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Dubái y Abu Dhabi, el parque temático del desierto
Dubái es un destino como pocos en el mundo. Toda la ciudad puede considerarse algo así como un gran parque de diversión para adultos. Un país capaz de construir islas con forma de palmera, de rozar el cielo con el rascacielos más alto, de ofrecerte lujos desmedidos o turismo de lo más accesible.
Viaje a Dubái. Consideraciones previas¶
Lo que conviene saber antes de llegar a la ciudad que se construyó por decreto
Tengo que reconocer que la primera vez que nos planteamos hacer un viaje a Dubái no estaba muy seguro de si sería un destino realmente interesante.
En años anteriores habíamos alucinado con lugares como Hong Kong y Shanghái, pero de alguna forma Dubái se me antojaba como un lugar mucho más frío, carente de historia y reservado a los viajeros con mayor poder adquisitivo.
Según empecé a indagar más, supe que me iba a encantar. No vas a encontrar grandes lugares históricos ni belleza natural. Lo que vas a encontrar es un lugar totalmente artificial, donde las posibilidades de ejecución de los sueños humanos parecen no tener límite, y que te dejará descolocado por sus dimensiones, su capacidad de ejecución y su lógica propia. Lo artificial supera a lo natural tan completamente que acaba siendo su propia categoría.
Nota: Esta guía la escribí en octubre de 2012. Los datos prácticos —precios, tarifas, aplicaciones— han cambiado desde entonces. Los mantengo como testimonio de época pero he añadido algunas notas de actualización donde la información ha variado de forma significativa.
Cincuenta años de historia a toda velocidad
Para entender lo que vas a ver hace falta saber de dónde viene todo esto, porque la velocidad de la transformación es parte del espectáculo.
A mediados del siglo XX, Dubái era un pueblo de pescadores de perlas en el golfo Pérsico. La economía dependía casi por completo del buceo: cuadrillas de hombres que bajaban al fondo del mar a buscar ostras y vendían las perlas a los mercaderes que llegaban en dhow desde todo el Golfo. Era un trabajo brutal y la vida era dura. Luego, en los años 30, llegaron los barcos de vapor japoneses cargados de perlas cultivadas —Mikimoto había perfeccionado la técnica— y el mercado se hundió. La región cayó en una pobreza que duró décadas.
El petróleo llegó tarde y de forma desigual. Abu Dhabi encontró reservas enormes en 1958; Dubái encontró las suyas en 1966, pero mucho más pequeñas. Esa diferencia lo cambió todo. Abu Dhabi podía permitirse vivir del crudo durante generaciones. Dubái no. El sheikh Rashid bin Saeed Al Maktoum lo entendió antes que nadie: si el petróleo se iba a acabar, más valía construir algo que no dependiera de él. En 1959 dragó el Creek para permitir el acceso de barcos más grandes y con eso levantó la base del puerto que haría de Dubái el centro comercial del Golfo. Construyó carreteras, hospitales, el aeropuerto. Apostó por el comercio y el turismo décadas antes de que nadie más en la región lo considerara necesario.
Su hijo Mohammed bin Rashid Al Maktoum aceleró esa transformación desde los años 90 con una ambición que resultaba difícil de creer sobre el papel: el Burj Al Arab en 1999, el Palm Jumeirah en los 2000, el Burj Khalifa —inaugurado en 2010— como el edificio más alto del mundo. Y todo esto construido, en gran medida, con mano de obra emigrante que vive en condiciones que el relato oficial prefiere no destacar demasiado.
Cuando llegamos en 2012, la ciudad estaba saliendo de una resaca considerable. La crisis de 2008 había golpeado fuerte: Dubai World, el fondo soberano de inversiones, estuvo al borde de la quiebra y tuvo que ser rescatado por Abu Dhabi con 25.000 millones de dólares. La hubris de los años del boom había pasado factura. Pero en octubre de 2012 la maquinaria ya volvía a funcionar, las grúas habían vuelto a levantarse y la ciudad seguía creciendo.
No vas a encontrar historia de siglos, pero sí la historia comprensible de cómo un pueblo de pescadores se convirtió en cincuenta años en una de las ciudades más reconocibles del mundo.
El idioma
No tendréis ningún problema con el idioma. El inglés es la opción por defecto en todo momento y con todo el mundo. En algunas ocasiones el acento puede resultar difícil de seguir, pero nunca tuvimos problema de comunicación real. El árabe está en los carteles oficiales, siempre junto a la versión en inglés.
La moneda
La moneda oficial es el dírham (AED). El tipo de cambio frente al dólar lleva fijo desde 1997: 1 USD equivale a 3,6725 AED, y esa paridad no se ha movido. Lo que sí ha cambiado desde que escribí esto es el coste de vida general, que ha subido notablemente —Dubái es hoy una ciudad cara por cualquier estándar internacional.
En cuanto a dónde cambiar: la tasa en el aeropuerto es notablemente peor que la de cualquier oficina de cambio de la ciudad. El consejo es cambiar lo justo para los gastos inmediatos a la llegada y buscar las casas de cambio de los centros comerciales en cuanto podáis. Los billetes son un poco incómodos al principio porque la numeración occidental solo aparece en una de las caras, pero en un día ya os habéis acostumbrado.
Desplazamientos
Dubái es una ciudad de distancias enormes y muy poco preparada para el peatón. Recuerda a Los Ángeles en ese sentido. El metro es útil, pero puede dejarte muy lejos de según qué zonas. Nosotros alquilamos un coche para toda la semana, una decisión que repetiría sin dudar: el alquiler es barato, la gasolina más todavía, y la libertad que te da no tiene precio.
El tráfico es caótico —carreteras de siete carriles en cada sentido, giros de 180 grados permitidos, señales justo en el punto de intersección— y la señalización deja mucho que desear.
Cuando estuvimos en 2012, el GPS era prácticamente imprescindible pero también bastante poco fiable: la ciudad cambiaba más rápido que las actualizaciones de mapas, y encontrábamos continuamente carreteras en obras, tramos cortados o modificados que el GPS desconocía por completo. Había que usarlo de forma orientativa. Hoy en día Google Maps y Waze funcionan bien en Dubái —la ciudad ha estabilizado su desarrollo lo suficiente como para que los mapas sean fiables— aunque la advertencia sobre el calor y las distancias sigue siendo igual de válida.

Como punto a favor, la orientación es relativamente sencilla: toda la ciudad se extiende a lo largo de la costa y a ambos lados de la Sheikh Zayed Road, que va prácticamente en línea recta hasta Abu Dhabi. Una vez que tienes ese eje claro, te ubicas.
La Sheikh Zayed Road es de peaje, aunque no hay que pararse. El coche de alquiler lleva una tarjeta magnética y los arcos de peaje registran automáticamente el paso. El importe se liquida al devolver el vehículo. Nosotros en una semana pagamos 60 dírhams de peajes —unos 13 euros— así que no es algo que preocupe.
The Entertainer
Seguramente habréis oído hablar de The Entertainer. En 2012 era un libro físico —bastante voluminoso, con cientos de cupones 2x1 para restaurantes, actividades, parques temáticos y hoteles— que costaba unos 70 euros al cambio. A pocas actividades que hicierais (safari al desierto, parque acuático, algún restaurante) lo amortizabais con creces.
Nosotros lo compramos por Internet con envío a casa antes de salir, para poder revisarlo con calma y marcar lo que más nos interesaba. También daban la opción de enviártelo directamente al hotel, para no tener que volar con él —pesa lo suyo. Yo preferí tenerlo en casa unos días antes del viaje para planificar mejor.
Hoy The Entertainer sigue funcionando pero ha pasado a ser principalmente una aplicación —The Entertainer App— disponible para Dubái, Abu Dhabi y otras ciudades del Golfo. El sistema es el mismo: ofertas 2x1 para restaurantes, actividades y hoteles. La app ha hecho que sea bastante más cómodo de usar sobre el terreno, aunque imagino que habrá perdido algo del ritual de ir marcando cupones con un rotulador la noche anterior.
El calor
Sabíamos que en Dubái hace calor, pero aun así el bochorno es más impactante de lo que te hayas imaginado. Hay que olvidarse de pasear. Paseos cortos, sesiones de fotos rápidas y de vuelta a los interiores con aire acondicionado. Octubre es uno de los meses más razonables para ir —entre 30 y 35 grados de día— pero "razonable" en Dubái tiene un significado propio. El contraste térmico entre el frío industrial de los interiores climatizados y los 32 grados con humedad que esperan al otro lado de cualquier puerta automática es constante y físicamente notable. Llegas a agradecerlo de una forma que en otros viajes no te has planteado.


Día 1: Bilbao a Dubái, vía Fráncfort¶
Empezamos el sábado 6 de octubre en un taxi hacia el aeropuerto de Bilbao con un chófer más dormido que despierto que terminó varias veces invadiendo el carril de sentido contrario. Suerte que eran las 5:30 de la mañana y el tráfico prácticamente inexistente. No fue el comienzo más tranquilizador, pero llegamos al aeropuerto sanos y salvos.
Cogimos sin incidentes el vuelo a Fráncfort a las 6:45 y el madrugón se vio recompensado por uno de los amaneceres más bonitos que hemos contemplado desde un avión. Esas cosas que solo pasan cuando vuelas hacia el este en las primeras horas del día.

La escala en Fráncfort fue de cinco horas, tiempo suficiente para desayunar con calma, revisar el plan del viaje y empezar a notar que el cansancio del madrugón se instalaba. Luego tomamos el vuelo hacia Dubái, unas seis horas de vuelo directo hacia el sureste.
La llegada de noche
El aeropuerto de Dubái (DXB) es uno de los más transitados del mundo, hub principal de Emirates. Aterrizamos en la terminal 3, inaugurada en 2008 y que ostenta el título de mayor edificio terminal del mundo: casi un millón de metros cuadrados bajo un mismo techo. La información no prepara del todo para la experiencia de recorrer sus pasillos a las once de la noche local, que es cuando llegamos.
Pero antes de eso, la llegada en avión ya es un espectáculo propio. Dubái de noche, vista desde el aire, es un tapiz de luces que no corresponde a ningún patrón urbano que hayas visto antes: no la cuadrícula de Manhattan ni la expansión difusa de otras ciudades, sino algo más caprichoso, más construido por decreto que por crecimiento orgánico. Las islas artificiales del Palm se reconocen desde el aire incluso de noche, iluminadas como circuitos electrónicos. Ya desde el avión entiendes que lo que vas a ver en los próximos días tiene una lógica diferente a la de cualquier otra ciudad.
El cruce del control de inmigración es lento. Las colas avanzan muy, muy despacio. La parte positiva es que los viajeros españoles no necesitamos ningún tipo de visado, ni siquiera rellenar la típica hoja de inmigración que piden en otros países. Simplemente pasaporte, las preguntas de rutina sobre alojamiento y motivo de la visita, y listo.
Luego, la salida al exterior.
El aire acondicionado del aeropuerto está regulado a una temperatura que podría estar en cualquier aeropuerto del norte de Europa. El exterior de Dubái en octubre, pasadas las once de la noche, son unos 30-32 grados con una humedad que te envuelve antes de que hayas dado dos pasos. El contraste es físico e inmediato: cruzas la puerta automática y es como meter la cabeza en un horno templado. Después de una noche de vuelo y varios aeropuertos, lo notas más todavía.
Cambiamos unos pocos euros a dírhams —lo justo, recordando que el aeropuerto tiene el peor cambio de la ciudad— y recogimos el coche de alquiler que habíamos reservado desde España: un Mitsubishi Lancer blanquísimo, muy nuevo y con cambio manual, que es lo que estamos acostumbrados a conducir aunque en Dubái se estila más el automático.
El hotel junto al Mall
Gracias al GPS del móvil llegamos sin grandes problemas al hotel, el Ibis Mall of the Emirates. La elección no fue al azar: relación calidad-precio buena y, sobre todo, a cinco minutos andando del Mall of the Emirates, el segundo centro comercial más grande de Dubái. En una ciudad donde el centro comercial funciona como infraestructura urbana —restaurantes, supermercados, cines, todo bajo aire acondicionado— tener uno a ese precio de distancia simplifica bastante todo.

El hotel cuenta con wifi gratuito en recepción y restaurantes. En las habitaciones, conexión a través de cable de red y de pago por tiempo de uso, aunque a un precio razonable para quien lo necesite. No fue nuestro caso.
Eran cerca de la una de la madrugada cuando subimos a la habitación. El día había empezado doce horas antes con un taxista dormido en las calles de Bilbao y terminaba aquí, en un hotel junto a uno de los centros comerciales más grandes del planeta, con treinta grados esperando al otro lado de la ventana. Solo llevábamos dos horas en Dubái y ya resultaba evidente que iba a ser un viaje diferente a todo lo anterior.

Día 2: El Burj Khalifa desde dentro y desde abajo¶
El domingo nos levantamos con ganas de meternos de lleno en la ciudad. Desayunamos en el bufé del hotel, cogimos el Lancer y pusimos rumbo al Dubai Mall. Era el primer día de turismo real y el destino elegido tenía su lógica: si algo resume el Dubái del siglo XXI en un solo lugar, es ese rincón donde conviven el centro comercial más grande del mundo, las fuentes más grandes del mundo y el edificio más alto del mundo, todo en un radio de doscientos metros.
Dubai Mall y el acuario
El Dubai Mall abrió en 2008 y tiene 502.000 metros cuadrados de superficie total, lo que lo convierte en el mayor del mundo aunque no necesariamente en el que más espacio comercial tiene. La distinción importa poco cuando llegas y ves la escala del asunto: más de 1.200 tiendas repartidas en lo que en realidad son 37 edificios independientes construidos para parecer uno solo, comunicados por dentro mediante 170 escaleras mecánicas, pasillos que parecen avenidas y atrios donde cabrían edificios enteros.
Nada más llegar dimos una vuelta por el lago exterior para ir calentando motores. Desde allí se cruza un puente hacia el Souk Al Bahar, una zona comercial construida en estética de zoco árabe clásico que está situada justo enfrente del Dubai Mall. El contraste es deliberado y funciona bien: la tradición y la modernidad mirándose a la cara sobre el mismo lago, con el Burj Khalifa de fondo. Es la tensión entre la Dubái que existía y la Dubái que decidió inventarse, en un solo encuadre.

Después de un rato haciendo fotos y sudando en el exterior volvimos al interior del centro comercial, donde el aire acondicionado es, directamente, una de las atracciones.
Fuimos al acuario. Tiene una zona pública compuesta por el panel de cristal de una pieza más grande del mundo —aunque en realidad está formado por bloques individuales fusionados allí mismo para crear una superficie única. Para visitar el interior usamos nuestro primer vale del libro de descuentos y por 100 dírhams los dos conseguimos el acceso al acuario, el zoo acuático, un paseo en barca con fondo de cristal y un vale de 20 dírhams para la tienda.
El interior sigue el esquema clásico del túnel acristalado que atraviesa el acuario de punta a punta. Es el más grande que habíamos visitado nunca. El efecto funciona: hay algo muy concreto en caminar rodeado de agua a ambos lados y sobre tu cabeza al mismo tiempo.

Para el zoo acuático hay que salir al centro comercial y subir dos plantas. Hicimos la reserva del paseo en barca para veinte minutos más tarde y mientras tanto recorrimos el zoo. El paseo dura unos diez minutos y te da la perspectiva inversa: desde arriba ves a los visitantes del túnel once metros por debajo, moviéndose entre los peces.

Comimos en el Food Court, seguimos dando vueltas por el centro comercial y a las 4:30 empezamos a orientarnos hacia la entrada del Burj Khalifa.
Burj Khalifa, el edificio que lleva el nombre de quien pagó las facturas
El Burj Khalifa mide 828 metros, tiene 163 pisos y se terminó de construir en enero de 2010. Lo diseñó Adrian Smith del estudio SOM. Costó aproximadamente 1.500 millones de dólares. Pero hay un detalle en el nombre que resume bastante bien cómo funciona Dubái: durante la construcción se llamaba "Burj Dubai". Cuando en 2008 y 2009 Dubái estuvo al borde de la quiebra, Abu Dhabi acudió al rescate con un préstamo millonario. En agradecimiento, el edificio más alto del mundo fue rebautizado con el nombre de Sheikh Khalifa, gobernante de Abu Dhabi y presidente de los Emiratos. El rascacielos más alto del mundo lleva el nombre de quien pagó las facturas. Es un detalle que vale la pena conocer antes de subir.
La entrada al Burj Khalifa se hace desde la planta baja del Dubai Mall y está señalizada como "At the Top". Las entradas se pueden comprar allí mismo, pero la diferencia de precio es tan grande que hacerlo sería una torpeza: las entradas de venta anticipada online cuestan 100 dírhams, las de acceso directo en taquilla cuestan 400. Cuatro veces más. Hay que reservar con antelación y elegir la hora de visita.
Nosotros habíamos reservado para las 17:00, calculando que la puesta de sol era a las 17:55 y queríamos ver tanto el día como el atardecer y el comienzo de la noche desde arriba. La hora resultó perfecta.
Para entrar hay que cruzar un control de seguridad y después recorrer varios pasillos con rampas mecánicas que te van transportando desde el centro comercial hasta el interior del edificio. Desde allí, uno de los dos ascensores te sube al piso 124 en poco más de un minuto. El proceso completo desde el centro comercial hasta el mirador nos llevó entre 15 y 20 minutos, así que a las 17:15 ya estábamos arriba.

El mirador se llama "At the Top" pero en realidad está en el piso 124, a 452 metros de altura. Eso quiere decir que todavía quedan 376 metros de edificio hacia arriba antes de llegar a la punta de la antena —más edificio por encima que todo lo que hay en muchos rascacielos completos. En 2013 añadieron un segundo mirador en el piso 148 a 555 metros, llamado "At the Top Sky", con precio todavía más alto. El que visitamos era el original, y desde allí ya la escala es suficientemente absurda.
El mirador permite ver 360 grados alrededor del edificio, tiene parte interior y parte exterior sin techo con pequeñas aberturas en el cristal para poder hacer fotos sin reflejos. Vimos caer el sol a las 17:55 exactas, con la luz cambiando sobre el desierto y el Golfo Pérsico al fondo. Luego se fue apagando todo y las luces de la ciudad empezaron a aparecer.

Un dato que leímos allí: la condensación del sistema de aire acondicionado del edificio genera tanta agua que se recoge y se usa para regar los jardines exteriores. El Burj Khalifa literalmente suda agua en el calor del desierto. El edificio más alto del mundo, climatizando un desierto donde hace 35 grados, produce por condensación el suficiente agua para mantener vivos sus propios jardines. No hay mejor imagen de la lógica de esta ciudad.
Al bajar salimos a ver el espectáculo de las fuentes, que empieza a las 18:00 y se repite cada media hora. Las fuentes del Dubai Mall son las más grandes del mundo: 275 metros de longitud, capacidad de lanzar agua a 150 metros de altura, 6.600 luces y 50 proyectores. El espectáculo dura unos tres minutos y cambia en función de la canción, así que vale la pena quedarse a ver al menos un par de sesiones. Dimos una última vuelta por el centro comercial, tomamos unos helados y cogimos el coche de vuelta al hotel.


Día 3: El Creek, el zoco del oro y el Burj Al Arab de lejos¶
El lunes decidimos acercarnos a la parte antigua de la ciudad para entender de dónde viene todo lo que habíamos visto el día anterior. Dubái puede parecer una ciudad sin historia si solo ves los rascacielos, pero la historia está ahí: solo hay que cruzar al otro lado del Creek para encontrarla.
El Creek es una lengua de agua salada de 14 kilómetros que penetra en la costa desde el Golfo Pérsico. Fue la razón de ser del asentamiento original: proporcionaba refugio para los barcos, acceso al mar y una posición natural desde la que controlar el comercio. La ciudad se organizó históricamente a ambos lados de esa ría, con Deira en la margen derecha y Bur Dubai en la izquierda.
Queríamos evitar el coche en esa zona de calles estrechas y con poco aparcamiento, así que dejamos el Lancer en el hotel y cogimos el metro. El metro de Dubái discurre totalmente en superficie y funciona sin conductor. Las estaciones son enormemente modernas y muy reconocibles desde la calle.
El Zoco del Oro y el Zoco de las Especias
Fuimos hasta la estación de Al Ras, en la línea verde. Desde allí se llega al Zoco del Oro en unos cinco minutos andando. Las indicaciones son estas: tomar la Salida 2 hacia Al Khor Street, girar a la derecha al llegar a la pequeña oficina del Standard Chartered Bank que hace esquina justo enfrente de la salida, caminar hasta el Heritage Museum que aparece enseguida, girar a la izquierda al llegar al museo y continuar toda la calle hasta el fondo con una pequeña curva a la derecha. Desde allí ya se ven los tejados de madera de las calles cubiertas del zoco.

El Gold Souk de Deira es el más grande del mundo, con unas 380 joyerías concentradas en un espacio relativamente pequeño. El precio del oro se vende muy cerca del precio de mercado mundial —el margen del comerciante es mínimo—, lo que lo convierte en un lugar genuinamente competitivo para comprar. Callejeamos un rato por las galerías cubiertas y luego nos desplazamos al Zoco de las Especias, que está cerca. El Spice Souk es más pequeño, pero es uno de los pocos rincones de Dubái que huele a algo real y no a aire acondicionado.
Al salir del Zoco de las Especias terminamos en la orilla del Creek y cruzamos al otro lado en una de las Abras, las barcas de madera tradicionales que llevan uniendo las dos orillas desde hace más de 150 años prácticamente sin cambios. El precio del trayecto es 1 dírham por persona, una tarifa que no ha variado en décadas. Es el billete de transporte más barato y más auténtico de toda la ciudad.

El Bastakiya y el Museo de Dubai
Al otro lado, en Bur Dubai, cruzamos por el Zoco Textil y empezamos a callejear por el barrio de Al Fahidi, conocido como Bastakiya. Las casas tienen una característica que llama la atención enseguida: unas torres cuadradas que sobresalen de los tejados. Son los barjeel, el sistema de climatización tradicional. Capturan la brisa exterior y la canalizan hacia las habitaciones inferiores, bajando la temperatura varios grados sin necesidad de electricidad. Funcionan como chimeneas invertidas. El barrio fue construido a finales del siglo XIX por comerciantes adinerados procedentes de Bastak, en la provincia iraní de Fars, que se instalaron en Dubái atraídos por la política de libre comercio y la ausencia de impuestos que el sheikh de la época ya había puesto en marcha. Esa apuesta por el comercio sin trabas es el hilo que conecta el Bastakiya del siglo XIX con los rascacielos del siglo XXI: Dubái lleva mucho tiempo siendo lo mismo, solo que a mayor escala.
El paseo termina en el Fuerte de Al Fahidi, donde está el Museo de Dubai. El fuerte es el edificio existente más antiguo de la ciudad, construido alrededor de 1787. La entrada cuesta 3 dírhams y ofrece una perspectiva razonablemente buena de la historia de la zona: desde los primeros asentamientos de pescadores y buceadores de perlas hasta la llegada del petróleo y la transformación total de la ciudad, con dioramas en tamaño real y proyecciones.
La historia de las perlas merece un momento de atención. Antes del petróleo, la economía de Dubái se basaba en el buceo en el Golfo Pérsico. En los años veinte del siglo pasado, Dubái era el mayor exportador de perlas del mundo. Todo ese mercado se hundió de golpe en los años treinta cuando Japón popularizó las perlas cultivadas. La crisis fue profunda. El sheikh Rashid, que tomó el poder en 1958, tomó entonces la decisión que cambiaría todo: en 1959 contrató a una empresa belga para dragar el Creek y permitir el paso de barcos más grandes, convirtiendo Dubái en un puerto de libre comercio abierto a todos. El petróleo no llegó a Dubái hasta 1966, y en cantidades modestas comparadas con Abu Dhabi. Lo que Dubái construyó después lo construyó principalmente sobre comercio, no sobre crudo.

A la salida del museo hay indicaciones para peatones que llevan hasta la estación de metro de Al Fahidi. Y justo al lado de esa estación hay una tienda hindú enorme con montones de figuras de cristal y recuerdos de Dubái al mejor precio de toda la ciudad. No tiene pérdida y merece una parada.
Jumeirah Beach y el Burj Al Arab a contraluz
Volvimos en metro hasta el Mall of the Emirates, comimos algo en el centro comercial y cogimos el Lancer para acercarnos a la playa pública de Jumeirah Beach. Había más gente tomando el sol de la que esperábamos. Nosotros nos limitamos a pasear por la orilla y hacer las primeras fotos al Burj Al Arab.
El Burj Al Arab se inauguró en 1999. Lo diseñó Tom Wright del estudio WS Atkins con la intención de que pareciera la vela de un dhow, la embarcación árabe tradicional. Está construido sobre una isla artificial. Tiene fama de ser el único hotel "7 estrellas" del mundo, aunque esa clasificación no existe oficialmente —es un término de marketing que ellos mismos pusieron en circulación y que el mundo entero repitió.

La visita al Burj Al Arab está limitada a los clientes del hotel o a quien haga una reserva para tomar algo o comer en alguno de sus restaurantes. Los precios de las consumiciones nos parecieron excesivos por visitar un hotel, por muy impresionante que sea.
Un detalle importante: posiblemente elegimos la peor hora posible para fotografiarlo. Por la tarde, la ubicación del Burj Al Arab respecto a Jumeirah Beach pone el sol totalmente de frente —contraluz puro, casi imposible sacar algo decente. Por la mañana la luz sería mucho más adecuada para fotografiarlo desde esta zona. Queda anotado para una eventual segunda visita.

Madinat Souk
Desde la playa nos desplazamos en coche hasta el Madinat Souk, parte del complejo hotelero Madinat Jumeirah, construido entre 2003 y 2004. El parking es gratuito, como en la mayoría de los sitios en Dubái. El lugar está diseñado como recreación de un barrio tradicional con canales, barcos de agua y calles cubiertas. Es artificial, no hay engaño posible, pero está bien ejecutado y el resultado es un pequeño laberinto agradable donde perderse un rato. Lo más interesante es que desde algunos puntos del complejo hay vistas directas al Burj Al Arab, con mejor luz que desde la playa y sin el problema del contraluz.
Cenamos allí y al terminar volvimos al hotel. Habíamos caminado bastante y al día siguiente había que madrugar.


Día 4: Abu Dhabi, la mezquita blanca y Ferrari World¶
El martes tocaba Abu Dhabi. La capital de los Emiratos está a 120 km de Dubái, unida por la misma Sheikh Zayed Road que atraviesa Dubái de punta a punta: siete carriles por sentido, recta casi perfecta, y una sucesión de estructuras que merece más atención de la que se puede prestar desde dentro de un coche a 120 km/h.
Antes de llegar al límite de la ciudad aparecen dos de esas construcciones que uno reconoce de haberlas visto en algún documental. Primero la cubierta del Ferrari World, una forma orgánica gigantesca de color rojo que imita el perfil del morro de un Ferrari visto desde el aire y que ya desde la autopista resulta imposible ignorar. Después el rascacielos redondo, y un poco más adelante el rascacielos más inclinado del mundo, que se tuerce en ángulo justo lo suficiente para que el cerebro no acabe de aceptarlo. El trayecto entre Dubái y Abu Dhabi tiene ese efecto: llegas a destino ya habiendo consumido bastante asombro.

Sheikh Zayed Grand Mosque
Llegamos a la Gran Mezquita con algo de retraso respecto a lo previsto, culpa de las obras en la carretera y de haber dado alguna vuelta de más buscando las entradas correctas. El parking está bajo los jardines del recinto, y cuando subimos y salimos al exterior lo primero que hizo el blanco intenso del edificio fue cegar literalmente. No es una exageración retórica: la luz rebotando en el mármol blanco a pleno sol del mediodía de octubre en Abu Dhabi es un fenómeno físico. El calor seco de fuera, después de los 120 km en el coche con el aire acondicionado a tope, resulta todavía más chocante.
La Sheikh Zayed Grand Mosque se construyó entre 1996 y 2007, puede albergar a 40.000 fieles —7.000 en la sala de oración principal, el resto en los patios y el exterior— y lleva el nombre del Sheikh Zayed bin Sultan Al Nahyan, fundador y primer presidente de los Emiratos Árabes Unidos. Está enterrado en los jardines del recinto, a pocos metros de donde uno pasea. Es un detalle que le da un peso distinto al lugar: no es solo una mezquita, es también un mausoleo presidencial con 82 cúpulas y cuatro minaretes de 107 metros.
Para entrar piden hombros cubiertos y pantalón largo en los hombres. A las mujeres se les proporciona una abaya negra gratuitamente en la entrada si no van con la ropa adecuada. Hay que descalzarse antes de pasar a la sala de oración, y aunque técnicamente se puede entrar con calcetines, merece la pena pisarla descalzo. La alfombra del interior es una sola pieza de 5.627 metros cuadrados —la más grande tejida a mano en el mundo—, elaborada por 1.200 artesanos iraníes durante año y medio. Pesa 47 toneladas. Es el suelo más impresionante que hemos pisado en nuestra vida, y da un poco de vértigo saberlo cuando llevas los pies encima.
El interior es recargado pero no de manera vulgar. Todo encaja con cierta coherencia. Las siete lámparas de araña tienen diámetros de hasta 10 metros y pesan 12 toneladas cada una. Están recubiertas de cristales Swarovski y pan de oro de 24 quilates, y captan la atención desde que uno entra por la puerta. El mármol blanco viene de Macedonia, Grecia, Italia y los propios Emiratos —28 tipos distintos en total— y es el material que lo cubre todo: suelos, columnas, fachadas. La visita es completamente gratuita.

Emirates Palace
Desde la mezquita fuimos al Emirates Palace, que puede visitarse gratis y tiene parking cubierto también gratuito. El edificio es formidable visto desde fuera, y la escala del interior no decepciona. Pero el dorado omnipresente en la decoración interior acabó saturando bastante rápido. No es una crítica estética —es que hay un punto a partir del cual el ojo deja de procesar el lujo como lujo y empieza a registrarlo como ruido—. Cuando vimos que los pasamanos de las escaleras mecánicas también estaban dorados, ya habíamos cruzado ese umbral.
El Emirates Palace abrió en 2005 y costó 3.000 millones de dólares construirlo. Pertenece al gobierno de Abu Dhabi. Tiene 1.300 kg de oro en la decoración y 200.000 m² de mármol. El sky bar es uno de los pocos lugares en Abu Dhabi donde se puede pedir un café espolvoreado con oro comestible, por si el oro en los pasamanos de las escaleras mecánicas no fuera suficiente.

Justo enfrente del hotel hay un conjunto de rascacielos espectacular, varios de ellos todavía en construcción. La diferencia con Dubái era llamativa: Abu Dhabi estaba en plena expansión en 2012, con obras a lo largo de toda la ciudad, mientras que en Dubái la construcción llevaba años más parada. La explicación tiene que ver con el petróleo: Abu Dhabi concentra el 94% de las reservas petrolíferas de los Emiratos. Dubái solo tiene el 6%, y apostó décadas antes por el turismo y los servicios. Pagó un precio caro cuando su modelo inmobiliario colapsó en 2008-2009, y fue Abu Dhabi quien tuvo que rescatarlo con 20.000 millones de dólares. En 2012 esa jerarquía todavía se notaba en los andamios.

Comimos en el Marina Mall, que tiene unas cubiertas textiles que merece la pena ver, y paseamos por la Corniche. Nos quedamos sin visitar el Heritage Village por falta de tiempo —nos habíamos entretenido más de lo previsto por la mañana—, pero la tarde tenía programado el Ferrari World y eso no estaba en discusión.

Ferrari World
Ferrari World está en la Isla Yas de Abu Dhabi y abrió en 2010. La cubierta tiene 86.000 m² —la más grande del mundo en aquel momento— y sigue el perfil del morro de un Ferrari GT visto desde arriba, con el logo del Cavallino Rampante visible desde el aire. Desde tierra el efecto es diferente: es enorme y es roja, y eso ya es bastante. Para apreciar la forma hay que verla desde un avión o buscarlo en Google Maps.
La entrada cuesta 225 dírhams, que resulta excesivo para lo que ofrece. Nosotros habíamos conseguido un 2x1 a través del libro de descuentos y eso cambió bastante el cálculo. El parque estaba prácticamente vacío y no tuvimos que hacer cola en ninguna atracción.
La Formula Rossa es la montaña rusa más rápida del mundo: sale a 240 km/h en 4,9 segundos. La aceleración es tan brutal que entregan gafas protectoras antes de subir, y no es solo marketing —el impacto del viento a esa velocidad puede dañar los ojos. La salida es impresionante de verdad. El G-Force es el palo-lanzadera que te eleva desde el centro del parque por encima de la cubierta —le habrían venido bien diez metros más de altura para mejorar las vistas del exterior. El Fiorano GT Challenge tiene dos carriles en paralelo para hacer "competición", aunque el día que fuimos solo funcionaba una de las dos pistas, así que se convirtió en una montaña rusa normal. Los Scuderia Challenge son simuladores de conducción de coches de carreras: el contenido más interesante del parque para alguien que disfrute del motor.
Además hay atracciones que merecen la pena, como "Viaggio in Italia" o el espectáculo en vivo "Affare di Passionate". En cambio, hay que evitar el "Speed of Magic" si se tiene la más mínima tendencia a marearse, y el "V12" —una atracción de agua en la que te mojas considerablemente— no tiene demasiado sentido en un recinto cubierto y climatizado donde el sol no va a secar nada.
Un parque caro que merece la pena solo si eres aficionado al mundo del motor —en ese caso los simuladores y las exposiciones de Ferrari justifican la visita— o si consigues algún tipo de descuento. A precio completo, cuesta.

El parque cierra a las 20:00. De vuelta a Dubái nos encontramos con un tráfico denso en la autopista, algo que a esas horas de la noche, en mitad del desierto, resulta inesperado hasta que se recuerda cuánta gente vive y trabaja en este corredor.

Día 5: Dubái Marina y safari por el desierto¶
Cuando planeábamos el viaje desde España, habíamos reservado la mañana del miércoles para el Ski Dubai, la pista de nieve cubierta más grande de Oriente Medio, que ocupa varios pisos del Mall of the Emirates —literalmente al lado del hotel. Lo que pasa es que ya la habíamos visto los días anteriores desde las cristaleras del centro comercial, y la conclusión fue sencilla: la pista de esquí es grande e impresionante, pero el parque de nieve está pensado sobre todo como atracción infantil. Ninguno de los dos sabemos esquiar y conocemos la nieve de primera mano. Con eso fue suficiente, y nos ahorramos la entrada.
La imagen, eso sí, merece una pausa. Al otro lado del cristal: una montaña nevada artificial con telesillas en funcionamiento. Desde este lado: un centro comercial del desierto, con 35 grados en la calle. La pista de esquí interior más grande de Oriente Medio funciona aquí no como algo extraordinario, sino como un servicio más del segundo centro comercial más grande del emirato. La normalidad con la que está integrado en el edificio —la gente pasa por delante con bolsas de compra sin levantar la vista— dice bastante sobre la escala de lo que Dubái considera una oferta estándar.
La mañana quedó libre para Dubái Marina.
Dubái Marina
Dubái Marina es inmenso. He leído que es la zona residencial del mundo con mayor densidad de rascacielos, aunque habiendo visto Hong Kong de cerca, no me lo acabo de creer del todo. En cualquier caso, es espectacular: un canal artificial de 3 km excavado en 2003 a lo largo de la costa, con capacidad planificada para 200 rascacielos, muchos de ellos todavía en obras en 2012.
Dejamos el Lancer en el parking gratuito del Dubai Marina Mall y salimos al paseo marítimo —el Marina Walk— en dirección a la Cayan Tower, el rascacielos que gira. Es un edificio residencial de 73 pisos completado en 2013 que rota 90 grados de la base a la cima, de manera que cada planta está ligeramente girada respecto a la anterior. Vista desde abajo tiene ese efecto de cosa que no debería estar en pie.

El paseo es bonito, aunque con tramos aún en obras que obligan a improvisar desvíos. Hay que hacerlo con calma, buscar sombra cuando aparece y llevar agua encima: a lo largo del recorrido hay varios supermercados y tiendas donde reabastecerse, pero en octubre el calor sigue siendo el mismo argumento de siempre. Comimos algo en el entorno del Marina, volvimos al hotel y a las 15:30 nos recogían para el safari.
Safari por el desierto de Dubái
Sin dejar de ser una turistada en toda regla, el Desert Safari es prácticamente una visita obligada en Dubái y a nosotros nos resultó una tarde francamente entretenida.
Hay decenas de empresas que ofrecen el mismo recorrido con precios muy distintos. Elegimos Arabian Nights por varias razones concretas: las críticas en internet eran buenas, aceptaban el vale 2x1 del libro de descuentos —con lo que pagamos 300 dírhams entre los dos—, y es de las pocas empresas que incluye seguro de accidentes. Había opciones más baratas en Groupon, pero también había muchas quejas sobre esas ofertas: transporte en autobús en lugar de 4x4, actividades del campamento de pago, ese tipo de recortes que no se ven en el precio pero se notan en el rato.
El coche llegó con un poco de retraso, lo que tuvo la ventaja de saltarse la parada en "una tienda concertada" que suele ser obligatoria en este tipo de excursiones. No la echamos de menos.
En el 4x4 íbamos tres parejas más el conductor. Como fuimos los últimos en ser recogidos, tuve la suerte de ir de copiloto, y creo que eso ayuda mucho a disfrutar la experiencia: el campo de visión es otro y se agradece no ir mirando desde el asiento trasero. En la primera parada en el desierto, todos los coches se agruparon para hacer las fotos de rigor, y los conductores bajaron la presión de los neumáticos. Es una técnica de dune bashing: los neumáticos desinflados aumentan la superficie de contacto con la arena y evitan que el coche se hunda. Lo que viene después requiere años de práctica para hacerse bien.

La excursión por las dunas es divertida y a ratos bastante intensa. La arena de la zona tiene ese color rojo característico que viene del óxido de hierro en los granos —la misma razón por la que todo el desierto de la península arábiga tira hacia el ocre—. Por el camino pasamos junto a una granja de camellos y más adelante todos los coches se volvieron a reunir en un punto para ver la puesta de sol. Espectáculo digno, sin trampa ni cartón.
Desde allí al campamento, donde ya estaban listos los aperitivos y había barra libre de bebidas no alcohólicas. Todo lo que se hacía en el campamento estaba incluido en el precio: paseo en camello, surf por la arena, tatuajes de henna, foto con un halcón, vestirse con la ropa tradicional árabe, fumar en shisha. Lo único que se pagaba aparte eran los quads y las bebidas alcohólicas.
El halcón no es solo un elemento decorativo para turistas: la cetrería es una tradición beduina de más de 2.000 años en la península arábiga y uno de los elementos culturales más arraigados en los Emiratos, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. Los beduinos la usaban para cazar en el desierto; hoy los Emiratos son uno de los países con mayor tradición cetrera del mundo. La shisha con tabaco de frutas es otra cosa: la forma de sociabilidad del Golfo, tan habitual como el café en otros sitios.
A continuación hubo espectáculo de danza del vientre y derviche. La danza del derviche viene del sufismo, la tradición mística islámica: el giro continuo es una práctica meditativa, una forma de acercamiento a Dios. Originaria de Turquía —los derviches giróvagos de Konya— se extendió por todo el mundo islámico. Verlo en el contexto de un campamento turístico es inevitablemente distinto a verlo en su contexto original, pero el giro en sí tiene algo hipnótico que funciona en cualquier escenario.
Después, cena bufé y barbacoa. El tiempo pasó más rápido de lo que esperábamos y hacia las 21:00 empezamos el viaje de vuelta. Llegamos al hotel cerca de las 22:30, los últimos del recorrido de vuelta esta vez también.


Día 6: Aquaventure en la Palm e Ibn Battuta Mall¶
El jueves decidimos combatir el calor metiéndonos en el agua. El destino: el parque acuático Aquaventure, en el hotel Atlantis, al final de la Palm Jumeirah.
Todos hemos visto fotos de la Palm Jumeirah desde el aire, esa isla en forma de palmera que parece un dibujo de ordenador. Lo que no se aprecia bien en las fotos es su tamaño real. La Palm Jumeirah es la primera de tres islas artificiales planificadas por Dubái, la más pequeña y la única completamente terminada. Las otras dos, Palm Jebel Ali y Palm Deira, llevan años paralizadas o reducidas a una fracción de lo proyectado. Esta se construyó con 94 millones de metros cúbicos de arena dragada del fondo del Golfo Pérsico y 7 millones de toneladas de roca para los diques exteriores. El resultado fueron 78 kilómetros de costa artificial donde antes no había nada.
Hasta que no conduces por el tronco de la palmera no te haces a la idea. El hotel Atlantis está a más de 5 km de la costa natural de Dubái. Estás literalmente dentro del mar.
Parque acuático Aquaventure
La entrada cuesta 225 dírhams, aunque de nuevo usamos el 2x1 del libro de descuentos. Además, con el ticket del parque te sellan el del parking, así que aparcar en el Atlantis sale gratis. Detalle que se agradece dado lo que cuesta todo lo demás.
El parque tiene una particularidad que marca la diferencia respecto a cualquier parque acuático que hayamos visitado antes: el agua está prácticamente a temperatura corporal. No es que la calienten artificialmente —el Golfo Pérsico ya llega al parque a unos 38 grados— sino que la mantienen así. El efecto es que puedes pasarte el día entero a remojo sin sentir frío en ningún momento. Ni ese primer momento de entrar al agua, que en cualquier otro parque te corta la respiración. Aquí simplemente te metes y ya está.
En el centro del parque hay un inmenso zigurat, una pirámide escalonada de inspiración mesoamericana, del que parten los toboganes más espectaculares. El más extremo tiene nombre propio: el salto de fe. Un tobogán casi vertical de 27 metros que baja en caída libre a través de un túnel transparente instalado dentro de un tanque de tiburones. Es el único del parque que se hace sin flotador. Hay que ir con el cuerpo recto, los brazos cruzados sobre el pecho, y confiar. Los tiburones te ven pasar desde el otro lado del cristal.
El resto de toboganes y rápidos se recorren en flotador tipo donut. Lo más cómodo es que ni siquiera tienes que bajarte para subir a los toboganes: hay rampas mecánicas que te elevan con el flotador encima, sin esfuerzo. Hay también uno, solo disponible para flotadores dobles, que usa la fuerza del agua para impulsarte hacia arriba antes de la caída.

Nos quedamos hasta las 18:00, que es cuando cierran. Salimos del parque directos hacia el oeste de la ciudad, en dirección al Ibn Battuta Mall.
Ibn Battuta Mall, el explorador del siglo XIV en un centro comercial del siglo XXI
El nombre del centro comercial nos sonaba vagamente, pero la pregunta era inevitable: ¿Ibn Battuta? Resulta que fue un explorador del siglo XIV nacido en Tánger que pasó 29 años viajando y recorrió aproximadamente 120.000 km —más que Marco Polo— visitando el norte de África, Oriente Medio, la India, China y el África subsahariana. Su crónica de viajes, el Rihla, es uno de los documentos medievales más importantes sobre el mundo islámico y buena parte del planeta conocido entonces. En el mundo árabe es una figura de primer orden. En España, prácticamente nadie lo conoce.
Dubái le dedicó el mayor centro comercial temático del mundo. El espacio está dividido en seis zonas, cada una decorada al estilo de las regiones que visitó: China, Persia, India, Egipto, Túnez y Andalucía. Esta última tiene algo de circular: techos artesonados y azulejos en estilo nazarí, el arte árabe que llegó a España durante ocho siglos y que ahora Dubái recrea para sus propios turistas como reclamo exótico. Ver la Alhambra interpretada dentro de un centro comercial del Golfo es una imagen que cuesta procesar.
Al final del día sigue siendo un centro comercial. Las tiendas son las mismas de siempre, los pasillos huelen igual, la gente va con bolsas. Pero la decoración es genuinamente espectacular y merece la visita aunque no vayas a comprar nada. Dimos una vuelta, cenamos algo en el propio centro comercial y volvimos al hotel.


Día 7: Salto en paracaídas, las Emirate Towers y Al Karama¶
El viernes por la mañana lo dediqué a cumplir uno de los sueños de mi vida: saltar en paracaídas.
Skydive Dubai
Tenía la reserva para las 10:00 de la mañana. Nos costó un poco llegar porque el GPS marcaba una carretera que ya no existía —uno de esos detalles que recuerdan que Dubái lleva décadas construyéndose a un ritmo al que la cartografía no siempre llega a tiempo.
El Skydive Dubai tiene dos zonas de salto: el Desert Drop Zone, en el desierto al sur de la ciudad, y el Palm Drop Zone, sobre la Palm Jumeirah. Yo salté en el del desierto, que abrió primero. El de la Palm es más espectacular visualmente y también más caro.
Salté en tándem con un monitor alemán llamado Frank, que dedicó todo su tiempo a recordarme que solo tenía que preocuparme de disfrutar. Junto a nosotros saltó Kenny, encargado de hacer las fotos y grabar en vídeo.
Tras los trámites iniciales, Frank me ayudó a colocarme el arnés, me explicó los pasos y posiciones básicas para el salto y el aterrizaje, y montamos en la avioneta con varios compañeros de aventura más.
El momento de aproximarse a la puerta abierta del avión es realmente terrible. El viento, la altura, el suelo a 4.000 metros de distancia. Y después saltas, y durante los 60 segundos de caída libre —a unos 200 km/h— fui la persona más feliz del universo. No hay palabras.
Desde esa altura Dubái se ve de una manera que no tiene equivalente desde tierra. El laberinto de carreteras, los rascacielos que parecen maquetas, el Golfo Pérsico extendido hasta el horizonte y, perfectamente reconocible desde arriba, la silueta de la Palm Jumeirah. Es la única forma de verla como aparece en los mapas. Una vez que se abre el paracaídas puedes quitarte las gafas y tomarte el tiempo que quieras. Frank incluso me dio unos segundos el control de la dirección.
En el aterrizaje ya estaba Kenny esperándonos para las fotos finales. La experiencia incluye un DVD con el vídeo y un CD con unas 80 fotos. Un recuerdo para toda la vida.

Fue todo muy rápido y sobre las 12:15 ya estábamos saliendo hacia las Emirate Towers.
Emirate Towers
Aparcamos en un descampado cerca de las torres. El parking del centro comercial era de pago y a estas alturas ya nos habíamos acostumbrado a aparcar gratis por la ciudad: mientras hubiera hueco en la calle, no tenía sentido pagar.
Las Emirate Towers son dos edificios completados en el año 2000, cuando fueron los más altos de Europa y Oriente Medio en el momento de su inauguración. La torre norte mide 355 metros y es un hotel; la sur, 309 metros, aloja oficinas. A pesar de la diferencia de altura tienen prácticamente el mismo número de pisos, porque las plantas de oficina tienen techos más altos. En el exterior, el acabado en aluminio y vidrio en tono plateado-dorado las distingue claramente de los rascacielos de cristal azul de Dubái Marina.
Las dos torres están unidas por abajo mediante un centro comercial, El Boulevard, con tiendas bastante pijas. El día que lo visitamos estaba completamente vacío. El viernes es el día festivo en Dubái —el ciclo laboral en los Emiratos era domingo a jueves— y sin la torre de oficinas funcionando encima, el mall no tiene mucho sentido.

Dimos una vuelta por los alrededores de las torres, pero el calor hoy era realmente asfixiante. En menos de media hora volvimos al coche y pusimos rumbo a Al Karama.
Al Karama y Dubai Mall
Al Karama es un barrio residencial de clase media, de esos que no aparecen en los folletos turísticos de Dubái. Allí vive buena parte de los trabajadores expatriados de nivel medio que sostienen la ciudad. Lo que lo ha puesto en el mapa turístico es otra cosa: las trastiendas. Hay calles enteras de tiendas donde, una vez dentro y tras las miradas de rigor, sacan bolsos, relojes y ropa de imitación. El regateo es imprescindible, aunque los precios de salida son tan inflados que incluso regatando no siempre se consigue lo que uno considera un buen precio.
Terminamos la tarde volviendo al Dubai Mall y explorando zonas que habíamos pasado por alto el primer día: The Village, algunas galerías comerciales y, de forma completamente inesperada, un pequeño recital de violín en una de las plazas del centro. Dubái tiene ese don para las yuxtaposiciones absurdas.


Día 8: El Outlet Mall, Dubai Mall tres veces y la pista de esquí en el desierto¶
Esta última etapa no tiene mucho que contar. Y no pasa nada por reconocerlo: hay días de viaje que no son de monumentos ni de descubrimientos, sino de compras, de volver a sitios que te gustaron y de empezar a cerrar la semana. Este fue uno de esos días.
Outlet Mall
Por la mañana cogimos el coche con rumbo al Outlet Mall, que está en Al Quoz, una zona al sur de Dubái que desde la carretera parece puramente industrial: naves, almacenes, talleres. No es el Dubái de las torres de cristal. Lo que no resulta tan evidente desde fuera es que ese mismo barrio, en 2012, ya empezaba a albergar también galerías de arte y espacios creativos que aprovechaban los precios bajos del suelo industrial. El contraste entre una nave de repuestos de coches y una galería de arte contemporáneo es bastante elocuente de cómo funciona esta ciudad.
El Outlet en sí es bastante distinto al resto de centros comerciales que habíamos visto durante la semana. Nada de mármol, nada de fuentes interiores, nada de acuarios descomunales. Es funcional, reconocible, y si cierras los ojos un momento podría ser perfectamente un outlet de las afueras de cualquier ciudad española. Los precios tampoco resultan especialmente diferentes a los que puedes encontrar en casa. No es el sitio al que ir si buscas la experiencia Dubái, pero si tienes mañana libre y te queda presupuesto, algo se puede encontrar.

Dubai Mall por tercera vez
A la vuelta pasamos de nuevo por el Dubai Mall. Era nuestra tercera visita al mismo edificio en una semana, y aun así encontramos pasillos que no recordábamos haber recorrido, una planta que no habíamos explorado del todo, una zona de restaurantes que habíamos pasado de largo las veces anteriores.
Hay algo revelador en eso. El Dubai Mall no es solo un centro comercial que requiere más de una visita: es un edificio que funciona como una ciudad en miniatura, con sus propias calles interiores, sus zonas tranquilas y sus atascos humanos, sus rincones que descubres por accidente. Que puedas visitarlo tres veces en una semana y seguir sintiéndote en territorio parcialmente desconocido dice algo sobre la escala de Dubái que ninguna cifra acaba de transmitir del todo.
Mall of the Emirates: la pista de esquí en el desierto
Por la tarde volvimos al Mall of the Emirates. Lo teníamos literalmente al lado del hotel y, pese a haberlo cruzado varias veces durante la semana, siempre había sido de paso, camino de otra cosa. Era hora de hacerle justicia.
Abrió en 2005, antes incluso que el Dubai Mall, y fue el primer gran "destino de compras" internacional de la ciudad. Tiene unas 500 tiendas, que suena a mucho hasta que lo comparas con su vecino mayor. Al lado del Dubai Mall parece casi íntimo.
Lo que más llama la atención del centro es el Ski Dubai, la pista de esquí cubierta que asoma desde el interior a través de una pared de cristal: una montaña nevada artificial dentro de un edificio, mientras fuera hay 35 grados. Es el detalle que resume toda la lógica del lugar: no se trataba de construir una pista de esquí porque existiera demanda de esquí en el desierto, sino de demostrar que se podía. Y se puede. La pista tiene cinco kilómetros de pendientes, 6.000 toneladas de nieve permanente y telesillas en funcionamiento. Desde el pasillo del centro comercial puedes ver a los esquiadores bajar las pendientes mientras llevas una bolsa de compra en la mano, y nadie levanta la vista porque a estas alturas de la semana la cosa ya no sorprende. Eso es, quizás, lo más fascinante: que deje de sorprender.
Nosotros nos quedamos mirando desde el otro lado del cristal, que ya era suficientemente surrealista como para no necesitar ponerse el mono de esquí.

Terminamos los últimos dírhams entre las 500 tiendas y volvimos al hotel a preparar las maletas. El vuelo salía muy temprano y tocaba organizarse. Era la última noche en Dubái.

Día 9: Última madrugada y vuelta a casa¶
El despertador sonó cerca de las cinco de la mañana. El vuelo salía a las 7:50 y había que estar en el aeropuerto con tiempo. A esa hora Dubái está extrañamente silenciosa: las autopistas casi vacías, las torres apagadas o a medio encender, el calor ya presente aunque todavía sin el peso del mediodía. Es una de las pocas veces que la ciudad parece tener escala humana.
Cogimos el Lancer por última vez, tomamos la Sheikh Zayed Road prácticamente en solitario y llegamos al aeropuerto. Facturamos, pasamos los controles y a las 7:50 en punto el avión despegó hacia Múnich. Dubái quedó abajo, con sus islas artificiales en el Golfo y sus rascacielos todavía en obras, y nos fuimos alejando.
Lo que es y lo que no es Dubái
No se puede decir que Dubái sea una ciudad "bonita". Es un lugar muy desagradable para el peatón: las distancias son enormes, las aceras muchas veces inexistentes, y el calor puede resultar abrumador buena parte del año. La ciudad fue diseñada para el coche y el aire acondicionado antes que para quien quiera caminarla. No hay una escala humana convencional, ni barrios con vida propia en la calle, ni plazas donde sentarse sin que el destino sea un centro comercial.
De lo que no hay duda es que Dubái es sorprendente, impactante y tremendamente adictiva. Lo artificial supera a lo natural tan completamente que acaba siendo su propia categoría: no es que imite a otras ciudades, es que ha creado algo que no existía antes.

Hay también un mito que conviene desmontar: el del turismo inaccesible. Dubái tiene fama de ser un destino para gente con presupuesto ilimitado, y es cierto que puedes gastar cantidades ingentes de dinero si quieres. Los hoteles de las palmeras, los restaurantes con estrella, las excursiones privadas en helicóptero —todo eso existe y todo eso cuesta lo que cuesta. Pero también es cierto que el metro es barato y eficiente, que los food courts de los centros comerciales ofrecen comida decente por poco dinero, y que muchas de las atracciones más memorables —el Burj Khalifa desde abajo, el zoco del oro, el Creek, el desierto al atardecer— no cuestan nada o casi nada. Dubái puede conocerse con presupuesto ajustado si uno sabe dónde mirar.
En 2012, cuando hicimos este viaje, escribí que Abu Dhabi podría convertirse en unos años en un destino tan atractivo o más que Dubái, gracias a proyectos como el nuevo Louvre, el nuevo Guggenheim y el Performing Arts Center. El Louvre Abu Dhabi abrió en 2017 y es extraordinario: un edificio de Jean Nouvel con una cúpula perforada que filtra la luz del Golfo en miles de rayos, y una colección que merece el viaje por sí sola. El Guggenheim, en cambio, sigue sin construirse: ha sido anunciado, cancelado y vuelto a anunciar varias veces desde entonces, y a día de hoy sigue siendo un proyecto sobre el papel. La Expo 2020 se celebró, aunque con un año de retraso por la pandemia, entre octubre de 2021 y marzo de 2022. El recinto existe todavía en lo que ahora se llama Expo City Dubái, reconvertido en distrito urbano.
La batalla entre las dos ciudades sigue abierta, y las dos han cambiado mucho desde aquel octubre de 2012.