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Masada: historia, símbolo y guía práctica de visita
El símbolo nacional de Israel sobre el desierto de Judea
Hay lugares que uno visita por su belleza. Hay otros que uno visita porque siente que debe. Masada pertenece a esta segunda categoría, aunque al final resulte que también es extraordinariamente bello. Esta meseta rocosa que se alza sobre el desierto de Judea a 450 metros sobre el nivel del Mar Muerto no es solo uno de los yacimientos arqueológicos más impresionantes de Oriente Próximo: es el símbolo nacional de Israel por antonomasia, el lugar donde un puñado de rebeldes judíos eligió la muerte antes que la esclavitud, y cuya historia resuena todavía dos mil años después con una fuerza que poca arqueología puede igualar.
Pero Masada también es una visita concreta, con sus taquillas, sus opciones de acceso, su teleférico y sus senderos pedregosos. Este artículo intenta hacer justicia a ambas dimensiones: la historia que convierte a Masada en algo único, y los datos prácticos para que tu visita sea lo más aprovechada posible.
Los orígenes: Herodes el Grande y la fortaleza imposible¶
La historia de Masada empieza mucho antes del famoso asedio romano. En el siglo I a.C., Herodes el Grande, rey de Judea bajo tutela romana y uno de los constructores más prolíficos de la Antigüedad, eligió este emplazamiento para levantar un complejo palacial de lujo que sirviera como refugio personal en caso de rebelión o invasión. La elección del lugar no era casual: la meseta, de forma aproximadamente romboidal y una superficie de unas 20 hectáreas, era naturalmente inexpugnable. Los acantilados caen en vertical por todos sus flancos, y los únicos accesos naturales son senderos angostos y serpenteantes que cualquier grupo reducido podía defender contra un ejército.
Lo que Herodes construyó aquí entre los años 37 y 31 a.C. fue una obra maestra de la ingeniería y el lujo antique. El palacio norte, su joya arquitectónica principal, se desarrolla en tres terrazas suspendidas sobre el precipicio en el lado norte de la meseta, con frescos decorativos, columnas y mosaicos que revelan el influjo greco-romano en el gusto de un rey que sabía perfectamente que el poder también se ejercía a través de la arquitectura. Los baños romanos, con su sistema de calefacción por suelo radiante (hipocausto), eran equiparables a los de cualquier ciudad romana importante. Y las cisternas, excavadas en la roca viva con una capacidad total de unos 40.000 metros cúbicos, representaban una solución de ingeniería hídrica brillante para garantizar la supervivencia en un entorno desértico: el agua de lluvia que caía en las laderas se canalizaba hasta ellas a través de una red de acequias talladas en la piedra.
El asedio romano: el episodio que lo cambió todo¶
Herodes murió sin haber tenido que usar Masada como refugio. Su palacio-fortaleza quedó a cargo de una pequeña guarnición romana durante décadas, hasta que en el año 66 d.C. estalló la Primera Guerra Judeo-Romana. Un grupo de rebeldes judíos radicales conocidos como sicarios, bajo el mando de Menahem ben Yehuda y más tarde de Eleazar ben Yair, tomaron la fortaleza por sorpresa y expulsaron a los romanos.
Tras la caída y destrucción de Jerusalén en el año 70, cuando el resto de la resistencia judía había sido aplastada, Masada continuó siendo el último reducto. Aproximadamente 967 personas —combatientes con sus familias— vivían en la meseta, aprovechando las enormes reservas de Herodes, los almacenes repletos de alimentos y las sinagogas que los sicarios habían construido adaptando los edificios herodiano. El gobernador romano Flavio Silva llegó con la X Legión y un contingente total de varios miles de soldados, y comenzó un asedio metódico y brutal.
Los romanos construyeron un campamento completamente amurallado alrededor de la base de la meseta para impedir cualquier escape. Luego, durante meses de trabajo agotador, levantaron una rampa de tierra y madera en la cara oeste de la roca, la única donde la pendiente lo permitía, hasta alcanzar una altura suficiente para aproximar una torre de asalto con ariete. Cuando la rampa estuvo terminada, en la primavera del año 73 o 74 d.C. según las distintas cronologías, la caída de Masada era solo cuestión de horas.
Fue entonces cuando ocurrió lo que el historiador Flavio Josefo —quien no estuvo presente pero recogió testimonios de los únicos supervivientes, dos mujeres y cinco niños que se habían escondido— describe con detalle escalofriante. Eleazar ben Yair convenció a los defensores de que era preferible morir libres que vivir esclavizados. En un proceso cuidadosamente organizado, los hombres mataron a sus familias, diez de ellos fueron elegidos por sorteo para matar a los demás combatientes, y uno de esos diez fue elegido para dar muerte a los otros nueve y luego suicidarse. Cuando los romanos entraron al amanecer, encontraron silencio y cadáveres.
La controversia histórica y el símbolo nacional¶
El relato de Flavio Josefo ha sido debatido por historiadores durante décadas. Algunos cuestionan las cifras exactas, la fiabilidad del autor —que era él mismo un judío pasado al bando romano— y ciertos detalles del episodio. Las excavaciones arqueológicas dirigidas por Yigael Yadin en los años 60 encontraron evidencias que apoyaban partes del relato: esqueletos, objetos personales, restos de los sorteos, documentos escritos. Pero también surgieron dudas: ¿fue realmente un suicidio colectivo organizado de casi mil personas, o la realidad fue más caótica y menos heroica?
Lo que no se discute es el impacto simbólico del lugar. En la cultura israelí moderna, "Masada no volverá a caer" (Masada lo tippol od) se convirtió en un lema nacional que hunde sus raíces en el trauma del Holocausto y en la necesidad de afirmar la determinación de Israel a defender su existencia. Durante décadas, los soldados israelíes recibían su juramento de lealtad en la cima de Masada, al amanecer, en una ceremonia cargada de simbolismo. Hoy esa práctica es menos habitual, pero la peregrinación sigue siendo real: Masada es uno de los lugares más visitados de Israel, y muchos israelíes sienten que vienen a algo más que a un yacimiento arqueológico.
Qué ver en la meseta: un recorrido por las ruinas¶
Una vez arriba, conviene tomarse tiempo y no intentar correr. La meseta tiene sus dimensiones, y bajo el sol del Mediterráneo (o el sol del desierto, que es otro asunto) el ritmo marca la diferencia. En la entrada se entrega un mapa gratuito con los puntos de interés señalados.
El palacio norte es la joya del conjunto y suele ser la primera parada. Las tres terrazas escalonadas sobre el acantilado, aunque en gran parte reconstruidas, transmiten con claridad el espectáculo que debía suponer en su tiempo: una combinación de poder político y virtuosismo constructivo que resulta absolutamente moderna en su concepción. Los frescos y los capiteles de columnas originales que se conservan en los niveles inferiores son de una elegancia que sorprende.
Los baños romanos son el ejemplo mejor conservado de termas de época herodiana en Israel. Se puede ver el suelo elevado sobre pilares de ladrillos (el hipocausto), las diferentes salas con distintos niveles de temperatura y los restos de la decoración original. Un poco más al sur, el palacio occidental era el de mayor superficie y probablemente el de uso más cotidiano durante el período herodiano; conserva fragmentos de mosaicos de colores.
La sinagoga construida por los sicarios es uno de los edificios más emocionantes del conjunto precisamente por su sencillez: adaptaron un espacio herodiano con bancos corridos en las paredes, creando una de las sinagogas más antiguas documentadas en el mundo. Aquí se encontraron fragmentos de rollos del Deuteronomio y de Ezequiel. Las cisternas y los almacenes completan el cuadro de lo que fue una comunidad autosuficiente durante años de resistencia.
El Museo de Masada, situado en el centro de visitantes al pie de la montaña, merece una visita antes o después de subir. Recoge los hallazgos arqueológicos de las excavaciones de Yadin e incluye objetos cotidianos, monedas, documentos y los famosos ostraca con nombres inscritos, posiblemente los usados en el sorteo final.
Cómo subir: teleférico, Sendero de la Serpiente y Rampa Romana¶
Hay tres formas de llegar a la cima desde la entrada principal (hay una segunda entrada por el lado oeste, desde Arad, a la que solo llega quien va en coche propio).
El teleférico es la opción más rápida y cómoda. En unos tres minutos salva un desnivel de 290 metros y ofrece vistas espectaculares del Mar Muerto durante el trayecto. El precio varía según si compras solo la subida, solo la bajada o el recorrido completo; una entrada que incluye acceso a la meseta más el teleférico de ida y vuelta ronda los 80-96 NIS por adulto según los datos más recientes disponibles, aunque los precios se actualizan periódicamente y conviene verificar en la web oficial del parque (parks.org.il).
El Sendero de la Serpiente (Shvil HaNajash) es la ruta a pie histórica, que asciende en zigzag por la cara este de la montaña. Tarda entre 30 y 50 minutos de subida a buen ritmo y es moderadamente exigente. Lo recomendable es hacerlo muy temprano por la mañana, especialmente en primavera, verano u otoño, porque el calor a partir de las 9 o 10 de la mañana puede convertirlo en una experiencia bastante dura. En días de calor extremo el sendero puede estar cerrado a partir de cierta hora.
La Rampa Romana desciende por el lado oeste y es la ruta alternativa, con una pendiente más suave que el Sendero de la Serpiente. Permite ver de cerca la infraestructura del asedio romano. La trampa es que solo es accesible desde la entrada occidental, lo que complica la logística si has llegado en transporte público, que para en la entrada este. Bajar por la rampa y volver a pie a la entrada principal no es posible directamente.
Una combinación habitual y muy recomendable para quien tenga algo de forma física: subir en teleférico (para llegar frescos y aprovechar el tiempo en las ruinas) y bajar a pie por el Sendero de la Serpiente, o viceversa.
Información práctica: cómo llegar y cuándo ir¶
Masada está a unos 90 kilómetros al sur de Jerusalén por la carretera 90. En transporte público, los autobuses de la línea 486 desde la estación central de Jerusalén paran en la entrada principal. El trayecto dura aproximadamente hora y media.
El momento ideal para visitar es en invierno o principios de primavera, cuando las temperaturas son agradables (10-20°C en enero-febrero) y el aforo no es tan elevado como en verano. En julio y agosto las temperaturas en la meseta pueden superar los 40°C, lo que convierte la visita en algo realmente exigente si no se hace al amanecer. Los visitantes más madrugadores tienen la opción de subir por el Sendero de la Serpiente antes de que salga el sol y contemplar el amanecer desde lo alto, una experiencia que muchos describen como una de las más hermosas del viaje.
Lleva agua abundante, calzado cómodo, protector solar y algo de comida si piensas pasar más de dos horas arriba. En la cima no hay restaurante, solo una tienda pequeña con bebidas y snacks. En el centro de visitantes de la base hay un restaurante y servicios completos.
La sensación de estar allí¶
Nada de lo que se pueda leer sobre Masada prepara del todo para la experiencia real. Estar de pie en esa meseta y mirar hacia el Mar Muerto, las montañas de Moab al fondo, el desierto extendiéndose en todas direcciones, e intentar imaginar a novecientas y pico personas viviendo aquí durante tres años, con sus hijos y sus animales y sus oraciones y su miedo y su determinación, es uno de esos momentos en los que la Historia deja de ser un libro y se convierte en algo físico y urgente. Masada no volverá a caer. Estés o no de acuerdo con el mito, en la cima de esa roca lo entiendes.