
La historia de Jerusalén: tres mil años de la ciudad más disputada del mundo
De David y el Templo de Salomón a la partición de 1948 y la reunificación de 1967
Hay ciudades que tienen historia y ciudades que son historia. Jerusalén pertenece de forma tan absoluta a la segunda categoría que resulta difícil imaginarla como un simple lugar con coordenadas geográficas. Cada piedra de sus calles acumula capas de conquistas, destrucciones y reconstrucciones. Cada colina tiene nombre propio en textos sagrados para millones de personas. Y el conflicto sobre su soberanía, lejos de ser un asunto resuelto por el tiempo, sigue activo y vigente en el siglo XXI con una intensidad que pocas ciudades del mundo pueden comparar.
Este artículo recorre los hitos principales de esa historia, desde la ciudad de bronce que David convirtió en capital de un reino unificado hasta el Jerusalén dividida y reunificada del siglo XX.
Los orígenes: antes de David¶
Las primeras evidencias de asentamiento humano en el área de Jerusalén se remontan al Período Calcolítico, hace unos seis mil años. Pero la historia documentada de la ciudad comienza con las referencias a la ciudad de Jebús: una ciudad-estado cananea situada sobre una colina estrecha al sur de lo que hoy es la Ciudad Vieja, junto al manantial de Gihón, que proporcionaba el agua necesaria para sostener una población permanente en una zona de escasas precipitaciones.
Los textos egipcios del segundo milenio a.C. mencionan una ciudad llamada Urusalim, que algunos lingüistas relacionan con un dios sumerio llamado Shalem. En los textos de Amarna (cartas diplomáticas egipcias del siglo XIV a.C.), un gobernante local llamado Abdi-Heba escribe al faraón pidiendo auxilio militar. La ciudad ya existía, entonces, como entidad política reconocida.
David y la fundación del Jerusalén israelita¶
El cambio decisivo llega alrededor del año 1000 a.C. La tradición bíblica narra cómo el rey David, tras unificar las tribus de Israel bajo su autoridad, conquistó Jebús a los cananeos usando un pasaje subterráneo de agua (identificado por los arqueólogos con el pozo que hoy puede visitarse en el yacimiento de la Ciudad de David) y la convirtió en su capital. La elección fue estratégica: Jebús no pertenecía a ninguna de las tribus israelitas, por lo que ninguna podía sentirse marginada con la elección de esa sede.
David trasladó a Jerusalén el Arca de la Alianza —el cofre sagrado que contenía las tablas de la Ley— dando a la ciudad una dimensión religiosa además de política. Pero fue su hijo Salomón quien construyó el Primer Templo sobre la colina al norte de la ciudad de David —la roca que hoy está cubierta por la Cúpula de la Roca— convirtiéndola en el centro del culto yahvista. El Templo de Salomón, construido alrededor del 960 a.C., se convertiría en el símbolo por excelencia del judaísmo durante siglos.
El Reino dividido y la conquista babilónica¶
Tras la muerte de Salomón, el reino se dividió en dos: el Reino del Norte (Israel) con capital en Samaria, y el Reino del Sur (Judá) con capital en Jerusalén. Durante los siglos siguientes, Jerusalén resistió varios asedios, incluyendo el del rey asirio Senaquerib en el 701 a.C. —un episodio que el rey Ezequías preparó construyendo el túnel que hoy lleva su nombre, para garantizar el suministro de agua en caso de asedio.
La destrucción llegó finalmente en el 586 a.C., cuando el rey babilónico Nabucodonosor II tomó la ciudad, demolió el Templo y deportó a Babilonia a la mayor parte de la población judía. Este episodio —conocido como el Exilio babilónico— tuvo consecuencias teológicas profundas: obligó al judaísmo a reformularse como religión de texto, portátil y no dependiente de un templo físico. Los Salmos que lamentan la destrucción ("Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos al acordarnos de Sión") fueron escritos en ese contexto de trauma colectivo.
El Segundo Templo: Persia, los griegos y Herodes¶
En el 538 a.C., el rey persa Ciro el Grande, tras conquistar Babilonia, permitió el retorno de los exiliados judíos y la reconstrucción del Templo. El Segundo Templo fue consagrado en el 516 a.C. y marcaría el comienzo de lo que los historiadores llaman el Período del Segundo Templo, que se prolongaría hasta el año 70 d.C.
Jerusalén pasó bajo dominio helenístico tras la conquista de Alejandro Magno (332 a.C.) y experimentó la tensión cultural entre la tradición judía y la civilización griega. Esa tensión estalló en el 168 a.C., cuando el rey seléucida Antíoco IV Epífanes profanó el Templo instalando en él una estatua de Zeus. La revuelta de los Macabeos expulsó a los seléucidas y reinstauró el culto judío, inaugurando el período hasmoneo de independencia política judía que se prolongaría un siglo.
La transformación más radical del Segundo Templo llegó con Herodes el Grande (37-4 a.C.), el rey de Judea bajo tutela romana. Herodes expandió la meseta artificial sobre la que se levantaba el Templo de forma espectacular —con muros de contención de los que el Muro Occidental es el único vestigio visible— y construyó sobre ella un templo que los contemporáneos describían como una de las maravillas del mundo antiguo. La explanada que hoy ocupa el Haram al-Sharif reproduce aproximadamente las dimensiones de aquella obra.
Roma: la destrucción del 70 d.C.¶
El período romano comenzó en el 63 a.C., cuando el general Pompeyo tomó Jerusalén y convirtió Judea en territorio dependiente de Roma. La dominación romana fue conflictiva desde el principio, marcada por tensiones religiosas y levantamientos periódicos.
La crisis culminó en la Primera Guerra Judeo-Romana (66-73 d.C.). En el verano del 70 d.C., el general romano Tito —hijo del futuro emperador Vespasiano— tomó Jerusalén tras un asedio de varios meses. El Templo fue destruido e incendiado. Según el historiador Flavio Josefo, el fuego que consumió el Templo fue accidental, iniciado por un soldado en contra de las órdenes, pero en cualquier caso el resultado fue la destrucción total del edificio más sagrado del judaísmo.
Los romanos construyeron sobre las ruinas del Templo un santuario dedicado a Júpiter, y la ciudad fue rebautizada como Aelia Capitolina tras una segunda revuelta judía (la de Bar Kojba, 132-135 d.C.). A los judíos les fue prohibido vivir en la ciudad o incluso entrar en ella, salvo una vez al año para llorar junto a las ruinas del Templo. El trazado de Aelia Capitolina —con su red de calles perpendiculares que los arqueólogos han identificado bajo la Ciudad Vieja actual— es la base urbanística sobre la que se construyó el Jerusalén medieval.
Bizancio, el islam y las Cruzadas¶
Con el Edicto de Milán del 313 d.C. y la posterior adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, Jerusalén experimentó una transformación profunda. La emperatriz Helena, madre de Constantino, viajó a la ciudad en el 326-327 d.C. y dirigió excavaciones que, según la tradición, identificaron los lugares de la crucifixión y el sepulcro de Jesús, sobre los que se construyó la Basílica del Santo Sepulcro (inaugurada en el 335 d.C.).
En el 638 d.C., el califa Omar ibn al-Jattab tomó Jerusalén pacíficamente del Imperio Bizantino. Los musulmanes construyeron la Cúpula de la Roca en 691 y la Mezquita de Al-Aqsa sobre la explanada del antiguo Templo, estableciendo la ciudad como el tercer lugar más sagrado del islam, después de La Meca y Medina.
Las Cruzadas pusieron fin brevemente al dominio islámico. Los cruzados tomaron Jerusalén en el 1099 tras un asedio en el que masacraron a buena parte de la población musulmana y judía. Durante el Reino de Jerusalén (1099-1187) construyeron iglesias, reconstruyeron el Santo Sepulcro y establecieron órdenes militares —templarios, hospitalarios— que usaron los edificios islámicos de la explanada como cuarteles y establos.
Saladino reconquistó Jerusalén en el 1187 sin masacre, permitiendo a los cruzados abandonar la ciudad con sus posesiones. Una breve recuperación cristiana entre 1229 y 1244 (mediante un tratado diplomático entre el Sacro Emperador Romano Federico II y el sultán de Egipto) fue el último período de control cristiano sobre la ciudad.
Los otomanos y el Mandato Británico¶
El Imperio Otomano tomó Jerusalén en 1517 y la gobernó durante cuatro siglos. El sultán Solimán el Magnífico construyó las murallas actuales de la Ciudad Vieja entre 1537 y 1541 y reformó el sistema de abastecimiento de agua. Bajo el dominio otomano, Jerusalén fue una ciudad relativamente marginal dentro del Imperio, sin importancia económica particular, pero con un flujo constante de peregrinos de las tres religiones que le daba su carácter único.
En el siglo XIX comenzó la transformación moderna. La Aliyá —los sucesivos movimientos de inmigración judía a Palestina— fue aumentando la población judía de la ciudad. En 1860 se fundó el primer barrio fuera de las murallas (Mishkenot Sha'ananim), iniciando la expansión de la ciudad moderna. En 1897, el Primer Congreso Sionista en Basilea fijó como objetivo el establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina.
Las fuerzas británicas del general Allenby entraron en Jerusalén en diciembre de 1917, fin del dominio otomano. El Mandato Británico de Palestina (1920-1948) gestionó una situación de creciente conflicto entre las comunidades judía y árabe, con dos poblaciones que reclamaban el mismo territorio con argumentos históricos, religiosos y demográficos incompatibles entre sí.
1948: la partición y la primera guerra¶
La resolución 181 de la ONU (1947) propuso la partición del Mandato en un Estado judío y un Estado árabe, con Jerusalén bajo administración internacional. El Estado de Israel proclamó su independencia en mayo de 1948. Los estados árabes vecinos declararon inmediatamente la guerra.
El resultado fue una partición de hecho de Jerusalén: el sector oeste, con los barrios modernos, quedó bajo control israelí; el sector este, con la Ciudad Vieja y la mayor parte de los lugares santos, quedó bajo control del Reino Hachemita de Jordania. El Barrio Judío de la Ciudad Vieja fue destruido y sus habitantes expulsados. Los judíos de Israel no pudieron acceder al Muro Occidental durante diecinueve años.
Esta situación se prolongó hasta la Guerra de los Seis Días de junio de 1967, cuando Israel tomó el control del sector oriental —incluyendo la Ciudad Vieja— en el transcurso de tres días de combates. Israel anexionó formalmente el este de Jerusalén en 1980, declarándola capital unificada e indivisible del Estado, una declaración que no es reconocida por la mayor parte de la comunidad internacional. La situación de Jerusalén —su estatus final, la soberanía de los lugares santos, la distribución de su población— sigue siendo uno de los nudos más difíciles de resolver en cualquier negociación sobre el conflicto israelí-palestino.
La ciudad hoy¶
Caminar por Jerusalén en el siglo XXI es caminar simultáneamente por todas estas capas de historia. Las murallas otomanas rodean una ciudad que tiene bajo tierra restos romanos y hasmoneos; sobre la roca de Herodes se alzan los edificios islámicos del siglo VII; en los barrios modernos de la parte occidental convive la Jerusalén secular con la ultra-ortodoxa. Cada cuarto de hora de distancia a pie puede suponer un salto de varios siglos y de varias realidades simultáneas.
Esta densidad no siempre es cómoda. Jerusalén no es una ciudad que invite a la relajación ni a la pasividad: obliga a pensar, a sentir y a posicionarse, aunque sea solo internamente. Y eso, al final, es exactamente lo que la hace incomparable.