restaurado. El criterio fue tratar la sala como algo intocable: se actuó en lo que exige la normativa y se dejó en paz lo que hace de este lugar lo que es.
Más de un siglo de grandes intérpretes¶
Desde 1896, la Filarmónica ha mantenido una temporada de unos treinta conciertos al año. Cuando celebró su 125 aniversario, en febrero de 2021, llevaba programados más de 3.200. Y por su escenario ha pasado buena parte de la historia de la música del siglo XX: Arthur Rubinstein, Maurice Ravel, Manuel de Falla, Enrique Granados, Alfred Brendel, Krystian Zimerman, Montserrat Caballé o Teresa Berganza, entre muchos otros.
Para la gente de Bilbao, ver esos nombres en las paredes es entender que la ciudad nunca estuvo en un rincón de Europa. Los grandes intérpretes de cada época pasaban también por Marqués del Puerto, y lo siguen haciendo.
En los últimos años, la Sociedad ha trabajado para no quedarse en una reliquia. Ha informatizado su actividad, ha emitido algunos conciertos por streaming y ha puesto en marcha ayudas para que los menores de 30 años puedan hacerse socios, además de reforzar los acuerdos con conservatorios y escuelas de música. El reto es el de todas las instituciones centenarias: renovar el público sin perder aquello que la hace única.





Un edificio protegido¶
El edificio está protegido por el Plan General de Ordenación Urbana de Bilbao con un grado de protección especial, nivel B. Esa protección alcanza a la totalidad del inmueble: las fachadas exteriores e interiores, los núcleos de comunicación, la distribución interior y la cubierta.
El nivel B reconoce edificios de singular relevancia que, sin llegar a ser monumentos en sentido estricto, tienen valores que van más allá de lo ambiental. En este caso, lo que se protege es la concepción global de la obra, incluida su estructura, la decoración y el mobiliario que formó parte del conjunto original. Es la garantía de que, por muchas reformas que vengan, la sala de Iturria seguirá siendo reconocible.
Cómo visitar la Sociedad Filarmónica de Bilbao¶
La Filarmónica está en la calle Marqués del Puerto, 2, a un paso de la Gran Vía y de la plaza Elíptica, con la estación de metro de Eliptikoa a un par de minutos. Es una sociedad privada y sus conciertos son para los socios, así que la forma habitual de conocerla por dentro es hacerse socio o ir invitado por uno.
Para quien solo quiere ver el edificio, la mejor oportunidad es Open Bilbao, el festival de arquitectura antes conocido como Open House Bilbao, que se celebra en otoño y que ha incluido la Filarmónica en su programa con visitas guiadas gratuitas de media hora en grupos reducidos. El recorrido incluye el pasillo, la sala, el escenario y varios de los espacios que normalmente están cerrados, como el palco de las viudas o la sala de piano. Durante la visita no se permite hacer fotos. También se han organizado visitas en citas como la Noche Blanca.
Y si no coincide ninguna de esas fechas, merece la pena acercarse igualmente a Marqués del Puerto y pararse un momento delante de la puerta. Ahora ya sabes lo que hay al final del pasillo: una sala que unos aficionados levantaron con su propio dinero hace más de un siglo y en la que, 130 años después, sigue sonando música.