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Sa Llotja, la lonja gótica de los mercaderes de Palma

Destinos · España · Baleares

Qué ver en Mallorca: la isla mediterránea más completa

Palma, Valldemossa, la Serra de Tramuntana y las calas que hacen de Mallorca el destino balear más rico y variado

Lectura de 10 minutos

Mallorca es la mayor trampa del turismo mediterráneo en el mejor sentido posible: la imagen que se tiene de ella antes de ir —sol, playa, resorts, turismo de masa— no se parece en absoluto a lo que se encuentra cuando se alquila un coche y se sale a explorar. La isla tiene una ciudad capital de primer orden europeo, un patrimonio histórico de más de dos milenios de civilizaciones acumuladas, una cadena montañosa que podría competir con cualquier sierra peninsular, calas de agua turquesa entre pinares que parecen sacadas de una publicidad de perfume, y una cultura gastronómica y artística que solo los que se han quedado en los resorts no conocen.

Tiene también, hay que decirlo, algunas de las zonas turísticas más masificadas y menos interesantes del Mediterráneo. Magaluf, El Arenal y partes de la Playa de Palma son lo que son: destino de turismo de playa europeo sin pretensiones culturales. La diferencia entre la Mallorca interesante y la Mallorca genérica es simplemente una cuestión de distancia del centro histórico de Palma y de tener coche.

Palma: la capital más elegante del Mediterráneo español

Palma de Mallorca tiene uno de los cascos históricos más ricos e interesantes de cualquier ciudad española de su tamaño. La Catedral de Santa María —La Seu— domina visualmente la bahía desde su posición en lo alto de los murallones que caen al mar: una catedral gótica del siglo XIII al XVI, construida sobre la antigua mezquita mayor de la medina islámica, con una de las vidrieras más grandes del mundo gótico y una intervención de Antoni Gaudí en el interior que nadie esperaría encontrar en Mallorca.

Gaudí trabajó en La Seu entre 1902 y 1914, restaurando el baldaquino del altar mayor y reorganizando el espacio litúrgico. Su intervención —polémica en su momento y todavía discutida— incluye un dosel de hierro forjado con lámparas de colores sobre el altar y unas coronas de espinas de hierro que rodean las columnas centrales. Es inconfundiblemente Gaudí, y su presencia en una catedral medieval de Mallorca tiene la misma lógica que cualquier otra de sus obras: la tensión entre lo existente y lo nuevo.

El Palau de l'Almudaina, frente a la catedral, fue primero alcázar de los reyes árabes de Mallorca y luego palacio real de los reyes de la Corona de Aragón que conquistaron la isla en 1229. El patio árabe con su fuente, las salas medievales y los jardines que miran al mar componen uno de los conjuntos palatinos más singulares de España.

El casco histórico palmesano tiene una particularidad que distingue a Palma de otras ciudades medievales españolas: los patios. Detrás de las fachadas modestas de las calles del barrio de la Calatrava, hay palacios con patios interiores de columnas, escalinatas y jardines de buganvillas y limoneros que son los espacios más hermosos de la ciudad. El Ajuntament organiza rutas de patios, pero muchos tienen la puerta entreabierta y la costumbre de asomarse a mirar es bienvenida.

El Paseo del Borne, con sus cafeterías y tiendas de diseño, es el centro social de la Palma moderna. La Fundació Pilar i Joan Miró, en el barrio de Son Abrines, conserva el taller del pintor tal y como estaba cuando murió en 1983: los pinceles, las pinturas, los lienzos a medio terminar. Es una de las visitas más íntimas y reveladoras que ofrece Palma.

La Serra de Tramuntana: la Mallorca de montaña

La Serra de Tramuntana es la columna vertebral de Mallorca: una cadena montañosa que recorre la costa noroeste de la isla durante unos noventa kilómetros, con cumbres que superan los 1.400 metros —el Puig Major es el punto más alto de las Baleares—, vertientes que caen abruptamente al mar y un paisaje de olivos milenarios, encinas y pinares que es completamente diferente al imaginario playero con que muchos asocian la isla. La Tramuntana fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2011 por su paisaje cultural.

Valldemossa es el pueblo de la Serra que más visitas recibe, y con razón: la Real Cartuja —fundada en el siglo XIV y desamortizada en el siglo XIX, cuando sus celdas se convirtieron en alquiler para artistas y viajeros— fue el escenario del invierno de 1838 que Frédéric Chopin y George Sand pasaron en la isla. Chopin llegó enfermo de tuberculosis y Mallorca no fue exactamente acogedora: el clima húmedo agravó su enfermedad, y Sand escribió Un Invierno en Mallorca, un libro de quejas sobre el atraso y la rudeza de los mallorquines. Pero también fue en Valldemossa donde Chopin compuso algunos de sus preludios más delicados, y la celda donde vivieron —reconvertida en museo— tiene un piano de época, los manuscritos originales y los objetos personales que hacen tangible esa estancia.

Deià, a pocos kilómetros de Valldemossa por la carretera de cornisa, es uno de esos pueblos que los artistas y escritores del siglo XX descubrieron y que ya no son secretos pero que han sobrevivido a su propia fama. Robert Graves —el poeta y novelista de Yo, Claudio— vivió en Deià desde 1929 hasta su muerte en 1985, y el pueblo conserva una atmósfera bohemia y cosmopolita que no ha desaparecido del todo. La Cala de Deià, accesible por un sendero de unos veinte minutos, es una cala de piedra entre acantilados donde el agua es fría y clara y no hay chiringuito.

Sóller y su valle —el "valle de oro" de los naranjales— se visita a bordo del tren de madera que desde 1912 conecta Palma con Sóller a través de túneles y viaductos. El tren sale de la estación de Palma cada mañana y el recorrido de unos cincuenta minutos tiene más interés como experiencia en sí misma —la oscilación de los vagones, el humo, los paisajes que se abren entre los túneles— que como medio de transporte. Desde Sóller, el tranvía histórico baja hasta el puerto en otros veinte minutos.

El Cabo de Formentor, en el extremo norte de la isla, es el punto donde la Serra de Tramuntana cae al mar con la mayor brusquedad: acantilados de varios cientos de metros que caen sobre aguas turquesa de una intensidad casi tropical, con islotes rocosos emergiendo en primer plano y el horizonte del Mediterráneo al fondo. La carretera de cornisa hacia el cabo es una de las más espectaculares del Mediterráneo, y el Mirador des Colomer —a mitad del recorrido— tiene la vista más fotogénica de toda la costa norte.

Las calas y la costa

Mallorca tiene más de doscientas playas y calas, desde las extensas playas de arena blanca de la bahía de Alcúdia hasta las calas más pequeñas e inaccesibles de la costa sur. La diferencia entre las calas famosas y las menos conocidas es principalmente de facilidad de acceso: las más hermosas suelen ser las que requieren caminar.

La Playa de Formentor, en la misma península, es una de las playas más bellas de las Baleares: arena blanca, pinos hasta la orilla, aguas de color turquesa, y el hotel Formentor —inaugurado en 1929 y frecuentado por una clientela de actores, políticos y escritores durante décadas— como telón de fondo. En verano solo es accesible en autobús desde Port de Pollença, lo que limita la masificación.

Las calas del sureste —Cala Mondragó, Cala d'Or, Cala Santanyí— son las más resguardadas de la isla, con aguas de una calma y transparencia excepcionales. Cala Mondragó está dentro de un parque natural, lo que limita los servicios pero garantiza la conservación del entorno.

El interior: pueblos, santuarios y vinos

La Mallorca interior es la menos visitada y la más sorprendente. Los pueblos del Pla —la llanura central de la isla— tienen mercados semanales donde los mallorquines compran verduras, embutidos y artesanía con una normalidad que el turismo costero no ha tocado. Sineu tiene el mercado más antiguo de la isla, los miércoles; Inca el de mayor variedad, los jueves.

Los santuarios de montaña son otra Mallorca desconocida. El Santuari de Sant Salvador, sobre Felanitx, está a 509 metros de altitud y tiene vistas que abarcan la mitad sur de la isla. El Santuario de Lluc, en plena Serra de Tramuntana, es el lugar de peregrinación más importante de las Baleares: un monasterio del siglo XIII dedicado a la Virgen de Lluc, la Moreneta mallorquina, con celdas de hospedería donde es posible pasar la noche rodeado de encinas a 500 metros de altura.

La Denominación de Origen Binissalem produce vinos tintos con la uva Manto Negro —una variedad autóctona mallorquina— que los restaurantes de Palma sirven como reivindicación de la viticultura insular. Son vinos de carácter mediterráneo, con cuerpo y frutas maduras, que funcionan bien con la cocina local.

Gastronomía mallorquina

La cocina mallorquina es una de las más ricas de las islas españolas. El pa amb oli —pan de payés untado con tomate y aceite de oliva, cubierto con queso Mahón o embutido— es la comida cotidiana de los mallorquines y la forma más sencilla y más honesta de entender por qué la materia prima de la isla es excepcional. El pan, horneado en leña; el aceite, de las aceitunas de la Tramuntana; el tomate, maduro de agosto. La sencillez como filosofía.

La sobrasada —el embutido de cerdo y pimentón que se unta o se cocina— y el tumbet —el guiso de verduras en aceite de oliva con tomate, berenjena y patatas que es el cocido sin carne de Mallorca— son los platos que mejor representan la cocina de interior. El frit mallorquí, con vísceras de cordero fritas con patatas, pimientos y hierbas, es el plato festivo tradicional que los mallorquines todavía preparan en las ferias y matanzas.

Los ensaimadas —la espiral de hojaldre dulce con manteca de cerdo que es el dulce más conocido de las Baleares— se comen para desayunar o para merendar, sin azúcar glas o con azúcar glas, simples o rellenas de crema o cabello de ángel. La caja de ensaimadas es el souvenir gastronómico de Mallorca, y las mejores están en las pastelerías del mercado de l'Olivar de Palma.

Información práctica

Mallorca tiene uno de los aeropuertos con mayor tráfico de España, con conexiones directas desde toda Europa durante la temporada turística. En temporada baja —octubre a mayo— el número de vuelos disminuye pero la isla tiene una animación local que compensa con creces la reducción del turismo.

El coche es imprescindible para conocer más allá de Palma. Las carreteras de la Serra son estrechas y de montaña —en algunas hay restricciones en temporada alta— pero están en buen estado y la conducción en Mallorca es incomparablemente más relajada que en la Península. Los autobuses de la TIB conectan los pueblos principales, pero con frecuencias que hacen difícil hacer más de un destino al día sin coche.

La temporada ideal es mayo-junio o septiembre-octubre: el mar está suficientemente cálido para bañarse, los turistas de playa han disminuido o no han llegado todavía, y los precios de alojamiento son más razonables que en agosto.