
Qué ver en Barcelona: los lugares imprescindibles
De la Sagrada Família al Gótico, de Gràcia a la Barceloneta: una ciudad que se entrega capa a capa
Barcelona no es una ciudad que se agote en una visita. Tiene esa cualidad extraña de las grandes metrópolis mediterráneas: cada vez que vuelves, parece haberse reconfigurado sutilmente, como si hubiera añadido una capa nueva sobre todas las anteriores sin eliminar ninguna. Aquí el modernismo catalán convive con el gótico medieval, los barrios de pescadores sobreviven junto a los de diseñadores, y la playa está a quince minutos a pie del templo que lleva más de cien años sin terminar. Esta guía recorre lo que no debería faltar en ninguna visita, sea la primera o la décima.
La Sagrada Família: la catedral que crece¶
Hay pocas experiencias arquitectónicas comparables a la primera vez que se ve la Sagrada Família desde cerca. La fachada del Nacimiento, que mira al noreste, es un torrente de piedra esculpida donde cada centímetro cuadrado cuenta algo: escenas de la infancia de Jesús, tortugas sosteniendo las columnas, cipreses poblados de palomas, puertas cubiertas de frases del Evangelio en letra calcárea. Gaudí empezó a trabajar en este proyecto en 1883, cuando tenía treinta y un años, y murió en 1926 cuando la obra apenas alcanzaba el primer cuarto de lo que había proyectado. Desde entonces, varias generaciones de arquitectos han continuado su trabajo interpretando sus planos y maquetas, y el templo sigue creciendo en el siglo XXI siguiendo los principios geométricos que el arquitecto había desarrollado y que no se terminaron de descifrar hasta décadas después de su muerte.
El interior es tan impactante como el exterior, pero de una manera completamente diferente. Las columnas ramificadas que sostienen la nave central no parecen columnas convencionales sino árboles de piedra cuyas ramas se bifurcan y entrelazan hasta formar una bóveda que filtra la luz de las vidrieras en una lluvia de colores que cambia a lo largo del día. Las vidrieras de la fachada del Nacimiento, de tonos fríos —azules, verdes, amarillos—, crean una luz matinal tranquila y contemplativa. Las de la fachada de la Pasión, de tonos cálidos —naranjas, rojos, amarillos intensos—, producen un efecto completamente diferente en las tardes. Asistir a una visita al atardecer, cuando la luz atraviesa las vidrieras occidentales, es una de las experiencias sensoriales más intensas que puede ofrecer Barcelona.
La entrada incluye acceso a las torres, donde ascender en ascensor hasta los cien metros de las torres de los evangelistas ofrece una perspectiva de Barcelona que no tiene equivalente: la ciudad en cuadrícula del Eixample desplegándose en todas direcciones hasta el mar, con el Collserola al fondo y la Barceloneta como franja amarilla entre la ciudad y el Mediterráneo. Hay que reservar con antelación, especialmente en temporada alta, y conviene llegar a primera hora de la mañana para evitar las colas y ver el interior con la luz del amanecer.
El Barrio Gótico: la ciudad que existió antes¶
A unos veinte minutos a pie de la Sagrada Família, al otro lado del Eixample y adentrándose en el centro histórico, se encuentra lo que muchos llaman el corazón de Barcelona: el Barrio Gótico. El nombre es algo engañoso —la mayor parte de las fachadas que hoy vemos son recreaciones del siglo XX del estilo gótico medieval, no construcciones originales— pero la trama urbana, las proporciones de las calles y la sensación de densidad histórica son completamente auténticas. Por debajo del nivel actual de la calle se conservan restos del foro romano de Barcino, la ciudad fundada por Augusto en el siglo I a.C., y en varios puntos del barrio se pueden ver en vitrinas al nivel del suelo los cimientos originales de las murallas y edificios que la ciudad ha ido cubriendo durante dos mil años.
La Catedral de Barcelona, conocida popularmente como La Seu, es el centro religioso del barrio desde el siglo XIII, aunque el edificio actual fue construido entre los siglos XIV y XV sobre una catedral románica anterior que a su vez se había levantado sobre la iglesia paleocristiana y sobre el templo romano de Augusto. Este apilamiento de siglos sobre un mismo punto del espacio es la historia de Barcelona en miniatura. El claustro de la catedral es un remanso de paz en el que trece gansos blancos —uno por cada año que vivió la patrona de la ciudad, Santa Eulalia, antes de ser martirizada en el siglo IV— viven junto a una fuente y palmeras que filtran la luz del mediodía.
La Plaza del Rey, a escasos minutos de la catedral, es quizás el espacio histórico más impresionante de Barcelona. El conjunto de edificios que la rodea incluye el Palau Reial Major, con su gran salón del Tinell donde según la tradición los Reyes Católicos recibieron a Colón al regreso de su primer viaje a América en 1493, y la capilla de Santa Àgata con su retablo del Condestable. Bajo la plaza, accesible desde el Museu d'Història de Barcelona, se extiende la mayor concentración de arquitectura romana en pie de España: varios miles de metros cuadrados de calles, tiendas, termas y factorías de salazón de la Barcino del siglo I, visitables en un recorrido subterráneo que te pone literalmente a andar por la ciudad que había antes.
Park Güell: Gaudí en el cerro¶
Park Güell es el proyecto que Gaudí concibió como urbanización residencial de lujo para la burguesía barcelonesa de principios del siglo XX, por encargo del mecenas Eusebi Güell. La idea era crear una ciudad jardín en las laderas del cerro del Carmel, pero el proyecto fracasó comercialmente —solo se vendieron dos solares de los sesenta planeados— y fue donado al Ayuntamiento de Barcelona en 1918, que lo convirtió en parque público.
Lo que quedó del proyecto inconcluso es uno de los espacios más peculiares y fascinantes de Europa. La zona monumental —la parte de acceso de pago— incluye la escalinata con el salamandra de mosaico policromado que es quizás el elemento más fotografiado del parque, la sala hipóstila con sus ochenta y seis columnas dóricas que fue concebida como mercado cubierto y cuyo techo es una colección de medallones de trencadís (técnica de mosaico con cerámica fragmentada), y el gran mirador de la terraza con su banco serpenteante decorado con los fragmentos de azulejo que configuran una de las primeras obras de arte urbano de la historia.
La zona arbolada del parque, de acceso gratuito y que ocupa la mayor parte de su superficie, tiene un carácter completamente diferente: caminos que suben por el cerro entre pinos y palmeras, viaductos de piedra de aspecto casi prehistórico, y vistas espectaculares sobre Barcelona y el mar. Merece la pena subir hasta la cima del cerro, donde tres cruces marcan el punto más alto del parque. Las vistas desde arriba abarcan la ciudad entera desde Montjuïc hasta el Besòs, con el azul del Mediterráneo como fondo.
Hay que reservar la entrada a la zona monumental con antelación, especialmente en temporada alta, y llegar temprano: a primera hora de la mañana, cuando el sol todavía está bajo y el parque no ha llenado de visitantes, la luz sobre el trencadís de la terraza y la salamandra es de una belleza que las fotografías de mediodía no consiguen capturar.
El Born y el Mercado: el barrio que resucitó¶
El barrio del Born es, junto al Gòtic, el centro histórico medieval de Barcelona, pero su carácter es completamente diferente. Más bohemio, con más galerías de arte y bares de copas, fue durante décadas el barrio de la bohemia barcelonesa antes de que la gentrificación desplazara a sus habitantes originales y lo convirtiera en destino turístico. Sin embargo, conserva una vitalidad genuina que lo distingue de los circuitos más masificados.
El Mercat del Born, el gran mercado de hierro construido en 1876 que fue el mercado central de Barcelona hasta que lo sustituyó el de la Boquería, es hoy uno de los espacios más extraordinarios de la ciudad. Cuando en 2001 comenzaron las obras para convertirlo en biblioteca, los trabajadores descubrieron bajo el suelo los restos del barrio destruido por las tropas de Felipe V en 1714 durante el asedio de Barcelona que puso fin a la Guerra de Sucesión española. El descubrimiento paralizó las obras y desvió el proyecto: en lugar de biblioteca, el mercado se convirtió en un museo arqueológico donde las ruinas del barrio derribado son visibles desde pasarelas elevadas que recorren el interior del edificio. Caminar por encima de esas calles del siglo XVIII, con sus tiendas, pozos y cimientos, mientras la monumental cubierta de hierro del mercado decimonónico se extiende sobre todo, es una experiencia de capas temporales sin equivalente en Barcelona.
La Barceloneta: donde Barcelona llega al mar¶
A quince minutos a pie del Gótico, bajando por el Passeig de Colom o por la Barceloneta, Barcelona se acaba y empieza el Mediterráneo. La Barceloneta es el barrio marinero construido en el siglo XVIII para alojar a la población desplazada por la construcción de la Ciutadella y sus calles estrechas, dispuestas en cuadrícula, dan al barrio un aspecto de pequeña ciudad dentro de la ciudad.
El paseo marítimo que bordea la playa, con sus kilómetros de arena, es el espacio de ocio urbano más democrático de Barcelona: aquí todo el mundo está en bañador o en pantaloneta, los precios de los chiringuitos son los mismos para locales que para turistas, y la única obligación es tumbarse al sol o caminar descalzo por la orilla. Al norte de la Barceloneta, pasando el Port Olímpic, el paseo marítimo se extiende hacia los barrios del Poblenou y el Fòrum, más tranquilos y menos masificados, con esas playas que los barceloneses utilizan mientras los turistas concentran su atención en la Barceloneta.
El Eixample y el Passeig de Gràcia: el modernismo en la calle¶
El Eixample —el ensanche— es la gran ciudad del siglo XIX y XX. Diseñado por Ildefons Cerdà en 1859 como solución al problema de la superpoblación de la ciudad intramuros, es uno de los planes urbanísticos más coherentes y reconocibles del mundo: una cuadrícula casi perfecta de manzanas octogonales, con chaflanes en todas las esquinas que amplían el espacio y permiten visibilidad en los cruces, y con interiores de manzana concebidos como jardines comunitarios aunque muy pocos se desarrollaron como tales.
El Passeig de Gràcia, el eje central del Eixample, es el bulevar donde la burguesía catalana quiso demostrar su riqueza y modernidad a principios del siglo XX. La manzana de la Discòrdia, entre los números 35 y 45, concentra en apenas cien metros tres de los edificios más importantes del modernismo catalán: la Casa Lleó Morera de Domènech i Montaner, la Casa Amatller de Puig i Cadafalch, y la Casa Batlló de Gaudí. Esta última, con su fachada que imita las escamas de un reptil —o según la interpretación más poética, la bestia del mito de Sant Jordi, con el tejado como lomo y el mirador principal como cráneo— es uno de los edificios más originales e inquietantes de la arquitectura europea. A pocos metros, la Casa Milà —La Pedrera— es el último edificio de viviendas que construyó Gaudí antes de dedicarse exclusivamente a la Sagrada Família. Su azotea con las chimeneas enmascaradas, las esculturas de guerreros y los rincones laberínticos es lo que más justifica la visita a su interior.
Gràcia: el pueblo dentro de la ciudad¶
Justo al norte del Eixample, subiendo por el Passeig de Gràcia más allá de la Diagonal, el trazado urbano cambia abruptamente. Las manzanas regulares se convierten en calles más irregulares y estrechas, las plazas se llenan de bares y terrazas a las que los vecinos del barrio llegan a pie, y el turismo de masas, que tan presente está en el Gòtic y el Born, casi desaparece. Gràcia fue un municipio independiente hasta que Barcelona la absorbió en 1897, y ese carácter autónomo y reivindicativo sigue presente en cada fachada con estelades y en cada plaza con sus actividades vecinales.
La Plaza del Sol y la Plaza de la Vila de Gràcia son el corazón social del barrio: terrazas que se llenan desde media mañana, mercados de productores los fines de semana, música en directo en verano. La Festa Major de Gràcia, en agosto, es cuando el barrio se convierte en una instalación artística: cada calle decora sus fachadas y aceras con un tema diferente, creando un recorrido por escenografías elaboradas durante meses por los vecinos. Es una de las fiestas populares más originales de España.
Montjuïc: el cerro con vistas¶
El cerro de Montjuïc, que se alza sobre el puerto al suroeste de la ciudad, es el parque urbano más grande de Barcelona y el mirador desde el que las vistas del puerto y la ciudad son más amplias. Accesible en metro, autobús y teleférico, alberga el Museu Nacional d'Art de Catalunya —con la colección de arte románico más importante del mundo— y el Pavelló Mies van der Rohe, la reconstrucción del pabellón alemán que el arquitecto construyó para la Exposición Universal de 1929 y que es uno de los edificios fundacionales del movimiento moderno. La Fundació Joan Miró está también en Montjuïc, en un edificio de Josep Lluís Sert que ejemplifica cómo el funcionalismo puede ser hermoso cuando el arquitecto entiende tanto la luz mediterránea como el arte que va a albergar.
Consejos prácticos¶
La T-Familiar del transporte público, válida para metro, bus y tranvía, es la opción más económica si se viaja en pareja o familia. El aeropuerto se conecta mejor con el centro a través del tren de Renfe que llega a Sants —más rápido y sin suplemento— que a través del metro L9, que requiere un billete especial de aeropuerto considerablemente más caro.
Para la Sagrada Família y el Park Güell, la reserva anticipada en línea es prácticamente imprescindible en temporada media-alta. La Barceloneta y el Gótico no requieren reservas, pero si se visitan en agosto conviene madrugar para evitar la saturación del mediodía. La Boquería, aunque espectacular, es en las horas centrales del día casi imposible de disfrutar por la masa de turistas: si el mercado interesa, lo ideal es llegar a primera hora de la mañana, cuando los puestos están a pleno rendimiento y los cocineros de los restaurantes del barrio hacen su compra diaria.