
La iglesia de San Nicolás de Bilbao
El templo barroco del Arenal que renació del agua
La iglesia de San Nicolás es de esos edificios que en Bilbao se dan por vistos. Está en un extremo del Arenal, con sus dos torres y el escudo de la villa en lo alto, y medio Bilbao pasa por delante camino del Casco Viejo sin levantar la cabeza. Dentro se entra, si acaso, una vez al año, el 3 de febrero, a bendecir los cordones de San Blas.
Y sin embargo es, seguramente, la mejor iglesia barroca de la ciudad, y la que tiene la historia más bilbaína de todas: nació como ermita de pescadores fuera de las murallas, se la llevó por delante una riada, se reconstruyó más alta gracias a un impuesto sobre el vino, y el agua volvió a entrar en ella en 1983. Merece que alguna vez se entre con calma.
Una ermita de pescadores fuera de las murallas¶
Para entender San Nicolás hay que borrar mentalmente el Arenal de ahora, con su quiosco y sus árboles, y poner en su lugar lo que dice el nombre: un arenal. Una playa de ría a las puertas de la villa amurallada, el punto más bajo de todo Bilbao, donde vivía la gente de mar. Allí, fuera de las Siete Calles, se levantó hacia 1490 una ermita dedicada a san Nicolás de Bari, que es el patrón de navegantes y pescadores, y a su alrededor creció un arrabal que tomó el nombre del santo.
Con el tiempo la ermita pasó a ser una de las cuatro parroquias de Bilbao, junto a Santiago, San Antón y los Santos Juanes. Las cuatro tenían un mismo patrono, y no era un noble ni un obispo: era el Ayuntamiento. La villa cobraba los diezmos, administraba las cuentas y pagaba las obras de sus iglesias, un detalle que explica casi todo lo que viene después, empezando por el escudo de Bilbao que preside la fachada donde uno esperaría encontrar un santo.
El aguaducho de 1737¶
Vivir en el punto más bajo de la villa y pegado a la ría tenía un precio, y a San Nicolás le tocó pagarlo la tarde del 1 de noviembre de 1737. Un aguaducho, que es la palabra antigua para lo que hoy llamaríamos riada, anegó el arrabal y entró en la iglesia, un edificio de finales del siglo XV que ya andaba flojo de muros. Los papeles de la época, que recogió el historiador Manuel Basas, cuentan que el agua llegó «asta muy cerca del tavernáculo» y que varios sacerdotes tuvieron que entrar «en ombros de seglares con el agua a los pechos y manifiesto riesgo de la vida» para sacar el Santísimo y llevarlo al convento de agustinas más cercano.
La imagen es difícil de olvidar, y al Ayuntamiento le bastó para decidir que aquello no tenía arreglo. No se trataba de reparar. El acuerdo fue demoler la iglesia vieja, «terraplenar el sitio y construir una nueva iglesia a nivel mayor del mar», subiendo el suelo unos ocho pies sobre el original. Mientras tanto, la parroquia se mudó de prestado a Santiago, donde acabaría pasando trece años.
Quien conozca Bilbao sabe que esa pelea con el agua no era nueva ni iba a ser la última. Pero pocas veces se ve tan claro como aquí: la iglesia que hoy vemos está literalmente subida a un pedestal de tierra para que la ría no la alcance.
Una iglesia pagada con limosnas y con vino¶
Decidir fue fácil; pagar, no tanto. La fábrica parroquial tenía en caja unos 35.000 reales, que no daban ni para empezar. La primera ayuda salió de donde nadie la esperaba: en 1732 el jesuita Pedro de Calatayud, predicador famoso en su tiempo, había dado una misión en Bilbao y recogido más de 30.000 reales y una cadena de oro para fundar una Casa de Misericordia. Once años después la Casa seguía sin hacerse, porque costaba una fortuna, y el dinero seguía guardado. El 28 de abril de 1743 se convocó a los vecinos en la sacristía de los Santos Juanes, y los noventa y cinco que acudieron aceptaron que aquellas limosnas se gastaran en la iglesia nueva.
El resto lo puso el vino. Para reunir los 30.000 ducados que faltaban se creó un arbitrio de un real por cada pellejo de cuatro cántaras que entrase en la villa, de modo que puede decirse, sin faltar mucho a la verdad, que San Nicolás la pagaron entre todos los bilbaínos a base de beber. La primera piedra se bendijo el viernes 6 de diciembre de 1743, día del santo, poco antes de las tres de la tarde.
A partir de ahí la obra fue todo menos tranquila. El permiso para cobrar el impuesto se retrasó, el dinero se acabó y los trabajos estuvieron parados de 1746 a 1751, con los contratistas pleiteando contra el Ayuntamiento por las pérdidas. Después se decidió mejorar el proyecto con una segunda torre y una cúpula que no estaban previstas, lo que trajo más pleitos al echar cuentas en 1755. La factura final fue de 740.117 reales, casi el doble de lo contratado. Lo de las obras que se paran y se encarecen, por lo visto, viene de lejos en esta ciudad.
Ignacio de Ibero y una planta que no es la de siempre¶
La traza se encargó a Ignacio de Ibero, un arquitecto de Azpeitia que por entonces dirigía las obras de la basílica de Loyola, y algo de aquel aire se trajo consigo. San Nicolás no tiene la planta alargada de casi todas las iglesias, con su nave que lleva la vista hasta el altar. Es una cruz griega, de brazos iguales, metida dentro de un cuadrado, con las esquinas achaflanadas y una capilla en cada chaflán. Todo gira alrededor del centro, y sobre el centro, la cúpula.
Desde la calle esa cúpula casi no se ve. Por fuera es un prisma de ocho lados, pero queda escondida detrás de la espadaña de la fachada, así que lo que uno recuerda del exterior son las dos torres gemelas y, entre ellas, el frontón triangular con el escudo de la villa sostenido por dos leones. Es una fachada de sillares de caliza, de las canteras de Ganguren, bastante sobria para ser barroca. Tiene más que ver con la seriedad de las iglesias jesuíticas que con los retablos de piedra de otras ciudades.
No todo lo que se ve es del siglo XVIII. En 1882 el arquitecto Julio Saracíbar añadió la sacristía, la casa cural y un pequeño oratorio, y en 1891 se rehízo la portada. De esa reforma es el relieve de bronce del tímpano, con la figura de san Nicolás, que firmó nada menos que Josep Llimona, el escultor catalán del modernismo. Es una de esas piezas que tenemos delante desde siempre sin saber de quién son.
Cinco retablos de nogal y un escultor de la corte¶
Lo mejor de San Nicolás está dentro, y es un conjunto que se hizo de una vez y ha llegado entero: cinco retablos rococós, el mayor y los de las cuatro capillas de los chaflanes. Los dibujó en 1752 Diego Martínez de Arce, un arquitecto de retablos vallisoletano que trabajó mucho en el País Vasco, y los construyeron Juan de Aguirre y Juan de Iturburu en madera de nogal que se dejó en su color, sin dorar. Ese tono oscuro y mate, tan distinto del oro que uno espera en un retablo barroco, es lo primero que llama la atención.
Para las imágenes el Ayuntamiento no se conformó con un taller local. En abril de 1754 contrató a Juan Pascual de Mena, escultor de la corte, el mismo que años después tallaría el Neptuno de la fuente de Madrid, y le pagó un suplemento para que se instalara en Bilbao mientras durase el encargo. Suyas son las diecisiete figuras del conjunto, que policromó José López Perella. En el retablo mayor está san Nicolás, flanqueado por san Lorenzo y san Vicente, y arriba del todo, por si quedaba alguna duda de quién pagaba, unos ángeles sostienen otra vez el escudo de la villa.
Las cuatro capillas están dedicadas a la Piedad, a los santos Crispín y Crispiniano, a san Lázaro y a san Blas, que es con diferencia el más visitado. Las cuatro se restauraron entre 2007 y 2012, tallas y hornacinas, porque arrastraban los daños de la riada de 1983, la carcoma y, según contaron las propias restauradoras, algún arreglo antiguo hecho con buena intención y resultado desastroso. Lo que se ve ahora se parece bastante a lo que vieron los bilbaínos de 1756.
Polvorín, reloj y otra vez el agua¶
Estar a la entrada de la villa, junto a la ría, le dio a San Nicolás una vida más agitada que la de sus hermanas del Casco Viejo. Estuvo cerrada al culto durante la ocupación francesa, en 1816 le cayó un rayo, y en las guerras carlistas, con Bilbao sitiada, el ejército la usó de almacén y de polvorín. Que una iglesia llena de pólvora saliera de varios asedios sin un rasguño tiene algo de milagro, o al menos de mucha suerte.
Hay otro episodio, más discreto, que casi nunca se cuenta. Hasta mediados del siglo XIX Bilbao vivía con su propia hora, la que marcaba el sol, y la daban cinco relojes: los de las cuatro parroquias y el de la Diputación en la Plaza Nueva. El 8 de noviembre de 1858 el Ayuntamiento ordenó que todos, el de San Nicolás incluido, se rigieran en adelante «por la hora que desde Madrid se comunica diariamente a la oficina del telégrafo», que estaba allí mismo, en el Arenal. La diferencia no llegaba a tres minutos, pero desde aquel día la hora de Bilbao dejó de venir del cielo y empezó a llegar por un cable.
Y luego está el agua, que siempre vuelve. En las inundaciones de agosto de 1983 la ría se metió de nuevo en el Arenal y en la iglesia, con más de dos metros de altura, más o menos lo mismo que se había subido el suelo dos siglos y medio antes para que no volviera a pasar. Los retablos de nogal aguantaron, aunque quedaron tocados, y de ahí viene la restauración de la que hablaba antes.
Dos fiestas: la de 1756 y la de cada 3 de febrero¶
La iglesia se estrenó el miércoles 11 de agosto de 1756, y Bilbao lo celebró como sabía. Por la mañana la corporación salió de la casa consistorial, que entonces estaba junto a San Antón, con el estandarte de la villa, cuatro clarines, pífano y tambores, mientras desde la otra orilla se disparaban salvas. Recogieron al cabildo en Santiago, bajaron por la calle del Correo y hacia el mediodía el prior bendijo el templo por fuera y por dentro. Por la tarde, en procesión, el Santísimo volvió al Arenal después de trece años de exilio.
Acabados los tres días de funciones religiosas empezó la otra parte. Hubo corridas de toros el 19, el 20 y el 21 de agosto en la Plaza Vieja, donde hoy está el mercado de la Ribera, con reses traídas de Castilla y Salamanca y un torero, Diego del Álamo, cuyo recibo se conserva. Por las noches se iluminaron las calles con velas de sebo y se quemaron fuegos artificiales desde un gabarrón engalanado en la ría, dentro del cual, según el escribano municipal, «se celebró un majestuoso refresco». Una gabarra, la ría y una fiesta: hay cosas que en Bilbao no cambian.
La fiesta que ha llegado hasta hoy es otra, y es de las que todo bilbaíno lleva puestas desde crío. Cada 3 de febrero, día de San Blas, la plaza se llena de puestos de cordones, rosquillas de anís, tortas y caramelos de malvavisco, y se forman colas para entrar. Los cordones se bendicen durante todo el día, se llevan al cuello nueve días y después se queman, y con eso queda uno protegido de los males de garganta hasta el año siguiente. Lo resumió muy bien un diputado general al visitar la capilla restaurada: «No sé si protegen, pero daño no hacen».
Cómo visitar la iglesia de San Nicolás¶
San Nicolás está en la plaza del mismo nombre, en el extremo del Arenal más alejado del teatro Arriaga, y es difícil tenerlo más a mano: una de las salidas de la estación de metro de Casco Viejo da a la propia plaza. Sigue siendo parroquia, así que no hay taquilla ni visita organizada. Se entra cuando está abierta, que suele ser por la mañana, de diez a una, y por la tarde, de cinco a siete, y conviene evitar las horas de misa si lo que se quiere es mirar.
Mi consejo es empezar fuera y sin prisa. Primero el frontón, con el escudo y los dos leones, y luego el bronce de Llimona sobre la puerta, que pide acercarse. Dentro, lo mejor es ir directamente al centro, debajo de la cúpula, y girar sobre uno mismo: desde ahí se entiende la planta de un vistazo y se ven a la vez el retablo mayor y las cuatro capillas. Después ya habrá tiempo de acercarse a las tallas de Mena y de buscar a san Blas en su capilla, a los pies del templo.
La visita se completa sola al salir. A un paso queda el palacio San Nicolás, la sede histórica del Banco de Bilbao, que tomó el nombre de la plaza y con él el del santo. Delante se abre el Arenal, que ya no es una playa, y por la calle del Correo se llega en cinco minutos a la catedral de Santiago, donde esta parroquia vivió de prestado mientras Bilbao reunía, pellejo a pellejo, el dinero para devolverle su casa.