
Destinos · Estados Unidos · San Francisco
Alcatraz: la prisión de la bahía de San Francisco
La isla que prometía ser inescapable y que hoy se visita en tres horas de ferry
Alcatraz es una isla de veintidós hectáreas en el centro de la bahía de San Francisco, a menos de dos kilómetros y medio de la orilla. En un día despejado, desde sus celdas se veía perfectamente la ciudad: los edificios, los coches, la gente viviendo con libertad. Esa proximidad era parte del castigo. La distancia no era suficiente para escapar —las corrientes frías y los tiburones del Pacífico se encargaban de eso—, pero era perfectamente insuficiente para olvidar que el mundo libre seguía ahí, a tiro de piedra.
Hoy la isla es uno de los destinos turísticos más visitados de California: más de un millón y medio de personas cruzan en ferry cada año para recorrer las celdas, escuchar la audioguía y asomarse a los patios desde donde los presos contemplaban esa misma ciudad inalcanzable. La visita funciona porque la historia es genuinamente extraordinaria, porque el lugar se ha conservado con rigor y porque la audioguía —narrada en parte por ex guardas y ex presos— es una de las mejores que existen en cualquier museo del mundo.
La historia de la isla¶
Alcatraz fue bautizada por los exploradores españoles en 1775: La Isla de los Alcatraces, la isla de los pelícanos, por las aves que la habitaban. Antes de ser una prisión fue un fortín militar: el ejército de los Estados Unidos construyó aquí en el siglo XIX una fortaleza para defender la bahía de San Francisco, que en aquella época era la puerta de entrada al oro de California. Las instalaciones militares, que incluían un faro —el primero en funcionar en la costa del Pacífico, instalado en 1854—, pasaron a manos del Departamento de Justicia en 1934 cuando la Administración necesitaba una prisión federal capaz de contener a los presos más peligrosos del país.
La elección de Alcatraz no fue arbitraria. La isla ofrecía un aislamiento natural que ninguna prisión en tierra podía igualar: las corrientes de la bahía son fuertes e impredecibles, el agua es fría durante todo el año —entre diez y doce grados en verano, entre siete y nueve en invierno— y los tiburones blancos frecuentan las aguas exteriores de la bahía. El director del Bureau of Prisons, Sanford Bates, quería crear una prisión que funcionara como elemento disuasorio: un lugar del que nadie escapara y cuya existencia misma sirviera de advertencia.
Entre 1934 y 1963, Alcatraz albergó a los reclusos que habían demostrado ser ingobernables en otras prisiones federales: criminales violentos, cabecillas de bandas organizadas, presos que habían intentado escapar de otros centros. La población nunca superó los trescientos reclusos al mismo tiempo —la isla podía albergar más, pero la política de la dirección era mantener pocos presos para poder controlarlos mejor—, y la proporción de guardas por preso era la más alta de cualquier prisión federal del país: aproximadamente un guarda por cada tres presos.
Los presos más famosos¶
Al Capone llegó a Alcatraz en 1934 directamente desde Atlanta, donde cumplía condena por evasión de impuestos. El traslado tenía una lógica específica: en Atlanta, Capone seguía dirigiendo sus negocios desde la cárcel y recibía visitas de lujo. En Alcatraz, el aislamiento y las normas de silencio hacían imposible ese tipo de contacto. Capone pasó cuatro años y medio en la isla. La sífilis que había contraído años antes fue avanzando durante su estancia —en una época sin penicilina— y cuando salió de Alcatraz en 1939, la enfermedad había causado daño cerebral suficiente para que no pudiera volver a dirigir su organización. Murió en 1947 en su mansión de Miami.
Robert Stroud, conocido como el "Birdman of Alcatraz", era en realidad el "Birdman de Leavenworth": los pájaros que crio y estudió en su celda los tenía en la prisión de Leavenworth, Kansas, no en Alcatraz. En la isla no se le permitió tener aves. Stroud había matado a un guarda en 1916 y pasó la mayor parte de los siguientes cuarenta y dos años en confinamiento solitario, primero en Leavenworth y luego en Alcatraz. La película de 1962 protagonizada por Burt Lancaster popularizó la imagen del criminólogo gentil rodeado de pájaros, que no correspondía exactamente con la realidad histórica del hombre.
Machine Gun Kelly, el contrabandista y secuestrador cuya esposa supuestamente le dio el apodo al comprarle una ametralladora Thompson como regalo de cumpleaños, llegó a Alcatraz en 1934. A diferencia de su imagen de gángster duro, Kelly fue un preso modelo y nunca intentó escapar. Pasó diecisiete años en la isla antes de ser trasladado a otra prisión.
Los intentos de fuga¶
Treinta y seis hombres intentaron escapar de Alcatraz en veintitrés intentos a lo largo de los veintinueve años de funcionamiento de la prisión. La mayoría fueron capturados poco después de iniciar el intento. Varios murieron durante la fuga —baleados por los guardas o ahogados en la bahía—. El Bureau of Prisons declaró que ninguno llegó a la orilla con vida. Pero hay un caso que permanece abierto.
En junio de 1962, Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin ejecutaron la fuga más elaborada de la historia de Alcatraz. Durante meses habían excavado las paredes de sus celdas con cucharas y herramientas improvisadas, aprovechando que la sal marina había deteriorado el hormigón. Construyeron cabezas de cartón papier-mâché con cabellos reales para colocarlas en sus camas mientras dormían. Fabricaron chalecos salvavidas y una balsa con impermeables robados del taller de la prisión. La noche del 11 de junio subieron por los conductos de ventilación hasta el tejado y se lanzaron al agua.
Nunca fueron encontrados. Sus cuerpos no aparecieron. El FBI cerró el caso en 1979, declarando que probablemente murieron ahogados. Los Marshals de los Estados Unidos mantuvieron la investigación abierta hasta 2013. En 2013, una carta llegó al Departamento de Policía de San Francisco firmada supuestamente por John Anglin, en la que describía la fuga, afirmaba que los tres habían sobrevivido y pedía inmunidad médica a cambio de entregarse. La carta no fue verificada. El caso sigue técnicamente sin resolver.
La historia de los Anglin tiene otros capítulos extraordinarios: en 2015, investigadores de America's Most Wanted publicaron fotos tomadas en Brasil en 1975 que mostraban a dos hombres que los análisis de envejecimiento facial identificaron como los hermanos Anglin. La familia Anglin siempre afirmó que habían sobrevivido y que siguieron en contacto durante años desde Sudamérica. El FBI nunca confirmó nada. La incertidumbre es parte de lo que hace que la fuga de 1962 siga siendo la más fascinante de la historia penitenciaria americana.
La visita: cómo funciona¶
Los ferries a Alcatraz salen del Pier 33, el muelle entre el Embarcadero y el Fisherman's Wharf, y la operadora oficial es Alcatraz Cruises. El precio incluye el ferry de ida y vuelta y la entrada a la isla. La reserva anticipada es imprescindible en temporada alta —de junio a agosto, las entradas pueden agotarse semanas antes—; en invierno y primavera hay más disponibilidad, aunque siempre conviene reservar con varios días de antelación.
La travesía dura entre diez y quince minutos. El consejo de quienes han hecho el viaje es colocarse en el lado izquierdo del ferry en el trayecto de ida: desde ahí se ve el Golden Gate en toda su extensión, con las torres naranjas recortadas contra las colinas de Marin. En el trayecto de vuelta, el mismo lado ofrece vistas del skyline de San Francisco reflejado en la bahía.
Mientras se espera en el Pier 33 hay una maqueta a escala de la isla con todos sus edificios y varios paneles explicativos que sirven de introducción. La espera nunca es larga, pero da tiempo a entender la geografía de lo que se va a visitar.
Al llegar a la isla, los guardas del Parque Nacional explican las normas —no comer fuera de la zona del embarcadero, no cruzar vallas, no llevarse plantas ni piedras— y dan la audioguía, que se puede elegir en español o inglés. La versión en español usa acento latinoamericano, lo que puede desconcertar a los hablantes peninsulares; la versión en inglés es perfectamente comprensible con un nivel medio del idioma.
La audioguía es lo que hace que la visita funcione. No es una narración formal de historia. Está montada con grabaciones de entrevistas a ex guardas y a presos que vivieron en la isla, con efectos de sonido que recrean el ambiente de las celdas y los pasillos —el eco en el corredor del bloque D, el silencio de las celdas de aislamiento, los ruidos del comedor—. No es un recurso de entretenimiento superficial; es una forma de dar presencia humana a un lugar que en silencio podría parecer un decorado.
Qué ver en la isla¶
El recorrido comienza subiendo por la cuesta desde el embarcadero hasta el edificio principal de la prisión. El camino pasa junto a las antiguas casas de los guardas —algunos vivían en la isla con sus familias, había una escuela y un salón de actos— y junto a los jardines que los presos mismos cultivaban como parte del programa de trabajo.
El bloque de celdas es el corazón de la visita. Las celdas son pequeñas —aproximadamente un metro y medio por dos metros y medio, con una cama, un inodoro y un lavabo— y los bloques están ordenados en filas paralelas con corredores entre ellos. La audioguía detiene al visitante en celdas específicas: la celda de Al Capone, las celdas que excavaron Morris y los Anglin, las celdas de aislamiento en el bloque D donde los presos pasaban semanas sin contacto humano.
Las celdas de aislamiento —el "Hoyo", como las llamaban los reclusos— están al fondo del bloque D. Son completamente oscuras: sin ventana, sin luz artificial, sin nada que dé información sobre el paso del tiempo. Los presos pasaban entre uno y diecinueve días en ellas, con una comida al día y una manta por la noche. La audioguía reproduce el testimonio de un ex preso que describe cómo conseguía mantenerse cuerdo contando los días por los cambios de temperatura en el suelo y buscando un botón de la camisa en la oscuridad total para lanzarlo al aire y rastrear hacia dónde había caído.
El comedor —grande, bien iluminado por las ventanas, con capacidad para cientos de presos— resulta sorprendentemente amplio después del bloque de celdas. La política de la dirección era que la comida fuera buena: se consideraba que una mala alimentación generaba más conflictos que el encarcelamiento mismo. Los menús de Alcatraz eran de mejor calidad que los de otras prisiones federales. Los presos comían tres veces al día y podían repetir. Era prácticamente el único privilegio.
El patio exterior es el lugar donde la paradoja de Alcatraz resulta más intensa. Desde aquí se ve San Francisco perfectamente: el skyline, el puente de la bahía, los barcos en el agua. Los presos pasaban aquí una hora al día. La ciudad visible desde el patio no era una imagen en una pantalla ni una fotografía; era la realidad inmediata, separada por dos kilómetros y medio de corrientes frías. En días con viento del oeste, según cuentan los relatos de los ex presos, se podían oír los sonidos de la ciudad: música, coches, gente.
Los jardines de la isla, en las laderas exteriores, fueron cultivados por los propios reclusos como parte del programa de trabajo voluntario. Hoy están restaurados por voluntarios del Parque Nacional y en primavera florecen con especies que los presos plantaron hace setenta años. Es uno de los elementos más inesperados de la visita: en una isla asociada al encierro y la violencia, hay flores que llevan décadas creciendo.
La colonia de aves marinas convierte la isla en un punto de interés para ornitólogos: garzas, cormoranes y cigüeñuelas anidan aquí, protegidas precisamente por el aislamiento que hacía de Alcatraz una prisión perfecta. La ironía de que el lugar más inaccesible sea también el refugio más protegido para las aves es uno de esos giros que solo la realidad produce.
El cierre de la prisión¶
Alcatraz cerró en 1963 no porque fuera demasiado dura, sino porque era demasiado cara. El coste de operación era tres veces mayor que el de cualquier otra prisión federal: todo —agua, alimentos, materiales de construcción— tenía que llegar en barco. La sal y la humedad deterioraban el edificio más rápido de lo que se podía reparar. Robert Kennedy, entonces Fiscal General, ordenó el cierre.
En 1969, activistas del movimiento de derechos indígenas americanos ocuparon la isla durante diecinueve meses, reclamando que según los tratados históricos las tierras federales en desuso debían revertir a los pueblos nativos. La ocupación —conocida como la Ocupación de Alcatraz— no logró su objetivo legal pero dio visibilidad nacional al movimiento de derechos indígenas y es considerada un momento fundacional del activismo nativo americano del siglo XX. Los grafitis que dejaron en las paredes de los edificios siguen siendo visibles en algunas zonas de la isla.
La isla fue incorporada al Parque Nacional del Golden Gate en 1972.
Consejos prácticos¶
La visita completa —ferry, isla, audioguía, patios exteriores— requiere entre dos horas y media y tres horas. Se puede alargar si se asiste a alguna de las proyecciones sobre la historia de la isla que se organizan en uno de los edificios auxiliares. El ferry de vuelta no requiere reserva: se toma cualquiera de los que salen a lo largo del día.
La luz de la mañana temprana es la mejor para fotografiar la isla desde el ferry. Las visitas nocturnas —disponibles algunos días de la semana, con precios más elevados— ofrecen una experiencia diferente: la isla de noche, con el skyline iluminado de San Francisco al fondo, tiene una atmósfera distinta a la diurna.
En cualquier época del año conviene llevar una capa extra: la bahía tiene su propio microclima y la brisa del agua hace que la temperatura en la isla sea varios grados más baja que en el centro de la ciudad. En verano, cuando San Francisco está cubierta de niebla pero el interior de California está a cuarenta grados, la isla puede estar a doce o catorce grados con viento.
La entrada incluye los jardines, los patios exteriores y el acceso a los edificios secundarios, además del bloque de celdas. Dedicarle tiempo a caminar por la ladera exterior —con vistas del Golden Gate al norte y del Bay Bridge al este— es tan valioso como el recorrido interior. La visión completa de Alcatraz no es solo la prisión: es la isla entera, el agua que la rodea y la ciudad que siempre estuvo demasiado cerca.