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Cráneos y huesos apilados en las Catacumbas de París, creando una exhibición inquietante.

Destinos · Francia · París

Las Catacumbas de París: seis millones de personas bajo la ciudad

El osario más grande del mundo nació de una crisis sanitaria y se convirtió en un templo subterráneo de la muerte

Lectura de 15 minutos

Hay algo perturbador en la idea de caminar por una ciudad de ocho millones de personas sabiendo que bajo tus pies hay más muertos que vivos. Y no de cualquier manera. En París, seis millones de personas descansan ordenadamente apiladas en galerías de piedra caliza a veinte metros de profundidad, en el mismo subsuelo del que se extrajo la piedra con la que se construyeron Notre-Dame, el Louvre y prácticamente todos los edificios medievales de la ciudad. Las Catacumbas de París son uno de los lugares más singulares de Europa: surgieron de una necesidad higiénica urgente, fueron convertidas en arte macabro por la Ilustración, y hoy reciben un millón de visitantes al año que bajan a contemplar lo que queda de las generaciones que construyeron la ciudad que ven desde arriba.

El origen: cuando los cementerios se desbordaron

Para entender las Catacumbas hay que entender el problema que las creó, y el problema era de una urgencia que hoy nos resulta difícil de imaginar.

En el siglo XVIII, el cementerio de los Santos Inocentes llevaba en funcionamiento más de diez siglos. Diez siglos. Se había creado en el siglo X junto a la iglesia del mismo nombre, en el corazón del barrio de Les Halles, en la orilla derecha del Sena, y durante toda la Edad Media y el Renacimiento había recibido los cadáveres de prácticamente todo el norte de París. Las fosas comunes, abiertas y vueltas a abrir, habían sido rellenadas y vaciadas tantas veces que el nivel del suelo del cementerio había subido varios metros sobre el nivel de la calle circundante. Los cadáveres se acumulaban literalmente sobre el nivel del suelo. Las fosas estaban tan saturadas que los cuerpos no llegaban a descomponerse antes de que entraran los siguientes. La carne sin descomponer fermentaba y los líquidos de putrefacción —el término técnico es lixiviación y no hace falta imaginarlo con demasiado detalle— se filtraban a través de la tierra y emergían en los sótanos y los pozos de las casas circundantes.

Los vecinos se quejaban. Los médicos advertían. El olor era insoportable en verano. En 1763, la Facultad de Medicina de París publicó un informe advirtiendo de los peligros sanitarios de los grandes cementerios urbanos. Las epidemias de la zona norte se atribuían, no sin fundamento, a la contaminación de los pozos de agua por las filtraciones del cementerio. Pero la inercia religiosa, económica y burocrática era enorme: el cementerio de los Inocentes era un negocio lucrativo para la Iglesia, y cerrar un lugar que llevaba en uso un milenio requería una voluntad política considerable.

La voluntad llegó en 1786. El Estado francés ordenó el cierre del cementerio de los Inocentes y decretó el traslado de todos sus restos —y después de los restos de todos los cementerios parroquiales de París que corrieran la misma suerte— a las galerías subterráneas de la antigua cantera de caliza del sur de la ciudad. La operación comenzó en la primavera de ese año y se prolongó durante meses. Las procesiones nocturnas de carros cubiertos de negro, acompañados por sacerdotes y seguidos por cirios, atravesaban París desde los cementerios del norte hasta la Barrière d'Enfer —la Puerta del Infierno, ahora la Place Denfert-Rochereau— para depositar los huesos en las galerías subterráneas.

El proceso se extendería durante décadas. Entre 1786 y 1860, se trasladaron los restos de aproximadamente seis millones de personas. No solo del cementerio de los Inocentes, sino también de decenas de otros cementerios parroquiales, de hospitales, de comunidades religiosas. La cifra exacta es difícil de precisar porque los registros de la época eran irregulares y muchos traslados se realizaron en masa, sin separar ni identificar los restos individuales. Seis millones es la estimación más citada, aunque algunos historiadores la sitúan más cerca de los cinco millones.

La cantera: la piedra de París bajo París

Las galerías donde se depositaron los restos no se construyeron para ese fin: ya existían. Y su origen explica por qué el subsuelo del sur de París es una estructura compleja de túneles y galerías que se extienden bajo toda la orilla izquierda del Sena.

Desde la época romana, y de forma intensiva a partir del siglo XIII, las generaciones que construyeron París extrajeron la piedra para sus edificios del subsuelo de la propia ciudad. El lutetian limestone —la caliza de Lutecia, el nombre romano de París— era un material de construcción excepcional: relativamente fácil de cortar cuando se extrae, pero que se endurece con el tiempo al exponerse al aire. Notre-Dame está construida con esta piedra. El Louvre. La Sainte-Chapelle. Las iglesias medievales del Marais. Prácticamente todo el París histórico visible desde la superficie es en gran medida el París subterráneo vaciado de piedra.

El problema era que nadie llevaba un registro sistemático de lo que se extraía ni de cómo quedaban las galerías después. Durante siglos, las canteras se fueron excavando sin un plan de conjunto, dejando pilares de piedra insuficientes, galerías sin apuntalar, zonas debilitadas que nadie conocía con exactitud. El resultado era un subsuelo esencialmente imprevisible. En 1774, varios barrios del sur de París sufrieron hundimientos: la tierra simplemente cedió sobre galerías vacías que habían quedado sin refuerzo. El pánico fue considerable.

En respuesta a este desastre, el Estado creó en 1777 la Inspección General de Canteras —Inspection Générale des Carrières— con la misión de cartografiar, reforzar y mantener la red subterránea. Esta institución, que existe con variaciones hasta hoy, fue la que organizó el traslado de los restos mortales a las galerías ya mapeadas y consolidadas. La lógica era dual: se resolvía el problema de los cementerios saturados y se daba un uso al espacio que se había cartografiado y que convenía mantener inspeccionado de todas formas.

El Imperio de los Muertos: Héricart de Thury y la estetización

Durante las primeras décadas, los huesos se depositaron de forma relativamente casual: apilamientos sin orden particular a lo largo de las galerías. El resultado era funcional pero caótico. En 1809, el prefecto del departamento del Sena encargó al inspector de canteras Louis-Étienne Héricart de Thury que reorganizara el osario y lo convirtiera en un lugar visitable.

Lo que Héricart de Thury creó entre 1809 y 1814 fue algo que no había existido antes: un espacio de meditación sobre la muerte diseñado según los principios estéticos y filosóficos de la Ilustración. Las reformas ordenaron los huesos de una forma que tenía tanto de sentido práctico como de intención artística. Las tibias y los fémures se apilaron formando paredes regulares, con los huesos colocados en horizontal para mayor estabilidad y densidad. Los cráneos se integraron en estas paredes formando patrones: franjas de cráneos a intervalos regulares entre las capas de huesos largos, cruces de cráneos, relieves, composiciones geométricas. En algunos puntos, los cráneos se organizaron formando frases o símbolos. En las paredes y los arcos se grabaron epitafios y reflexiones filosóficas sobre la muerte, tomadas de poetas, filósofos y textos sagrados.

El resultado tenía una coherencia visual y conceptual que resultaba sorprendente. La influencia masónica es visible en algunos elementos: la masonería del siglo XVIII tenía una relación elaborada con la simbología de la muerte, y varios de los personajes implicados en las reformas eran masones. Pero la estética del osario bebía igualmente del estoicismo ilustrado, de la moda del memento mori y de un impulso genuino por crear un lugar donde los parisinos pudieran reflexionar sobre la mortalidad sin los ornamentos religiosos convencionales.

La inscripción que preside la entrada al osario es la que Héricart de Thury eligió para resumir el espíritu del lugar: Arrête, c'est ici l'Empire de la Mort. "Detente, aquí está el Imperio de los Muertos". No hay ningún dios prometido, ninguna resurrección anunciada, ningún consuelo teológico: solo la constatación de que los muertos están aquí, en este lugar, y que el visitante tiene la ocasión de contemplarlos y reflexionar sobre lo que eso significa.

La apertura al público comenzó de forma selectiva durante el siglo XIX, con visitas organizadas que incluían a figuras notables de la sociedad parisina. El conde de Artois, futuro Carlos X, visitó las catacumbas en 1787 antes de que estuvieran completamente organizadas. Los emperadores y reyes que pasaron por París durante el siglo XIX incluyeron las catacumbas en sus programas de visita. La fascinación que generaban era parte filosófica, parte morbosa, parte simplemente la impresión de la escala: ver huesos apilados durante kilómetros es una experiencia que no deja indiferente a nadie.

La visita oficial: dos kilómetros de osario

Los dos kilómetros de galerías que hoy están abiertos al público representan solo una fracción de la red subterránea, pero son suficientes para una experiencia que dura entre hora y media y dos horas a paso tranquilo.

La entrada oficial está en la Place Denfert-Rochereau, en el 14.º arrondissement, en el edificio que fue el pabellón de entrada de la antigua Barrière d'Enfer —sí, la misma Puerta del Infierno por la que pasaban los carros con los huesos hace doscientos años. Tras la compra de la entrada, el descenso comienza: 131 peldaños en espiral hacia abajo, lo que equivale aproximadamente a bajar seis pisos. La temperatura al llegar al fondo es de 14°C constantes durante todo el año, lo que hace que el paseo en verano resulte un alivio bienvenido después del calor de la superficie, y que en invierno resulte curiosamente templado.

Los primeros tramos de la visita atraviesan galerías sin huesos: pasadizos de caliza sin más decoración que las marcas dejadas por los canteros medievales y los letreros que fue instalando la Inspección de Canteras durante los siglos XVIII y XIX para orientarse en la red. Hay indicaciones de distancias, nombres de lugares de la superficie que corresponden a los puntos del recorrido, y referencias a los trabajos de consolidación. Es una introducción casi burocrática al subsuelo que conviene no subestimar: estos pasadizos vacíos son el contexto histórico real del lugar, la prueba de que lo que viene después nació de un proceso industrial, no de una intención artística original.

El umbral del osario está marcado por otra inscripción: cuando los pasadizos se estrechan y el techo baja ligeramente, una puerta de piedra da paso a la primera galería donde los huesos comienzan a aparecer. A partir de ese punto, el recorrido transcurre entre paredes de tibias y cráneos que en algunos tramos se elevan hasta dos metros de altura. La densidad visual es inmediata e impactante. No hay forma de prepararse del todo para la experiencia de estar en un corredor de tres metros de anchura flanqueado por millones de huesos humanos.

Los estrechamientos son frecuentes: algunos pasadizos requieren agacharse o caminar de lado. El techo es bajo en muchos puntos. La iluminación es tenue pero suficiente para ver los detalles, y el silencio —interrumpido por los murmullos de los demás visitantes y el goteo ocasional del agua que se filtra a través de la caliza— refuerza la atmósfera de recogimiento que el lugar convida.

La cola: el problema real de las catacumbas

Las Catacumbas de París son una de las atracciones con la gestión de afluencia más deficiente de toda la ciudad, y eso en una ciudad que tiene varios monumentos con este problema.

El recinto tiene una capacidad limitada y una política de entradas estricta: no se pueden vender entradas para el mismo día en la taquilla porque el cupo ya habrá sido agotado por la reserva online. En temporada alta —entre mayo y septiembre, y en cualquier fin de semana del año—, presentarse en la taquilla sin reserva previa puede significar una cola de tres horas o, directamente, encontrarse con el cartel de "agotado". No es una exageración: es la realidad documentada por miles de visitantes.

La única forma sensata de visitar las Catacumbas es reservar online con antelación en la web oficial del museo (catacombes.paris.fr). Las entradas para los fines de semana de temporada alta se agotan días o semanas antes, y conviene planificar la visita como mínimo con una semana de margen. Las entradas de primera hora —las de las 9:45 o las 10:00 de la mañana— son las que tienen menos cola en la entrada y las que ofrecen una experiencia más tranquila: a partir de las 11:00 la afluencia se dispara.

El frío constante hace recomendable llevar una capa extra incluso en verano: 14°C se sienten mucho cuando se viene de 35°C en la calle.

Los cataphiles: la ciudad bajo la ciudad

Lo que la mayoría de los visitantes no sabe es que las dos galerías que recorren durante su visita oficial representan menos del uno por ciento de la red subterránea real. Bajo París hay más de 300 kilómetros de galerías, la gran mayoría fuera de los circuitos oficiales y técnicamente cerradas al público. Las penas para quien las explore ilegalmente son multas de 60 euros —una cantidad que muchos consideran irrisoria comparada con la experiencia— y, en casos de reincidencia o daño al patrimonio, penas más severas.

Los cataphiles son los exploradores urbanos que conocen estos túneles como nadie. Una subcultura que lleva décadas organizando expediciones, trazando mapas, organizando fiestas y eventos en los espacios más amplios de la red, y dejando murales elaborados en las paredes. Las fiestas clandestinas en las catacumbas tienen una historia larga: en el siglo XVIII, los estudiantes de medicina ya exploraban las galerías en busca de huesos para sus clases; en los años ochenta y noventa se estableció una cultura de ocupación temporal del subsuelo que incluía desde pequeñas reuniones hasta celebraciones de cientos de personas con música, luces, decoraciones.

La policía tiene una unidad específica para patrullar el subsuelo parisino, conocida popularmente como los catacopsBrigade de surveillance des carrières souterraines en el lenguaje oficial—. Patrullan de forma regular, aunque la vastedad de la red hace que sea materialmente imposible cubrir todo el territorio. Los cataphiles experimentados conocen las rutas de entrada y salida que los catacops comprueban con menor frecuencia, y la relación entre ambos grupos tiene algo de juego del gato y el ratón que lleva décadas en curso.

Los murales de los cataphiles son, en algunos tramos de la red, obras de arte considerables. Hay secciones con pinturas murales elaboradas, instalaciones, réplicas de monumentos a escala reducida construidos con materiales encontrados en las galerías. El más famoso es probablemente el Bunker creado a partir de instalaciones militares de la Segunda Guerra Mundial que algunos grupos han habilitado como salas. La documentación fotográfica de estos espacios circula en foros y redes sociales específicas, creando una geografía paralela del París subterráneo que complementa —y complica— la narrativa oficial de las catacumbas.

El contexto: la Rive Gauche sobre el vacío

Para entender completamente las Catacumbas hay que comprender que toda la orilla izquierda del Sena —el 5.º, 6.º, 13.º, 14.º y 15.º arrondissement, básicamente todo el París del Barrio Latino, Saint-Germain-des-Prés y Montparnasse— está literalmente hueca por debajo.

La caliza de Lutecia se extrajo principalmente de esta orilla porque la geología lo hacía más sencillo y porque la demanda estaba concentrada en la orilla derecha, donde los grandes palacios y catedrales se construyeron durante la Edad Media. La orilla izquierda era la orilla de los estudiantes, de las universidades, de los conventos: consumidora de piedra, pero también fuente de ella. El resultado es que los fundamentos geológicos del barrio intelectual de París son un queso gruyere de galerías y cámaras vacías.

Esta realidad geológica explica también por qué algunos edificios históricos del Barrio Latino tienen sótanos que comunican con la red de canteras, y por qué durante siglos los propietarios de inmuebles en el sur de París convivieron con la posibilidad de que el suelo cediera bajo sus pies. Los trabajos de la Inspección de Canteras estabilizaron la situación, pero nunca completamente: todavía hoy aparecen de vez en cuando hundimientos en calles del 14.º arrondissement que revelan galerías sin cartografiar bajo el asfalto.

La próxima vez que crucéis el Boulevard Saint-Michel hacia el Jardín de Luxemburgo, o que os sentéis en una terraza de Saint-Germain-des-Prés, vale la pena pensar que a veinte metros bajo vuestros pies hay una ciudad paralela de piedra y huesos que lleva dos siglos esperando que alguien baje a visitarla.

Información práctica

Cómo llegar: Metro línea 4 o 6, parada Denfert-Rochereau. La entrada está en la Place Denfert-Rochereau, junto al León de Belfort —la escultura del mismo artista que hizo la Estatua de la Libertad.

Entradas: Reserva obligatoria online en catacombes.paris.fr. Precio estándar: 29 euros para adultos. No intentéis presentaros sin reserva en temporada alta.

Duración: Entre 90 minutos y dos horas para el recorrido completo.

Temperatura: 14°C constantes. En verano, llevar una chaqueta fina o sudadera.

Accesibilidad: Las catacumbas no son accesibles para sillas de ruedas ni para personas con movilidad reducida. Los 131 peldaños de bajada y 112 de subida, más la estrechez de algunos pasadizos, hacen la visita físicamente exigente.

Fotografía: Permitida sin flash adicional en la mayoría del recorrido.

Cuándo ir: Entre semana es siempre mejor que el fin de semana. Las primeras horas de apertura ofrecen la experiencia más tranquila.