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Fachada del Palacio San Nicolás de Bilbao, antigua sede del Banco de Bilbao, frente al Arenal

Bilbao

El Palacio San Nicolás de Bilbao

El palacio francés donde nació la banca bilbaína

Hay edificios de Bilbao por los que uno pasa media vida sin levantar la vista. El Palacio San Nicolás es uno de ellos: está en la plazuela del mismo nombre, pegado al Arenal y a la boca del metro, y la mayoría lo conocemos como «el BBVA de San Nicolás», el sitio de las exposiciones gratuitas. Pocos saben que ese palacete de aire parisino, con su tejado de pizarra y sus ojos de buey, fue la primera sede construida a propósito para el Banco de Bilbao, que abrió sus puertas en enero de 1868 y que desde entonces no ha dejado de pertenecer a la misma casa.

En sus casi mil metros cuadrados de planta se resume buena parte del siglo XIX bilbaíno: el dinero del hierro, el gusto por lo francés, la cantería fina, la forja y dos patios cubiertos por lucernarios que siguen siendo de lo más bonito que se puede ver bajo techo en la villa. Lo proyectó un arquitecto de París, Eugène Lavalle, y lo llevó a su forma actual Severino de Achúcarro, el gran arquitecto del Bilbao de fin de siglo.

En este artículo repaso la historia del Palacio San Nicolás, explico qué mirar en sus fachadas y en sus dos patios, y cuento cómo se puede visitar hoy. Es una visita corta, gratuita y muy agradecida, de las que cambian la manera de cruzar una plaza por la que se ha pasado mil veces.

Un arrabal de marineros junto al Arenal

Para entender el palacio conviene empezar por el suelo que pisa. San Nicolás fue durante siglos un arrabal de pescadores y marineros, fuera de las murallas de las Siete Calles, en la orilla donde la ría todavía era puerto. Allí levantaron una ermita dedicada a San Nicolás de Bari, patrón de la gente de mar, y sobre ella creció la iglesia barroca que hoy preside la plazuela, terminada en 1756. De ahí viene todo lo demás: el nombre de la plaza, el de la estación de metro y el del propio palacio.

El Arenal, que ahora es paseo de tilos y quiosco de música, era entonces el muelle de la villa y su punto de encuentro comercial. Quien quisiera estar cerca de los barcos, de las mercancías y de los comerciantes tenía que estar aquí, a un paso del Casco Viejo pero con sitio para construir algo que dentro de las murallas ya no cabía.

En el solar exacto del palacio hubo antes una fonda, la posada de San Nicolás, además de algunas casas colindantes. En esta zona nadie se complicaba mucho con los nombres: la iglesia, la posada, la plaza y, con el tiempo, el banco, todo se llamó igual.

El primer banco de la villa busca casa

A mediados del siglo XIX Bilbao era una villa comercial de poco más de diecisiete mil habitantes que empezaba a oler a hierro. Las minas, los ferrocarriles y las navieras pedían capital, y la Ley de Bancos de Emisión de enero de 1856 abrió la puerta a que cada plaza tuviera su propio banco con derecho a imprimir billetes. Los comerciantes bilbaínos no tardaron: en noviembre de 1855 ya habían acordado en el salón del Consulado abrir una suscripción de ocho millones de reales, y el Real Decreto de 19 de mayo de 1857 autorizó el Banco de Bilbao, el primero de Vizcaya.

Los comienzos fueron modestos. El banco abrió el 24 de agosto de 1857 en un bajo del número 7 de la calle de la Estufa, la actual Viuda de Epalza, y a los pocos meses se mudó al 22 de la Ribera. Hasta 1874, cuando el privilegio pasó en exclusiva al Banco de España, emitió sus propios billetes en reales de vellón, y entre 1860 y 1861 abrió la primera caja de ahorros creada por un banco en España.

El negocio creció deprisa y la entidad quiso una sede a la altura de su nombre. En 1861 compró la posada de San Nicolás a sus propietarios, el marqués de Fuente Pelayo y el conde de Montes Claros. La elección del sitio decía mucho: frente al Arenal, a la vista de todo el que llegaba a la villa, y a dos calles de Bidebarrieta, que hacia 1882 reunía media docena de oficinas bancarias y a la que el historiador Manuel Basas llamó, con bastante gracia, el Wall Street bilbaíno.

El proyecto de Eugène Lavalle: un palacete parisino en Bilbao

El banco no buscó arquitecto en casa. Encargó los planos a Eugène Lavalle, de París, y adjudicó las obras a los contratistas Jamain père et fils, de Burdeos. Fue una declaración de intenciones: en la década de 1860 lo moderno era el París del Segundo Imperio, y una entidad que quería parecer sólida y cosmopolita se vestía a la francesa. Que se sepa, es la única obra de Lavalle en Bilbao.

La primera piedra se colocó el 30 de marzo de 1865, en la esquina que mira al Arenal. Con ella se enterró una caja de plomo con monedas de oro, plata y cobre, los periódicos del día, los documentos del acto y los nombres de los miembros de la Junta Administrativa. La obra costó 395.000 francos, una cifra considerable para la época, y las oficinas abrieron al público en enero de 1868, tras algo menos de tres años de trabajos.

Aquel primer edificio era bastante más pequeño que el actual. La fachada a la plazuela quedó terminada, pero detrás, entre las calles Fueros y Ascao, seguían en pie varias casas ajenas, de modo que las dependencias del banco se limitaban a lo que hoy es el patio pequeño. Lavalle dejó fijado, eso sí, el carácter del conjunto: un lenguaje Beaux-Arts de composición serena y simétrica, deudor todavía del neoclasicismo, rematado por una mansarda de pizarra que en el Bilbao de entonces debía de resultar de lo más exótica.

Dos ampliaciones hasta ocupar la manzana entera

El edificio se quedó pequeño enseguida. A comienzos de la década de 1880 el banco compró las casas contiguas y acometió una primera ampliación, que costó 243.500 pesetas y permitió construir las cavas del sótano. El Ayuntamiento puso una condición: abrir una calle nueva entre Fueros y la plazuela para separar el banco del caserío vecino. Así nació la calle Banco de Bilbao, que todavía se llama así.

La ampliación definitiva llegó a finales de siglo. En 1898 el banco adquirió otros tres inmuebles en Fueros y Ascao, y ese otoño empezaron las obras bajo la dirección de Severino de Achúcarro. De ellas salieron el patio grande, los servicios de caja, el salón de espejos para las reuniones del Consejo y el perímetro que vemos hoy, delimitado por la plazuela de San Nicolás y las calles Ascao, Fueros y Banco de Bilbao. El siglo XX se encontró ya con el palacio tal como lo conocemos.

Sobre quién firmó cada fase, las fuentes no se ponen de acuerdo. El Archivo Histórico BBVA atribuye la obra de 1881 a un arquitecto Epalza y la de 1898 a Achúcarro; el arquitecto Elías Mas, en cambio, fecha en agosto de 1882 un proyecto de Achúcarro y sitúa después la intervención de Enrique Epalza, el autor del hospital de Basurto. En lo que todos coinciden es en lo esencial: lo que hoy se ve, por fuera y por dentro, responde sobre todo a la mano de Achúcarro, que respetó la composición francesa de Lavalle y la extendió con tanta coherencia que el añadido no se nota.

Bueno, casi no se nota. Hay un truco para distinguir la parte original de la ampliada, y me lo enseñó el arquitecto Bernardo García de la Torre en una visita para voluntarios de Open Bilbao: basta con mirar las esquinas. Las del lado derecho de la fachada, las del edificio primitivo, son rectas; las del lado izquierdo son redondeadas, un gesto muy de Achúcarro que repitió en otras casas del Casco Viejo y del Ensanche.

Severino de Achúcarro, el viejo maestro del Ensanche

Si hay un nombre que conviene retener al visitar el Palacio San Nicolás es el de Severino de Achúcarro (Bilbao, 1841 – París, 1910). Nació a dos pasos de aquí, en la calle Bidebarrieta, estudió el bachillerato en Angulema, se tituló en Madrid en 1866 y pasó la vida yendo y viniendo de Francia. De allí se trajo el gusto por la arquitectura francesa y también, literalmente, la piedra.

Su huella en Bilbao es enorme. Fue el arquitecto del equipo que redactó el plan del Ensanche de 1876, junto a los ingenieros Pablo de Alzola y Ernesto Hoffmeyer, y por eso se le recordó como el viejo maestro del Ensanche. Firmó la sede de la Sociedad El Sitio, hoy biblioteca de Bidebarrieta; la fachada actual de la catedral de Santiago; la estación de La Concordia, con el ingeniero Valentín Gorbeña; y el desaparecido hotel Términus de la plaza Circular, que llegó a estar unido a la estación de Abando por una pasarela para que el viajero pasara del tren a la habitación sin pisar la calle.

Achúcarro fue el gran introductor del eclecticismo en la villa, ese arte de mezclar elementos de estilos y épocas distintas sin que el resultado parezca un pastiche. Era además un obsesivo del detalle constructivo: dominaba la piedra como pocos, cuidaba la luz natural de los interiores y popularizó la combinación de sillería y ladrillo rojo visto que acabaría siendo seña de identidad de media ciudad.

Gran aficionado a la ópera, murió en París en octubre de 1910. Según contó García de la Torre, el infarto le sorprendió vestido de gala, a punto de salir hacia el teatro. Sus restos volvieron a Bilbao, donde se le despidió con un funeral multitudinario, el agradecimiento de una ciudad a quien le había dado buena parte de su forma.

La fachada principal: piedra de Angulema, leones y pizarra

Lo mejor es empezar desde lejos, cruzando la plazuela hasta tener toda la fachada en un golpe de vista. Lo primero que se aprecia es la simetría: la puerta marca el eje y todo se ordena a sus lados. En la planta baja, vanos de medio punto con florones entre ellos; en el piso principal, huecos adintelados coronados por escudetes; en los extremos, pequeñas balconadas. El vano central se adelanta con un balcón sostenido por dos cabezas de león de las que brotan hojas de acanto, y sobre él un frontón partido guarda el escudo de Bilbao, con su puente, su iglesia de San Antón y sus dos lobos.

Luego conviene acercarse y hacer algo que casi nadie hace: tocar la piedra. El edificio usa dos. El zócalo es de caliza gris, dura y fría, porque es la parte que recibe las salpicaduras y los golpes. De ahí para arriba todo es piedra blanca de Angulema, mucho más blanda, de grano finísimo, que se deja tallar como si fuera madera y que al sol se templa bajo la mano. No hay canteras de una piedra así en el País Vasco; Achúcarro la encargaba en Francia y la usó también en la fachada de la catedral de Santiago, lo que da una buena excusa para comparar ambas en el mismo paseo.

Por último, hay que levantar la vista hasta el tejado. La mansarda es el rasgo más francés del palacio: una cubierta de fuerte pendiente con buhardillas rematadas en arco y, en el centro, óculos, esas ventanas redondas tan de bulevar parisino. Una inclinación así no admite teja, que se deslizaría, y obliga a usar pizarra, un material ajeno a la tradición bilbaína que solía traerse de Galicia. También llaman la atención los ventanales, muy amplios para la época, pensados para meter luz natural en las oficinas.

Una vuelta a la manzana: ladrillo rojo, esquinas curvas y ganchos de farol

El Palacio San Nicolás es un edificio exento, es decir, rodeado de calles por sus cuatro lados, sin medianeras. Se suele citar como el primer edificio bancario exento de España, y esa condición es la que le da porte de palacete y la que justifica darle la vuelta completa. Son cinco minutos y se aprende mucho.

Al doblar la esquina la piedra acompaña unos metros y enseguida cede el protagonismo al ladrillo rojo visto, combinado con sillería en recercos y esquinas. Es pura lógica de la época: la fachada noble, toda de piedra, hacia la plaza; las secundarias, más económicas, hacia las calles estrechas. Esa mezcla de ladrillo rojo y piedra, que Achúcarro empleó también en sus casas de vecindad de los jardines de Albia, hizo fortuna en la ciudad, y décadas después el ladrillo rojo se convertiría en el material fetiche del racionalismo bilbaíno de los años treinta.

En la trasera hay una entrada secundaria, marcada con una balconada y con el rótulo «Banco de Bilbao» encima, por si a alguien le quedaban dudas. Y aquí se comprueba el truco de las esquinas: redondeadas en la parte de la ampliación, rectas en la del edificio de 1868. La calle lateral es la del Banco de Bilbao, aquella que el Ayuntamiento obligó a abrir.

Un último detalle para curiosos. En lo alto de las fachadas quedan unos ganchos de hierro que se repiten en muchos edificios del Casco Viejo: servían para colgar los faroles de gas del alumbrado público. No hay que confundirlos con otros soportes más robustos y decorados, frecuentes en el Ensanche, que sujetaban las catenarias del antiguo tranvía.

El patio pequeño: la oficina decana del banco

Por dentro, el palacio se organiza en torno a dos patios cubiertos, uno a cada lado del eje de entrada. Antiguamente se accedía por una puerta giratoria de madera y cristal, que el banco conserva como pieza de su museo histórico; al cruzar el umbral, a mano derecha queda el patio pequeño, el del edificio original de Lavalle. Aquí funciona desde 1868, sin interrupción, la oficina de San Nicolás, que sigue atendiendo al público y que el propio banco considera uno de sus puntos de atención al cliente más antiguos de España.

El espacio responde a una tipología muy propia de la banca del XIX: el patio de operaciones. Es un salón de doble altura iluminado desde arriba por un lucernario, con el público y las ventanillas en la planta baja y los despachos asomados a una galería en la planta superior. Todavía se reconocen las antiguas ventanillas, abiertas en arcos de medio punto, y la baranda del primer piso. El mismo esquema se repetiría quince años después en el Banco de España de la calle del mismo nombre y, más tarde, en los bancos de la Gran Vía.

Lo que no es nada habitual es que la piedra de la fachada entre también en el interior. Las paredes del patio son de la misma piedra blanca de Angulema, tallada con una finura que una caliza no permitiría. Entre los motivos hay que buscar tres: el barco, guiño al patrón de los marineros que da nombre al barrio; el escudo de la villa; y, sobre los rosetones, dos bes enlazadas, las iniciales de Banco de Bilbao, que fueron su primer logotipo.

El patio grande: lucernario, forja y cantería

Al otro lado del vestíbulo, tras una puerta acristalada de doble hoja, espera la sala noble del palacio. El concepto es el mismo que en el patio pequeño, pero aquí Achúcarro tuvo espacio y presupuesto para lucirse: el patio es más alto, el suelo es de grandes losas de mármol y la decoración sube un par de escalones. Es aquí y en las salas que lo rodean donde suelen montarse las exposiciones, así que lo normal es verlo con cuadros, pero merece la pena dedicarle un rato al contenedor además de al contenido.

La mirada se va sola hacia arriba. El patio se remata con acróteras y una gola, una gran moldura curva que hace de transición hacia el lucernario y que recuerda a la sala principal de la biblioteca de Bidebarrieta. La vidriera es policromada y puramente geométrica, sin escenas ni paisajes, y baña el espacio con una luz uniforme y tranquila. Es el mismo recurso que las vidrieras de las iglesias góticas, pero tumbado en horizontal y puesto al servicio de un edificio civil, como ocurriría años después en el vestíbulo del hotel Carlton. Con ese techo de vidrio, el banco podía trabajar casi todo el día sin encender una lámpara.

A media altura corre la galería del primer piso, con soportes y barandillas de forja y sus faroles. No es un detalle menor: hasta entonces los materiales nobles eran la piedra y la madera, y es en estos años, con las ferrerías y siderurgias de la ría a pleno rendimiento, cuando el hierro bien trabajado se gana un sitio entre ellos. El resto es cantería de exhibición, con pináculos que cuelgan y relieves que solo una piedra tan blanda permite, obra de talleres locales y de las cuadrillas de canteros cántabros y burgaleses que por entonces encontraban en Bilbao todo el trabajo que querían.

La decoración mezcla el tono neoclásico heredado de Lavalle con el decorativismo de fin de siglo, ya cercano al modernismo. Se aprecia bien en la escalera de mármol, iluminada por una vidriera en blanco y negro de mucha elegancia, y en el acceso al primer piso. Fuera del recorrido habitual se conserva además el salón de espejos donde se reunía el Consejo de Administración.

Cuando el banco se cubrió con pieles de vaca: el Sitio de 1874

El palacio tenía solo seis años cuando le tocó vivir la guerra. Durante la Tercera Guerra Carlista, el Bilbao liberal fue sitiado y bombardeado entre el 21 de febrero y el 2 de mayo de 1874. El Banco de Bilbao no cerró: dejó de emitir moneda, se concentró en dar créditos y anticipos a las instituciones del Señorío y ejerció de cajero de los dirigentes liberales.

Para proteger la sede recién estrenada se fortificó la fachada con sacos terreros y se colgaron pieles de vaca en las ventanas, un remedio de la época para amortiguar los impactos y la metralla. La imagen quedó fijada en una fotografía atribuida a Charles Monney, con soldados y un cañón delante de la puerta, y en un pastel que Manuel Losada pintó años después siguiéndola casi al detalle. Ambos pertenecen hoy a los fondos del banco.

El final del asedio trajo una alegría y un disgusto. La villa había resistido, pero ese mismo año un decreto concedió al Banco de España el monopolio de emisión, y el Banco de Bilbao perdió el privilegio de imprimir sus propios billetes. Tuvo que reinventarse como banco comercial, cosa que hizo con bastante éxito, a juzgar por las ampliaciones que vinieron después.

De sede central a archivo histórico y sala de exposiciones

San Nicolás fue la casa del Banco de Bilbao durante casi noventa años. En 1957, justo en el centenario de aquella primera oficina de la calle de la Estufa, la entidad cruzó la ría y estrenó sede central en la Gran Vía, en un edificio en el que intervinieron Pedro Guimón y Ricardo Bastida. Era el camino que habían seguido antes casi todos los bancos nacidos en el Casco Viejo: en cuanto el Ensanche se consolidó, la primera línea de la Gran Vía se convirtió en el nuevo escaparate del dinero.

El viejo palacio, sin embargo, nunca cambió de dueño ni de oficio: la oficina del patio pequeño sigue abierta. Acogió las dependencias del Banco Industrial de Bilbao y, tras las fusiones que dieron lugar al BBV y luego al BBVA, sigue figurando como sede social de la entidad. Esa continuidad lo distingue de otros edificios bancarios de la villa, como el antiguo Banco de España de la calle homónima, que pasó por varias manos, llegó a ser gaztetxe y hoy alberga las Aulas de la Experiencia de la UPV/EHU.

Desde los años ochenta, el piso superior guarda el Archivo Histórico BBVA, el primero de la banca privada española abierto al público. Custodia los fondos del banco desde 1857 y los de decenas de entidades absorbidas por el camino, además de archivos de empresas y familias clave de la industrialización vizcaína, como el del Ferrocarril de La Robla o la correspondencia de Víctor Chávarri. Hay biblioteca, hemeroteca con cabeceras como La Gaceta del Norte, El Liberal o El Noticiero Bilbaíno, colección numismática y sala de investigación, que se puede consultar con cita previa.

El archivo tiene incluso su propia historia de supervivencia. Las inundaciones de agosto de 1983 anegaron los sótanos del palacio, y la recuperación de los documentos dañados fue un trabajo lo bastante serio como para acabar presentado en un congreso de conservación y restauración. Hoy la cara más visible del edificio es otra: la planta baja funciona como sala de exposiciones de la Colección BBVA, con muestras temporales de acceso gratuito.

Cómo visitar el Palacio San Nicolás

El palacio está en la plazuela de San Nicolás, 4 (48005 Bilbao), frente al Arenal. La estación de metro de Casco Viejo tiene una salida, la de San Nicolás, literalmente a la puerta, y muy cerca paran varias líneas de Bilbobus, entre ellas la 11, la 22, la 62, la 72, la 77 y la G8. Desde el teatro Arriaga se llega caminando en tres minutos.

No es un museo con horario fijo todo el año: al margen de la oficina bancaria, el interior se abre al público cuando hay exposición. La manera más sencilla de entrar es, por tanto, aprovechar una de las muestras de la Colección BBVA, que son gratuitas y no requieren reserva. Antes de ir conviene comprobar la programación en la web de la Colección BBVA, porque entre una muestra y otra el palacio puede estar cerrado.

La otra gran oportunidad es Open Bilbao, el festival de arquitectura que cada otoño abre edificios de la ciudad con visitas guiadas por voluntarios. El palacio ha estado en el programa de las ediciones de 2025 y 2026, con un recorrido de una media hora que incluye la explicación exterior y los dos patios. Y quien tenga un interés más de investigador que de paseante puede solicitar cita en el Archivo Histórico BBVA para consultar sus fondos.

Mi consejo es dedicarle entre cuarenta y cinco minutos y una hora: diez minutos para la fachada y la vuelta a la manzana, y el resto para los patios y la exposición que toque.

Qué ver después: la ruta de Achúcarro y de los viejos bancos

Una de las gracias del Palacio San Nicolás es que no se acaba en sí mismo. Sin alejarse apenas se puede seguir el hilo de Achúcarro en tres paradas: la biblioteca de Bidebarrieta, antigua sede de la Sociedad El Sitio, cuyo salón comparte con el patio grande ese remate curvo y esa manera de trabajar la piedra; la fachada de la catedral de Santiago, levantada con la misma piedra blanca de Angulema; y, cruzando la ría, la estación de La Concordia, con su fachada de hierro y cerámica asomada al Arriaga.

Quien prefiera el hilo del dinero tiene otra ruta. En la calle Banco de España, a cinco minutos, está el antiguo Banco de España, hoy Aulas de la Experiencia de la UPV/EHU: se construyó unos quince años después que San Nicolás, tomó de él el aire afrancesado de la cubierta y repite, en versión más modesta, el patio de operaciones con lucernario. La comparación entre un edificio exento y uno encajado entre medianeras resulta de lo más instructiva. Después solo queda cruzar el puente del Arenal y recorrer el primer tramo de la Gran Vía, donde los bancos del siglo XX compitieron por ver quién levantaba la sede más imponente.

Y, por supuesto, está la vecina de enfrente. La iglesia de San Nicolás, barroca y de planta central, lleva en su sitio desde mucho antes que el banco y explica por qué este rincón de Bilbao se llama como se llama. Verlas juntas, la iglesia de los marineros y el palacio de los banqueros, es ver en una sola plaza el paso de la villa portuaria a la ciudad industrial.