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Grabado antiguo de la fábrica de Harino Panadera a pleno rendimiento, a principios del siglo XX

Bilbao

Harino Panadera de Bilbao

La fábrica de harinas que dio de comer a Bilbao y creó el barrio de Irala

Durante buena parte del siglo XX, el pan que se comía en Bilbao salía de un mismo sitio. Se llamaba Harino Panadera, estaba en Irala, detrás de la plaza de toros, y sus despachos se repetían en todos los barrios de la villa como hoy se repiten las farmacias. De aquel complejo enorme queda en pie un solo edificio, blanco y alto, en la calle Ugalde.

Por fuera no llama demasiado la atención. Lo que guarda dentro sí: la maquinaria completa de una fábrica de harinas de principios del siglo pasado, restaurada y repartida en varias plantas. Lo visité en Open Bilbao 2025, que es de las pocas maneras de verlo, y es una visita muy didáctica, más por las máquinas que por la arquitectura. Es también la mejor puerta de entrada a la historia de un barrio entero, porque sin esta fábrica Irala no existiría.

De Vista Alegre a la mayor fábrica de pan del país

A principios del siglo XX esta parte de Bilbao no se llamaba Irala sino Vista Alegre, y quedaba al sur de la villa y del Ensanche, bastante apartada de los dos. Aquí tenía sus instalaciones la Compañía Bilbaína de Molinería y Panificación, equipadas en 1901 con maquinaria de una ingeniería inglesa. Uno de sus promotores era Juan José Irala, un empresario que había llegado a Bilbao para trabajar en el negocio panadero de su familia y que en 1882 había abierto ya su propia tahona.

En 1902 varias harineras y panaderías pequeñas decidieron juntarse. Entraron en la fusión casas como M. Artiach, Bátiz y Cía., La Magdalena de Atxuri o Aguirre-Artiach, además de la propia Compañía Bilbaína, que puso las instalaciones de Vista Alegre como base de la nueva empresa. Así nació la Sociedad Harino Panadera, que en pocos años se convirtió en lo que algunos consideraban la mayor y mejor fábrica de pan de España.

El nombre lo explica todo. No era solo un molino ni solo una panadería: era las dos cosas, una detrás de otra. El trigo entraba por un lado, se molía, se amasaba y se cocía, y por el otro salía el pan camino de los despachos. Lo que hoy queda en pie es la parte harinera, el edificio de la molienda. De los hornos y del resto de los pabellones no queda nada.

El barrio que hizo un panadero

Irala no se conformó con levantar la fábrica. Compró los terrenos de alrededor, se construyó allí mismo su casa y fue haciendo, calle a calle, un barrio para la gente que trabajaba con él. Es el que hoy lleva su nombre, Iralabarri, y el que muchos visitantes fotografían sin saber de dónde sale: esas hileras de casas bajas de aire inglés, con sus fachadas de colores, que no se parecen a nada del resto de Bilbao.

La idea era la de tantos industriales de su época, pero llevada con mucho cuidado. Menos de la mitad del suelo se ocupó con edificios y el resto se dejó para aceras y zonas verdes. Había economato, donde los empleados compraban a cuenta del sueldo, botica, escuelas y actividades culturales, y un Banco del Céntimo pensado para que los niños aprendieran a ahorrar. Lo que no había eran tabernas, porque Irala era enemigo declarado del alcohol y las prohibió. Quien pasee hoy por el barrio comprobará que esa parte del plan no ha sobrevivido.

Alguna vez me han contado que en aquellas casas vivían los propios trabajadores de la fábrica, y así lo recogían los vecinos cuando reclamaban que se salvara el edificio: un barrio, decían, «donde vivieron sus trabajadores y sus familias». Fábrica y barrio son, en realidad, la misma obra.

Un edificio blanco como la harina

El edificio que se conserva es de 1902, con una ampliación de diez años después, y se atribuye a Federico de Ugalde y Mario Camiña. No es una obra que busque gustar. Es un bloque rectangular, de planta baja y cinco pisos, sin apenas adorno, y su mérito está en otra parte: se levantó entero en hormigón armado, cuando ese material era toda una novedad.

La forma responde a lo que pasaba dentro. Una harinera de entonces era una máquina vertical, y por eso el edificio crece hacia arriba en lugar de extenderse como una nave. Y es blanco, por dentro y por fuera, por una razón tan práctica como todo lo demás: aprovechar la luz. Arriba tiene además una rareza, una cubierta inundada. Era una solución habitual en las fábricas de la época, porque una lámina de agua sobre el tejado amortigua el calor y el frío, y al rehabilitarlo se decidió recuperarla. El nivel se mantiene con una boya, como el de una cisterna, y de tener el agua limpia se encargan unas carpas.

Conviene recordar que esto es solo un fragmento. La fábrica ocupaba una superficie muchísimo mayor, con muchos más pabellones, y todo eso se derribó. Lo que vemos es la pieza más antigua y la que contenía el corazón del proceso, la molienda, y por eso fue la que se salvó y la que el Gobierno vasco declaró monumento en 2005, con una mención especial a sus instalaciones mecánicas.

Por dentro: el viaje del trigo

La visita merece la pena por las máquinas. Están ahí casi todas, restauradas con tanto cuidado que, según decían los técnicos al terminar la obra, la fábrica podría volver a ponerse en marcha. Relucen pintadas de colores vivos, entre una maraña de tubos y conductos que atraviesa los forjados y conecta unas plantas con otras, y lo primero que se entiende al verlas es que aquí nada se movía en horizontal.

El principio es sencillo. El grano se subía hasta lo más alto del edificio y desde allí iba cayendo por su propio peso, de piso en piso y de máquina en máquina: primero las que lo limpiaban y lo preparaban, después los molinos que lo trituraban y por último las que separaban la harina de todo lo demás. Recuerdo sobre todo las tamizadoras, unos armatostes que ocupan varios pisos y por los que el producto va bajando mientras se clasifica, de modo que a cada nivel pasan solo las partículas más finas. Había mucha más explicación de la que soy capaz de recordar, y eso también dice algo de lo complejo que era el invento.

Las cifras ayudan a imaginarlo en marcha. Los molinos llegaron a transformar 120.000 kilos de trigo cada veinticuatro horas, con maquinaria traída de fuera, inglesa al principio y alemana después. Un antiguo empleado que había pasado 39 años repartiendo pan lo resumió el día de la reapertura mejor que cualquier manual: «Lo bonito era verlo funcionando, cómo subía la harina».

Maquinaria restaurada de Harino Panadera, pintada de colores vivosTubos y conductos que atraviesan los forjados de la antigua fábrica de Harino PanaderaMáquinas de limpieza del trigo en la antigua fábrica de Harino PanaderaMolinos restaurados de Harino Panadera, donde se trituraba el trigoTamizadoras de Harino Panadera, las máquinas que separaban la harina por su finuraDetalle de las tamizadoras restauradas de Harino Panadera
La maquinaria restaurada de Harino Panadera: limpieza, molienda y tamizado del trigo

Un despacho en cada esquina

Para los bilbaínos de cierta edad, Harino Panadera no es un edificio sino una palabra de todos los días. En los años ochenta, y supongo que desde mucho antes, sus panaderías estaban por todas partes: cada barrio tenía dos, tres o cuatro despachos, y uno iba a por el pan sin pensar que detrás había una fábrica. Había quien se acercaba hasta Irala a comprar las pastas directamente en la puerta.

Aquellos locales eran solo puntos de venta. El pan se hacía en la fábrica y llegaba cada mañana en reparto, y durante décadas el sistema funcionó porque no había otro. Luego empezaron a aparecer panaderías con horno propio, que cocían en el propio local, y los despachos que se limitaban a distribuir fueron cerrando uno tras otro. Tengo para mí que ahí estuvo el gran declive de la empresa: en no haber sabido adaptarse a la moda de hornear en el mismo sitio donde se vende.

La fábrica dejó de funcionar en los años noventa y el complejo se fue derribando. El edificio de la molienda se quedó solo y abandonado durante años, convertido, según la asociación de vecinos, en «un nido de ratas». Los vecinos recordaban cómo «los manguis saltaban la tapia para desmontar los motores».

Un museo que no llegó a serlo

Fueron precisamente los vecinos de Iralabarri, junto con los estudiosos del patrimonio industrial, quienes pelearon durante años para que no se tirara también lo último que quedaba. Lo consiguieron. El Ayuntamiento rehabilitó el edificio entero, recuperó la maquinaria con la ayuda de un ingeniero especialista en harineras y le adosó un pabellón nuevo de ladrillo. En febrero de 2009 se inauguró como sede del Área municipal de Salud y Consumo, con las oficinas y los laboratorios a un lado y las máquinas al otro. Aquel día, a falta de olor a pan recién hecho, se repartieron rosquillas de San Blas.

Sobre el papel iba a haber también un Museo del Pan, vivo y abierto al barrio, que era lo que pedía la asociación de vecinos. No llegó a cuajar. Ya en la inauguración se reconocía que no había paneles explicativos y que al espacio «no se le ha dado forma de museo», y así sigue. La maquinaria está, y en perfecto estado, pero la sala permanece cerrada salvo en ocasiones contadas.

El edificio ha vuelto a cambiar desde entonces. En abril de 2021 Osakidetza abrió en una parte de él el centro de salud de Irala, una vieja reclamación del barrio, en el espacio que cedió el Ayuntamiento. Las oficinas municipales siguen allí, junto al centro de salud. De modo que la antigua Harino Panadera es hoy tres cosas a la vez: un trozo que desapareció, otro en el que conviven el ambulatorio y las oficinas del Ayuntamiento, y un tercero, el de las máquinas, que espera detrás de una puerta cerrada.

Cómo verlo y qué más hay en Irala

El edificio está en el número 7 de la calle Ugalde, justo detrás de la plaza de toros de Vista Alegre, en el límite entre Irala y Amezola. Por fuera se puede ver siempre, y se distingue bien la parte antigua, blanca, del pabellón de ladrillo que se le añadió. Para entrar a ver la maquinaria hay que esperar a una jornada de puertas abiertas. La más segura es Open Bilbao, que lo ha incluido en varias ediciones, y también se ha enseñado en las rutas de barrio que organiza el Ayuntamiento. Si aparece en el programa, conviene apuntarse pronto.

La visita se completa con un paseo por el barrio, que está a dos calles y es la otra mitad de la historia. Las casas de aire inglés que mandó construir Irala siguen ahí, pintadas de colores, y son de lo más fotografiado de Bilbao fuera del centro. Cerca quedan también las escuelas de Tomás Camacho, obra de Pedro Ispizua, y las casas baratas de Torre Urizar.

Visto todo junto se entiende la dimensión de lo que hubo aquí. Un hombre que empezó con una tahona acabó levantando una fábrica, y alrededor de la fábrica un barrio con sus casas, su economato y sus escuelas, y desde ese barrio se repartió durante casi un siglo el pan de toda la ciudad. De todo eso quedan las casas, un edificio blanco y unas máquinas de colores que merecerían estar abiertas más a menudo.