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El triángulo vasco: Bilbao, Donosti y Vitoria en un viaje
Tres ciudades a menos de 70 km entre sí, tres personalidades radicalmente distintas que juntas cuentan la historia de un territorio único
Cuando le explicas a alguien que Bilbao, San Sebastián y Vitoria están a menos de 70 kilómetros entre sí y que las tres tienen una personalidad tan distinta que podrían estar en países diferentes, la respuesta habitual es incredulidad. La incredulidad se convierte en comprensión cuando uno llega y lo comprueba: una ciudad industrial reconvertida en referente arquitectónico mundial, una elegante capital balneario que da de comer mejor que ningún otro sitio del planeta, y una capital política medieval que sus propios vecinos ignoran. El triángulo vasco no es una ruta turística: es un caso de estudio sobre cómo un territorio pequeño puede albergar tal cantidad de carácter y contradicción.
Soy de Bilbao, así que esto lo escribo desde dentro. No desde la perspectiva del turista que descubre el País Vasco con los ojos abiertos de la primera vez, sino desde la del que ha crecido aquí y ha tardado años en aprender a ver lo que los visitantes ven desde el primer día. Esa distancia que impone la familiaridad —la incapacidad de asombrarse ante lo que tienes delante porque siempre ha estado ahí— es lo primero que hay que superar para entender por qué el triángulo vasco merece el viaje.
Bilbao: la ciudad que se reinventó sin dejar de ser ella misma¶
La historia turística de Bilbao empieza en 1997, pero la historia de Bilbao como ciudad empieza muchos siglos antes. En los años ochenta, Bilbao era una ciudad industrial en crisis severa: los altos hornos apagados, los astilleros cerrados, el paro disparado, la ría contaminada hasta el punto de que nadie se acercaba a sus orillas. El País Vasco era también entonces el territorio de ETA, con la violencia política como telón de fondo cotidiano. La apuesta por la cultura y la arquitectura como motor de regeneración no fue un capricho de la burguesía local: fue una decisión desesperada y valiente tomada en un momento de extrema dificultad.
El Guggenheim Bilbao, diseñado por Frank Gehry e inaugurado en octubre de 1997, fue el detonante. Sus formas imposibles de titanio —que parecen hojas de metal curvadas y sin embargo siguen una lógica geométrica precisa— cambiaron la imagen de la ciudad de un día para otro. La araña Mamá de Louise Bourgeois, los once metros de bronce que guardan la entrada lateral, y Puppy de Jeff Koons, el perrito cubierto de flores vivas, se convirtieron en iconos inmediatos. El "efecto Guggenheim" —el uso del edificio de arquitectura singular como motor de transformación urbana— se estudia hoy en universidades de todo el mundo. Antes de Bilbao, nadie había documentado con tanta claridad que un edificio podía cambiar la percepción de una ciudad entera.
Pero Bilbao no se redujo al Guggenheim. Abandonoibarra, donde estaban los astilleros y donde hoy está el parque que rodea el museo, es solo una pieza de un proyecto de regeneración que abarcó toda la ría. El metro diseñado por Norman Foster, con sus entradas de cristal llamadas "fosteritos" que aparecen en los cruces de la ciudad, fue inaugurado en 1995 y es todavía uno de los sistemas de transporte público con mejor diseño de Europa. El Azkuna Zentroa —la antigua Alhóndiga convertida en centro cultural por Philippe Starck— es otro ejemplo de la misma lógica: tomar un edificio en desuso y convertirlo en un espacio público de primer nivel, con sus 43 columnas diferentes sosteniendo una piscina con suelo de cristal en el techo.
El Casco Viejo de Bilbao, las Siete Calles —Somera, Artecalle, Tendería, Belosticalle, Carnicería Vieja, Barrencalle y Barrencalle Barrena— tiene sus raíces en el siglo XIV y es el contrapeso necesario al Guggenheim para entender la ciudad. Aquí está la densidad de bares de pintxos por metro cuadrado que rivaliza con Donosti, el Mercado de la Ribera junto al puente de San Antón —el mayor mercado cubierto de Europa cuando se construyó en 1929—, y la Catedral de Santiago con su claustro gótico que en verano se convierte en una de las terrazas más inesperadas de la ciudad.
La gastronomía bilbaína tiene su propia identidad, a veces oscurecida por la fama de Donosti. El bacalao al pil-pil —la emulsión de aceite y gelatina del bacalao que se consigue con el movimiento circular de la cazuela, un proceso que requiere paciencia y temperatura exacta— es el plato emblemático de la cocina bilbaína. Los pintxos de la Plaza Nueva, los jueves de txikiteo por las Siete Calles, el txakoli del País Vasco —ese vino blanco ligeramente ácido y con burbuja que se sirve desde altura para oxigenarlo— son experiencias que no se reproducen fuera del territorio.
El Puente de Bizkaia en Portugalete, a media hora en metro, merece la excursión: el único puente transbordador del mundo que sigue funcionando como fue concebido en 1893, Patrimonio de la Humanidad, que cruza la ría con una góndola colgante de un mecanismo que sigue siendo asombroso en su simplicidad.
Donosti: la elegancia como forma de vida¶
San Sebastián —Donostia en euskera, Donosti en el uso coloquial— tiene la bahía de La Concha. Es el argumento turístico más sencillo del mundo: una playa urbana en forma de herradura casi perfecta, enmarcada entre el Monte Urgull al este y el Monte Igueldo al oeste, con la isla de Santa Clara en el centro, a la que los donostiarras llegan en kayak en verano. Es una de las bahías urbanas más fotogénicas de Europa, y la fotografía no miente: en persona es tan hermosa como en las imágenes, lo que no siempre ocurre con los lugares de gran reputación visual.
Pero la bahía es solo el escenario. Lo que hace a Donosti irreductible es la Parte Vieja y su cultura gastronómica. El casco histórico de San Sebastián —reconstruido en gran parte después de que los soldados aliados lo incendiasen en 1813 durante la Guerra de la Independencia— concentra más estrellas Michelin por metro cuadrado que ningún otro espacio equivalente del mundo. Arzak, Mugaritz, Martin Berasategui, Akelarre: la cocina nouvelle basque, nacida aquí en los años setenta de la mano de Juan Mari Arzak y Pedro Subijana como respuesta creativa a la nouvelle cuisine francesa, ha convertido el País Vasco en el territorio con mayor densidad de restaurantes de alta cocina del planeta.
El pintxo donostiarra no es una tapa. La distinción es importante para los vascos y tiene sentido gastronómico real: el pintxo es una preparación sobre pan —aunque las versiones más contemporáneas hayan eliminado el pan— que tiene su propia identidad y que se elabora con técnica, no se improvisa. Cada buen bar de la Parte Vieja tiene dos o tres especialidades que no están en ningún otro: el montadito de anchoa del Cantábrico en un local, los hongos con foie en otro, el bacalao confitado en un tercero. Recorrer la Parte Vieja intentando identificar qué hace diferente a cada bar es la forma más inteligente de entender la cultura gastronómica vasca.
La txoko —la Sociedad Gastronómica— es la institución que mejor explica la relación de los vascos con la cocina. Una asociación privada (históricamente de hombres, aunque esto está cambiando) que alquila una cocina y un espacio comunitario donde los socios cocinan y comen juntos. No es un restaurante ni un club de elite: es una tradición de sociabilidad construida en torno a la cocina que tiene más de cien años y que revela algo esencial del carácter vasco: que comer bien no es una actividad pasiva sino una práctica colectiva que requiere implicación, aprendizaje y tiempo.
El Monte Urgull, el promontorio que cierra la bahía por el este, tiene un castillo del siglo XI reformado durante siglos y desde su cima la vista de La Concha entera es la más completa que se puede tener de la ciudad. Abajo, en el extremo opuesto de la bahía, el Peine del Viento de Eduardo Chillida es una de las obras de arte público más extraordinarias de España: las tres piezas de hierro forjado ancladas directamente en las rocas al pie del Monte Igueldo dialogan con el mar de manera que cambia radicalmente según el estado del Cantábrico. En días de temporal, el agua se cuela por las grietas del suelo y emerge como géiseres: Chillida diseñó ese efecto específicamente, convirtiendo las esculturas en instrumentos musicales que solo el viento y el mar pueden tocar.
El Festival Internacional de Cine, en septiembre, es el evento cultural más importante del País Vasco y uno de los más relevantes del circuito internacional. La Semana Grande de agosto convierte la ciudad en una fiesta de fuegos artificiales sobre la bahía, con competición internacional incluida, que atrae a decenas de miles de visitantes. La Tamborrada del 20 de enero —el día de San Sebastián— llena las calles de la ciudad de compañías de tamborradas que suenan desde las doce de la noche del 19 hasta las doce de la noche del 20: veinticuatro horas ininterrumpidas de redoble de tambores que los donostiarras viven con una intensidad que no tiene equivalente en ninguna otra fiesta vasca.
Vitoria-Gasteiz: la capital que sus vecinos ignoran¶
Vitoria-Gasteiz es la ciudad vasca que menos turistas recibe y que menos fama tiene fuera del territorio. Bilbao tiene el Guggenheim. Donosti tiene La Concha y la gastronomía. Y Vitoria tiene todo lo demás: el centro medieval más completo del norte de España, el anillo verde más premiado de Europa, y una tranquilidad que sus vecinas no pueden ofrecer.
La capitalidad de Vitoria —es la capital del Gobierno Vasco desde 1979— fue una solución de compromiso entre Bilbao y Donosti, que no se pusieron de acuerdo. Los vitorianos, que tienen fama de ser los más discretos y formales de los vascos, la llevan con una naturalidad que contrasta con el orgullo fieramente exhibido de bilbaínos y donostiarras.
El casco histórico de Vitoria tiene una forma de almendra perfecta sobre el cerro que domina la llanura alavesa. Sus seis calles paralelas —Cuchillería, Correría, Zapatería, Herrería, Pintorería y Carnicería— llevan los nombres de los gremios medievales que las habitaban en el siglo XII, cuando el rey Sancho VI el Sabio trazó la villa. Los cantones —las escalinatas que conectan las calles en dirección perpendicular— son la seña de identidad arquitectónica más característica, con sus escalones de piedra desgastados por siglos de uso. Es un centro medieval habitado y vivo, que no ha sido museificado ni vaciado de sus residentes.
La Catedral de Santa María, en lo alto de la almendra, lleva décadas en obras de restauración, y esas obras son la visita más recomendada de la ciudad. El escritor Ken Follett la visitó en 1999 y quedó tan fascinado por el proceso de excavación y restauración —cada intervención revelaba capas medievales desconocidas— que usó la catedral como modelo para la de su novela. Las visitas guiadas permiten ver la restauración desde dentro, con los andamios activos, y subir a las torres con casco obligatorio para ver la ciudad medieval desplegada desde arriba.
El Anillo Verde —el sistema de parques que rodea completamente el perímetro urbano, conectando espacios naturales en un cinturón continuo— valió a Vitoria ser nombrada Capital Verde Europea en 2012. El parque de Salburua, con sus lagunas restauradas como humedal y su fauna de aves acuáticas, es el espacio natural urbano más espectacular del País Vasco. El Artium de arte contemporáneo tiene obras de Oteiza y Chillida que hacen del museo una parada imprescindible para quien quiera entender la escultura vasca del siglo XX.
Cómo organizar el triángulo: logística y propuesta de itinerario¶
Las tres ciudades están conectadas por tren con frecuencia regular. El trayecto Bilbao-Donosti tarda 50 minutos en el Euskotren. Bilbao-Vitoria son 80 minutos en tren. Donosti-Vitoria son 1 hora y 45 minutos. La red de autobuses de Alsa conecta también las tres ciudades con frecuencia similar.
Para un viaje de cinco días en el triángulo vasco, la distribución más razonable es:
Días 1 y 2 en Bilbao: el primer día para el Guggenheim y Abandoibarra, con la tarde en el Casco Viejo y los pintxos. El segundo para el Ensanche, el Azkuna Zentroa, el Museo de Bellas Artes y el funicular de Artxanda, con posible excursión al Puente de Bizkaia en Portugalete.
Días 3 y 4 en Donosti: el tercer día para La Concha, el Monte Urgull y la Parte Vieja con pintxos en serio. El cuarto para el Peine del Viento, Zurriola y los barrios más tranquilos, con alguna incursión gastronómica de mayor nivel si el presupuesto lo permite.
Día 5 en Vitoria: el casco histórico medieval, la Catedral de Santa María, el Artium y si hay energía el Anillo Verde. Vitoria se puede visitar bien en una jornada larga.
El BilbaoCard (24, 48 o 72 horas) incluye el transporte público en Bilbao —metro, tranvía, funicular, autobuses— y descuentos en museos. El DonostiCard tiene funcionamiento similar. En Vitoria, la mayoría de los museos municipales tienen precios muy reducidos o entrada gratuita en determinados horarios.
Más allá del triángulo¶
La costa guipuzcoana que se extiende al este y al oeste de Donosti es uno de los paisajes más espectaculares del Cantábrico. Zarautz, con su playa de tres kilómetros y su ambiente de surf, está a 20 minutos en tren de Donosti. Zumaia, a 40 minutos, tiene los flysch —la formación geológica de estratos de roca sedimentaria en acantilados sobre el mar, Geoparque de la UNESCO— que son uno de los paisajes costeros más originales del norte de España.
En la ría, Getxo y Plentzia cierran la desembocadura del Nervión por el norte de Bilbao con una costa de acantilados y playas que los bilbaínos conocen bien pero que apenas aparece en los circuitos turísticos.
Gernika, a 40 minutos de Bilbao en autobús, merece una jornada: el árbol de las libertades vascas —el roble bajo el que los señores de Bizkaia juraban respetar los fueros— y el Museo de la Paz, que documenta el bombardeo de abril de 1937 que Picasso inmortalizó en el cuadro más importante del siglo XX. El cuadro está en el Reina Sofía de Madrid, pero el significado está en Gernika.
Los montes del interior —Aizkorri, en la frontera entre Gipuzkoa y Álava, y Gorbea, entre Bizkaia y Álava— ofrecen senderismo de alta calidad con paisajes de alta montaña vasca a menos de una hora de cualquier capital. El Gorbea tiene el otoño más espectacular del País Vasco cuando los hayedos se tiñen de rojo y ocre.
El triángulo vasco no es un destino que se agota en un viaje. Es un territorio que mejora con cada visita, que revela capas nuevas cuando ya crees haberlo entendido, y que tiene la particularidad de que sus tres ciudades principales son tan distintas entre sí que el viajero que conoce una puede llegar a la segunda y sentir que ha cambiado de país. Esa pluralidad en un territorio pequeño es exactamente lo que hace el País Vasco tan difícil de explicar y tan fácil de querer.