Saltar al contenido
El Palais du Parlement de Bretagne en Rennes, el único edificio del centro histórico que sobrevivió al incendio de 1720.

Destinos · Francia · Bretaña y Normandía

Rennes en un día: la capital bretona que no para

Casas medievales que se inclinan, el Parlement barroco y el mercado más grande de Bretaña

Lectura de 9 minutos

Rennes tiene un tercio de su población en la universidad. Se nota en todo: en el ambiente de las calles, en los cafés que abren hasta la madrugada, en la mezcla de generaciones que puebla las plazas, en el hecho de que la "Rue de la Soif" —la calle de la Sed, así la llaman cariñosamente— esté llena de gente bebiendo sidra bretona un martes por la noche como si fuera viernes. La ciudad que fue capital del Parlamento de Bretaña durante el Antiguo Régimen es, en la práctica, una de las ciudades universitarias más animadas de Francia. Y tiene, además, el casco medieval de entramado de madera mejor conservado del oeste de Francia.

Un día en Rennes permite ver el casco histórico, el Palais du Parlement, el Musée des Beaux-Arts y, si la visita coincide con el sábado, el mercado de Les Lices. Todo eso es Rennes.

El casco histórico: casas que se inclinan a saludarse

Lo primero que llama la atención al entrar al casco histórico es la inclinación de las fachadas. Las casas de entramado de madera medievales —construidas en los siglos XV y XVI con estructuras de vigas rellenas de argamasa— se proyectan progresivamente sobre la calle a medida que suben de planta. En las calles más estrechas los edificios de enfrente parecen a punto de tocarse en lo alto, creando una perspectiva de pasillo que tiene algo de escenografía teatral.

Rennes tiene más casas con entramado de madera que cualquier otra ciudad de Bretaña, y la mayoría sobrevivieron al gran incendio de 1720 —que duró seis días y destruyó 945 casas en el centro— porque el fuego se detuvo antes de alcanzar las calles más antiguas. Las que quedaron en pie son excepciones medievales en una ciudad que tuvo que reconstruir gran parte de su centro con las fachadas de piedra del XVIII que forman la otra cara de Rennes.

La Rue Saint-Michel, conocida como la Rue de la Soif, es el eje de mayor concentración de entramados de madera y de bares. Los edificios inclinados hacia la calle crean ese efecto de galería que la hace especialmente fotogénica. No hay que visitarla solo de noche: de día el contraste entre las vigas oscuras y los colores de las fachadas se aprecia mejor.

La Place Sainte-Anne —con su iglesia neogótica del siglo XIX, sus terrazas y sus casas medievales— es el corazón del barrio más antiguo y el punto de partida natural para explorar las calles adyacentes. Desde aquí se puede tejer a voluntad entre la Place du Champ-Jacquet, la Rue de la Psalette, la Place de l'Église y otros espacios que tienen cada uno su carácter.

La Place du Champ-Jacquet es quizá el rincón más fotogénico de todo el casco histórico: una pequeña plaza triangular donde los edificios de entramado de las esquinas parecen competir en inclinación, creando uno de esos encuadres que los fotógrafos buscan en Rennes. En el centro hay una estatua en bronce de Jean Leperdit, el sastre que llegó a ser alcalde durante la Revolución y que es recordado por haber salvado a muchos conciudadanos de la guillotina.

El Palais du Parlement de Bretagne

El edificio civil más importante de Rennes y uno de los más significativos de toda Bretaña es el Palais du Parlement, construido entre 1618 y 1655 según los planos del arquitecto Salomon de Brosse —el mismo que diseñó el Palacio de Luxemburgo de París. Sirvió como sede del Parlamento de Bretaña, uno de los escasos parlamentos provinciales del Antiguo Régimen que consiguió mantener cierta autonomía legislativa frente al poder central francés. Hoy funciona como Palacio de Justicia.

La fachada clásica con sus pilastras, columnas y frontón triangular central es imponente sin ser ostentosa. Los detalles escultóricos del tímpano representan la justicia real con una calidad que habla de los mejores talleres de la época. El interior sufrió un incendio severo en 1994 —un cohete de señales lanzado durante una manifestación de pescadores cayó sobre el tejado— pero fue restaurado en los años siguientes con una meticulosidad que recuperó los techos dorados, los paneles de madera tallada y la Grand'Chambre. Merece la pena verificar el horario de visitas guiadas al interior, que no siempre está disponible.

La Place de la Mairie y la arquitectura del XVIII

El incendio de 1720 que destruyó casi mil casas obligó a Rennes a reconstruir su centro con una rapidez y una coherencia que acabó siendo un activo: el trazado de grandes plazas y fachadas uniformes del siglo XVIII le da al centro de Rennes una escala y una grandeza que la ciudad medieval nunca habría tenido.

La Place de la Mairie es el emblema de esa reconstrucción: una plaza rectangular flanqueada por el Ayuntamiento —obra de Jacques Gabriel, del mismo linaje de arquitectos que diseñó los edificios de la Place de la Concorde en París— y el Teatro de la Ópera. Los dos edificios son distintos en escala y uso pero comparten el mismo lenguaje clásico y la misma piedra, creando una armonía que no es uniformidad sino coherencia.

La Cathédrale Saint-Pierre, a pocos minutos de la Place de la Mairie, tiene una historia constructiva tan larga y accidentada —comenzó en el siglo VI, tuvo que ser reconstruida repetidamente, su fachada actual es del XIX— que el resultado tiene esa heterogeneidad que solo da el tiempo. El interior es sobrecogedor por la escala de la nave y los vitrales del siglo XVI que sobrevivieron a todas las reconstrucciones.

El Musée des Beaux-Arts

El Musée des Beaux-Arts de Rennes es uno de los mejores museos regionales de Francia, y uno de los más infravalorados fuera de la región. Su colección abarca desde el Antiguo Egipto hasta el siglo XX, con especial peso en la pintura flamenca y holandesa del siglo XVII —incluyendo obras de Rubens, Jordaens y Veronese— y en la pintura francesa de los siglos XVIII y XIX.

Lo que distingue al museo de Rennes de otros de tamaño similar es la calidad de las piezas individuales: hay aquí una Madeleine repentante de Georges de La Tour —la pintura de candil más famosa de ese maestro del claroscuro— que por sí sola justifica la visita. Y una serie de pinturas bretones del siglo XIX que documentan la vida de la región con una calidad etnográfica y artística que rara vez se encuentra fuera de París.

Calcular al menos hora y media para el Musée des Beaux-Arts.

El mercado de Les Lices: solo los sábados

El sábado por la mañana, la Place des Lices alberga el segundo mercado al aire libre más grande de Francia. Lo que en la Edad Media fue campo de justas y torneos caballerescos es hoy el escenario de uno de los rituales más democráticos y más antiguos de la cultura francesa: el mercado de productores locales.

La amplitud de la oferta es lo que más llama la atención al primer visitante: mariscos de la bahía de Saint-Brieuc y ostras de Cancale, quesos de granja de toda Bretaña, mantequillas saladas de Guérande, charcutería del interior, sidras artesanales, crepes y galettes cocinadas en el momento. Los productores que llevan aquí treinta años conocen a sus clientes por el nombre, y la mayoría de los intercambios tienen esa combinación de eficiencia y amabilidad que se da cuando la compra es también un ritual social.

Las galettes de sarrasin —crepes de trigo sarraceno rellenas de jamón, queso y huevo, o de embutido de la región— son la entrada natural a la gastronomía bretona. El trigo sarraceno, introducido en Bretaña en el siglo XV desde Asia central por los cruzados, resistió los suelos pobres y el clima húmedo bretón cuando el trigo de pan no podía, y se convirtió en el cereal básico de la región durante siglos. Hoy es el ingrediente más identitario de la cocina bretona y la base de la galette complète que se puede comer en las crêperies de toda Bretaña.

La cidre bretonne —la sidra fermentada de manzana que acompaña las galettes desde siempre— es la otra referencia gastronómica inevitable. A diferencia de la sidra vasca o asturiana, la sidra bretona se sirve en tazas bajas de cerámica y tiene un punto de acidez más marcado. Las marcas artesanales del mercado son el contexto correcto para probarla.

La identidad bretona: la tensión entre Bretaña y Francia

Rennes es la capital administrativa de la región de Bretaña, pero esa capitalidad institucional no agota lo que la ciudad significa para los bretones. Bretaña fue históricamente un territorio con su propia lengua —el bretón, una lengua celta emparentada con el galés y el córnico—, sus propias leyes y sus propias instituciones, que fue incorporada a Francia en 1532 mediante el matrimonio de la duquesa Ana con el rey de Francia y mantuvo durante siglos una autonomía parcial a través del Parlamento de Bretaña.

La identidad bretona sigue siendo muy viva. La lengua bretona tiene hoy unos 200.000 hablantes y está presente en la señalización pública, en las escuelas Diwan de enseñanza en bretón, y en una cultura musical propia —el fest-noz, las bombards y las biniou— que ha conseguido mantenerse y renovarse. El Musée de Bretaña en Les Champs Libres cuenta esa historia con una seriedad que honra la complejidad del asunto.

Cómo moverse

Rennes tiene metro —dos líneas— y red de autobús. Pero el centro histórico es perfectamente recorrible a pie: de la catedral al Parlement hay cinco minutos, del Parlement al Musée des Beaux-Arts otros cinco. El mercado de Les Lices está a diez minutos caminando desde el Parlement.

Desde París, el TGV desde Montparnasse tarda una hora y veinticinco minutos. Desde Nantes, menos de una hora en tren. Desde Saint-Malo, cincuenta y cinco minutos.