
Qué ver en Sevilla: los lugares imprescindibles
Catedral, Alcázares, Santa Cruz y Triana: la ciudad que nunca termina de sorprender
Sevilla funciona de manera diferente a otras ciudades históricas. En Roma o en París, los monumentos son islas en un océano de vida urbana moderna. En Sevilla, la historia no está separada de la vida cotidiana: el casco antiguo es donde la gente compra, sale de tapas, va a misa y lleva a los niños al colegio. La Giralda no es solo un monumento —es el punto de referencia visual que los sevillanos usan para orientarse en la ciudad. Los Reales Alcázares no son solo un palacio visitable —son la sede oficial de la Casa Real cuando la familia real visita Sevilla. Esta fusión entre pasado vivo y presente activo es lo que hace a Sevilla diferente de cualquier otra ciudad de España.
La Catedral y la Giralda: el mayor templo gótico del mundo¶
La Catedral de Sevilla nació de una decisión que sus promotores enunciaron con una claridad sombría: "Hagamos una iglesia tan grande que los que la vieren labrada nos tengan por locos". El cabildo catedralicio tomó esa decisión en 1401, cuando la ciudad estaba en pleno auge tras la reconquista cristiana de 1248, y la construcción se extendió durante más de un siglo sobre los restos de la mezquita almohade del siglo XII. El resultado es el mayor templo gótico del mundo, con 126 metros de largo, 83 de ancho y casi 42 metros de altura en la nave central.
Al entrar, la sensación es de aplastamiento. La escala es tan desproporcionada en relación con cualquier espacio cotidiano que el ojo tarda en calibrarla. Las naves laterales son tan altas que en muchas catedrales de Europa serían la nave principal. El retablo mayor, el más grande de la cristiandad, es una estructura de más de veinte metros de altura con cuarenta y cuatro tablas que representan escenas del Antiguo y Nuevo Testamento —una acumulación de oro, madera tallada y pintura que es en sí misma un museo de arte sacro bajomedieval.
El monumento funerario de Cristóbal Colón, sostenido por cuatro figuras que representan los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra, ocupa el interior de la catedral desde 1899. Los restos que contiene —cuya autenticidad ha sido objeto de debate durante décadas— llegaron desde Cuba cuando la isla se independizó de España. El análisis de ADN realizado en 2006 confirmó que el fragmento de hueso conservado en la urna pertenece genéticamente a la misma persona que los restos de su hijo Diego, sepultado en Santo Domingo, lo que respalda la versión de que los restos de Colón están efectivamente en Sevilla.
La Giralda, la torre campanario que es el símbolo visual de la ciudad, es el alminar de la mezquita almohade construido en el siglo XII —una de las tres grandes torres almohades que se conservan junto con la Koutoubia de Marrakech y la Torre Hassan de Rabat, las tres construidas por el mismo sultán Al-Mansur. La parte árabe llega hasta los 70 metros de altura; el cuerpo cristiano, añadido entre 1558 y 1568, eleva el total hasta los 104 metros. La campanada "Giraldillo", la veleta en forma de mujer que corona la torre, da nombre a la Giralda.
La subida se hace por treinta y cinco rampas —no escalones— que el muecín recorría a caballo cinco veces al día para llamar a la oración. El ascenso es largo pero no agotador, y en cada tramo pequeñas ventanas ofrecen vistas parciales de la ciudad que van ampliándose a medida que se sube. Las vistas desde la cima —la ciudad entera, el Guadalquivir, la Cartuja, las llanuras que se extienden hacia el sur— justifican cada paso de la subida.
Los Reales Alcázares: el palacio mudéjar más hermoso de Europa¶
Si la Catedral representa la Sevilla cristiana conquistadora, los Reales Alcázares son la prueba de que esa conquista no implicó el desprecio de lo que habían construido los vencidos. Cuando Alfonso XI y sus sucesores mandaron construir el palacio real de Sevilla en el siglo XIV sobre los restos del palacio almohade anterior, eligieron el estilo mudéjar —el arte producido por artesanos musulmanes para mecenas cristianos— como lenguaje para su nueva residencia. El resultado es el palacio real habitado más antiguo de Europa y uno de los conjuntos arquitectónicos más hermosos del mundo.
El Palacio del Rey Don Pedro, mandado construir por Pedro I entre 1356 y 1366, es el corazón del conjunto. Sus artesanos vinieron de Granada y Toledo, y la deuda con la Alhambra es evidente: mismos mocárabes en los techos, mismas celosías de yeso calado en las ventanas, mismos frisos de azulejos en las paredes. Pero hay diferencias importantes. Los Alcázares son un palacio de gobierno —más grande, más aparatoso en algunos aspectos— donde el lenguaje formal del arte nazarí se funde con elementos góticos y renacentistas que revelan la doble filiación de sus comitentes.
El Salón de los Embajadores, con su cúpula semiesférica de madera dorada y sus arcos de herradura en cascada, es el espacio más extraordinario del palacio. La cúpula, de madera de artesonado pintada y dorada con 32 aristas que se bifurcan como ramas de árbol, fue construida entre 1420 y 1427 y es probablemente la obra maestra de la carpintería mudéjar española. La luz que se filtra por las ventanas y rebota en el oro de la madera hace que el espacio parezca arder suavemente.
Los jardines de los Alcázares son el complemento perfecto al interior del palacio. Construidos y modificados a lo largo de varios siglos, con estanques, fuentes, naranjos y cipreses, tienen una continuidad entre lo árabe y lo cristiano que resulta especialmente natural en Sevilla. El jardín de las Doncellas, el Laberinto y el estanque de Mercurio son los espacios más fotogénicos, pero merece la pena perderse en los rincones menos frecuentados para encontrar los detalles que los grupos organizados pasan de largo.
La visita es de pago, con entrada que conviene reservar online para evitar las largas colas de temporada alta. Las primeras entradas de la mañana —normalmente desde las 9:30— tienen significativamente menos visitantes que las del mediodía.
El Barrio de Santa Cruz: el laberinto de cal¶
El Barrio de Santa Cruz es el antiguo barrio judío de Sevilla, habitado por la comunidad judía de la ciudad hasta el pogromo de 1391 y hasta la expulsión definitiva de 1492. Sus calles estrechas, diseñadas para dar sombra y refrescar el ambiente en los veranos sevillanos, conservan esa trama laberíntica que hace imposible mantener un sentido de orientación convencional y perfectamente posible perderse en una ciudad que conoces bien.
Lo que hace especial al barrio es su condición de espacio vivido: no es un parque temático sino un barrio residencial con vecinos, perros, ropa tendida y niños jugando en las plazas. La Plaza de Doña Elvira, la Plaza de los Venerables y la Plaza de Santa Cruz son sus centros neurálgicos, cada uno con su fuente y sus naranjos. La calle Agua, que discurre paralela a la muralla del Alcázar y debe su nombre a las canalizaciones que llevaban el agua a los palacios en época árabe, es una de las más fotogénicas.
El Hospital de los Venerables Sacerdotes, en la plaza del mismo nombre, fue un albergue para clérigos jubilados del siglo XVII reconvertido en sede de la Fundación Focus-Abengoa. Alberga una colección de arte sevillano del Siglo de Oro —incluyendo obras de Velázquez y Murillo— y tiene uno de los patios barrocos más hermosos de Sevilla.
Plaza de España: la megalomanía de la Exposición Iberoamericana¶
La Plaza de España, construida para la Exposición Iberoamericana de 1929, es una de esas obras arquitectónicas que pertenecen a una escala diferente de la experiencia humana habitual. Sus doscientos metros de diámetro, su canal semicircular bordeado de barcas, sus cuarenta y ocho bancos de cerámica que representan las provincias españolas, sus cuatro puentes decorados con azulejos y sus torres gemelas de cuarenta y seis metros de altura forman un conjunto que tiene algo de teatro barroco al aire libre.
El arquitecto Aníbal González diseñó la plaza en un estilo que mezcla el barroco, el renacimiento y el arte árabe andaluz en un cocktail que podría resultar recargado y que sin embargo funciona visualmente con una coherencia sorprendente. La plaza fue el escenario de varios episodios de la saga Star Wars —escenas de Naboo en el Episodio II— y de otras producciones cinematográficas, lo que ha aumentado su fama internacional más allá de los circuitos turísticos convencionales.
El Parque de María Luisa que la rodea, con sus avenidas de palmeras y sus glorietas de cerámica, es el pulmón verde del sur de Sevilla y uno de los paseos más agradables de la ciudad en cualquier estación.
Triana: el barrio que mira a Sevilla desde enfrente¶
Triana es Sevilla y no es Sevilla. Es el barrio que está al otro lado del Guadalquivir, separado del casco histórico por el puente de Triana (el de Isabel II), y que durante siglos desarrolló una identidad tan particular que sus habitantes decían que eran de Triana, no de Sevilla. El barrio de los ceramistas, de los toreros, del flamenco, de la Semana Santa más apasionada —la Hermandad del Cachorro, que sale del barrio cruzando el río, es una de las procesiones más emocionantes de la ciudad— y del pescado frito.
El Mercado de Triana, reconstruido en los años noventa sobre los restos del castillo de San Jorge donde funcionó la Inquisición sevillana —y donde todavía pueden verse en la planta baja los restos arqueológicos del castillo—, es de los más auténticos de la ciudad: puestos de aceitunas, encurtidos, especias, flores y productos locales que abastecen al barrio con una normalidad que el Mercado Central ha perdido desde que se convirtió en destino turístico.
El barrio tiene la mejor oferta de cerámica artesanal de Sevilla, con talleres y tiendas que mantienen técnicas de azulejería heredadas de los artesanos árabes medievales. La cerámica de Triana —los azulejos de colores brillantes pintados a mano— decora fachadas de todo Sevilla y de toda España, y muchos artesanos del barrio siguen trabajando en hornos tradicionales que se han transmitido de generación en generación.
Metropol Parasol: las Setas y la controversia moderna¶
El Metropol Parasol, inaugurado en 2011 en la Plaza de la Encarnación, es la gran apuesta de Sevilla por la arquitectura contemporánea, diseñada por el arquitecto alemán Jürgen Mayer. La estructura de madera laminada —técnicamente la mayor del mundo en ese material— tiene una forma que recuerda a setas gigantes o a un cruce entre hongos y sombrillas, lo que explica el apodo popular por el que es conocida.
Desde su inauguración ha dividido a los sevillanos. Los que la critican señalan el contraste excesivo con el entorno histórico y los sobrecostes de construcción. Los que la defienden argumentan que cualquier ciudad que se tome en serio necesita arquitectura contemporánea de calidad junto a la histórica, y que el contraste es precisamente lo que hace interesante el conjunto. Lo que nadie discute es que el mirador en la parte superior ofrece una de las mejores vistas del centro histórico de Sevilla, y que el restaurante y las terrazas en la planta baja han activado una plaza que antes estaba entre las menos animadas del centro.
Bajo la plaza, la excavación para los cimientos del Parasol descubrió restos arqueológicos romanos y árabes de gran importancia, que hoy son accesibles en el Antiquarium —el museo instalado en el subsuelo del edificio.
La Torre del Oro y el Guadalquivir¶
La Torre del Oro, construida en el siglo XIII como parte del sistema defensivo almohade del puerto, es el monumento que más directamente encarna la historia de Sevilla como puerto de Indias. No fue literalmente de oro —su nombre viene del reflejo dorado que sus azulejos proyectaban sobre el Guadalquivir, o según otra interpretación, de que fue utilizada como depósito de metales preciosos procedentes de América. Hoy alberga un pequeño museo naval que no es imprescindible visitar, pero la torre en sí, vista desde el paseo del Guadalquivir, es la imagen que mejor define el perfil histórico de la ciudad.
El paseo a lo largo del Guadalquivir desde la Torre del Oro hasta el puente de Triana es uno de los más agradables de Sevilla, especialmente en las horas de menor calor. El río, que durante siglos fue el eje de la vida económica de la ciudad, tiene hoy en sus orillas el lugar donde los sevillanos van a correr, a pasear en pareja y a sentarse en los chiringuitos que han sustituido a los muelles históricos. La vista del sol poniéndose detrás de la Torre de San Telmo y la Giralda desde el puente de Triana es una de las fotografías que Sevilla regala a quienes tienen la paciencia de esperar.