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Una calle o plaza del centro de Burdeos, cerca de la Place de la Bourse, durante el segundo viaje a la ciudad en 2009.

Destinos · Francia · Sur de Francia

Burdeos en dos días: de la ciudad al vino

El centro histórico del XVIII y Saint-Émilion o la Ruta de los Châteaux

Lectura de 9 minutos

Dos días en Burdeos permiten hacer lo que un día no alcanza: ver el centro histórico sin prisa y dedicar una jornada completa a salir de la ciudad hacia la región vinícola que le da el nombre al mundo entero. Es el ritmo mínimo para entender Burdeos en toda su dimensión: la ciudad que se renovó a sí misma y el territorio que la sostiene desde hace dos mil años.

Día 1: el centro histórico

La Place de la Bourse y el Miroir d'Eau

El primer día pertenece al centro histórico. El punto de partida es la Place de la Bourse, el escenario del que Burdeos ha hecho su imagen de marca y que la justifica completamente: el conjunto arquitectónico del siglo XVIII diseñado por Jacques-Ange Gabriel —el mismo que diseñó la Place de la Concorde parisina— con las tres fachadas de piedra caliza en U abierta hacia el Garona, y frente a ellas el Miroir d'Eau, la lámina de agua de 3.450 metros cuadrados que refleja el conjunto con una fidelidad que vuelve la vista casi abstracta. Por la mañana temprano, antes de que lleguen los grupos, el reflejo es nítido y el espacio tiene una quietud que no conserva a otras horas.

El recorrido natural desde la Bourse sigue por los muelles rehabilitados del Garona —seis kilómetros de paseo peatonal y ciclista que fueron parking y almacenes durante décadas— hasta la Porte Cailhau, la puerta del siglo XV con su decoración tardogótica que marca la entrada al barrio de Saint-Pierre. Las calles de Saint-Pierre —la Place du Parlement con su octógono de fachadas armoniosas, la Rue des Argentiers, los patios interiores de los hôtels particuliers del XVIII— son la versión más cotidiana y más auténtica del Patrimonio de la Humanidad que la UNESCO reconoció en 2007.

La Catedral y la Torre Pey-Berland

La Catedral de Saint-André y su campanario separado, la Tour Pey-Berland, son el monumento gótico de referencia del centro. La torre —construida en el siglo XV a cierta distancia de la catedral para evitar que las vibraciones de las campanas dañaran la estructura— tiene 66 metros de altura y es accesible para quien quiera subir sus 231 escalones. Las vistas desde la terraza son las mejores del centro histórico: el tejado de la catedral al lado, el Grand Théâtre al norte, las fachadas doradas del XVIII extendiéndose en todas direcciones. Es el único mirador elevado del centro y merece el esfuerzo.

La Rue Sainte-Catherine y el Grand Théâtre

La Rue Sainte-Catherine con sus 1,2 kilómetros de longitud es la calle comercial peatonal más larga de Europa, y atraviesa el corazón del casco histórico de sur a norte hasta la Place de la Comédie. Al final, el Grand Théâtre —construido entre 1773 y 1780 por Victor Louis con sus doce columnas corintias— es el edificio que más influyó en el diseño de la Ópera Garnier de París medio siglo después. Un espacio donde la ambición arquitectónica y la calidad de la ejecución están exactamente a la misma altura.

La Cité du Vin

La tarde del primer día es para la Cité du Vin, a unos 3 kilómetros al norte del centro en el barrio de Bacalan. El edificio —una espiral asimétrica de aluminio y vidrio inaugurada en 2016, obra de los arquitectos Anouk Legendre y Nicolas Desmazières— es uno de los más singulares del sur de Francia. El interior es un recorrido inmersivo por el mundo del vino que no requiere conocimiento previo para disfrutarlo: instalaciones audiovisuales, ambientes recreados, interactivos sobre viticultura. La entrada incluye una copa en la Belvedere del octavo piso, con vistas panorámicas sobre el Garona y la ciudad. Hay que reservar visita y calcular al menos dos horas.

El barrio de Chartrons

Al salir de la Cité du Vin, el barrio de Chartrons está a pocos minutos caminando hacia el sur, de regreso al centro. Este es el barrio donde los comerciantes de vino neerlandeses, británicos y alemanes se instalaron en los siglos XVII y XVIII para gestionar el comercio de exportación del burdeos, y sigue siendo el barrio con más personalidad de la ciudad. El Quai des Chartrons con los antiguos almacenes de crianza —muchos reconvertidos hoy en apartamentos, restaurantes y galerías—, la Rue Notre-Dame con sus anticuarios, enotecas y brasseries, y el CAPC Musée d'Art Contemporain instalado en un almacén colonial de 1824 cuya nave central de 45 metros de largo y 12 de alto es uno de los espacios expositivos más impresionantes del sur de Francia.

Los sábados por la mañana hay mercado de antigüedades en la Rue Notre-Dame. Las tardes entre semana, cuando el barrio recupera su vida cotidiana y los turistas han vuelto al centro, son el momento para tomar una copa en cualquiera de las enotecas y entender por qué Chartrons fue durante siglos el corazón del comercio de vino más importante del mundo.

Día 2: Saint-Émilion o la Ruta de los Châteaux

Saint-Émilion

La opción más completa para el segundo día es Saint-Émilion, a cuarenta y cinco minutos en tren regional desde la Gare Saint-Jean. El pueblo justifica el viaje de manera independiente al vino: su situación sobre una colina de piedra caliza, sus calles empedradas en pendiente —los "tertres"—, la iglesia monolítica excavada directamente en la roca durante el siglo XII (la más grande de Europa en su tipo), y el campanario que domina el pueblo desde la cima forman uno de los conjuntos medievales más bien conservados del sudoeste de Francia. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1999 como paisaje cultural, reconociendo tanto la arquitectura como los viñedos que la rodean.

La historia de Saint-Émilion se remonta al siglo VIII, cuando un monje bretón llamado Emilion se instaló aquí como ermitaño. Los romanos ya habían plantado viñedos en la zona desde el siglo II, pero fueron los monjes medievales quienes desarrollaron la producción comercial. Esta combinación de historia religiosa y tradición vinícola impregna cada rincón del pueblo.

Las visitas a las bodegas van desde las gratuitas que ofrecen degustación en la tienda hasta las que requieren reserva previa para acceder a las instalaciones. El pueblo tiene suficientes bodegas abiertas al público para elegir según el tiempo disponible sin planificación excesiva. Los macarons de Saint-Émilion —una versión tradicional hecha con almendras, claras de huevo y azúcar, diferente de los macarons parisinos, que se remontan a 1620 cuando las hermanas ursulinas los elaboraron por primera vez— son el recuerdo gastronómico más representativo.

La Ruta de los Châteaux: el Médoc

La alternativa para el segundo día es la Ruta de los Châteaux en el Médoc, al norte de Burdeos bordeando el estuario de la Gironde. Esta opción requiere coche —el transporte público no cubre bien la región— pero ofrece la experiencia más completa del paisaje vinícola bordelés: los châteaux que producen los vinos más famosos del mundo —Château Margaux, Château Latour, Château Mouton Rothschild, Pauillac— con sus edificios del siglo XVIII y XIX y los viñedos que los rodean en un paisaje de planicie suave muy diferente al de Saint-Émilion.

Las visitas a los grandes châteaux requieren reserva con meses de antelación, pero hay productores de denominación genérica en la misma ruta que ofrecen degustaciones accesibles sin reserva. El pequeño pueblo de Margaux, con su plaza y su bodega histórica, es el punto de referencia de la zona.

La transformación de Burdeos

Para entender mejor la ciudad que se visita hoy, es útil conocer la que existía hace treinta años. En los años ochenta y noventa, cuando las industrias del río cerraron y los muelles se vaciaron, Burdeos tenía mala fama: tráfico atascado, fachadas ennegrecidas por el smog, reputación de ciudad aburrida que los parisinos repetían con cierto placer. El turismo era marginal.

La transformación empezó en 1995 con Alain Juppé como alcalde y convirtió a Burdeos en uno de los casos de referencia en urbanismo europeo. La limpieza de las fachadas de piedra caliza devolvió el color dorado al centro histórico. El tramway sustituyó al coche en los ejes principales. Los seis kilómetros de muelles del Garona se convirtieron en el paseo urbano que son hoy. El TGV de alta velocidad conectó la ciudad con París en dos horas y cuarto en 2017, y eso transformó el perfil del visitante: de turista de circuito a escapada de fin de semana.

El resultado es una ciudad que tiene dos velocidades: el Burdeos histórico del XVIII que siempre estuvo ahí pero que nadie había sabido mostrar, y el Burdeos contemporáneo que se construyó deliberadamente sobre ese patrimonio para convertirlo en capital turística, cultural y gastronómica del sudoeste de Francia. Las dos velocidades conviven sin fricción y se complementan.

Información práctica

Cómo llegar. Desde Bilbao, el aeropuerto de Mérignac tiene conexiones directas en menos de una hora de vuelo. Desde París, el TGV desde Montparnasse llega en dos horas y cuarto. La Gare Saint-Jean está conectada al centro histórico por el tramway en quince minutos.

Dónde dormir. La zona de Chartrons y las calles alrededor de la Place du Parlement ofrecen la mejor combinación de ubicación y ambiente. El barrio de Bacalan, cerca de la Cité du Vin, es más económico y está en plena transformación.

Moverse. El tramway cubre todos los puntos del itinerario del primer día. Para Saint-Émilion, los trenes regionales salen desde Saint-Jean con frecuencia; el trayecto es de cuarenta y cinco minutos. Para el Médoc, el coche es prácticamente imprescindible.

El vino. Fuera de los grandes châteaux con precios de coleccionista, los vinos de denominación genérica "Bordeaux" y "Bordeaux Supérieur" son perfectamente buenos y asequibles. Las enotecas de Chartrons y los restaurantes con carta de vinos al verre permiten probar la diversidad de la región sin necesidad de conocimiento previo.