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Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Nueva York.

Destinos · Estados Unidos · Nueva York

El High Line de Nueva York: historia, recorrido y todo lo que lo rodea

Cómo una vía de tren abandonada se convirtió en el parque urbano más influyente del mundo

Lectura de 12 minutos

El High Line es uno de esos raros proyectos urbanos que consiguen exactamente lo que prometían: transformar un espacio abandonado en algo nuevo sin destruir lo que había. La vía elevada de tren sigue siendo visible debajo del parque —los raíles, los durmientes, las estructuras de acero— y esa honestidad con el pasado es parte de lo que hace al High Line más interesante que la mayoría de las intervenciones urbanas de las últimas décadas. No intenta borrar lo que fue. Lo integra, lo celebra y construye sobre ello.

Hay algo que resulta difícil de anticipar antes de llegar: la experiencia de caminar por el High Line no se parece a ningún otro parque. La ciudad vista desde la altura de los tejados de los edificios bajos, el Manhattan que queda debajo mientras uno camina por encima, las vistas laterales de las calles que desde el suelo son imposibles. No es una vista panorámica de gran altura como la de los miradores. Es algo más íntimo y más extraño: estar dentro de la ciudad pero fuera de ella al mismo tiempo.

La historia: de los mataderos a los raíles, del abandono a la salvación

La historia del High Line empieza en los mataderos. El Meatpacking District —el barrio al sur de Chelsea que desde finales del siglo XIX y hasta los años noventa concentró la mayor parte de la industria cárnica de Manhattan— necesitaba una manera de mover el ganado y los productos sin mezclarlos con el tráfico de las calles. En los años veinte, los camiones frigoríficos chocaban constantemente con los tranvías en la Décima Avenida, en accidentes que se produjeron con tanta frecuencia que la avenida recibió el apodo de "Death Avenue".

La solución fue elevar la línea ferroviaria. Entre 1929 y 1934, la ciudad construyó la West Side Line, una línea de tren elevada de unos tres kilómetros que corría entre las calles 34 y Gansevoort Street a unos nueve metros de altura, pasando a través de los almacenes y las fábricas de los barrios de Chelsea y el Meatpacking District. Los trenes entraban literalmente dentro de los edificios: muchos almacenes tenían acceso directo a la línea elevada, y los vagones frigoríficos descargaban su contenido sin necesidad de bajar a la calle.

El sistema funcionó durante décadas. Luego, como casi todo en Nueva York, lo mató el camión. En los años setenta y ochenta, el transporte por carretera hizo innecesaria la mayor parte del tráfico ferroviario urbano. La última carga que recorrió la línea completa fue un convoy de turkeys congelados en 1980. Después, el silencio y el óxido.

Durante los años ochenta y noventa, la estructura fue abandonada y la vegetación tomó posesión de los raíles. Las semillas de las plantas que llegaron con el viento o con los trenes que pasaron por última vez germinaron en la capa de tierra que se acumuló entre los durmientes, y la vía se convirtió en un jardín silvestre suspendido sobre la ciudad: hierba alta, flores silvestres, arbustos que crecían entre el metal oxidado. Un lugar secreto y accidentado que solo se podía ver desde las ventanas de los edificios adyacentes.

La batalla de los vecinos

En 1999, el propietario de la línea —CSX Transportation— quiso derribar la estructura. El coste de mantenimiento era considerable y los terrenos debajo de la vía eran valiosos. La demolición parecía inevitable.

Fue entonces cuando dos vecinos del barrio, Joshua David y Robert Hammond, tuvieron una idea que en ese momento parecía disparatada: conservar la vía y convertirla en un parque público. Ninguno de los dos tenía experiencia en urbanismo, arquitectura ni activismo. David era escritor de viajes y Hammond era emprendedor tecnológico. Pero fundaron la organización Friends of the High Line en 1999 y empezaron a hacer lo que se hace cuando no se tiene experiencia ni dinero: hablar con gente, conseguir apoyo, mostrar imágenes de lo que podría ser.

La batalla duró años. Hubo propietarios inmobiliarios que querían el terreno debajo libre para construir, políticos que no querían asumir el coste de rehabilitación y momentos en que la demolición parecía inminente. El alcalde Giuliani firmó una orden de demolición en sus últimos días de mandato. El alcalde Bloomberg, que llegó al cargo en 2002, la anuló y apoyó el proyecto de conservación.

En 2006 empezaron las obras. El primer tramo —desde Gansevoort Street hasta la calle 20— se inauguró el 9 de junio de 2009, con más de dos mil personas haciendo cola para ser los primeros en pisarlo. Era un caluroso día de verano y la gente aplaudió cuando abrieron las puertas. El segundo tramo —desde la calle 20 hasta la calle 30— se inauguró en 2011. El tercero y último —desde la calle 30 hasta la calle 34, incluyendo el llamado "spur" o ramal que dobla hacia el este— se abrió en 2014, completando los 2,3 kilómetros actuales.


El recorrido: de Gansevoort Street a Hudson Yards

El High Line tiene once entradas a lo largo de su recorrido, con acceso por escaleras y ascensores en las esquinas de las calles. Se puede empezar desde cualquier punto, pero el recorrido más habitual va de sur a norte —de Gansevoort Street hacia Hudson Yards— porque así la experiencia va de lo más histórico a lo más nuevo, y el espectáculo final del ramal de Hudson Yards tiene algo de gran finale.

La sección sur: el corazón del Meatpacking District

La entrada sur en Gansevoort Street sube por una escalera de hormigón y deposita al visitante directamente sobre el distrito más transformado de Manhattan. Aquí el High Line está flanqueado por los edificios del Meatpacking District: las naves industriales de ladrillo que hasta los años noventa eran mataderos y empacadoras de carne, y que hoy alojan boutiques de diseñadores y restaurantes con lista de espera.

La planta de Oudolf —el jardín diseñado por el paisajista neerlandés Piet Oudolf— es visible desde los primeros metros: una cubierta vegetal de más de doscientas especies de plantas que incluye muchas de las mismas plantas silvestres que colonizaron los raíles durante el abandono. Oudolf no quiso un jardín ornamental convencional sino algo que pareciera haber crecido solo, con la misma mezcla de orden y accidente que tenía la vía cuando estaba abandonada. En primavera y otoño, la combinación de colores —los rojos y naranjas de las gramíneas, los amarillos de las flores tardías— convierte el paseo en algo que ninguna otra ciudad tiene.

El Amphitheater sobre la Décima Avenida, entre las calles 17 y 18, es uno de los puntos más fotogénicos del recorrido: gradas de madera que descienden hacia una ventana acristalada que enmarca el tráfico de la Décima Avenida debajo. Es la inversión exacta de la perspectiva habitual: en lugar de mirar hacia arriba para ver el parque, los peatones de la calle son los observados desde arriba. Muchas personas se sientan aquí durante veinte o treinta minutos, mirando pasar los coches y los camiones con la misma actitud con que en un teatro se mira el escenario.

La sección central: Chelsea y las galerías

La sección central, entre las calles 20 y 30, es donde el High Line y el barrio de Chelsea se interpenetran de manera más intensa. Aquí el parque discurre entre edificios residenciales y almacenes reconvertidos, a veces a escasos metros de las ventanas de los apartamentos. Hay momentos en que la distancia entre el paseo y las ventanas de los pisos es de tres o cuatro metros, lo que crea esa "intimidad urbana" que hace al High Line diferente a cualquier parque convencional: no es un espacio verde aislado del contexto urbano, sino una plataforma que atraviesa la ciudad sin separarse de ella.

Chelsea es el barrio con la mayor concentración de galerías de arte contemporáneo de Nueva York —y por extensión del mundo—. Las galerías ocupan los almacenes industriales entre la Décima y la Undécima Avenida, con fachadas discretas que no anuncian lo que albergan. Se pueden ver exposiciones de primera línea mundial de forma completamente gratuita recorriendo las calles entre las calles 20 y 28. Muchas visitas al High Line convierten la tarde en una especie de circuito de galerías: bajar del parque, recorrer un par de manzanas de galerías y volver a subir.

Las instalaciones de arte permanente jalonadas a lo largo del recorrido son uno de los argumentos más sólidos del High Line como experiencia artística: piezas de artistas como Spencer Finch, que recreó la luz de los raíles abandonados en una instalación de 700 paneles de vidrio de color, o las barandillas decoradas con motivos botánicos de Andrea Blum, integradas en el diseño del parque. Las instalaciones temporales cambian regularmente y son visibles desde el paseo sin necesidad de entrar en ningún espacio de pago.

El tramo norte y la sección de Hudson Yards

La sección norte, entre las calles 30 y 34, termina con el ramal de Hudson Yards, el tramo más reciente y más diferente en términos de paisaje. Aquí el parque sale del contexto de los edificios industriales de Chelsea y entra en el territorio de Hudson Yards: el mayor proyecto de desarrollo privado de la historia de Estados Unidos, inaugurado en 2019, con torres diseñadas por los estudios más importantes del mundo —Kohn Pedersen Fox, Diller Scofidio + Renfro, Skidmore Owings & Merrill— que forman un nuevo barrio construido sobre la plataforma de hormigón que cubre las vías del ferrocarril.

El Vessel de Thomas Heatherwick —una estructura de bronce de 16 plantas formada por 154 escaleras interconectadas— es visible desde el High Line antes de llegar al extremo norte. La controversia que rodea al Vessel —problemas de seguridad que han llevado a su cierre temporal, la crítica al diseño como objeto sin función real— no le resta presencia visual: es genuinamente extraño y genuinamente espectacular, lo que para la arquitectura contemporánea ya es un logro.


Lo que lo rodea: el barrio transformado

El High Line no existe en aislamiento. Hizo barrio, en el sentido más literal: los precios de los apartamentos con vistas al parque se dispararon antes incluso de su inauguración, los restaurantes y las boutiques que llegaron después transformaron el Meatpacking District y Chelsea en algo completamente diferente a lo que eran, y la conversación sobre la gentrificación que generó el proyecto —¿puede un parque público empujar a los residentes de menos recursos fuera del barrio?— sigue siendo una de las más importantes en el urbanismo contemporáneo.

El Chelsea Market —el mercado gastronómico instalado en el antiguo complejo de la fábrica de galletas Nabisco, donde se inventaron las Oreo— tiene su entrada en la Novena Avenida y sus pasillos llenos de puestos de comida de todo tipo. La conexión con el High Line es directa: el tramo entre las calles 15 y 16 discurre justo encima del mercado, y hay una entrada del parque en ese nivel que lleva directamente a los pasillos de tiendas y restaurantes. El edificio original de ladrillo, con sus techos industriales y su laberinto de galerías interiores, es uno de los mejores interiores de Nueva York para quien no quiera solo restaurantes sino también librerías especializadas, tiendas de ingredientes raros y espacios que recuerdan lo que fue el edificio antes de convertirse en mercado.

El Whitney Museum of American Art —diseñado por Renzo Piano y abierto en 2015 en su ubicación actual en el extremo sur del High Line, en Gansevoort Street— completó la transformación del barrio. El museo tiene la colección de arte americano del siglo XX más importante del mundo, con Edward Hopper, Georgia O'Keeffe y el expresionismo abstracto como puntos fuertes, y sus terrazas escalonadas sobre la bahía de Hudson son otro mirador inesperado de la ciudad.


Información práctica

Entrada: El High Line es completamente gratuito y de acceso libre las veinticuatro horas.

Horarios: El parque abre a las 7 de la mañana todos los días del año. El cierre varía según la época: hasta las 23:00 en verano, hasta las 22:00 en otoño e invierno. Conviene verificar el horario actualizado en la web oficial antes de ir.

Acceso: Hay once entradas a lo largo del recorrido, en las calles Gansevoort, 14, 16 (acceso al Chelsea Market), 17, 18, 20, 23, 26, 28, 30 y 34. Todas tienen escaleras y la mayoría tienen ascensor accesible.

Cómo llegar: El metro tiene paradas en múltiples puntos del recorrido. Para la entrada sur (Gansevoort): línea A o C hasta la calle 14, o línea L hasta la Octava Avenida. Para la sección central: línea C o E hasta la calle 23. Para el tramo norte: línea 7 hasta Hudson Yards (34 Street).

Cuánto tiempo calcular: El recorrido completo de sur a norte sin detenerse lleva unos cuarenta y cinco minutos. Con las paradas habituales —sentarse en el anfiteatro, mirar las instalaciones de arte, observar los jardines— entre hora y media y dos horas es lo más habitual. Si se combina con una visita al Chelsea Market o a las galerías de Chelsea, hay que añadir otra hora o dos.

El mejor momento: El High Line es distinto en cada estación. La primavera —abril y mayo— es cuando la vegetación de Oudolf está en su máximo esplendor. El otoño —septiembre y octubre— tiene la mejor luz y los colores más intensos. El invierno tiene menos visitantes y una belleza más austera que algunos prefieren. El verano puede ser muy caluroso y el parque se llena más que en otras épocas.

Con qué combinarlo: La visita natural después del High Line es el Chelsea Market y un recorrido por las galerías de Chelsea. Para una tarde completa: llegar al High Line a las cuatro de la tarde, recorrerlo de sur a norte, bajar en la calle 20 para ver tres o cuatro galerías, subir de nuevo y terminar el recorrido en Hudson Yards al atardecer. El Whitney Museum, si se tiene tiempo, cierra el recorrido con arte de primera línea.