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Angulema: la ciudad donde el cómic es patrimonio cultural
La capital del departamento de Charente entre murallas medievales y fachadas de historieta
Hay ciudades que se reinventan cuando la industria que las sostenía desaparece. Angulema hizo algo diferente: encontró en el arte que nadie tomaba del todo en serio la identidad que la convertiría en referente internacional. La ciudad que en el siglo XIX fabricaba papel de alta calidad para los mejores impresores de Francia acabó convirtiéndose en la capital europea del cómic —o de la bande dessinée, como llaman los franceses al noveno arte— no por casualidad sino por la determinación de una comunidad que vio en ello una oportunidad real.
Angulema está sobre una meseta caliza que domina el valle del Charente, a unos 100 kilómetros al norte de Burdeos. Su casco histórico, rodeado por restos de murallas del siglo XIII con vistas panorámicas sobre el río, es de los más compactos y bien conservados del suroeste francés. Pero lo que la distingue de docenas de ciudades históricas similares es esa capa de grafismo que cubre sus fachadas: más de 150 murales gigantes repartidos por toda la ciudad que convierten cada paseo en un descubrimiento.
La Cité Internationale de la Bande Dessinée et de l'Image¶
El museo del cómic —la Cité, como la llaman todos— es la razón principal por la que alguien que no tiene relación con la región decide venir a Angulema, y cumple exactamente lo que promete.
El edificio en sí ya merece atención: un antiguo almacén de vinos del siglo XX rehabilitado a orillas del Charente, que mantiene los elementos industriales originales —vigas de hierro, amplios ventanales— integrados en el nuevo espacio museístico. Desde el exterior, junto al río, la arquitectura tiene esa honestidad de los edificios que no pretenden disimular lo que fueron.
La colección permanente alberga más de 8.000 planchas originales y una biblioteca con más de 40.000 álbumes. El recorrido está organizado cronológicamente y comienza con los precursores del cómic de finales del siglo XIX: Rodolphe Töpffer, el suizo que inventó el álbum de historietas en la década de 1830; Wilhelm Busch con su Max y Moritz de 1865; Georges Colomb, el botánico que bajo el seudónimo Christophe creó La Famille Fenouillard. Figuras que trabajaron décadas antes de que el medio tuviera nombre o reconocimiento.
La sección de la escuela franco-belga de los años cuarenta a sesenta es la más emocionalmente potente para quien creció con esa tradición: vitrinas con planchas originales de Hergé para Tintín, con los característicos trazos limpios de la línea clara y las correcciones a lápiz todavía visibles en los márgenes; originales de Franquin para Spirou y para Gaston Lagaffe; páginas de Uderzo para Astérix con las anotaciones de Goscinny al margen. Ver el proceso creativo detrás de los álbumes de la infancia —las dudas, las correcciones, el trabajo físico sobre el papel— tiene algo que las reproducciones impresas no pueden dar.
Las salas dedicadas al cómic norteamericano, al manga japonés y a las tendencias contemporáneas completan el recorrido con una perspectiva global que deja claro que el noveno arte no es un fenómeno provincial sino uno de los medios narrativos más universales del siglo XX.
La exposición sobre la evolución tecnológica del medio —desde el entintado a pluma sobre papel blanco hasta la coloración digital, pasando por las innovaciones en impresión— es especialmente interesante para diseñadores y profesionales de la comunicación visual.
La tienda del museo es obligatoria para cualquier aficionado: álbumes en ediciones originales, láminas firmadas, material de archivo, libros sobre historia y técnica del cómic. Mejor llevar presupuesto guardado.
El recorrido de los murales¶
A lo largo de los años, Angulema ha ido instalando más de 150 murales de cómic en fachadas de edificios por toda la ciudad. No están todos en el centro histórico: algunos están en barrios residenciales, en medianeras de edificios de viviendas, en muros de parkings. Eso es precisamente lo que hace el recorrido interesante: convierte la exploración de la ciudad en una búsqueda con recompensa permanente.
Los murales más espectaculares en términos de tamaño y ejecución están cerca del centro. El de Corto Maltés, el marinero aventurero de Hugo Pratt, reproduce el trazo inconfundible del artista a escala monumental: esas líneas expresivas y melancólicas que Pratt desarrolló mirando a los maestros del expresionismo europeo. El de Tintín en "Los cigarros del faraón" reproduce una escena completa con una fidelidad al estilo de línea clara de Hergé que resulta asombrosa considerando las dimensiones. Los murales de Blake y Mortimer, de Lucky Luke, de los Schtroumpfs —los Pitufos, creación de Peyo que también tuvo relación con Angulema— cada uno funciona como página gigante arrancada de un álbum e instalada en la ciudad.
Lo que hace que el recorrido funcione es la integración de los murales con la arquitectura existente. Los artistas no trataron las fachadas como lienzos neutros: aprovecharon las ventanas, las puertas, los salientes y las irregularidades de cada edificio para crear composiciones que dialogan con la estructura. Una ventana se convierte en ojo de un personaje. Una puerta se integra en una escena de acción. El muro no es el soporte de la imagen: es parte de ella.
La Office de Tourisme distribuye un mapa con todos los murales catalogados, que permite planificar el recorrido. Pero también funciona dejar el mapa y simplemente caminar: la densidad de obras es suficiente para que aparezcan solas.
La Catedral de Saint-Pierre¶
La catedral de Angulema es uno de los edificios del románico poitevino más importantes de Francia, y tiene la fachada más esculpida de toda la región. Construida en el siglo XII, con restauraciones importantes del arquitecto Paul Abadie en el siglo XIX —el mismo que diseñó el Sacré-Cœur de París—, presenta tres portales con arcos de medio punto y una decoración escultórica que cubre casi toda la superficie de piedra disponible.
Las figuras del tímpano central representan la Ascensión de Cristo rodeado de los apóstoles y los símbolos de los cuatro evangelistas, con una escala jerárquica —Cristo más grande que todos los demás— que es característica del románico. Los frisos laterales muestran caballeros a caballo y escenas de batalla que los historiadores del arte identifican como representaciones de la batalla de Roncesvalles, donde el paladín Roldán murió combatiendo a los sarracenos en 778.
El interior es más sobrio que la fachada: una nave central ancha con cúpulas de crucería y capillas laterales añadidas en épocas posteriores. La luz entra filtrada por ventanales estrechos que dan al interior esa penumbra característica del románico meridional.
El campanario que se alza sobre el crucero —reconstruido por Abadie en el XIX a partir de los fragmentos originales— es visible desde varios puntos de la meseta y sirve de referencia visual para orientarse en el casco histórico.
Las murallas y las vistas¶
Las murallas medievales de Angulema no forman un recinto completo: quedan fragmentos integrados en la arquitectura posterior de la ciudad, especialmente en el lado norte y en el lado que da al Charente. Pero los paseos junto a estos restos ofrecen las mejores perspectivas sobre el valle del río y sobre la ciudad baja.
El boulevard Berthelot, que recorre el borde norte de la meseta, ofrece vistas sobre los barrios que se extienden ladera abajo y, más allá, sobre la campiña charentiña. Al atardecer, cuando la luz baja desde el poniente, el espectáculo es uno de los más agradables que puede ofrecer la ciudad.
El Ayuntamiento¶
El Hôtel de Ville de Angulema es otro edificio de Paul Abadie, construido entre 1858 y 1869 en estilo neogótico y Segundo Imperio. Sus dos torres gemelas y su escalinata principal le dan un aspecto de castillo del Loira urbano que llama la atención en medio del tejido histórico de la ciudad. Los jardines que lo rodean, diseñados en estilo inglés, son agradables para una pausa.
El Festival Internacional del Cómic¶
El Festival International de la Bande Dessinée de Angoulême se celebra cada año a finales de enero desde 1974 y es el evento más importante del cómic europeo, y el segundo del mundo después del de San Diego. Durante cuatro días la ciudad se llena de aficionados, autores y editores de todo el mundo, con exposiciones en múltiples espacios, presentaciones, firma de ejemplares y la ceremonia del Fauve d'Or —el Gran Premio del Festival, el galardón más prestigioso del cómic europeo.
Para quien puede planificar su visita en esas fechas, el festival transforma completamente la ciudad: murales nuevos aparecen, las calles se llenan de personajes cosplay, las librerías agotan sus existencias y el ambiente tiene esa mezcla de profesionalismo y pasión infantil que solo se da en los eventos dedicados a un arte que durante décadas fue considerado menor.
Fuera de las fechas del festival, la ciudad mantiene su identidad cómica a lo largo del año con exposiciones temporales en la Cité, eventos y presentaciones en diversas salas.
Cognac: excursión obligatoria¶
A 27 kilómetros al norte de Angulema, Cognac es una parada que se puede hacer perfectamente en unas horas como complemento al viaje. La ciudad mundialmente conocida por su aguardiente combina el casco antiguo medieval —edificios de piedra caliza con ese característico tono negruzco producido por el hongo que se alimenta de los vapores de alcohol durante el envejecimiento del cognac, el famoso "part des anges"— con las grandes casas del destilado.
El Château de Cognac, también conocido como Château de Valois, fue el lugar de nacimiento del rey Francisco I de Francia en 1494. Hoy alberga las bodegas Baron Otard. La Maison Hennessy, fundada por el irlandés Richard Hennessy en 1765, y la Maison Martell, la más antigua de todas —establecida en 1715—, ofrecen visitas que permiten ver el proceso de destilación y envejecimiento.
La Place François I es el centro de la ciudad, con la estatua del monarca y las terrazas donde sirven el pineau des Charentes, ese aperitivo local de mosto de uva y cognac joven que es la mejor introducción a los sabores de la región.
Cómo llegar y cuánto tiempo¶
Angulema está a 1 hora y 20 minutos de Burdeos en TGV, y a 2 horas y 20 minutos de París. No tiene aeropuerto, así que las conexiones son por tren o carretera. Para quien viene desde el País Vasco, el acceso más natural es por la N10 desde Bayona, con la posibilidad de parar en Burdeos en el trayecto.
Un día completo es suficiente para ver la Cité y los murales principales y recorrer el casco histórico. Dos días permiten hacer la excursión a Cognac y explorar con más calma. El festival de enero justifica un fin de semana largo específicamente diseñado alrededor de él.