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Una cámara de fotos con teleobjetivo abandonada sobre la mesa de madera de un bar, con un vaso de sidra a medias al lado y, desenfocados al fondo, la pizarra de bocadillos y varios clientes de espaldas.

Reflexiones

El viajero como intruso

Fotografiamos, observamos, consumimos la vida ajena como espectáculo. ¿Dónde termina la curiosidad legítima del viajero y dónde empieza la intrusión?

Estaba en un callejón de Singapur cuando lo vi: otro turista apuntando su cámara directamente a la cara de un anciano que vendía especias. Sin pedir permiso, sin mediar palabra, sin siquiera una sonrisa. El anciano apartó la mirada con una mezcla de resignación y fastidio que delataba años de práctica. Y yo, que observaba la escena con cierta indignación, me pregunté: ¿cuántas veces habré hecho yo exactamente lo mismo sin darme cuenta?

La cámara como escudo y como arma

Hay algo en el acto de sostener una cámara que nos transforma. De repente, dejamos de ser personas interactuando con otras personas y nos convertimos en documentalistas de lo ajeno. La cámara crea una distancia cómoda: ya no estamos con la gente, sino frente a ella. Nos otorgamos el derecho de capturar momentos que no nos pertenecen, vidas que no hemos pedido permiso para enmarcar.

Recuerdo una tarde en Jerusalén, en la ladera del Monte de los Olivos, donde decenas de turistas —yo incluido— fotografiábamos sin cesar el cementerio judío mientras las familias depositaban piedras sobre las tumbas de sus seres queridos. Duelo real, memoria real, intimidad real. Convertido en material para Instagram. En ese momento me asaltó una incomodidad que no he podido sacudirme desde entonces: ¿qué sentiría yo si un desconocido fotografiase a mi familia honrando a un ser querido para subirlo a sus redes?

El zoo humano de cinco estrellas

Si somos honestos, buena parte del turismo se sustenta en una forma sofisticada de voyeurismo. Visitamos mercados no para comprar, sino para ver cómo compran otros. Recorremos barrios populares no para habitarlos, sino para experimentar una vida que no es la nuestra desde la seguridad de saber que podemos irnos cuando queramos. Pagamos por tours que nos llevan a comunidades indígenas, favelas o poblados rurales como quien visita un museo viviente.

En Tokio, vi grupos enteros de turistas descender sobre algunas geishas que caminaban por Gion. Las rodeaban, las fotografiaban desde todos los ángulos, les cortaban el paso para conseguir el encuadre perfecto, y se marchaban sin mediar palabra, sin dejar más que la sensación de haber sido parte de un safari humano. Las geishas seguían caminando, con la vista fija al frente. Habían aprendido a ser invisibles mientras eran observadas.

La paradoja del viajero consciente

Aquí viene lo incómodo: saberlo no te inmuniza. Puedes leer todos los artículos sobre turismo responsable, puedes ser perfectamente consciente de la dinámica de poder que implica ser un occidental con cámara en un país en desarrollo, y aun así caer en las mismas trampas. Porque la curiosidad genuina y el voyeurismo comparten el mismo impulso inicial: el deseo de ver, de entender, de capturar lo diferente.

La diferencia está en lo que haces con ese impulso. ¿Te detienes a hablar con la persona antes de fotografiarla? ¿Te preguntas si tu presencia altera lo que estás intentando observar? ¿Eres consciente de que para ti es una anécdota y para ellos es su vida cotidiana?

He aprendido —a base de errores— algunas reglas que intento aplicarme:

  1. La regla del espejo: antes de fotografiar a alguien, me pregunto si me molestaría que un extraño me hiciese lo mismo en mi barrio de Bilbao.
  2. El contacto antes del disparo: una sonrisa, un gesto, una pregunta. Si no soy capaz de establecer un mínimo contacto humano, probablemente no debería estar apuntando mi cámara.
  3. La prueba de la historia: ¿puedo contar algo sobre esta persona más allá de su apariencia? Si la respuesta es no, estoy reduciendo a un ser humano a decorado.

Cuando el observador es observado

Hay un momento revelador que todo viajero debería experimentar: sentirse observado. Me ocurrió en el metro de Shanghai, donde era, literalmente, el único occidental del vagón. Los pasajeros me miraban con la misma curiosidad con la que yo solía mirar a otros en mis viajes. No con hostilidad, sino con esa mezcla de fascinación y extrañeza que produce lo diferente.

Fue incómodo. Y fue enormemente educativo.

Porque cuando eres tú el objeto de las miradas, entiendes visceralmente algo que la teoría no puede enseñarte: ser convertido en espectáculo es deshumanizante, por muy buenas intenciones que tenga quien te observa. No importa que la mirada sea amable. Lo que molesta es sentir que existes solo como curiosidad, como anécdota que contar, como contenido para el álbum de otro.

La presencia como impacto

Hay una verdad que los viajeros rara vez queremos aceptar: nuestra sola presencia ya es una forma de intrusión. No hace falta ser grosero ni invasivo. Basta con estar ahí, en un espacio que funciona perfectamente sin nosotros, alterándolo con nuestra simple existencia.

Cada vez que entramos en un templo que no es el nuestro, en un barrio que no nos pertenece, en una ceremonia que no entendemos, estamos cruzando un umbral. La cuestión no es si debemos hacerlo —el viaje perdería todo su sentido si no lo hiciéramos—, sino cómo lo hacemos.

He llegado a pensar que la diferencia entre un viajero respetuoso y uno intrusivo no está en lo que hace, sino en lo que siente. El primero experimenta gratitud por el privilegio de estar ahí. El segundo siente que tiene derecho a estar ahí. Es una diferencia sutil pero enorme.

Viajar sin consumir

¿Es posible viajar sin convertir la vida ajena en producto de consumo? Creo que sí, pero requiere un esfuerzo constante y una honestidad brutal con uno mismo.

Significa aceptar que hay momentos que no necesitan ser fotografiados. Que hay lugares donde tu presencia no suma nada. Que a veces la mejor forma de respetar una cultura es simplemente estar, sin documentar, sin analizar, sin interpretar. Solo estar.

Significa también reconocer que el viaje no te da derechos sobre los lugares que visitas ni sobre las personas que habitan en ellos. Que "haber estado ahí" no es un logro y que la vida de los demás no existe para enriquecer tu experiencia.

Los viajes más transformadores que recuerdo no son aquellos en los que saqué las mejores fotos, sino aquellos en los que guardé la cámara. Aquel atardecer desde los Jardins du Morro en Oporto, simplemente viendo caer el sol sobre el Duero sin buscar el encuadre perfecto. Aquella noche en Gardens by the Bay en Singapur, donde dejé la cámara en el bolsillo y me dejé envolver por el espectáculo de luces entre los árboles gigantes. Aquel mercado en Estambul donde dejé de buscar encuadres y empecé a comprar fruta, como uno más.

Porque quizá la mayor lección que el viaje puede enseñarnos es precisamente esta: que el mundo no es un escenario montado para nosotros, que las personas que encontramos no son figurantes de nuestra película, y que la verdadera riqueza de estar lejos de casa no está en lo que nos llevamos, sino en lo que dejamos en paz.