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Los barrios de San Francisco: de Chinatown al Castro
Una ciudad de colinas y comunidades, donde cada barrio tiene su propia historia y su propia lealtad
San Francisco tiene la particularidad de ser una ciudad pequeña —cuarenta y siete millas cuadradas, apenas más que la ciudad de Manhattan— que contiene mundos diferentes. La geografía accidentada, con colinas que hacen de frontera natural entre vecindarios, contribuyó históricamente a que las comunidades se formaran y se consolidaran en territorios delimitados. Chinatown no es solo un barrio chino: es una ciudad dentro de la ciudad que ha sobrevivido al terremoto de 1906, a la discriminación sistémica y a décadas de presión inmobiliaria. El Castro no es solo el barrio gay: es el lugar donde parte de los derechos que hoy se dan por sentados se conquistaron calle por calle. La Mission no es solo un barrio latino: es el territorio de una comunidad que lleva décadas resistiendo la gentrificación con murales pintados en cada superficie disponible.
Entender San Francisco por sus barrios es entender la ciudad más honestamente que cualquier recorrido por los miradores o los monumentos. La geografía se comprende desde Twin Peaks; la ciudad se comprende desde sus calles.
El Financial District y Union Square¶
El centro financiero de San Francisco es, a diferencia del de Manhattan, manejable en escala humana. Los rascacielos de la Embarcadero —entre ellos el Transamerica Pyramid, el obelisco blanco que durante años fue el edificio más alto de la ciudad antes de ser superado por la Salesforce Tower— forman un skyline reconocible desde la bahía, pero en los alrededores el tejido urbano baja rápidamente de altura y las calles son peatonalmente agradables.
Union Square, la plaza que da nombre a la zona comercial adyacente, toma su nombre de las manifestaciones en apoyo al ejército de la Unión que se celebraron aquí durante la Guerra de Secesión. Hoy es una plaza de pavimento duro rodeada de grandes almacenes, hoteles de cadena y las mismas tiendas de lujo que existen en cualquier capital del mundo. No es un lugar especialmente interesante para detenerse, pero funciona como nodo de transporte —el BART, el cable car de Powell y varias líneas de autobús tienen parada aquí— y es inevitable pasar por sus alrededores. La vista de la plaza desde las terrazas del Macy's, mirando hacia el sur con los edificios al fondo, es mejor que la desde el nivel del suelo.
Los alrededores inmediatos de Union Square, hacia el oeste por las calles Turk, Ellis y Jones, son la zona de alojamiento más económico de San Francisco: hostales y hoteles de bajo precio conviven con tiendas de segunda mano y con la presencia permanente de personas sin hogar. Es un ambiente que puede resultar desconcertante para quien llega sin expectativas, pero que es seguro durante el día y apenas incómodo con las precauciones habituales de cualquier ciudad.
North Beach: el barrio italiano con alma Beat¶
El North Beach es el barrio italiano de San Francisco, aunque la comunidad italiana que le dio nombre se ha ido diluyendo durante décadas ante el avance del turismo y del precio de los alquileres. Las trazas de la herencia italiana persisten en algunos restaurantes de la Columbus Avenue —espagueti carbonara, cannoli, cafés con máquinas de espresso de los años cincuenta— pero el North Beach contemporáneo debe su identidad más a la generación Beat que a los inmigrantes ligures.
La City Lights Bookstore, en la esquina de Columbus Avenue con Broadway, es uno de esos lugares que trascienden su función de librería para convertirse en monumentos culturales. Lawrence Ferlinghetti la fundó en 1953 y publicó en ella, bajo el sello editorial homónimo, Howl de Allen Ginsberg en 1956: el poema que se convirtió en el manifiesto de la generación Beat y que fue objeto de un proceso judicial por obscenidad que la librería ganó, estableciendo un precedente importante para la libertad de expresión en Estados Unidos. La librería está organizada por temas con criterios propios —hay secciones que en otro lugar serían impensables— y el piso de arriba, dedicado a poesía, tiene sillones donde se puede leer sin que nadie te moleste. Se puede entrar sin comprar.
El Café Trieste, a media manzana de City Lights, fue durante los años cincuenta y sesenta el punto de reunión de los escritores Beat y de una generación de artistas que prefería el café europeo al bar americano. Francis Ford Coppola, según la leyenda local, escribió partes del guion de El Padrino en una de sus mesas. El local tiene el ambiente de un sitio que sabe perfectamente qué es y no necesita actualizarse para convencer a nadie.
La Washington Square Park, el parque rectangular al norte del North Beach, es el espacio donde el barrio respira. Por las mañanas hay grupos de personas mayores practicando tai chi en el césped, un vestigio de cuando la frontera entre el North Beach italiano y el Chinatown chino era más porosa de lo que es ahora. La iglesia de Saints Peter and Paul en el lado norte del parque —donde Joe DiMaggio, el jugador de béisbol de los Yankees nacido en el North Beach, se casó con Marilyn Monroe en 1954, aunque la boda civil fue en otro lugar— tiene una fachada neogótica que contrasta con el ladrillo rojo de los edificios del barrio.
Chinatown: la ciudad dentro de la ciudad¶
El Chinatown de San Francisco no es el más grande de América del Norte —ese título pertenece ahora al de Nueva York— pero sí el más antiguo y el que tiene la historia más densa. El barrio se fundó en 1848, con los primeros inmigrantes chinos que llegaron durante la fiebre del oro, y desde entonces ha sobrevivido a décadas de legislación discriminatoria —la Ley de Exclusión China de 1882 prohibió la inmigración china durante más de sesenta años—, al terremoto y el incendio de 1906 que destruyeron el barrio casi por completo, y a varias décadas de intentos de desplazamiento inmobiliario.
La entrada habitual al barrio desde el centro es a través de la Puerta del Dragón en la Grant Avenue, una estructura de paifang construida en 1970 con fondos del gobierno de Taiwán. Es la postal turística de Chinatown: los farolillos rojos, las tiendas de artesanía, los restaurantes con sus carteles en caracteres chinos y en inglés. Es auténtica como imagen, pero parcial como representación del barrio.
Las calles laterales —Waverly Place, Sacramento Street, las callejuelas que bajan hacia el sur hacia Kearny— son donde la vida cotidiana del Chinatown real sucede. Los mercados de fruta y verdura con sus cajas de dragón amarillo, las tiendas de hierbas medicinales con sus cajones numerados de remedios que no tienen traducción al inglés, las panaderías que venden bao zi de cerdo y de judías rojas desde primera hora de la mañana, las pescaderías con sus tanques de cangrejos y langostinos vivos en la acera: todo eso es la capa que queda cuando se aparta la postal turística.
El Tin How Temple en Waverly Place es el templo taoísta activo más antiguo de los Estados Unidos, fundado en 1852. Está en un tercer piso al que se sube por una escalera estrecha, y se puede visitar con respeto durante las horas de culto. El interior, con sus lámparas de papel rojo, sus altares repletos de ofrendas y el olor constante del incienso, tiene una presencia que contrasta con la comercialidad de la Grant Avenue a dos calles de distancia.
El restaurante Dim Sum del Chinatown —cualquiera de los que tienen cola a las once de la mañana y menú en chino con traducción aproximada al inglés— es uno de los argumentos gastronómicos más irresistibles de San Francisco. Las har gow, el chiu chow fun guo, el wu gok de taro frito: el dim sum de San Francisco lleva décadas siendo el punto de referencia en América del Norte.
Telegraph Hill y la Torre Coit¶
Telegraph Hill es la colina que domina el North Beach desde el este, coronada por la Torre Coit, ese cilindro de hormigón construido en 1933 con los fondos que la excéntrica filántropa Lillie Hitchcock Coit dejó en herencia a la ciudad "para embellecer San Francisco". La torre tiene fama de parecerse a una boquilla de manguera de bomberos, lo que encaja con la intención de su mecenas —devota admiradora del cuerpo de bomberos desde que, siendo niña, le salvaron la vida durante un incendio—, aunque los arquitectos siempre negaron que el diseño fuera deliberado.
La torre en sí no es el argumento para subir. El argumento es el camino: las escaleras de Filbert Street, que suben por la ladera este de Telegraph Hill a través de jardines privados que cuelgan sobre la pendiente. Los propietarios de las casas que bordean la escalera han cultivado durante décadas jardines que se han convertido en una extensión botánica informal: limoneros, gardenias, helechos, bugambilias. En primavera, cuando todo florece simultáneamente, el camino tiene una belleza que ningún parque diseñado puede igualar.
Los loros salvajes de Telegraph Hill son otro elemento improbable pero perfectamente documentado: una colonia de periquitos de cabeza roja (Psittacara erythrogenys, originarios de Ecuador y Perú) que lleva establecida en la colina desde los años noventa. Los primeros probablemente escaparon de jaulas de hogares particulares o fueron liberados; los siguientes nacieron ya en San Francisco. Hoy son una presencia permanente y ruidosa en los árboles de Filbert Street y los alrededores de la torre, y han generado suficiente afecto local como para que la ciudad los proteja activamente. Mark Bittner, un músico que vivió durante años en una casa de Telegraph Hill, documentó su relación con los loros en el libro The Wild Parrots of Telegraph Hill, adaptado luego en un documental.
Los frescos del vestíbulo de la Torre Coit, pintados en 1934 por veintisiete artistas del New Deal bajo la dirección de Victor Arnautoff, representan escenas de la vida cotidiana californiana de la época: trabajadores agrícolas, estibadores del puerto, escenas de la ciudad. El estilo es muralismo mexicano —la influencia de Diego Rivera, que había trabajado en San Francisco pocos años antes, es evidente— y los frescos son visitables de forma gratuita sin necesidad de pagar el acceso al mirador.
El Castro: historia y presente¶
El Castro es uno de esos barrios que tienen dos capas temporales solapadas: la histórica, que explica su importancia global, y la contemporánea, que puede resultar más discreta de lo que se esperaba si se llega sin conocer la primera.
El barrio empezó a desarrollar su identidad gay en los años sesenta, cuando los marineros que habían sido dados de baja deshonrosa del ejército por su orientación sexual —la mayoría en el Puerto de San Francisco, que era el principal punto de embarque para el Pacífico— se quedaron en la ciudad en lugar de volver a comunidades que no los aceptarían. En los años setenta, el Castro era ya el barrio gay más visible y políticamente activo de los Estados Unidos, con una comunidad organizada que iba desde los bares de la Castro Street hasta las campañas electorales.
Harvey Milk abrió su tienda de fotografía en el 575 de Castro Street en 1972 y desde ese local organizó su campaña política, que en 1977 lo convirtió en el primer político abiertamente gay elegido para un cargo público en California —como supervisor del Distrito 5 del Ayuntamiento de San Francisco—. Su asesinato en noviembre de 1978, junto con el del alcalde George Moscone, a manos del exconcejal Dan White, y la posterior sentencia de homicidio involuntario que provocó la revuelta conocida como los Disturbios de la Noche de las Velas, son parte de la historia política americana del siglo XX que se entiende mejor caminando por las calles donde sucedió que leyéndola en un libro.
El Castro Theatre, en el número 429 de Castro Street, es el cine independiente más hermoso de San Francisco y uno de los más hermosos de los Estados Unidos. Inaugurado en 1922, tiene una fachada de estilo misión español con su propio neón icónico, y un interior de los años veinte con balconada, columnas y un órgano Wurlitzer que aún se toca antes de algunas proyecciones. La programación mezcla clásicos del cine, festivales temáticos y proyecciones especiales.
Los pasos de cebra pintados con la bandera del orgullo en la intersección de 18th y Castro son el símbolo fotográfico del barrio. El ambiente de la Castro Street, con sus bares y tiendas, puede resultar más discreto de lo que cabría esperar para quienes llegan con expectativas basadas en los años setenta: el barrio ha sido absorbido parcialmente por la gentrificación y los precios de alquiler que han empujado a parte de su comunidad hacia Oakland y otros barrios. Pero el sustrato histórico sigue siendo tangible, y la conciencia de que aquí pasaron cosas que importan se percibe.
La Mission District: resistencia latina¶
La Mission District es el barrio con mayor concentración de población latina de San Francisco y el que más claramente ilustra las tensiones que la ciudad lleva décadas viviendo entre sus comunidades históricas y las oleadas de gentrificación que el sector tecnológico trajo desde los años noventa.
El barrio debe su nombre a la Misión Dolores —oficialmente Misión San Francisco de Asís—, fundada por los franciscanos españoles en 1776 como la sexta de las misiones de California. La misión original, la más antigua de San Francisco, sigue en pie: una estructura de adobe de 1791 que sobrevivió al terremoto de 1906 precisamente porque su construcción masiva resistió mejor que la madera. El cementerio adyacente, donde están enterrados varios de los primeros colonizadores de la ciudad, tiene cruces de madera desgastadas y lápidas que datan de antes de la independencia americana.
La Mission contemporánea es otra cosa. Las taquerías de la 24th Street —donde la Mission Burrito, el formato gigante de tortilla enrollada que se convirtió en el estándar americano, fue supuestamente inventado— son un argumento gastronómico que por sí solo justifica cruzar el barrio. La Panadería La Victoria, con sus tartas de tres leches y sus panes dulces, y los puestos de elotes y mangos con chile de los vendedores ambulantes completan un paisaje alimentario que no existe con la misma densidad en ninguna otra parte de San Francisco.
Los murales son la otra razón. La Clarion Alley, una calle peatonal entre Mission y Valencia entre las calles 17 y 18, es el punto de mayor concentración de arte mural de la ciudad: cada centímetro de sus paredes está cubierto, y las imágenes —que rotan con frecuencia, repintadas por nuevos artistas cuando los anteriores murales envejecen o sus creadores consideran que ya cumplieron su función— mezclan reivindicación política, referentes culturales latinoamericanos y comentario social con una calidad técnica que va de lo amateur a lo profesional. Es el museo de arte más democrático y más honesto de San Francisco.
El Women's Building en la 18th Street es otro punto de referencia: un edificio de 1910 que alberga una organización sin ánimo de lucro dedicada al desarrollo comunitario femenino, cuya fachada fue cubierta en los años noventa por el mural MaestraPeace, obra de siete artistas chicanas y latinoamericanas. El mural —que representa figuras femeninas de diversas culturas, desde guerreras indígenas precolombinas hasta activistas contemporáneas— fue restaurado en 2012 y es uno de los más importantes de la ciudad en términos históricos y artísticos.
El Dolores Park, construido en pendiente entre las calles 18 y 20, es el parque donde se entiende cómo la gente local pasa sus tardes libres. Los fines de semana de verano —y en San Francisco el verano real llega en septiembre y octubre, cuando la niebla se retira— el parque se llena de familias, grupos de amigos, músicos ambulantes y todos los que han encontrado en esta ladera verde el equivalente a la plaza pública que las calles de San Francisco no proporcionan. Las vistas hacia el norte desde la parte alta del parque abarcan el Downtown, el Bay Bridge y, en los días despejados, el Golden Gate en la distancia.
Haight-Ashbury: lo que queda del Verano del Amor¶
El Haight-Ashbury fue en 1967 el epicentro de la mayor concentración contracultural de la historia americana. El Verano del Amor convocó a más de cien mil jóvenes en este barrio con la expectativa de vivir una alternativa al orden establecido: música, drogas, comunidades, rechazo a la guerra de Vietnam. Los Grateful Dead tenían su casa en el 710 de Ashbury Street. Jefferson Airplane vivía en el 2400 de Fulton. Janis Joplin actuaba en el Fillmore Auditorium a pocas manzanas. La Haight Street era el paseo central de una utopía provisional que duró un verano y cuyas consecuencias —la popularización de la contracultura, los movimientos por los derechos civiles, el activismo ambiental— se extendieron décadas más allá.
La Haight Street de hoy es una mezcla de tiendas de ropa vintage con carteles psicodélicos en las ventanas, cafeterías con nombres que evocan la era hippie, tiendas de discos de vinilo de segunda mano y algunos locales de souvenirs que venden camisetas del Verano del Amor a turistas que van buscando el fantasma de algo que terminó hace sesenta años. No es una experiencia inauténtica: las tiendas de ropa vintage son genuinas, los precios son razonables y el ambiente tiene una casualidad real. Pero quienes llegan esperando 1967 encontrarán solo su eco comercial.
La Casa de los Grateful Dead en el 710 de Ashbury Street es hoy una residencia privada con una placa discreta. La Casa de Charles Manson —que vivió en el Haight antes de su espiral hacia la violencia— está dos calles más arriba. Los guías de turismo señalan estas paradas con el entusiasmo de quien sabe que la leyenda vende más que la realidad.
El argumento más sólido del Haight es su posición geográfica. La Haight Street termina en la entrada este del Golden Gate Park, y la combinación de unas horas en el barrio y una tarde en el parque es una de las secuencias más agradables de San Francisco. El parque —más de cuatro kilómetros de largo y ochocientos metros de ancho, más grande que el Central Park de Manhattan— contiene el de Young Museum, el California Academy of Sciences, el Japanese Tea Garden y varios hectáreas de bosque, praderas y jardines. No tiene la compacidad elegante del Central Park —hay carreteras que lo cruzan y zonas que quedan incomunicadas entre sí—, pero su escala y su diversidad lo hacen imprescindible.
Las Painted Ladies y Alamo Square¶
Las Painted Ladies son el conjunto de casas victorianas más fotografiado de San Francisco y posiblemente el más reproducido de California después del Golden Gate. Las seis casas de madera pintadas en combinaciones de colores pastel en el lado este de Alamo Square se hicieron internacionalmente conocidas a través de la serie Full House (en España, Padres Forzosos), que usó el conjunto como imagen de apertura durante varias temporadas.
La vista icónica se obtiene desde el parque de Alamo Square, en la ladera frente a las casas: las Painted Ladies en primer plano con el skyline del Downtown al fondo, un encuadre que condensa la ambigüedad de San Francisco entre lo victoriano y lo moderno. El parque en sí es agradable: tiene una zona para perros sin correa, vistas de varias partes de la ciudad desde sus distintas alturas y el ambiente tranquilo de un parque de barrio donde la gente lee y pasea los domingos por la mañana.
Las Painted Ladies no son las únicas casas victorianas de San Francisco; de hecho, el estilo Victorian Painted Lady es común en todo el Western Addition y en partes del Castro y el Haight. Pero son las que quedan en el encuadre perfecto, y eso, en una ciudad construida para ser fotografiada, importa.
Noe Valley y Bernal Heights¶
Noe Valley, entre el Castro y la Mission, es el barrio que el imaginario popular de San Francisco necesita pero a veces olvida: tranquilo, acomodado, lleno de cafeterías donde los vecinos conocen al barista y los carritos de bebés cruzan la 24th Street entre tiendas de queso artesanal y librerías de segunda mano. Es el barrio de las familias con perro y del brunch de los domingos. La 24th Street tiene una concentración de pequeño comercio independiente que resiste la presión inmobiliaria con más éxito que la mayoría de los barrios de la ciudad.
Bernal Heights, la colina al sur de la Mission, es uno de los mejores miradores de San Francisco y uno de los menos saturados de turistas. El parque en la cima, con su antena de transmisión visible desde casi toda la ciudad, ofrece vistas de 360 grados que incluyen el Golden Gate al norte, las colinas de Oakland al este, el Ocean Beach al oeste y el skyline del Downtown al norte. La bajada al atardecer, con la luz tomando el color anaranjado específico de los atardeceres de otoño en San Francisco, es uno de esos momentos que la ciudad regala a quien se desvía ligeramente del circuito habitual.