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La Catedral y la Giralda vistas a través de los naranjos del patio homónimo, con la fruta cargando las ramas en primer término

Destinos · España · Sevilla

La Catedral de Sevilla y la Giralda: la locura que funcionó

La mayor catedral gótica del mundo, un minarete almohade y la historia que los une desde 1248

Lectura de 10 minutos

Existe una frase que los libros de historia del arte reproducen con frecuencia y que los guías de Sevilla recitan a sus grupos con la entonación de quien sabe que la audiencia la va a recordar. La pronunciaron los miembros del cabildo catedralicio en 1401, cuando decidieron demoler la mezquita almohade que llevaba siglo y medio siendo la catedral de Sevilla y construir en su lugar algo que justificara la demolición: "Haremos una iglesia tan grande que los que la vieren terminada nos tengan por locos".

No hay documentación irrefutable de que esas palabras se pronunciaran exactamente así. Lo que sí hay es el edificio que construyeron a continuación, y el edificio resuelve cualquier duda sobre si la ambición era real. La Catedral de Santa María de la Sede es la mayor catedral gótica del mundo por volumen, la segunda iglesia más grande de Europa después de San Pedro en Roma, y el tercer edificio religioso más grande del planeta. Tardaron ciento cuatro años en construirla. La terminaron en 1506.

La mezquita que no derribaron del todo

Para entender la Catedral de Sevilla hay que empezar por lo que el cabildo decidió no demoler. En 1172, el califa almohade Abu Yaqub Yusuf I ordenó la construcción de una nueva mezquita en Sevilla, capital del al-Ándalus occidental. El arquitecto fue Ahmed ben Baso, un maestro de obras que diseñó simultáneamente la mezquita sevillana y otras dos en el mismo estilo: la Koutoubia en Marrakech y la Torre Hassan en Rabat. Las tres comparten proporciones, materiales y soluciones ornamentales, y las tres se pueden contemplar hoy, aunque en distintos estados de conservación.

La mezquita de Sevilla se completó en 1198. El minarete que levantaron para el muecín era el más alto del mundo islámico occidental: setenta metros de ladrillo organizado en dos cuerpos, con rampas interiores en lugar de escaleras para que el muecín pudiera subir a caballo hasta la plataforma del rezo. Encima de la plataforma colocaron cuatro esferas de bronce de tamaño decreciente, cuyo brillo era visible desde kilómetros de distancia.

Cuando Fernando III de Castilla tomó Sevilla en 1248, los habitantes musulmanes de la ciudad fueron expulsados y la mezquita fue consagrada como catedral cristiana, como era costumbre en la reconquista. Los sillares del mirab se convirtieron en el presbiterio; los corredores de la oración se transformaron en naves. Así funcionó durante ciento cincuenta años, hasta que el cabildo decidió que el edificio era insuficiente para la ciudad que Sevilla se había convertido —el principal puerto del reino de Castilla, la puerta de entrada a las riquezas de América— y que había llegado el momento de construir algo a la altura.

Ciento cuatro años de piedra

La construcción de la nueva catedral comenzó en 1402 y no terminó hasta 1506. Ciento cuatro años en los que trabajaron generaciones de maestros de obras, canteros, escultores y vidrieros bajo la dirección de una sucesión de arquitectos que en su mayoría permanecen en el anonimato porque en la Edad Media los edificios importaban más que los hombres que los construían.

El resultado tiene dimensiones que todavía impresionan después de cinco siglos: ciento treinta y dos metros de longitud, ochenta y tres de anchura, cuarenta y dos de altura en la nave central. Cinco naves separadas por hileras de pilares fasciculados. Una superficie construida de once mil metros cuadrados, de los cuales más de cuatro mil son espacio cubierto. El retablo mayor, que ocupa el ábside de la nave central, es el mayor retablo gótico del mundo: veinte metros de altura, doce de anchura, cuarenta y cuatro relieves, más de doscientas figuras talladas a lo largo de ochenta y dos años de trabajo, entre 1482 y 1564.

Que el retablo tardara más años en terminarse que la propia catedral da una idea de la escala de ambición del proyecto.

La Giralda: un minarete con campanario

El cabildo demolió la mezquita pero respetó el minarete. Esta decisión, tomada probablemente por razones prácticas tanto como estéticas —el alminar era una estructura sólida que funcionaba bien como campanario—, tiene consecuencias que nadie pudo prever en 1401. La Giralda es hoy el símbolo de Sevilla, más reconocible que cualquier elemento de la propia catedral, y lo es precisamente por su carácter híbrido: un minarete almohade del siglo XII coronado por un campanario renacentista del XVI.

La parte original tiene setenta metros. En 1558, el arquitecto Hernán Ruiz el Joven añadió el cuerpo superior renacentista que llega hasta los noventa y ocho metros totales. En la cúspide colocaron una figura de bronce de cuatro metros y medio que representa la Fe, una veleta giratoria que da nombre a la torre: el giraldillo. La figura pesa más de mil kilos y gira sobre sí misma con el viento sin perder el equilibrio, gracias a que está hueca y su diseño distribuye el peso de forma que cualquier brisa la orienta automáticamente.

Subir a la Giralda no requiere escalar escaleras. Las rampas que construyó el arquitecto almohade para que el muecín accediera a caballo siguen siendo el único medio de acceso: treinta y cinco rampas de escasa pendiente que ascienden en espiral hasta la plataforma del rezo, a cuarenta y dos metros, desde donde se llega al campanario por una escalera añadida posteriormente. La experiencia de subir por esas rampas, sintiendo bajo los pies la piedra pulida por ocho siglos de desgaste, es uno de esos momentos en los que la historia deja de ser abstracta.

La tumba del almirante

En el crucero de la catedral, entre la nave central y el brazo sur del transepto, hay un monumento funerario que concentra más historia por metro cuadrado que cualquier otro espacio de Europa. Cuatro figuras de bronce de tamaño más que natural portan un ataúd elevado sobre sus hombros: representan a los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra. Dentro del ataúd, según los análisis de ADN realizados en 2006, están los restos de Cristóbal Colón.

El "según" importa. La odisea funeraria de Colón es una de las más complejas de la historia. Murió en Valladolid en 1506, prácticamente olvidado y con sus títulos y privilegios en litigio. Fue enterrado en Valladolid, luego trasladado a Sevilla, luego enviado a Santo Domingo en la actual República Dominicana, donde había pedido ser enterrado, luego —cuando España cedió Santo Domingo a Francia en 1795— trasladado a La Habana, y finalmente devuelto a Sevilla en 1899, cuando España perdió Cuba tras la guerra con Estados Unidos.

En Santo Domingo hay otra tumba que también dice contener los restos de Colón. Los dominicanos sostienen que cuando se produjo el traslado en 1795 se llevaron los huesos equivocados. El análisis de ADN de 2006 concluyó que los restos de Sevilla son consistentes con el perfil genético del hermano de Colón, Diego Colón el Viejo, cuya tumba también está en la catedral. Lo cual es compatible tanto con que los restos sean de Cristóbal como con que sean de Diego. La cuestión sigue abierta.

El interior: cinco naves, siglos de arte

La experiencia de entrar en la Catedral de Sevilla es una de las que mejor resisten la comparación con las expectativas previas, lo cual es raro en monumentos tan fotografiados. El tamaño real es mayor que el que transmiten las imágenes, y la calidad de la luz —filtrada por vidrieras de los siglos XV al XXI, distribuida a lo largo de esa vastedad de piedra— tiene una calidad que no se puede reproducir en pantalla.

Las vidrieras merecen atención especial. Hay más de sesenta ventanales, algunos de los siglos XV y XVI que todavía conservan sus vidrios originales. La nave central recibe luz cenital por las ventanas del cimborrio, lo que produce en días soleados un efecto de columna de luz que desciende hasta el suelo de mármol.

La sacristía mayor, en el ángulo sureste, alberga algunas de las piezas más importantes del tesoro: una custodia procesional del siglo XVI que es uno de los trabajos de orfebrería más complejos de su época, pinturas de Zurbarán y Murillo que en cualquier otro contexto serían las estrellas del espacio, y el lienzo de Goya "Santa Justa y Santa Rufina", pintado en 1817 cuando el artista tenía setenta y uno años y llevaba tres de total sordera.

La Sala Capitular, en el extremo sureste, merece una parada específica. Fue una de las primeras salas de planta oval construidas en el Renacimiento español, un experimento geométrico del arquitecto Hernán Ruiz el Joven que en el contexto de la arquitectura española de 1558 era una innovación radical. La cúpula elíptica que la cubre tiene un tratamiento del espacio que anticipa el Barroco por varias décadas.

La Capilla Real, en el ábside central, contiene las tumbas de dos de los reyes más importantes de la historia de Castilla: Fernando III, que conquistó Sevilla en 1248 y fue canonizado en 1671, y Alfonso X el Sabio, que escribió en ella las Cantigas de Santa María y cuya biblioteca, la más importante de su época, se guardaba en este mismo edificio. Los cuerpos de ambos reyes están incorruptos en urnas de plata, expuestos a la veneración de los fieles.

El Patio de los Naranjos

La mezquita almohade tenía, como todas las mezquitas importantes de al-Ándalus, un gran patio de abluciones donde los fieles se purificaban antes de entrar a rezar. Ese patio sobrevivió intacto a la construcción de la catedral y se llama hoy el Patio de los Naranjos.

Los naranjos que le dan nombre no son los que plantaron los almohades en el siglo XII, pero los que crecen actualmente ocupan exactamente los mismos lugares que aquellos, siguiendo la misma cuadrícula y la misma lógica de organización espacial que el arquitecto almohade diseñó. La fuente en el centro del patio es visigoda: llegó al lugar cuando la mezquita se construyó sobre los restos de una basílica cristiana anterior y fue reutilizada para las abluciones. Tiene más de quince siglos.

Entrar al patio desde la calle Alemanes y quedarse un momento bajo los naranjos antes de entrar a la catedral tiene algo de transición temporal. En ese espacio, más que en ningún otro lugar del conjunto, se superponen con claridad los estratos: los visigodos, los almohades, los cristianos medievales, y encima de todos ellos los visitantes de 2026 que comen una naranja caída del suelo y no saben muy bien qué hacer con la cáscara.

Información práctica

Cómo llegar

  • A pie desde cualquier punto del centro histórico: la Giralda es visible desde kilómetros; basta orientarse hacia ella
  • Autobús urbano: paradas en la Avenida de la Constitución, a cincuenta metros de la entrada principal
  • Tranvía T1: parada Archivo de Indias, a cien metros
  • No hay metro en Sevilla; desde la estación de Santa Justa, en taxi unos diez minutos o en autobús unos veinte

Horarios y precios

  • Horario general: lunes de 11:00 a 15:30, martes a sábado de 11:00 a 17:00 (o hasta las 18:00 en temporada alta), domingos de 14:30 a 18:00; los horarios cambian según la época del año y se modifican en días de celebración religiosa, consultar la web oficial
  • Precio de entrada: en torno a 13 euros para adultos; la subida a la Giralda está incluida en la entrada general
  • Gratuito para menores de 14 años y para residentes en Sevilla en ciertos horarios (lunes de 16:30 a 18:00 aproximadamente, sujeto a cambios)
  • Reserva online disponible y recomendable en temporada alta para evitar colas; las entradas en taquilla pueden agotarse en días de gran afluencia
  • La visita completa, incluyendo la subida a la Giralda y todas las capillas, requiere entre dos y tres horas
  • Audioguía disponible en castellano; se recomienda especialmente para la sacristía y las capillas laterales, cuya iconografía sin contexto puede resultar opaca
  • Fotografía permitida en el interior sin trípode; la luz natural es suficiente en la mayor parte del espacio en días soleados