
París en 5 días: la versión sin renuncias
Cinco jornadas para entender París más allá de sus iconos, con tiempo para los barrios, los mercados y los días sin agenda
Cinco días en París es suficiente para ver los grandes monumentos sin prisas, para hacer la excursión a Versalles sin que eso robe tiempo a otra cosa, para descubrir Montmartre antes de que se llene de turistas, para perderse por un mercado de antigüedades en Saint-Ouen un sábado por la mañana y para tener, finalmente, esa tarde sin plan que es cuando París se muestra con mayor claridad: el café largo en un bistró de barrio, el puente sobre el Sena a última hora, la librería de viejo en la que uno entra por casualidad y sale dos horas después.
Con cinco días el itinerario puede respirar. No hay que elegir entre el Orsay y el Louvre, ni entre Versalles y Montmartre. Todo cabe. Y hay espacio para lo que nunca está en los itinerarios porque no se puede planificar: los momentos en que la ciudad se muestra como es, sin posados.
Antes de llegar: las reservas imprescindibles¶
- Louvre y Sainte-Chapelle: entrada online, obligatorio.
- Musée d'Orsay: entrada online.
- Torre Eiffel: si se quiere subir, reservar con varios días de antelación.
- Versalles: entrada online, especialmente para la Galería de los Espejos. En verano, reservar con semanas de antelación.
- Marché aux Puces de Saint-Ouen: solo abre viernes, sábados y domingos. Planificar en consecuencia.
La tarjeta Navigo Découverte con abono semanal (de lunes a domingo) es imprescindible para cinco días. Cubre metro, autobús, RER —incluido Versalles y el aeropuerto Charles de Gaulle— y el funicular de Montmartre.
Día 1: Las islas y el Marais¶
El primer día traza el recorrido histórico más denso de París: las islas donde nació la ciudad y el barrio que guardó su trazado medieval.
Mañana: la Île de la Cité
Notre-Dame de París a primera hora. La catedral reabierta en 2024 tiene una luminosidad recuperada que los visitantes anteriores al incendio no conocían: los vitrales limpios, la piedra clara, los rosetones en su intensidad original. Los tres portales de la fachada occidental son una narración escultórica del siglo XIII que exige tiempo y atención. Entrar y quedarse quieto mientras los ojos se adaptan es la única manera de ver los detalles que desde la puerta son invisibles.
La Sainte-Chapelle a continuación: el joyero gótico de 1248 con sus 1.113 paneles de cristal del siglo XIII en rojos, azules y dorados. La experiencia visual más intensa que puede ofrecer cualquier edificio europeo, y uno de esos lugares donde uno desearía poder estar solo aunque sea cinco minutos.
Tarde: el Louvre
Con cinco días hay tiempo para el Louvre sin las prisas del itinerario de dos. Dedicar tres horas a recorrer las secciones con más atención: las antigüedades egipcias con su colección de momias y sarcófagos, la escultura griega y helenística, la pintura italiana del Renacimiento y la pintura francesa del XIX con el gigantismo emocional de Géricault y Delacroix. La Victoria de Samotracia, la Venus de Milo y la Gioconda son los iconos, pero el Louvre tiene tesoros en cada sala que la mayoría de los visitantes no llega a ver.
Noche: el Marais
Cena en el Marais. Si es el primer contacto con el barrio, la Place des Vosges iluminada de noche es una imagen que lo resume todo: el ladrillo rojo y la piedra blanca, los arcos de los soportales, la escala perfecta de una plaza que Enrique IV diseñó en 1605 y que no ha necesitado ninguna reforma desde entonces.
Día 2: La margen izquierda — Orsay, Rodin y Torre Eiffel¶
El segundo día vive al sur del Sena.
Mañana: el Musée d'Orsay
El Musée d'Orsay merece la mañana sin carreras. La colección impresionista —Monet, Renoir, Degas, Pissarro—, la postimpresionista —Van Gogh, Cézanne, Gauguin—, las salas de escultura y las colecciones de artes decorativas Art Nouveau en un edificio que es en sí mismo una obra de arte: la antigua estación de ferrocarril con su gran nave acristalada. Calcular tres horas.
Mediodía: el Musée Rodin
El Musée Rodin está a quince minutos andando desde el Orsay. El escultor vivió y trabajó en el Hôtel Biron, y sus jardines —con el Pensador, los Burgueses de Calais y la Puerta del Infierno al aire libre, entre árboles y macizos de flores— son uno de los espacios más tranquilos del centro de París. El contraste entre la monumentalidad de los Inválidos al lado y la escala íntima del jardín de Rodin es uno de los mejores de la ciudad.
Almuerzo en Saint-Germain-des-Prés. Los bistrós de las calles alrededor del Café de Flore y las Deux Magots tienen los precios del barrio bohemio que ya no existe, pero siguen siendo mejores que los del entorno inmediato de los monumentos principales.
Tarde: Inválidos y Torre Eiffel al atardecer
El Pont Alexandre III y el Hôtel des Invalides —la cúpula dorada, la tumba de Napoleón en su sarcófago de pórfido rojo— para quien tenga interés. Y la Torre Eiffel al atardecer: desde los Campos de Marte instalado en el césped, o subiendo a la segunda planta para ver la ciudad cambiando de luz desde los 115 metros. El espectáculo de luces de cada hora después del anochecer es el cierre perfecto.
Día 3: Montmartre y el norte de París¶
Mañana: Montmartre
Subir temprano a Montmartre —antes de las nueve— cuando el barrio tiene todavía una calma que las horas centrales del día no van a devolver. La Place du Tertre sin turistas masivos. La Basílica del Sacré-Cœur y las vistas desde la explanada: París entera hasta el horizonte, la Torre Eiffel al suroeste, el Sena entre los tejados. El funicular desde Abbesses es cómodo; a pie por las escalinatas es más auténtico.
Las calles del barrio merecen tiempo: la Rue Lepic con su mercado, la Rue Saint-Vincent con sus viñedos urbanos que producen un vino ceremonialmente vinificado cada octubre, el Moulin de la Galette que Renoir pintó en 1876 con sus parejas bailando en el jardín. El barrio de Picasso, Van Gogh, Toulouse-Lautrec y Modigliani —cuando los alquileres en el centro eran prohibitivos y la colina estaba prácticamente fuera de la ciudad— todavía tiene calles que se reconocerían en aquellas pinturas.
Tarde: Pigalle y los grandes almacenes
Pigalle, al pie de la colina, tiene una vida propia que va mucho más allá de la reputación nocturna que le han dado los años. Tiendas de instrumentos musicales, restaurantes vietnamitas, bares de barrio donde los locales siguen yendo. Y las Galeries Lafayette y el Printemps, si la arquitectura de los grandes almacenes Belle Époque —la cúpula de mosaicos de las Galeries Lafayette es de un kitsch glorioso— tiene algún atractivo.
Día 4: Versalles¶
Un día completo para Versalles, la megalomanía que funciona.
La decisión previa: palacio o jardines
Los jardines de Versalles son de acceso libre la mayor parte del año y son, en términos de experiencia, lo más impresionante del conjunto. André Le Nôtre creó entre 1661 y 1700 la obra maestra del paisajismo europeo: 800 hectáreas, 300.000 árboles, 50 fuentes y 620 surtidores, todo organizado en un eje central de kilómetros que se extiende desde la fachada del palacio hasta donde alcanza la vista. El Gran Canal —casi 1.700 metros de longitud por 62 de ancho— tiene una escala tan desmesurada que incluso en temporada alta los grupos de turistas se diluyen en el paisaje. Sentarse al borde del canal mirando hacia el palacio que se recorta diminuto en la distancia es uno de los mejores momentos de tranquilidad que puede ofrecer cualquier excursión desde París.
Si se entra al palacio, hacerlo temprano y con entrada reservada. La Galería de los Espejos —357 espejos, 20.000 velas reproducidas hoy en lámparas, techo pintado con las victorias militares de Luis XIV— es la razón principal. En temporada alta hay que estar antes de las nueve para verla con alguna paz; después de las once es una manifestación de turistas.
El Petit Trianon y la Aldea de la Reina, en la zona norte del parque, son el contrapunto: el refugio personal de María Antonieta, la casita rústica con su granja y su molino que la reina mandó construir para escapar del protocolo. Es fácil juzgar la excentricidad, pero también hay algo profundamente humano en esa necesidad de escapar de un rol que nunca eligió. Los jardines del Trianon son más íntimos y más tranquilos que los grandes jardines formales.
Almuerzo en Versalles —hay restaurantes y puestos de comida en el interior del parque y en el pueblo junto al palacio. Volver a París al atardecer o a primera hora de la noche.
El RER C desde la Gare d'Austerlitz llega a Versalles Château en 40 minutos. Con el abono Navigo semanal, el trayecto está cubierto.
Día 5: El mercado de Saint-Ouen y un día de barrio¶
El quinto día merece el ritmo más relajado del viaje: un mercado extraordinario por la mañana y una tarde dedicada a los lugares que los días anteriores han dejado pendientes.
Mañana: el Marché aux Puces de Saint-Ouen
El Marché aux Puces de Saint-Ouen abre viernes, sábados y domingos. Si alguno de estos días coincide con el quinto día del viaje, es la excursión más inteligente que se puede hacer en París como colofón a los monumentos de los días anteriores.
Más de 2.500 vendedores repartidos en quince mercados cubiertos: el Marché Vernaison, el más antiguo y laberíntico, con puestos diminutos de postales viejas, vajillas desparejadas, cerraduras y mapas; el Marché Biron, más elegante, con galerías de muebles del siglo XVIII; el Marché Dauphine con libros antiguos, vinilos y fotografía vintage; el Marché Paul Bert Serpette con los mejores objetos de diseño del siglo XX.
La historia del mercado se remonta a 1885, cuando los traperos expulsados del centro por las reformas de Haussmann empezaron a instalar sus puestos en las afueras de la ciudad. Lo que empezó como mercadillo de supervivencia se convirtió en el mayor referente mundial del comercio de antigüedades. Hoy tienen aquí sus proveedores los decoradores más importantes del mundo, pero el ambiente sigue siendo de mercado: el ambiente de buscar y a veces encontrar.
Llegar antes de las diez de la mañana para los mejores puestos de los mercados más especializados.
Tarde libre
La tarde del último día merece quedarse sin agenda fija. Algunas ideas según lo que hayan dejado pendiente los días anteriores:
El Centre Pompidou y el barrio del Marais en profundidad: el edificio de Renzo Piano y Richard Rogers, con sus tuberías de colores por fuera, sigue siendo uno de los más provocadores de Europa, y la colección del siglo XX y XXI del interior es un contrapunto perfecto a los días de pintura clásica del Louvre y el Orsay.
La Place de la Concorde al atardecer: la plaza más grande de París, con el obelisco de Luxor de 3.300 años en el centro y la perspectiva de los Campos Elíseos subiendo hacia el Arco del Triunfo. Aquí se instaló durante la Revolución la guillotina que decapitó a Luis XVI y a más de mil personas. La historia pesa de manera diferente cuando se conoce el lugar exacto.
El Pont des Arts y sus alrededores: el puente peatonal sobre el Sena entre el Louvre y el Institut de France, con la vista más clásica de la Île de la Cité. Al atardecer, cuando la luz dorada rebota sobre el agua, es una imagen que resume todo lo que París puede ser.
Noche: el cierre del viaje
La última noche en París merece elegir el mejor restaurante al que se pueda llegar presupuestariamente. No el más caro ni el más famoso: el más adecuado para terminar cinco días en una ciudad que ha dado mucho. El Marais, Saint-Germain y los bistrós del barrio Latino tienen cada uno su argumento. Lo que Paris ofrece con generosidad es que sea cual sea la elección, es difícil salir insatisfecho.
Información práctica¶
Transporte: la Navigo semanal cubre absolutamente todo lo necesario para cinco días, incluido Versalles y el aeropuerto CDG. Comprarse el primer día con una foto de carnet que hay que llevar de casa (o hacérsela en el fotomatón de cualquier estación grande).
Alojamiento: el Marais y el barrio Latino son las mejores ubicaciones para este itinerario. Saint-Germain es más caro y Montparnasse más conveniente si el vuelo sale de Orly.
Gastronomía: con cinco días hay tiempo y margen presupuestario para variar. Los bistrós tradicionales con menú del mediodía (15-22 €) son la mejor relación calidad-precio para las comidas principales. Los mercados cubiertos —Marché d'Aligre, Marché Bastille el domingo— ofrecen la otra versión de París: la que compra y come sin performance turística.
Los mejores momentos del día: Notre-Dame y la Sainte-Chapelle a primera hora. Los jardines de Versalles entre semana. Montmartre antes de las nueve. Los Campos de Marte al anochecer. El mercado de Saint-Ouen a primera hora de la mañana. Estas ventanas de tiempo son la diferencia entre una visita memorable y una que se diluye entre multitudes.