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Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia.

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Qué ver en Valencia: los lugares imprescindibles

De la Ciudad de las Artes al Barrio del Carmen, de la Catedral a la paella en La Albufera

Lectura de 11 minutos

Valencia ha tardado en recibir la atención que merece. Durante décadas fue la tercera ciudad española que se visitaba cuando ya se habían visto Barcelona y Madrid, la que quedaba en las guías con una página y media mientras sus vecinas ocupaban capítulos enteros. Pero quien le dedica tiempo descubre una ciudad de una complejidad sorprendente: tiene uno de los cascos históricos medievales más completos de la Península, la arquitectura más radicalmente vanguardista de España junto a ese casco histórico, una playa a veinte minutos del centro y la cocina más influyente del país, la que inventó la paella.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias: el futuro construido en la ciudad

Cuando en 1991 el gobierno valenciano encargó al arquitecto Santiago Calatrava un proyecto para transformar el cauce seco del río Turia en un complejo cultural, nadie esperaba lo que llegó: un conjunto de edificios que parecen sacados de un manual de ciencia ficción y que sin embargo funcionan perfectamente en el contexto del cielo y el agua mediterráneos.

El Hemisfèric, el primer edificio en inaugurarse (1998), tiene forma de ojo humano gigante: el párpado superior se abre para revelar la cúpula semiesférica del planetario y el cine IMAX. Visto desde el agua que lo rodea, el reflejo invierte la imagen y completa la ilusión óptica: un ojo que parpadea. El Museo de las Ciencias Príncipe Felipe (2000) es el edificio más grande del conjunto, con sus arcos blancos que evocan el esqueleto de un dinosaurio o la carcasa de un insecto colosal. El Oceanogràfic (2003), diseñado por Félix Candela con su estructura de cúpulas de hormigón, es el acuario más grande de Europa.

El Palau de les Arts Reina Sofía (2005) es el más ambicioso del conjunto: cubierto de mosaico de trencadís blanco, con su piel exterior de dos capas que actúa como aislamiento térmico, tiene el perfil de un casco de guerrero medievaloide que preside el extremo norte del complejo. Desde lejos, su silueta solitaria sobre el agua tiene algo de obelisco contemporáneo.

La mejor manera de disfrutar el complejo es paseando por sus exteriores en diferentes momentos del día. La luz de la mañana temprana, cuando los edificios proyectan sombras largas sobre el agua todavía tranquila, produce composiciones fotográficas completamente diferentes a la del mediodía, cuando la reverberación del blanco y el agua crea una luz casi cegadora. El atardecer, con el Palau de les Arts iluminado artificialmente y sus reflejos multiplicados en las láminas de agua, es quizás el momento más espectacular.

Si se va a visitar el interior de alguno de los recintos de pago, el Oceanogràfic justifica la entrada por su dimensión y su calidad: el jardín del Mediterráneo, con su reconstrucción de los diferentes ecosistemas marinos en estanques al aire libre, y el túnel submarino son las experiencias más singulares. Para el Museo de las Ciencias, la entrada vale la pena si se viaja con niños o si se tiene interés en las exposiciones interactivas sobre ciencia y tecnología.

La Catedral y la Lonja: el centro histórico medieval

El casco histórico de Valencia conserva una trama urbana medieval sorprendentemente intacta para una ciudad de su tamaño. Las calles que rodean la Catedral, el mercado central y la Lonja son el mismo laberinto del siglo XIII, con proporciones de callejuela que hacen imposible el tráfico rodado y perfectamente posible el paseo sin destino.

La Catedral de Valencia, comenzada en el siglo XIII sobre una mezquita mayor que a su vez se había levantado sobre el foro romano, es un compendio de estilos que refleja su construcción discontinua a lo largo de varios siglos: gótico valenciano en la nave central, barroco en la fachada principal (los Hierros), románico en la puerta del Palau que es la más antigua. El interior, blanco y luminoso, tiene esa característica del gótico valenciano que lo distingue del castellano o el catalán: las columnas son más esbeltas, los vanos más amplios y la luz más presente.

La capilla del Santo Cáliz, en la girola de la catedral, conserva lo que la tradición identifica como el Santo Grial —el cáliz que Jesús usó en la Última Cena. El objeto en cuestión es un cáliz de ágata del siglo I a.C. con una base de oro y piedras preciosas añadida en la Edad Media. Los análisis de las partes antiguas confirman efectivamente que la copa de ágata es anterior al siglo I d.C., lo que no prueba ni refuta la tradición. Lo que sí es cierto es que fue el cáliz oficial de los papas durante siglos, que en la Edad Media viajó entre varios monasterios aragoneses y que llegó a Valencia en el siglo XV. La visita a la capilla, con independencia de la fe o su ausencia, tiene el interés de ver un objeto de enorme importancia histórica y simbólica en uno de sus escenarios más apropiados.

La torre del Micalet, el campanario de la catedral, sube hasta los 51 metros con escaleras empinadas que terminan en una terraza desde la que se ve el trazado completo del casco histórico. Es el mirador más clásico de Valencia y el que mejor permite entender la disposición concéntrica del centro histórico.

La Lonja de la Seda, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, fue construida entre 1482 y 1533 como la bolsa de comercio de la seda valenciana, en los tiempos en que Valencia era el puerto más importante del Mediterráneo occidental. Su sala de contratación, con sus seis columnas helicoidales de 17 metros de altura que se bifurcan en palmeras de piedra, es uno de los interiores góticos más hermosos de España. El techo nervado, la escala proporcionada y la luz que entra por las ventanas altas producen una sensación de espacio que no tiene la solemnidad opresiva de muchas catedrales sino una elegancia secular perfectamente apropiada para un edificio de negocios.

El Mercado Central: la catedral de la gastronomía valenciana

El Mercado Central de Valencia, inaugurado en 1928, ocupa un edificio modernista de hierro, cristal y cerámica que tiene las proporciones de una catedral y la función de un mercado de barrio. Su planta de cruz latina de unos ocho mil metros cuadrados, coronada por una cúpula de cristal de 30 metros, alberga casi trescientos puestos de alimentación que son el abastecedor habitual de los cochineros profesionales y de las familias del centro.

El mercado tiene todo lo que hace al mercado central valenciano diferente de los de otras ciudades: la naranja en sus cincuenta variedades, la horchata de chufa que se vende en vasos desde las siete de la mañana, la paella en sus ingredientes primarios (el arroz de la zona, el pollo y conejo de corral, la judía verde plana, el garrofón), el pescado del Mediterráneo recién traído de la lonja, y ese ambiente de eficiencia tranquila de los mercados que funcionan para quien vive en la ciudad, no para quien la visita.

El mejor momento para visitar el Mercado Central es temprano por la mañana, entre las 8:00 y las 10:00, cuando los cocineros hacen su compra y los puestos están en plena actividad. A partir de mediodía el mercado empieza a vaciarse, y por la tarde la actividad es mínima.

El Barrio del Carmen: el corazón bohemio

El Barrio del Carmen, el más antiguo del casco histórico de Valencia, es el barrio que los valencianos identifican como el más genuino del centro. Sus calles estrechas, enmarcadas entre el río Turia al norte y las Torres de Serranos al este, tienen una personalidad que mezcla la arquitectura medieval con los grafitis de artistas urbanos de primer nivel, las galerías de arte contemporáneo con las tiendas de antigüedades, los bares de toda la vida con los cócteles de diseño.

Las Torres de Serranos, el acceso monumental del siglo XIV que fue la principal entrada a la ciudad medieval, son el punto de referencia visual del barrio. Desde su terraza, las vistas del casco histórico y del cauce seco del Turia permiten entender la estructura de la ciudad antes de adentrarse en ella. El acceso es gratuito los domingos.

El IVAM —Institut Valencià d'Art Modern— es el museo de arte contemporáneo de la ciudad, con una colección que tiene especial peso en el constructivismo y el arte abstracto del siglo XX. Su colección permanente incluye obras de Julio González, el escultor valenciano que fue maestro de Picasso en la técnica del hierro soldado, que la hacen imprescindible para quienes tengan interés en la escultura moderna.

El Jardín del Turia: la ciudad que convirtió un río en parque

En 1957, las lluvias torrenciales del mes de octubre causaron la riada más catastrófica de la historia valenciana: el Turia se desbordó, inundó la ciudad y mató a más de ochenta personas. La respuesta del gobierno franquista fue desviar el río fuera de la ciudad por un nuevo cauce construido al sur. El viejo cauce quedó seco, y durante años hubo debate sobre qué hacer con los nueve kilómetros de lecho seco que cruzaban la ciudad de este a oeste.

El plan oficial era construir una autopista por el cauce. Los valencianos se movilizaron bajo el eslogan "El llit del riu és nostre i el volem verd" (El lecho del río es nuestro y lo queremos verde) y consiguieron que la alternativa fuera un jardín lineal de nueve kilómetros y un total de 110 hectáreas que hoy es el pulmón verde principal de Valencia.

El Jardín del Turia no es un parque convencional: es una ciudad lineal de jardines que cruza Valencia de este a oeste, con zonas deportivas, jardines temáticos, campos de fútbol y un área específica para niños —el Parque Gulliver, con una figura tumbada de Gulliver de 70 metros de longitud sobre la que los niños trepan y resbalan— que es el parque infantil más original de España.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias está en el extremo este del jardín, lo que permite una visita que combina el paseo por los jardines con la llegada al complejo de Calatrava como punto final.

La Malvarrosa y las playas: el Mediterráneo a veinte minutos

Valencia tiene playa urbana accesible en transporte público en menos de veinte minutos desde el centro. La playa de la Malvarrosa, con sus tres kilómetros de arena fina y su amplio paseo marítimo, es la más próxima al centro y la que tiene mayor historia cultural: Vicente Blasco Ibáñez, el novelista valenciano más internacional —sus novelas Los cuatro jinetes del Apocalipsis y Sangre y arena tuvieron adaptaciones cinematográficas en Hollywood en los años veinte— vivía en una casa frente a esta playa que hoy es un pequeño museo.

El paseo marítimo, con sus restaurantes especializados en arroces y mariscos, es donde los valencianos van los domingos a comer la paella que en los días de semana se hacen en casa. La paella que se come en los restaurantes del paseo de la Malvarrosa, a mediodía con el sol y el ruido del Mediterráneo de fondo, es una de las experiencias gastronómicas más auténticas que puede ofrecer Valencia.

La Albufera: donde nació la paella

La Albufera, a diez kilómetros al sur de Valencia, es el lago de agua dulce más grande de España, separado del mar por una franja de arena conocida como "la Dehesa". Es también la cuna histórica de la paella valenciana: el arroz se cultiva en los arrozales que rodean la laguna desde el siglo VIII, y las técnicas de cocina que produjeron la paella original se desarrollaron aquí con los ingredientes que estaban a mano —el pollo y el conejo de los campos cercanos, la judía verde y el garrofón del huerto, el agua de la laguna.

Una excursión a la Albufera puede incluir el paseo en barca por la laguna —especialmente hermoso al atardecer, cuando los flamencos y otras aves acuáticas están activos— y una comida en El Palmar, el pueblo arrocero en el centro de la laguna, donde los restaurantes sirven la paella valenciana más auténtica de todo el área metropolitana. La paella de El Palmar no es la más conocida ni la más barata de Valencia, pero para quienes quieran la experiencia más cercana al origen, no hay mejor lugar.