
El Guggenheim Bilbao: la arquitectura que cambió una ciudad
Frank Gehry, el titanio y la pregunta de si un edificio puede hacer lo que este hizo
Existe una historia que se cuenta sobre la apertura del Guggenheim Bilbao en octubre de 1997. El arquitecto Philip Johnson, uno de los más influyentes del siglo XX y entonces octogenario, voló desde Nueva York para ver el edificio el día antes de la inauguración. Después de recorrerlo en silencio, dijo que era "el edificio más grande de nuestro tiempo". Tenía la autoridad necesaria para hacer esa afirmación: había diseñado el Seagram Building de Nueva York con Mies van der Rohe y el AT&T Building, y había conocido personalmente a los arquitectos fundacionales del Movimiento Moderno. Sabía de qué hablaba.
Tres décadas después, esa valoración no ha perdido vigencia. El Guggenheim Bilbao sigue siendo el edificio que los estudiantes de arquitectura de todo el mundo visitan en peregrinación, el que aparece en todos los manuales sobre arquitectura deconstructivista, el que convirtió el concepto de "efecto Guggenheim" en un término académico. Y sigue siendo, también, el edificio que más ha cambiado la historia de una ciudad en el siglo XX.
Frank Gehry y el origen del proyecto¶
Frank Owen Goldberg —que adoptó el apellido Gehry de su esposa— nació en Toronto en 1929 y creció en Los Ángeles, donde desarrolló la mayor parte de su carrera. En los años setenta y ochenta era conocido en los círculos de arquitectura por sus experimentos con materiales industriales baratos —chapa de aluminio corrugado, madera contrachapada, malla de gallinero— que usaba en proyectos domésticos de un carácter profundamente personal. Era un arquitecto de culto, respetado por sus colegas y desconocido para el gran público.
El encargo del Guggenheim Bilbao llegó en 1991, cuando la Fundación Solomon R. Guggenheim y el gobierno vasco acordaron la construcción de un nuevo museo en Bilbao. La ciudad necesitaba desesperadamente un motor de regeneración: la crisis del sector del acero y la industria naval había dejado miles de trabajadores en el paro, los muelles históricos de la ría estaban en abandono y la imagen internacional de Bilbao estaba asociada al conflicto entre ETA y el Estado español. El museo era una apuesta arriesgada en un momento difícil.
Gehry recibió el encargo después de un concurso por invitación en el que compitió con Arata Isozaki y Coop Himmelblau. Su propuesta fue la más radical de las tres: un edificio que renunciaba a cualquier forma reconocible previa y que proponía en su lugar una composición de volúmenes curvos revestidos de titanio que parecía en los bocetos iniciales un barco accidentado o una flor metálica.
La geometría imposible: cómo se construyó¶
Lo que hace al Guggenheim Bilbao un hito técnico además de artístico es la historia de su construcción. Las formas curvas que Gehry dibujó a mano en sus bocetos iniciales no podían definirse con los instrumentos de dibujo arquitectónico convencionales. Para traducir esos bocetos en instrucciones de construcción, Gehry y su equipo usaron el programa CATIA, un software de diseño asistido por computadora desarrollado originalmente para la industria aeroespacial, que hasta entonces nunca se había aplicado a la arquitectura.
CATIA permitía definir cada curva tridimensional con precisión milimétrica y calcular a partir de ella la geometría exacta de cada una de las 33.000 planchas de titanio que cubrirían la fachada. Cada plancha tiene una forma diferente —no hay dos iguales en todo el edificio— y sin el software habría sido imposible fabricarlas con la precisión necesaria. La tecnología que hizo posible el Guggenheim Bilbao es hoy estándar en la arquitectura de vanguardia, pero en 1991 fue una innovación que convirtió el proyecto en un laboratorio de nuevas posibilidades constructivas.
El titanio fue elegido después de que el aluminio —el material inicialmente previsto— resultara demasiado rígido para las formas curvas deseadas. El titanio tiene un espesor de 0,38 milímetros en las planchas del Guggenheim —más fino que una moneda— y una flexibilidad que permite adaptarse a las superficies curvas sin arrugas. El color cambia según la luz: en días nublados, que son los más frecuentes en Bilbao, las planchas tienen un gris plateado mate. Cuando el sol aparece, reflejan la luz con una intensidad que puede cegar.
La relación con la ría y la ciudad¶
Una de las decisiones de diseño más inteligentes de Gehry fue la de integrar el museo en el tejido urbano de Bilbao en lugar de aislarlo como un objeto autónomo. El edificio está encajado en la curva de la ría, con la fachada principal mirando al agua, y el Puente de La Salve —la autopista que cruzaba la ría en ese punto— está literalmente integrado en el edificio: una de las torres del museo pasa por encima del puente, que en lugar de separar el edificio del barrio de Deusto lo conecta visualmente.
La galería del Pez, con su forma de pez que da nombre al espacio, está orientada hacia el río y tiene ventanas bajas que permiten ver el agua desde dentro del museo. Este gesto de apertura hacia el entorno —la ría como parte visual del programa del museo— es característico de la manera en que Gehry entiende la arquitectura: no como objeto aislado sino como continuo del espacio urbano.
El programa exterior incluye las tres grandes esculturas que son hoy parte inseparable de la imagen del museo. Puppy de Jeff Koons (1992), el perrito de doce metros de altura cubierto de flores vivas —setenta mil flores que se renuevan estacionalmente con un sistema de riego incorporado en la estructura— fue concebido como instalación temporal y se convirtió en permanente por la presión popular. Mamá de Louise Bourgeois (1999), la araña de bronce de once metros que está junto al puente, es una de las esculturas más importantes del arte contemporáneo y tiene en Bilbao su emplazamiento más apropiado: la araña mirando al río con sus patas largas y su abdomen cargado de huevos de mármol. La Tulipa de Jeff Koons (2019), en la entrada principal hacia el río, es una instalación de colores que contrasta deliberadamente con el titanio plateado del edificio.
La colección: lo permanente y lo temporal¶
El Guggenheim Bilbao tiene una colección permanente y un programa de exposiciones temporales que hacen que el museo sea diferente en cada visita. La colección permanente incluye obras de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York —las obras maestras del arte moderno y contemporáneo americano y europeo— más las piezas adquiridas específicamente para Bilbao.
Las obras de Richard Serra en la galería del Pez son el punto más alto de la experiencia artística del museo. Serra realizó las esculturas específicamente para ese espacio —algo que llamamos "site-specific"—, y solo se entienden completamente en él. La materia de tiempo es una serie de ocho esculturas de acero cortén que se curvan y comprimen el espacio de la galería: caminar entre ellas produce una experiencia física que ninguna fotografía puede transmitir. El acero cortén —ese material de apariencia oxidada que es en realidad una forma de protección contra la corrosión— tiene la misma cualidad temporal que la arquitectura de Gehry: es nuevo y antiguo al mismo tiempo, industrial y orgánico, preciso en su geometría y rugoso en su superficie.
Las exposiciones temporales cubren el arte internacional de los siglos XX y XXI, con especial énfasis en las tendencias del arte contemporáneo global. El programa expositivo tiene varios meses de rotación al año y es difícil predecir qué habrá en el museo en cualquier fecha concreta; la web del museo tiene la programación actualizada.
La experiencia de la visita¶
El Guggenheim Bilbao es un museo que se experimenta también desde fuera. El recorrido exterior, siguiendo la ría desde el Puente de La Salve hasta la entrada principal junto al agua, permite ver el edificio desde los ángulos que Gehry calculó más cuidadosamente: la perspectiva desde el puente, con el titanio brillando sobre el agua; la vista desde la orilla opuesta de la ría, desde donde el edificio completa la curva del río; y la vista desde la plaza junto al Puente de Deusto, desde donde la composición del edificio con el puente y la torre posterior tiene la escala más dramática.
La visita al interior requiere entre dos y tres horas para recorrer las salas permanentes y la galería del Pez con atención. La entrada incluye la audioguía, que en el caso del Guggenheim tiene más valor que en la mayoría de los museos: las obras de arte contemporáneo que alberga el museo tienen a menudo contextos y conceptos que enriquecen la experiencia al conocerlos.
El restaurante del museo, Nerua, tiene estrella Michelin y una cocina que trabaja con productos vascos con una técnica de alta cocina contemporánea. Es caro, pero para quienes quieran un almuerzo especial en Bilbao, el contexto del propio edificio añade valor a la experiencia gastronómica.
El efecto Guggenheim: lo que cambió y lo que no¶
El "efecto Guggenheim" es el término con el que los urbanistas y economistas describen el impacto transformador del museo sobre Bilbao. Las cifras son objetivas: el turismo en Bilbao pasó de prácticamente inexistente a más de un millón de visitantes anuales en los primeros años después de la apertura, y ha seguido creciendo. El aeropuerto de Bilbao se amplió, el hotel sector se desarrolló, la imagen internacional de la ciudad cambió radicalmente.
Lo que es más difícil de medir pero igualmente real es el impacto en la autoestima colectiva de los bilbaínos. Bilbao era, en los años ochenta, una ciudad en crisis que dudaba de su futuro. El Guggenheim —junto con otras intervenciones urbanas como el saneamiento de la ría, el metro diseñado por Norman Foster y el tranvía de Fosteritos— le devolvió a la ciudad la sensación de que podía reinventarse sin perder lo que la hacía particular. Eso no aparece en ningún paper académico, pero es lo que más importa a quien creció en Bilbao durante esos años.
Lo que el "efecto Guggenheim" no explica, o explica solo en parte, es que la transformación de Bilbao fue posible porque existía una base cultural y social que le daba coherencia. Los pintxos, el Athletic Club, el euskera, las cofradías de pescadores, el Casco Viejo, el txikiteo de los jueves: todo eso existía antes del Guggenheim y sigue existiendo después. El museo no creó la identidad de Bilbao; la amplificó y la proyectó hacia fuera.