
Tirana, la ciudad que se pintó de colores
Cuando el arte contemporáneo se convirtió en política urbana
Hay transformaciones urbanas que se explican con datos: kilómetros de avenidas remodeladas, presupuestos invertidos, porcentajes de fachadas renovadas. Y hay transformaciones que solo se entienden viendo las fotos del antes y del después. Tirana pertenece a la segunda categoría. En el año 2000, era una ciudad de edificios grises —el gris del comunismo, el gris del cemento sin pintar, el gris de una sociedad que llevaba cuatro décadas sin decidir nada sobre su propio aspecto—. En 2005, era la ciudad más colorida de Europa. Lo que ocurrió en ese intervalo es una historia que mezcla arte contemporáneo, política, psicología colectiva y una audacia que pocos políticos han tenido en ningún lugar del mundo.
La herencia gris del comunismo¶
Para entender lo que hizo Edi Rama en Tirana hay que entender primero lo que Enver Hoxha hizo con la ciudad durante cuarenta años de dictadura. El comunismo albanés no solo controló la economía, la política y la religión: controló también el aspecto físico del espacio urbano con una rigidez que iba mucho más allá de la austeridad ideológica.
Los bloques de viviendas que Hoxha ordenó construir para alojar a la población que llegaba del campo a la ciudad seguían el modelo del realismo socialista soviético: cemento, hormigón, funcionalidad estricta, ausencia absoluta de ornamento. El color era considerado un lujo burgués, una concesión al individualismo que el sistema rechazaba. Las fachadas eran grises. Los interiores eran grises. Las calles eran grises. Tirana era, en lo visual, una ciudad sin personalidad impuesta desde arriba, donde la uniformidad del espacio físico reforzaba la uniformidad que el régimen exigía en todos los demás ámbitos de la vida.
Cuando el comunismo cayó en 1991 y las restricciones de residencia desaparecieron, Tirana se llenó de gente que llegaba del campo buscando oportunidades. La ciudad creció de forma caótica y sin planificación: construcciones ilegales por todas partes, edificios que invadían aceras, espacios públicos ocupados por comercios informales. El gris del comunismo se añadió el caos postcomunista, y el resultado fue una ciudad que en los años noventa resultaba difícil de amar incluso para sus propios habitantes.
Edi Rama: el alcalde artista¶
En el año 2000, un artista visual de cuarenta años llamado Edi Rama fue elegido alcalde de Tirana. Era una elección inusual —los artistas rara vez llegan al poder político, y cuando lo hacen suelen ser marginados por los aparatos de partido—, y generó escepticismo entre quienes esperaban un gestor, no un creador.
Rama había nacido en Tirana en 1964, se había formado como artista en la Accademia di Belle Arti de París, y había desarrollado una carrera como pintor antes de dar el salto a la política. Su padre, Kristaq Rama, fue un escultor reconocido durante el comunismo. Había crecido en una familia en la que el arte era parte de la conversación cotidiana, y llegó al cargo de alcalde con una convicción que no todos los políticos comparten: que el espacio físico en que vivimos condiciona la manera en que nos sentimos y nos comportamos.
Su primer gran gesto como alcalde fue también el más simple y el más radical: pintar los edificios.
La operación color: arte como acto político¶
La iniciativa comenzó de forma modesta en 2000 y se desplegó durante los años siguientes con una ambición creciente. Rama contrató a pintores —en algunos casos artistas, en otros simplemente trabajadores— para pintar las fachadas de los bloques comunistas del centro de Tirana con colores brillantes y patrones geométricos diseñados por él mismo.
No era pintura decorativa en el sentido convencional. Los patrones que Rama diseñó tenían una lógica visual propia: formas geométricas abstractas, a veces inspiradas en la tradición artesanal albanesa, que convertían cada fachada en una superficie de expresión. Un bloque podía aparecer cubierto de círculos naranjas sobre fondo amarillo. El siguiente, con triángulos verdes y azules sobre blanco. El siguiente, con rayas rojas y negras en composiciones que recordaban el arte constructivista.
El efecto sobre la ciudad fue inmediato y desconcertante. Los habitantes de Tirana, que habían vivido toda su vida en un entorno deliberadamente privado de estímulos visuales, se encontraron de repente con fachadas que les devolvían color. Las reacciones fueron diversas: algunos se alegraron, otros se sintieron agredidos, muchos simplemente no sabían qué pensar ante un cambio que nadie les había pedido pero que transformaba su entorno cotidiano de forma irreversible.
La psicología del color: por qué funcionó¶
Rama defendió la iniciativa con un argumento que combinaba pragmatismo y teoría: en una ciudad donde la ciudadanía llevaba décadas sin participar en ninguna decisión colectiva, el color funcionaba como un gesto de apropiación del espacio público. No era necesariamente bello en el sentido tradicional —de hecho, algunas combinaciones resultaban agresivas—, pero era visible, y la visibilidad era en sí misma un acto político en una ciudad que había sido diseñada para ser invisible.
Hay un dato que Rama citaba con frecuencia en sus presentaciones públicas: tras la campaña de pintado, la recaudación fiscal en los barrios intervenidos aumentó significativamente. Los comerciantes y vecinos que antes evadían impuestos comenzaron a pagar. La explicación que Rama daba era que el color había generado un sentido de pertenencia y de respeto hacia el espacio común que la gris uniformidad anterior no había podido crear. Si el Estado invierte en hacer tu barrio más bonito, es más difícil comportarse como si el Estado fuera tu enemigo.
Esta tesis —que la estética urbana tiene consecuencias políticas y económicas medibles— le valió a Rama una atención internacional que superó con creces el tamaño de la ciudad que gobernaba. En 2004, la revista Time lo incluyó en su lista de los cien líderes más innovadores del mundo. En 2008, dio una charla en el TED que fue vista por millones de personas. Tirana, que hasta entonces no aparecía en ningún mapa mental de las capitales europeas interesantes, se convirtió en referencia mundial de regeneración urbana.
Más allá del color: la transformación completa¶
La operación de pintado de fachadas fue la más visible de las intervenciones de Rama en Tirana, pero no fue la única ni necesariamente la más importante. Paralela a la transformación estética hubo una transformación urbanística que abordó algunos de los problemas estructurales que el caos postcomunista había dejado.
Se demolieron cientos de construcciones ilegales que ocupaban aceras, parques y espacios públicos. Se recuperaron zonas verdes que habían sido invadidas por el comercio informal. Se peatonalizaron calles del centro. El río Lana, que cruzaba la ciudad prácticamente ignorado y convertido en vertedero informal en algunos tramos, fue objeto de un proyecto de recuperación que lo devolvió a la vida urbana como elemento paisajístico.
La transformación de la Pirámide —el edificio brutalista que fue museo de Hoxha y que el estudio holandés MVRDV reconvirtió en 2023 en centro cultural con escaleras en las fachadas inclinadas— es la culminación más reciente de esa lógica: tomar los símbolos del régimen y convertirlos en espacios de libertad y aprendizaje. El color fue el primer gesto; la reconversión de los búnkeres en museos, de la pirámide del dictador en escuela de tecnología, es la misma lógica aplicada con más medios y más tiempo.
Tirana hoy: el legado de la transformación¶
Rama dejó la alcaldía en 2011 para convertirse en líder de la oposición, y en 2013 fue elegido primer ministro de Albania. Desde entonces gobierna el país, y la lógica de gestión que aplicó en Tirana —el arte como herramienta política, la estética como instrumento de transformación social— ha informado su estilo de gobierno a escala nacional.
Tirana hoy no es solo la ciudad más colorida de Europa, aunque lo siga siendo. Es una ciudad que ha aprendido a valorar el espacio público de una manera que el comunismo nunca le permitió. Los mercados navideños en la Plaza Skanderbeg, los conciertos de la orquesta sinfónica al aire libre, las terrazas de cafés que invaden las aceras en primavera y verano, los grupos de jóvenes que pasean por el Blloku hasta altas horas de la noche: todo eso era impensable en la Tirana de 1990. Es el fruto de una transformación que empezó con unos botes de pintura y una idea que en su momento parecía demasiado simple para ser política y demasiado política para ser arte.
Recorrer Tirana hoy, con su mezcla de gris comunista que resiste en los barrios menos intervenidos y de color explosivo en el centro, es ver esa historia en tiempo real. La ciudad no ha terminado de reinventarse —probablemente no lo hará nunca del todo—, pero el proceso de reinvención es en sí mismo parte de lo que la hace interesante. Pocas ciudades del mundo tienen una historia tan reciente y tan visible de cómo el arte puede cambiar la manera en que una sociedad se mira a sí misma.