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Interior del Centro Apnabi de Derio, con la casa de madera de tres cubos dentro del invernadero

Bilbao

El Centro Apnabi de Derio

Una casa de madera dentro de un invernadero

En las afueras de Derio, donde las últimas casas del pueblo dan paso a los prados del Txorierri, hay una nave blanca y translúcida que cualquiera tomaría por un invernadero agrícola. Lo es. Pero dentro, en lugar de tomateras, hay una casa de madera con los tejados en punta, una plaza de grava con sofás y un grupo de personas que cada mañana se pone la chaqueta verde y sale a trabajar la huerta.

Es el Centro Derio de Apnabi, la asociación de familias de personas con autismo de Bizkaia, y es uno de los edificios más singulares que se han hecho en Euskadi en los últimos años. Tan singular que en 2024 fue la única obra vasca entre las cuarenta finalistas del premio Mies van der Rohe, el más importante de la arquitectura europea. Y todo ello con cuatro materiales corrientes y un presupuesto de los que no salen en las revistas.

Apnabi y la idea de un centro distinto

Apnabi nació a finales de los años setenta, cuando un grupo de madres y padres de Bizkaia se juntó para buscarles a sus hijos un futuro que entonces no existía. Casi medio siglo después agrupa a más de 1.500 familias y sostiene una red de casi treinta centros repartidos por todo el territorio, con servicios que acompañan a una persona con autismo durante toda su vida: diagnóstico y atención temprana, apoyo en la escuela, ocio, vivienda, empleo y centros de día para adultos.

El de Derio es uno de esos centros de día, pero se pensó desde el principio para ser algo más. El Ayuntamiento cedió una parcela de 5.000 metros cuadrados en la zona de Aldekone Goikoa, y la asociación quiso aprovecharla entera: no un edificio con un jardín alrededor, sino un trozo de campo con un edificio dentro. La actividad empezó en otoño de 2022. Acuden a diario veinticuatro personas adultas, acompañadas por un equipo de siete profesionales, y el trabajo gira en torno a la tierra: huertos, semilleros, jardinería y todo lo que eso trae consigo.

La palabra que más repite Apnabi al hablar del centro es inclusión, y aquí tiene un sentido bastante literal. La huerta sirve de formación para el empleo, pero también de excusa para relacionarse con el pueblo. Lo que se cosecha se dona al Banco de Alimentos de Bizkaia y a una residencia de mayores, se organizan mercados y por allí han pasado campos de voluntariado. La idea es que el centro no sea un sitio al que se lleva a alguien por la mañana y se le recoge por la tarde, sino un vecino más de Derio.

Una casa dentro de un invernadero

El proyecto es de AV62 Arquitectos, un estudio de Barcelona, y lo firma Toño Foraster. La idea cabe en una frase, que es la que usan ellos mismos: un volumen de talleres dentro de un volumen invernadero. Primero se levanta un invernadero de verdad, de los que se compran por catálogo para cultivar, con su estructura de acero y su piel de policarbonato translúcido. Y dentro, ocupando solo una parte, se coloca una construcción de madera que es la que tiene puertas, ventanas, calefacción y todo lo que necesita un edificio para ser habitable.

Lo que se gana con ese juego de cajas es mucho espacio por muy poco dinero. La casa de madera es pequeña, pero delante de ella queda un gran vacío cubierto, con suelo de grava, que no es interior ni exterior y que el centro llama plaza. Allí se está a cubierto cuando llueve, se puede trabajar en invierno sin pasar frío y cabe casi cualquier cosa: un taller, una comida, una fiesta o un mercado abierto a los vecinos. Según se abran o se cierren los portones, el mismo lugar es un patio privado del centro o una plaza del pueblo.

Foraster lo explica con unas palabras que van más allá de la arquitectura y que abren el vídeo de presentación del edificio. Dice que estamos demasiado acostumbrados a vivir en espacios y ciudades que «evitan la extrañeza, censuran el silencio y no dan cabida a la interacción con aquellas personas que sienten y viven distintas a nosotros», y que aquí la arquitectura «no pretende ser más que un mero contenedor» que hace posible uno de esos espacios que tanto necesitamos. Es una manera modesta de presentar un edificio que ha llegado tan lejos.

Lo que se ve al llegar

Por fuera el edificio no hace ningún esfuerzo por parecer importante. Es una nave a dos aguas, blanca y lechosa, que de día refleja el cielo gris del Txorierri y deja adivinar sombras al otro lado. La acompaña una fila de contenedores marítimos pintados de oscuro, con unos ojos de buey por ventanas, que cierran la plaza por uno de sus lados. Alrededor no hay urbanización ni aparcamiento ajardinado: hay hierba, bancales de madera con hortalizas, algún frutal joven y, al fondo, los bloques de pisos del pueblo.

La sorpresa está al cruzar el portón. Bajo la cubierta translúcida, que deja pasar una luz blanca y pareja, sin sombras duras, aparece la construcción de madera: una pieza baja, de tablero claro, coronada por varios tejados en forma de pirámide truncada que le dan un perfil de casitas en fila o de sombreros. La estructura metálica del invernadero queda a la vista por encima, con sus cerchas y sus cortinas de sombreo, y la casa parece posada debajo, como un mueble grande dentro de una habitación enorme.

El contraste entre las dos cosas es lo que hace el lugar. Fuera, el plástico, el acero y la grava, que son materiales de trabajo. Dentro de la casa, madera en paredes y techos, un suelo continuo de color verde y tabiques de vidrio que dejan ver de un taller a otro. Los tejados en punta, que por fuera parecen un capricho, por dentro se convierten en techos altos que recogen cada sala y le dan su propia escala.

Un espacio amable para quien percibe distinto

Nada de esto es casual. Un centro para personas con autismo tiene que resolver una necesidad doble, y a primera vista contradictoria: ofrecer sitios recogidos, previsibles y tranquilos, y a la vez dar espacio para moverse, salir y desahogarse. El proyecto la resuelve con sus dos capas. La casa de madera es el refugio: aulas y talleres de tamaño doméstico, cálidos, donde uno sabe dónde está y qué se hace en cada sala. La plaza cubierta es la válvula: un lugar amplio y protegido al que se sale directamente desde la casa cuando hace falta aire.

El programa es el de una casa grande. Hay talleres, salas multiusos, un despacho, vestuarios, una cocina alicatada en naranja donde se limpia y se prepara lo que llega de la huerta, y un comedor con una mesa larga en el que se pone la mesa entre todos. Los tabiques de vidrio permiten ver sin tener que entrar. Apnabi habla de accesibilidad física y también cognitiva, es decir, de que el edificio se entienda: que quede claro por dónde se entra, qué hay detrás de cada puerta y qué toca hacer después.

Y luego está lo de fuera, que aquí pesa tanto como lo de dentro. La parcela entera es parte del centro: los huertos, los semilleros, la pradera y las herramientas. Trabajar la tierra tiene un ritmo lento y repetido, con resultados que se ven y se tocan, y eso encaja bien con lo que el centro busca. En el vídeo que grabó el estudio se ve al grupo cargando una carretilla, triturando ramas o llevando las verduras a la cocina, y cuesta distinguir dónde termina el apoyo y dónde empieza, sencillamente, un día de trabajo.

Un edificio que casi no gasta

El invernadero no es solo una forma barata de ganar metros. Es también la máquina que climatiza el centro. El aire que queda entre la piel de policarbonato y la casa de madera funciona como un cojín térmico: en invierno el sol lo calienta y la casa pierde mucho menos calor, y en verano unas ventanas de cubierta y unas pantallas de sombreo, que se abren y se cierran solas según la temperatura, la humedad y la radiación, evitan que aquello se convierta en un horno. Con eso basta para que la plaza se mantenga todo el año entre los 16 y los 30 grados sin gastar apenas energía.

Lo demás lo ponen unas pocas instalaciones bien elegidas: placas fotovoltaicas, aerotermia, suelo radiante dentro de la casa y un sistema que recoge el agua de lluvia para regar los huertos. El resultado es una calificación energética A y un consumo que viene a ser la cuarta parte del de un edificio corriente de su tipo. Y como todo está montado en seco, con paneles de madera contralaminada que llegaron hechos de taller, la obra fue rápida, salió barata y el día de mañana podría desmontarse sin dejar escombros.

Esa combinación de ingenio, modestia y propósito social es la que le ha dado tanto recorrido. Lo han publicado las principales revistas de arquitectura, se ha presentado como ejemplo de buenas prácticas en foros sobre discapacidad y, en enero de 2024, entró en la lista de las cuarenta mejores obras europeas del premio Mies van der Rohe. Era el único edificio de Euskadi en esa selección, y compartía página con museos, bibliotecas y grandes equipamientos de presupuestos muchísimo mayores.

Cómo verlo

Conviene tener claro que el Centro Derio no es un edificio visitable al uso. Es un centro de día en funcionamiento, con personas que tienen allí su rutina, y no se puede entrar por las buenas a curiosear. Lo que sí se puede es verlo por fuera, que ya dice mucho, y estar atento a las ocasiones en que abre sus puertas: jornadas organizadas por Apnabi, mercados de la huerta o citas como Open Bilbao, el festival de arquitectura, que lo incluyó en su edición de 2025. Así lo conocí yo, porque aquel año fue uno de los edificios que me tocaron como voluntario.

Derio está a unos diez kilómetros de Bilbao, en el valle del Txorierri, y se llega en pocos minutos con el tren de Euskotren que sale del Casco Viejo en dirección a Lezama. El centro queda en la zona de Aldekone Goikoa, en el borde del pueblo, y se reconoce de lejos por la nave blanca entre los huertos.

Si se pasa por allí, merece la pena fijarse en lo poco que necesita: una nave agrícola, una caja de madera, unos contenedores y una huerta. Con eso basta para entender que la buena arquitectura no depende del dinero ni del tamaño, sino de tener claro para quién se construye.