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El patio del Louvre al atardecer, con la pirámide de vidrio de Pei reflejando la luz dorada entre las fachadas del palacio.

Destinos · Francia · París

París en 2 días: el itinerario que no decepciona

Dos jornadas bien construidas para aprovechar al máximo la capital francesa

Lectura de 10 minutos

Dos días en París es lo mínimo para salir con algo más que imágenes de postal. No para verlo todo —eso nunca ocurre— sino para comenzar a entender la lógica de una ciudad que tiene capas, que tiene barrios con personalidades completamente distintas, que en la misma manzana puede concentrar un palacio del siglo XVII, un bistró de los años cincuenta y una galería de arte contemporáneo. Con dos jornadas bien organizadas, París deja de ser un catálogo de monumentos y empieza a parecerse a una ciudad real.

El secreto de este itinerario es la separación geográfica: cada día tiene su propio territorio, de modo que los desplazamientos son mínimos y el tiempo en los lugares es máximo.

Antes de salir: reservas imprescindibles

  • Sainte-Chapelle y Louvre: entrada online para evitar colas.
  • Torre Eiffel (si se quiere subir): reservar con días de antelación en temporada alta.
  • Musée d'Orsay (día 2): las entradas online evitan colas en la puerta.

La tarjeta de transporte Navigo Découverte con abono semanal (de lunes a domingo) es la opción más cómoda para quien llega un lunes o martes; el abono de 48 horas es la alternativa para otros días de llegada.


Día 1: El París histórico — de la Île de la Cité al Marais

El primer día vive en la margen derecha del Sena y en las islas, el territorio donde la ciudad tiene más de dos mil años encima.

Mañana: la Île de la Cité

La jornada empieza en la isla donde los parisii fundaron el asentamiento original. A primera hora de la mañana, antes de que los grupos organizados lleguen, la Île de la Cité tiene una calma que merece ser aprovechada.

Notre-Dame de París abre temprano. Reabierta en 2024 después de la restauración que siguió al incendio de 2019, la catedral ha recuperado una luminosidad excepcional: los vitrales han sido limpiados, la piedra interior ha recuperado su claridad original, y los rosetones —especialmente el del norte, con sus trece metros de diámetro— tienen una intensidad que las fotografías no transmiten. Los tres portales de la fachada occidental son una enciclopedia escultórica del gótico del siglo XIII: en el central, el Juicio Final con su detalle narrativo extraordinario. Calcular cuarenta y cinco minutos dentro.

La Sainte-Chapelle, a cinco minutos andando dentro del recinto del Palacio de Justicia, merece la misma atención aunque no tenga la fama popular de Notre-Dame. La mandó construir Luis IX en 1248 para albergar la Corona de Espinas. El precio de la reliquia fue, según dicen, mayor que el de la capilla. El resultado es un joyero gótico donde 1.113 paneles de cristal emplomado cubren 600 metros cuadrados de lo que deberían ser muros: la piedra existe solo como armazón para el cristal, y cuando la luz del sol atraviesa los paneles en los rojos, azules y dorados del siglo XIII, el interior se llena de una luminosidad que no tiene equivalente en ningún edificio del mundo. Conviene quedarse hasta que cambie un poco la luz.

Mediodía: el Louvre y la entrada por la pirámide

El Louvre está a quince minutos a pie de la Sainte-Chapelle, cruzando el río hacia la margen derecha. El mayor museo del mundo exige estrategia: no se puede ver en unas horas, pero sí se puede ver lo esencial.

La ruta más inteligente para quien tiene tiempo limitado: la Victoria de Samotracia en la escalera —una figura alada del siglo II a.C. de una energía cinética que todavía produce vértigo—, la Venus de Milo en las galerías de antigüedades griegas, y la Gioconda en la Salle des États. A eso puede añadirse una sala de antigüedades egipcias —la colección con sus sarcófagos y momias— o una de las grandes pinturas francesas del siglo XIX, la de Géricault o Delacroix. Dos horas con esa selección es más que suficiente para salir con la sensación de haber visto algo real, sin la saturación de quien ha intentado verlo todo.

Comer en el Palais Royal, a dos minutos del Louvre: los restaurantes y cafés de los jardines del palacio tienen precios turísticos moderados y el ambiente de los pórticos es uno de los más agradables del centro de París.

Tarde: el Marais y la Place des Vosges

La tarde pertenece al Marais, el barrio que sobrevivió a Haussmann y conserva el trazado medieval con sus calles sinuosas y sus hôtels particuliers —mansiones urbanas del siglo XVII que hoy albergan museos, galerías y embajadas.

La Place des Vosges es el centro geométrico y emocional del barrio: un cuadrado perfecto de 140 metros de lado, rodeado de edificios de ladrillo rojo y piedra blanca con tejados de pizarra gris azulada, todos a la misma altura, con soportales en planta baja. Enrique IV la mandó construir en 1605, fue la primera plaza planificada de París y sigue siendo la más hermosa. En el número 6, la casa donde Víctor Hugo vivió de 1832 a 1848 y escribió buena parte de Los Miserables, hoy museo gratuito con las habitaciones originales. Tomarse un café bajo los arcos y observar la plaza en todas sus horas de luz es uno de los placeres más gratuitos y más genuinos de la ciudad.

El Centre Pompidou queda a diez minutos andando desde la Place des Vosges, y si las artes visuales del siglo XX tienen algún atractivo, merece al menos una pasada por la colección permanente. El edificio en sí —con sus tuberías de colores por fuera, sus escaleras mecánicas en tubos de cristal, el escándalo que fue en 1977 y el icono que es hoy— es una razón de visita independiente de la colección. Las vistas desde la terraza sobre el tejado de París, con Montmartre al fondo, son de las mejores gratuitas de la ciudad.

Noche: cena en el Marais

El Marais de noche cambia de registro: los restaurantes llenan las terrazas, la mezcla del barrio histórico, la comunidad judía de la Rue des Rosiers y la comunidad LGBTQ genera una energía nocturna que pocos barrios de París igualan. Las calles alrededor de la Place des Vosges y la Rue de Bretagne concentran opciones para todos los presupuestos.


Día 2: El París monumental — de los Inválidos a Montmartre

El segundo día cruza la margen izquierda del Sena hacia el oeste y termina en la colina al norte de la ciudad.

Mañana: el Musée d'Orsay

El Musée d'Orsay merece la mañana entera del segundo día, y hay argumentos para pensar que es el mejor museo de París por delante del Louvre —no en tamaño ni en cantidad, sino en la experiencia de visita. La colección de pintura impresionista y postimpresionista que alberga en la antigua estación de ferrocarril de 1900 no tiene equivalente: Van Gogh, Monet, Renoir, Degas, Cézanne, Gauguin en salas que pueden recorrerse sin el agobio que genera el Louvre en temporada alta.

La entrada online permite evitar la cola de la puerta, que en temporada alta puede superar los cuarenta y cinco minutos. Llegar a la apertura —las nueve y media de la mañana— tiene la ventaja de las salas relativamente tranquilas antes de la afluencia máxima. Calcular dos horas con comodidad.

Mediodía: el Pont Alexandre III y los Inválidos

Al salir del Orsay, el Pont Alexandre III está a diez minutos andando hacia el este. El puente más ornamentado de París —construido para la Exposición Universal de 1900, de un solo arco de acero muy bajo para no obstaculizar las vistas, con ninfas, querubines, pegasos dorados y farolas Belle Époque— es uno de esos lugares donde cruzar el río se convierte en un acto consciente de disfrute. Cruzarlo despacio, mirando el Sena en ambas direcciones y la perspectiva hacia los Inválidos al sur, es mejor que cualquier atracción turística con entrada de pago.

Al otro lado del puente, el Hôtel des Invalides despliega su cúpula dorada sobre una fachada de 196 metros de longitud. Luis XIV lo mandó construir en 1670 como hospital para los soldados heridos en sus guerras. Bajo la gran cúpula está la tumba de Napoleón, en un sarcófago de pórfido rojo de seis metros de largo rodeado de un espacio diseñado para producir escala y vértigo. Para quien tenga interés en historia militar, el Musée de l'Armée que hay dentro es uno de los más completos del mundo.

Comer en alguno de los bistrós del barrio de Saint-Germain-des-Prés, a diez minutos al este de los Inválidos. Este barrio fue durante décadas el epicentro intelectual de París —Sartre y Beauvoir en el Café de Flore, Hemingway en el Café de Deux Magots— y aunque el ambiente literario original es más leyenda que presente, la calidad gastronómica del barrio se mantiene.

Tarde: Torre Eiffel y Trocadéro

La tarde del segundo día pertenece a la Torre Eiffel. No como monumento imprescindible —para eso ya está el resto del itinerario— sino como experiencia: la Torre Eiffel al atardecer, vista desde los Campos de Marte o desde el Trocadéro, tiene una calidad visual que ninguna fotografía anticipa del todo.

El Trocadéro ofrece la perspectiva más fotogénica: la explanada con sus fuentes, el puente del Iéna, y la torre al fondo a 324 metros de altura. Si se ha reservado entrada para subir, hacerlo a media tarde —cuando la luz está cambiando hacia el dorado— ofrece la mejor combinación de vistas y calidad lumínica. La segunda planta tiene una relación calidad-precio mejor que la tercera: la vista ya es extraordinaria y la cola es menor. La segunda planta tiene además un suelo de cristal que permite mirar hacia abajo.

Los Campos de Marte a los pies de la torre son la alternativa gratuita: instalarse en el césped con algo de comida y esperar el atardecer. El espectáculo de luces de cada hora después del anochecer —veinte mil bombillas centelleando durante cinco minutos— es gratuito y visible desde el parque con una claridad perfecta.

Atardecer: Montmartre

Si el segundo día tiene energía suficiente para terminar en las alturas, Montmartre cierra el recorrido de una manera que difícilmente se olvida. Fue durante décadas el epicentro de la bohemia artística de París: Picasso pintó aquí las Señoritas de Avignon, Renoir pintó el Moulin de la Galette a 200 metros de la Place du Tertre.

La Basílica del Sacré-Cœur corona la colina con sus cúpulas de travertino blanco. No es la más interesante arquitectónicamente —su estilo romano-bizantino es inusual en París y a veces resulta frío— pero las vistas desde la explanada compensan cualquier ambivalencia: París entera extendiéndose hacia el horizonte, la Torre Eiffel asomando al suroeste, el Sena serpenteando entre los tejados. Al atardecer, esa vista tiene unos tonos que justifican haber subido.

El funicular desde Anvers es la opción más cómoda para la subida, incluido en el abono de transporte. Para la bajada, las callejuelas del barrio —con sus fachadas de colores, sus pequeños viñedos urbanos en la Rue Saint-Vincent— merecen más tiempo que la subida.


Información práctica

Transporte: la tarjeta Navigo Découverte con abono semanal (5 € más el coste del abono, unos 30 € en total) es la opción más cómoda para quien llega lunes o martes. Para otros días, el abono de 48 horas cubre bien los dos días. El funicular de Montmartre está incluido en el abono.

Comida: los bistrós del Marais (día 1) y de Saint-Germain (día 2) ofrecen la mejor relación calidad-precio del centro. Los menús del mediodía —entrada, plato y postre o café— suelen estar entre 15 y 20 euros en los bistrós tradicionales. Las panaderías para el desayuno son parte de la experiencia: croissant y café en la barra cuesta menos de cuatro euros.

Sobre las colas: el Louvre y la Sainte-Chapelle tienen colas significativas sin reserva online en temporada alta. La Sainte-Chapelle es especialmente afectada porque el control de seguridad es lento. Reservar online es la diferencia entre media hora de pérdida y quince minutos de trámite.

¿Se queda corto este itinerario? Con tres días se puede añadir Versalles o el Musée Rodin, más tiempo en Montmartre y alguno de los mercados del fin de semana.