Saltar al contenido
VIsta parcial de la muralla de Toledo

Destinos · España · Madrid

Excursiones desde Madrid: los imprescindibles del entorno castellano

Toledo, Segovia, Aranjuez, El Escorial y Cuenca: cinco viajes de un día que explican la España que Madrid no puede contar sola

Lectura de 13 minutos

Madrid es una capital rodeada de historia. No la suya propia —Madrid es relativamente joven como capital, Felipe II la eligió en 1561 más por su posición geográfica central que por sus méritos históricos propios— sino la historia de la Castilla que la rodea. En un radio de cien kilómetros están algunas de las ciudades medievales más extraordinarias de España, los palacios más imponentes del absolutismo europeo y paisajes que cambian radicalmente de la llanura manchega a las sierras del norte. El viajero que pasa varios días en Madrid y no sale a explorar ese entorno se está perdiendo la mitad del viaje.

Estas son las cinco excursiones que merece la pena hacer desde Madrid, con la honestidad de decir qué esperar de cada una, cuánto tiempo dedicar y cómo organizarlas para sacarles el máximo partido.

Toledo: la ciudad de las tres culturas

Toledo está a una hora de Madrid en el AVE de alta velocidad —el tren tarda exactamente 33 minutos desde Atocha— y fue la capital de España antes que Madrid. Esa capitalidad histórica, que duró hasta que Felipe II la trasladó a Madrid, dejó en la ciudad un patrimonio extraordinario que se distribuye por un casco histórico rodeado por el río Tajo en tres de sus lados, sobre una colina que lo hace inaccesible sin esfuerzo.

El apelativo "ciudad de las tres culturas" que se aplica a Toledo —la convivencia de cristianos, musulmanes y judíos durante la Edad Media— es un tema que los historiadores matizan: la convivencia no fue siempre armónica y las expulsiones y conversiones forzadas del final de la Edad Media lo demuestran. Pero el legado físico de esa coexistencia está ahí y es extraordinario.

La Catedral de Toledo es uno de los monumentos religiosos más importantes de España: un edificio gótico iniciado en el siglo XIII sobre la antigua mezquita mayor de la ciudad, con un tesoro que incluye obras de El Greco, Caravaggio y Van Dyck, y la Transparente —un retablo barroco del siglo XVIII con una abertura en el techo que permite que la luz natural ilumine el tabernáculo— que es una de las obras más extravagantes y fascinantes del barroco español.

El Greco vivió en Toledo durante casi cuarenta años y la ciudad es el lugar donde su estilo alcanzó su forma definitiva. El entierro del Conde de Orgaz, en la iglesia de Santo Tomé, es el cuadro más importante de El Greco y uno de los más importantes de la pintura española: una obra de cuatro metros y medio de alto dividida en dos planos —el terrenal del entierro y el celestial de la acogida del alma— con los retratos de los nobles toledanos de la época identificables uno a uno. La visita a Santo Tomé para ver este cuadro en el contexto para el que fue pintado —en el muro lateral de una pequeña capilla, a la escala que El Greco concibió— es muy diferente a verlo reproducido en cualquier libro de arte.

La judería de Toledo y la Sinagoga del Tránsito son las huellas de la comunidad judía que fue una de las más importantes de la Península ibérica antes de la expulsión de 1492. La sinagoga, construida en el siglo XIV con financiación del tesorero real Samuel ha-Levi, tiene una decoración interior de yesería mudéjar que mezcla motivos hebreos con elementos islámicos: es el ejemplo más claro de la síntesis cultural que la etiqueta "tres culturas" intenta resumir.

El Alcázar, la fortaleza que domina el punto más alto de la ciudad, es un edificio destruido durante la Guerra Civil —el sitio del Alcázar de 1936, con las fuerzas franquistas resistiendo durante 70 días dentro, fue uno de los episodios más simbólicos del conflicto— y reconstruido después. Alberga hoy el Museo del Ejército, con colecciones militares extensas que incluyen armas medievales y recuerdos napoleónicos, y desde su exterior la vista sobre el Tajo y el paisaje castellano es la más cinematográfica de Toledo.

El mazapán toledano —la mezcla de almendra y azúcar que se produce aquí desde la Edad Media y que según la tradición local fue inventado por las monjas del convento de San Clemente durante una hambruna— se vende en todas las confiterías del casco histórico. Santo Tomé, la confitería más antigua de Toledo, es la parada obligatoria.

Toledo es visitarle con calma: el casco histórico es compacto pero con mucho desnivel, y el calor del verano castellano en sus calles estrechas es intenso. La recomendación es salir de Madrid temprano (primer AVE), llegar antes de las diez de la mañana, y aprovechar las primeras horas antes de que las calles se llenen. Quedarse hasta la tarde tiene además la recompensa de la vista desde la otra orilla del Tajo al atardecer, con la ciudad iluminada sobre el río: uno de los panoramas más fotografiados de España.

Segovia: el acueducto y el castillo de cuento

Segovia está a 30 minutos de Madrid en el AVE —exactamente 28 minutos desde Chamartín— y tiene los dos monumentos más fotogénicos de la Castilla histórica en un radio de un kilómetro: el acueducto romano y el Alcázar.

El Acueducto de Segovia, construido a finales del siglo I o principios del siglo II d.C., tiene 166 arcos de granito de dos pisos que cruzan el valle del río Clamores y entran en la ciudad como si el mundo antiguo hubiera decidido quedarse. Lo que hace al acueducto particularmente asombroso no es solo su escala —28,5 metros en el punto más alto— sino el hecho de que está construido sin ningún tipo de argamasa o cemento: los bloques de granito están colocados únicamente por la tensión y el peso de la propia construcción, y llevan dos mil años sujetándose mutuamente en el mismo sitio. Cuando el cantero romano colocó el último bloque, calculó que esa presión sería suficiente. Tenía razón.

El Alcázar de Segovia, en el extremo occidental del casco histórico sobre un promontorio entre los ríos Eresma y Clamores, tiene la silueta más reconocible de todos los castillos españoles: una proa de barco de piedra con torres cilíndricas culminadas en chapiteles pizarrosos que apuntan al cielo como agujas de reloj. La leyenda —rebatida pero persistente— dice que fue la imagen que inspiró el castillo de Cenicienta de Walt Disney. Sea o no cierta, la silueta del Alcázar es tan cinematográfica que la leyenda parece inevitable. Su interior conserva salas con armaduras medievales, tapices y el panteón de los reyes de Castilla, y desde la Torre de Juan II la vista sobre la confluencia de los dos ríos y la llanura segoviana es extraordinaria.

La Catedral de Segovia, la última catedral gótica construida en España (siglo XVI), tiene el interior más alto y luminoso de todas las catedrales castellanas. Su claustro, traído piedra a piedra desde la catedral anterior que fue destruida durante las guerras comuneras, es uno de los espacios medievales más tranquilos del casco histórico.

La gastronomía segoviana tiene un argumento de peso: el cochinillo. El cochinillo asado de Segovia —un lechón de menos de tres semanas cocinado en horno de leña hasta que la piel queda crujiente y la carne se deshace— tiene en la ciudad dos templos históricos: Casa Cándido y Mesón de Cándido, el mismo restaurante con diferentes sedes, donde la tradición de cortar el cochinillo con el filo de un plato demostrando que está tierno es parte del ritual tanto como el sabor. El precio es elevado pero la experiencia gastronómica es sólida.

Aranjuez: el Versalles español junto al Tajo

Aranjuez está a 50 minutos de Madrid en el tren de cercanías C-3 desde Atocha, y es el más tranquilo y menos masificado de los destinos de excursión madrileños. Los turistas que van a Toledo o Segovia suelen pasar de largo por Aranjuez, lo que significa que el visitante que llega aquí tiene los jardines y el palacio con mucha menos competencia.

El Palacio Real de Aranjuez fue el lugar de recreo primaveral de los Reyes de España desde el siglo XVI. El edificio actual, construido fundamentalmente en el siglo XVIII, es un palacio borbónico de estilo francés con interiores recargados del rococó tardío que incluyen el Gabinete de Porcelana —una sala completamente revestida de porcelana del Buen Retiro que es uno de los interiores más extravagantes del patrimonio real español— y el Salón del Trono con sus techos pintados.

Los jardines de Aranjuez son lo que distingue el sitio de cualquier otro palacio español: el Jardín del Parterre junto al palacio, el Jardín de la Isla rodeado por el Tajo con sus fuentes barrocas, y el Jardín del Príncipe a lo largo del río con sus kilómetros de paseos sombreados. La combinación del agua del Tajo, los álamos y los frescales crea en verano una frescura que en plena llanura castellana tiene algo de milagro climático.

Las fresas de Aranjuez, cultivadas en los huertos junto al río desde el siglo XVII con la protección real, tienen fama de ser las mejores de España. En temporada —de abril a junio— se venden en todos los mercados del pueblo y en los restaurantes del entorno aparecen en postres, mermeladas y combinaciones con nata que son la merienda local por excelencia.

El Tren de la Fresa, que circula en temporada (primavera-verano) los fines de semana entre Atocha y Aranjuez con locomotora de vapor, es una excursión histórica pensada para el turismo familiar que incluye degustación de fresas en el trayecto. No es el medio de transporte más práctico pero sí el más cinematográfico.

El Escorial: la piedra del absolutismo

El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, a 55 kilómetros al noroeste de Madrid en la ladera sur de la Sierra de Guadarrama, es el edificio más importante del Renacimiento español y la expresión más clara de lo que Felipe II quiso ser: un rey absoluto, profundamente católico, que gobernaba el mayor imperio del mundo desde un palacio-monasterio de granito gris en medio de un paisaje de piedra y pinos.

El conjunto —concebido por Felipe II como panteón real, monasterio, palacio y biblioteca en un mismo edificio— tiene proporciones que siguen impresionando cuatrocientos años después de su construcción. La planta rectangular de más de 200 metros por lado, el patio de los Evangelistas con su templete renacentista en el centro, la basílica con su cúpula sobre el crucero: todo está dimensionado para la grandeza y para la intimidación. Juan de Herrera, el arquitecto que dio su nombre al estilo —el herreriano— construyó en El Escorial un lenguaje arquitectónico que influyó en toda la arquitectura española de los dos siglos siguientes.

El Panteón de los Reyes, bajo la basílica, alberga los restos de casi todos los monarcas españoles desde Carlos I hasta los más recientes. Las urnas de mármol negro y jaspe en la cripta octagonal iluminada por la lámpara de bronce dorado crean una atmósfera que oscila entre lo solemne y lo teatral. El Panteón de los Infantes, adyacente, tiene el "pastel de bodas" —la tumba colectiva de forma circular para los infantes muertos en la infancia, uno de los espacios más extraños del patrimonio real español.

La Biblioteca Escurialense, con sus bóvedas pintadas al fresco por Tibaldi representando las artes liberales, fue una de las colecciones de manuscritos más importantes del siglo XVI. Felipe II ordenó que se depositara en ella un ejemplar de cada libro publicado en sus reinos: la colección resultante de manuscritos orientales, árabes y griegos sigue siendo un tesoro bibliográfico de primer orden.

El Valle de los Caídos, a nueve kilómetros de El Escorial, es el monumento más polémico del patrimonio español. La basílica excavada en la roca de la sierra por presos republicanos durante los años cuarenta y la cruz de 150 metros sobre el monte fueron construidos por Franco como mausoleo para los caídos en la Guerra Civil y lugar de enterramiento del propio dictador. El debate sobre su uso, el destino de los restos y el significado del monumento sigue abierto y en proceso de cambio. Visitarlo requiere situar lo que se ve en su contexto histórico, que es exactamente lo que hace de él un lugar de visita complejo pero relevante.

Cuenca: las casas colgadas sobre el vacío

Cuenca está a 50 minutos de Madrid en el AVE —el tren de alta velocidad entre Atocha y Cuenca Fernando Zóbel tarda 55 minutos— y es la excursión más sorprendente del entorno madrileño: una ciudad que la mayoría de la gente no ha considerado y que resulta ser uno de los centros históricos más espectaculares de España.

Las Casas Colgadas de Cuenca —las casas medievales construidas directamente sobre el borde del acantilado de la Hoz del Huécar, con sus fachadas de madera en saledizo asomadas al vacío— son el símbolo visual de la ciudad y una de las imágenes más reconocibles de la arquitectura española. La foto clásica, tomada desde el puente de San Pablo sobre el barranco, muestra las casas con sus balcones de madera pintados de rojo y verde colgando literalmente sobre el río que corre cincuenta metros más abajo. Es una imagen que parece imposible hasta que se llega y se comprueba que las casas están ahí, habitadas, con la misma lógica estructural temeraria que les dio nombre.

Una de las Casas Colgadas alberga el Museo de Arte Abstracto Español, fundado en 1966 por el escultor Fernando Zóbel con obras donadas por los artistas de la Generación del 57 —el grupo de pintores y escultores que renovó el arte español en los años cincuenta y sesenta desde el abstraccionismo. La colección incluye obras de Antonio Saura, Manuel Millares, Gustavo Torner, Luis Feito y el propio Zóbel: una de las mejores colecciones de arte abstracto español del siglo XX en un contexto arquitectónico que ningún museo convencional puede igualar.

Las hoces de Cuenca —los cañones del Júcar y el Huécar que rodean el casco histórico por tres lados, con sus paredes de caliza vertical cayendo sobre los ríos— crean uno de los paisajes urbanos más dramáticos de España. La ciudad antigua, encaramada sobre el promontorio entre los dos barrancos, tiene la lógica de un nido de águilas: cada callejuela acaba en un mirador sobre el vacío.

Qué excursión para qué tipo de viajero

Para historia medieval y arte, Toledo es insustituible: la densidad de monumentos de primera magnitud en un espacio compacto no tiene equivalente en el entorno de Madrid. Exige energía y madrugón, pero da más que cualquier otra excursión.

Para arquitectura y gastronomía, Segovia tiene el cochinillo y el acueducto: dos argumentos de categorías muy diferentes que funcionan juntos perfectamente. Es la excursión más cómoda logísticamente.

Para jardines, tranquilidad y ambiente borbónico sin multitudes, Aranjuez en primavera o otoño es la opción. No tiene la densidad monumental de Toledo ni Segovia pero tiene una escala humana y una belleza diferente.

Para el absolutismo español y la historia del siglo XX, El Escorial es la excursión más intensa conceptualmente. El monasterio requiere varias horas de visita para entenderse y el viajero con interés en la historia española saldrá con la cabeza llena.

Para arte contemporáneo y paisaje geológico espectacular, Cuenca es la excursión más sorprendente. Funciona especialmente bien para viajeros que ya conocen Toledo y Segovia y buscan algo diferente.

Ninguna de las cinco requiere más de un día desde Madrid, y las cinco se pueden organizar sin coche: todas tienen conexión ferroviaria directa desde Atocha o Chamartín con frecuencia razonable. La única que presenta cierta dificultad logística es El Escorial, que requiere un tren de cercanías y tiene una frecuencia menor, pero es perfectamente viable.