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Qué ver en Ljubljana en 2 días: la ciudad más allá del centro
El segundo día en Ljubljana es el que enseña la ciudad de verdad: la Emona romana bajo el asfalto, el parque Tívoli, el barrio okupa de Metelkova y el río visto desde el agua. Con lo que merece la pena y lo que no.
Ljubljana es lo bastante pequeña como para que un día cubra el circuito habitual: la plaza Prešeren, el Puente Triple, el eje de las tres plazas, las riberas del Ljubljanica y el castillo. La pregunta razonable, entonces, es qué se hace con un segundo día.
La respuesta es que hay otra ciudad debajo y alrededor de esa, y que resulta bastante más interesante de lo que sugiere su tamaño. Hay dos mil años de ocupación continua aflorando en cualquier obra, un parque enorme firmado por el mismo arquitecto que diseñó los puentes, un cuartel del ejército yugoslavo convertido en centro cultural alternativo y un río que se puede recorrer desde el agua. Ese es el segundo día.
Primer día, en resumen¶
Si has llegado directamente a este artículo, la jornada inicial está desarrollada en qué ver en Ljubljana en 1 día, pero este es el esqueleto: mañana en el centro histórico, empezando en la plaza Prešeren con el Puente Triple de Jože Plečnik, siguiendo por la catedral de San Nicolás y su interior barroco, el mercado cubierto —también de Plečnik—, el eje de Mestni trg, Stari trg y Levstikov trg, las riberas del río y el Puente del Dragón. Y tarde entera en el castillo, del que buena parte se visita gratis y del que solo merecen entrada la torre panorámica y el audiovisual.
Con eso cubierto, el segundo día empieza donde termina el circuito.
Emona: la ciudad romana debajo de la ciudad¶
Antes de ser Ljubljana esto fue Emona, fundada por Augusto alrededor del año 14 como municipio y base militar, con planta cuadriculada, cuatro puertas y un foro central que ocupaba aproximadamente el espacio del casco histórico actual. Funcionó como ciudad entre los siglos I y V, hasta que las invasiones de los hunos la destruyeron, y sus ruinas quedaron soterradas bajo los sucesivos asentamientos medievales y modernos.
Lo que hace interesante el paseo arqueológico es que no está en un museo: está en la calle. El muro meridional de Emona se conserva en buen estado en un parque junto a la calle Mirje, con sus torres originales todavía en pie, y a lo largo del recorrido hay paneles que van situando el foro, las cisternas, los enterramientos, las puertas y los mosaicos hallados bajo los edificios actuales.
Es gratuito y es más instructivo que espectacular, pero da una perspectiva que no da ninguna otra visita: la de una ciudad habitada de forma continua durante dos milenios, con capas que siguen apareciendo cada vez que se abre una zanja. Ocupa una mañana tranquila.
El parque Tívoli y la iglesia ortodoxa serbia¶
En el extremo noroeste se extiende el parque Tívoli, el pulmón verde de la ciudad, con más de cinco kilómetros cuadrados. Sus orígenes son medievales, pero la configuración actual es, una vez más, obra de Plečnik.
Su intervención más visible es la avenida central, el Jakopičevo sprehajališče: un paseo ancho flanqueado por fotografías artísticas en gran formato colgadas entre los árboles, que conduce hasta el Palacio Tívoli. Voy a ser honesto: la escala es grandilocuente, casi autoritaria, muy en la línea de los grandes paseos centroeuropeos de entreguerras, y a mí me resultó bastante más árido que el resto de la ciudad. Es una firma reconocible del arquitecto, pero no su mejor trabajo.
Más allá de la avenida, el parque mejora: hay zonas naturales, senderos entre árboles, instalaciones deportivas y varios museos repartidos por sus palacios. Es un buen sitio para escapar del centro sin salir de la ciudad.
Muy cerca está la iglesia serbia ortodoxa de San Cirilo y Metodio, que desde fuera es un edificio contenido y sin ostentación y por dentro es exactamente lo contrario: cada superficie, del suelo a la bóveda, está cubierta de frescos en oro y azul, con santos y escenas bíblicas que no dejan un centímetro sin trabajar. La entrada es gratuita y es una de esas paradas de diez minutos que compensan de sobra.
Metelkova Mesto, el cuartel que se convirtió en otra cosa¶
Esta es, para mí, la visita más interesante del segundo día, y hay que contarla con su historia porque sin ella no se entiende.
En 1991, con la independencia de Eslovenia, el Ejército Popular Yugoslavo abandonó sus cuarteles en Ljubljana. En 1993 un grupo de artistas y activistas ocupó los barracones del barrio de Metelkova y se negó a marcharse cuando el ayuntamiento intentó demolerlos para levantar un hotel. Tras años de conflicto legal y político, la ocupación sobrevivió y el espacio acabó siendo reconocido. Hoy Metelkova es uno de los centros de cultura alternativa más conocidos de Europa del Este: galerías, clubs, hostels, estudios de artistas y bares dentro de antiguos edificios militares intervenidos durante décadas con murales, esculturas e instalaciones imposibles de catalogar.
Se puede visitar de día o de noche y son dos sitios distintos. De día el ambiente es el de un barrio tranquilo, con gente leyendo en las terrazas y artistas trabajando, y la carga visual de las fachadas —pinturas surrealistas, figuras metálicas, esculturas que emergen de los muros— resulta densa e hipnótica. De noche se transforma en un circuito de clubs que funciona hasta el amanecer.
Un apunte de respeto que ellos mismos piden en carteles en varios idiomas: se puede fotografiar el espacio, pero no a la gente. Allí vive y trabaja gente que no quiere sentirse animal de zoo, y la petición me parece de lo más razonable.
Si conoces el Haus Schwarzenberg de Berlín o el ZAWP de Bilbao, el paralelo es ese, aunque Metelkova tiene una escala y una intensidad propias.
El río Ljubljanica desde el agua¶
Las riberas ya se habrán pateado el primer día, pero verlas desde el agua tiene su valor. No son vistas radicalmente distintas, aunque el cambio de perspectiva cambia la percepción de la ciudad: los puentes vistos desde abajo, la escala de los edificios sin la distorsión del peatón, todo un poco más quieto y más distante.
Hay varias empresas operando desde los embarcaderos con precios y recorridos muy parecidos entre sí; nosotros elegimos la única que trabaja con un barco enteramente de madera, sin más criterio que el de que nos llamó la atención. El trayecto sale hacia las afueras y vuelve recorriendo toda la ciudad hasta el Puente del Dragón, y el punto más fotogénico es la perspectiva de la plaza Prešeren y el Puente Triple vistos desde el nivel del agua.
Es un plan de una hora escasa, ideal para media tarde.
Lo que yo me saltaría¶
El Jardín Botánico fue la mayor decepción de todo nuestro viaje por Eslovenia. Tiene más de cuatro mil especies y entrada gratuita, pero ni la distribución, ni el diseño, ni el estado general del lugar aportan nada. El paseo por la ribera del río para llegar hasta él es más interesante que el jardín en sí. Consejo sincero: omítelo y dedica ese rato a Metelkova o al barco.
Una alternativa: usar el segundo día para salir de la ciudad¶
Hay otra manera de plantear estos dos días, y para cierto tipo de viajero es mejor. Ljubljana está en el centro geográfico de un país pequeño, y desde ella se llega en menos de una hora a algunos de los grandes atractivos de Eslovenia: el lago Bled al noroeste, las cuevas de Postojna y el castillo de Predjama al suroeste, y las cuevas de Škocjan un poco más allá, camino de la costa.
Si el viaje se limita a la capital y no vas a hacer una ruta por el país, dedicar el segundo día a una de esas excursiones tiene más sentido que apurar los rincones secundarios de la ciudad. Si en cambio Ljubljana es la primera o la última parada de una ruta más larga, ya verás todo eso por el camino y este segundo día urbano se aprovecha mucho mejor. La ruta completa está en Eslovenia en 7 días en coche.
La noche, otra vez¶
Ljubljana de noche merece la repetición. La iluminación de los edificios históricos es generosa para el tamaño de la ciudad y las terrazas de las riberas se llenan hasta pasada la medianoche con un ambiente tranquilo, ni turístico ni estrictamente local. En verano hace la temperatura justa para estar sentado fuera.
Para cenar, la mejor experiencia que tuvimos en la ciudad fue en Pri Škofu, en Rečna ulica 8, a cinco minutos del casco histórico pero fuera de las calles más transitadas. En una ciudad donde la primera línea del río se paga cara, salirse dos calles cambia bastante la relación entre lo que cuesta y lo que te ponen en la mesa.