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antiguas ruinas romanas en un yacimiento subterráneo en Roma, Italia.

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Las Catacumbas de Roma: los cementerios del Cristianismo primitivo

Cientos de kilómetros de galerías bajo la Via Appia Antica guardan la historia de los primeros siglos del Cristianismo y del judaísmo romano

Lectura de 14 minutos

Hay una imagen popular del Cristianismo primitivo que las películas de Hollywood han convertido en casi irrebatible: los primeros cristianos escondiéndose en oscuras galerías subterráneas para escapar de la persecución romana, celebrando sus ritos a la luz de las velas mientras los soldados del Imperio buscaban sobre sus cabezas. Es una imagen dramáticamente efectiva. Y es esencialmente falsa. Las Catacumbas de Roma no eran escondites. Eran cementerios. Y entenderlas correctamente —lo que eran, cómo se construyeron, quiénes están enterrados en ellas y por qué— revela algo mucho más interesante que el drama de la persecución: la historia de cómo una religión marginal se convirtió en la religión dominante de la civilización occidental, dejando huellas físicas que todavía pueden visitarse hoy bajo los adoquines de la Via Appia Antica.

Qué son las catacumbas: la ley romana y los cementerios exteriores

Las catacumbas son cementerios subterráneos. La explicación de por qué están bajo tierra y por qué están fuera del centro de la ciudad es simple: la ley romana prohibía los enterramientos dentro del pomerium, el límite sagrado de la ciudad. Esta prohibición no era solo religiosa sino también sanitaria y urbanística: los romanos comprendían, de forma empírica si no científica, que los cementerios cerca de las fuentes de agua y las zonas habitadas planteaban problemas de salud pública.

Los enterramientos, por tanto, se hacían a lo largo de las grandes vías que salían de Roma. La Via Appia Antica, la Via Ostiense, la Via Nomentana, la Via Tiburtina: cualquiera de estas calzadas que llevara fuera de la ciudad estaba flanqueada por los enterramientos de las familias romanas, primero como incineraciones en urnas y, a partir del siglo I y II d.C., como inhumaciones en sarcófagos o en tumbas excavadas en la roca.

El subsuelo de la región alrededor de Roma está formado en gran parte por tufo volcánico, una roca sedimentaria de origen volcánico que es relativamente blanda cuando se extrae y que endurece con el tiempo. Esta característica la hace ideal para excavaciones: es fácil de trabajar con herramientas simples, pero la estructura resultante es estable y duradera. Los canteros y sepultureros romanos llevaban siglos explotando esta cualidad, y las primeras comunidades judías y después cristianas que llegaron a Roma encontraron en el tufo el material ideal para sus cementerios.

Las catacumbas comenzaron como galerías simples excavadas por las primeras comunidades a partir del siglo II d.C. A medida que las comunidades crecían y los enterramientos se acumulaban, las galerías se fueron ramificando y profundizando: primero un nivel, luego dos, luego tres o cuatro, en algunos casos hasta cinco pisos superpuestos de galerías. Los nichos —los loculi— se excavaban en las paredes laterales de los corredores, con el tamaño justo para un cadáver envuelto en su mortaja. Los cuerpos no estaban embalsamados: se envolvían en telas impregnadas de especias o perfumes y se depositaban en los nichos, que se sellaban después con losas de mármol, terracota o simplemente yeso. En los nichos sellados se grababa a veces el nombre, la edad, una invocación de paz o una imagen simbólica.

En los puntos de intersección de las galerías, o en los espacios donde la roca permitía una excavación más amplia, se creaban las cubiculae —cámaras funerarias de las familias más distinguidas— y los arcosolios —nichos con arco superiores en los que podían enterrarse varias personas. Los frescos que decoran estas cámaras son, en muchos casos, los ejemplos más antiguos de arte cristiano que se conservan en el mundo.

El mito del escondite: por qué los primeros cristianos no se ocultaban en las catacumbas

La imagen de los cristianos refugiándose en las catacumbas de la persecución romana es uno de los malentendidos históricos más persistentes de la historia del Occidente cristiano. Tiene su origen en una mezcla de literatura edificante medieval, novelas del siglo XIX de ambientación romana y una industria turística que durante mucho tiempo se benefició de presentar el lugar como escenario de una aventura romántica de fe y martirio.

La realidad histórica es considerablemente menos dramática y más interesante. Las persecuciones romanas del Cristianismo fueron esporádicas, no sistemáticas. Durante los primeros dos siglos de la era cristiana, el Imperio Romano tenía muy poco interés en perseguir a los cristianos como grupo: lo que preocupaba a los funcionarios romanos era el orden público, no las creencias privadas. Las persecuciones que conocemos —la de Nerón tras el incendio de Roma en el 64, la de Decio en el 250, la de Valeriano en el 257, la gran persecución de Diocleciano a principios del siglo IV— fueron episodios acotados en el tiempo, motivados por consideraciones políticas específicas, no una campaña continua de exterminio.

Las catacumbas eran conocidas por las autoridades romanas. No estaban ocultas. Los propietarios del terreno sobre el que se excavaban —que en las primeras épocas eran familias romanas paganas que cedían o vendían el uso del subsuelo a las comunidades cristianas o judías— tenían que registrarse ante las autoridades locales. Los cementerios eran lugares públicos en el sentido de que estaban abiertos a los miembros de la comunidad, aunque no al público general.

Lo que se hacía en las catacumbas era enterrar a los muertos y venerar su memoria. Las comunidades cristianas del siglo II y III se reunían en torno a las tumbas de sus mártires y sus santos en los aniversarios de su muerte para celebrar la Eucaristía y compartir una comida. Esta práctica del agape —la comida de amor fraterna asociada a la liturgia cristiana primitiva— estaba estrechamente vinculada a los cementerios porque los muertos, en la teología cristiana primitiva, eran compañía, no ausencia: estaban durmiendo a la espera de la resurrección, y la comunidad los incluía en sus celebraciones. Las mesas de piedra que se encuentran en algunas cámaras de las catacumbas —los mensa, sobre los que se depositaba comida y se derramaba vino durante estas celebraciones— son la evidencia física de esa práctica.

Las principales catacumbas: San Calixto, San Sebastián y Domitila

Roma tiene más de sesenta catacumbas conocidas, la mayoría en los alrededores de la ciudad. De ellas, solo un puñado están abiertas al público con regularidad, y tres destacan especialmente por su extensión, su conservación y la riqueza de su historia.

San Calixto: los papas del siglo III

Las Catacumbas de San Calixto, en la Via Appia Antica a unos 3 kilómetros de la Porta San Sebastiano, son las más extensas de Roma abierta al público: aproximadamente 20 kilómetros de galerías distribuidas en cuatro niveles de profundidad, con más de 500.000 enterramientos. El nombre viene del diácono Calixto, que fue nombrado por el papa Ceferino a principios del siglo III como administrador del cementerio y que después fue él mismo papa hasta su muerte en 222.

El elemento más famoso de San Calixto es la Cripta de los Papas, una cámara cuadrada en la que se encuentran sepulturas de varios obispos de Roma del siglo III. Los estudios arqueológicos del siglo XIX, liderados por Giovanni Battista de Rossi —el padre de la arqueología cristiana moderna, cuyas excavaciones sistemáticas de las catacumbas romanas a partir de 1850 transformaron el conocimiento del Cristianismo primitivo—, identificaron los restos de Fabiano, Lucio, Cornelio, Eutiquiano, Cayo y otros papas del período más intenso de las persecuciones imperiales. Las inscripciones en griego que los identifican —porque el griego era todavía la lengua litúrgica del Cristianismo romano en el siglo III— son de una sobriedad que contrasta con la pompa funeraria que rodeará a los papas medievales y modernos.

En la misma red de galerías de San Calixto se encontró originalmente la tumba de Santa Cecilia, la patrona de los músicos, antes de que sus restos fueran trasladados en el siglo IX a la Basílica de Santa Cecilia en Trastevere. La leyenda de Cecilia —una noble romana que convirtió a su marido y su cuñado al Cristianismo y que sufrió el martirio en el año 230 aproximadamente— es históricamente incierta en muchos detalles, pero la devoción a ella es de las más antiguas documentadas en la Iglesia romana. La estatua que se conserva en la basílica de Trastevere, obra de Stefano Maderno de 1600, representa el cuerpo de la santa en la posición exacta en que fue encontrado cuando se abrió su sarcófago en 1599: tumbada de lado, con la cabeza ladeada, los dedos extendidos. Es una de las imágenes más poderosas del arte barroco romano, y su historia comienza aquí, en estas galerías.

San Sebastián: los grafitos de los apóstoles

Las Catacumbas de San Sebastián están adyacentes a las de San Calixto en la Via Appia Antica, aunque son administrativamente distintas y tienen su propia basílica sobre el nivel del suelo —una de las siete basílicas mayores de Roma, también llamada ad catacumbas, "junto a las catacumbas". El nombre viene del mártir del siglo III cuya tumba se encontraba aquí y cuya historia —fue asaeteado por orden de Diocleciano, sobrevivió, fue capturado de nuevo y ejecutado definitivamente— es una de las más representadas en el arte occidental.

El dato histórico más fascinante de San Sebastián no es la tumba del mártir sino una evidencia arqueológica que no tiene equivalente en ningún otro lugar del mundo. En una de las cámaras del nivel superior se conservan cientos de grafitos del siglo III que invocan a los apóstoles Pedro y Pablo: Petre et Paule in mente habete... —"Pedro y Pablo, tened en mente..."— seguidos de peticiones de intercesión por los vivos o los muertos.

La razón de esta concentración de invocaciones a Pedro y Pablo en este lugar específico es uno de los debates más ricos de la arqueología paleocristiana. Una tradición antigua, documentada en el siglo IV, afirma que los restos del apóstol Pedro y del apóstol Pablo fueron trasladados temporalmente a San Sebastián durante la persecución de Valeriano (257-260), cuando la amenaza de profanación de los lugares de culto era real. Si esta tradición es histórica —y hay argumentos serios tanto a favor como en contra— entonces las catacumbas de San Sebastián fueron durante algunos años el repositorio de las reliquias más sagradas del Cristianismo occidental, antes de ser devueltas a sus lugares originales: San Pedro al Vaticano y San Pablo a la via Ostiense.

Domitila: la basílica bajo tierra

Las Catacumbas de Domitila, en la Via delle Sette Chiese, son las más extensas de Roma con aproximadamente 17 kilómetros de galerías en varios niveles, aunque solo una fracción está abierta al público. El nombre viene de Flavia Domitila, una aristócrata romana de la familia imperial —sobrina de los emperadores Vespasiano y Domiciano— que era cristiana y que según la tradición cedió su propiedad para el cementerio a finales del siglo I.

El elemento arquitectónico más extraordinario de Domitila es la basílica paleocristiana excavada en el interior del terreno, construida en el siglo IV sobre la tumba de los mártires Nereo y Aquileo. Es una de las pocas estructuras de este tipo que se conservan en las catacumbas: un edificio de tres naves con ábside, construido dentro de la tierra para protegerlo de las persecuciones y quizás también para aprovechar la temperatura constante del subsuelo. Las columnas originales del siglo IV todavía se levantan en el interior, separando las naves.

Los frescos de Domitila están entre los más variados y mejor conservados de todas las catacumbas romanas. Los más antiguos datan del siglo II y muestran escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento: la historia de Noé, de Jonás, del Buen Pastor —una de las imágenes más tempranas de Cristo en la iconografía cristiana. Un fresco del siglo IV representa a Veneranda, una mujer cristiana, siendo conducida al cielo por Santa Petronila, una figura cuya historicidad es discutida pero cuya devoción es de las más antiguas atestadas en Roma. Los frescos de este tipo son documentos únicos sobre la composición social de las primeras comunidades cristianas: mujeres, libertos, esclavos, artesanos, junto a miembros de la clase senatorial como Domitila. El Evangelio no distinguía, al menos en el cementerio.

La Via Appia Antica: el camino más antiguo de Roma

Las catacumbas de San Calixto, San Sebastián y Domitila se encuentran todas en el tramo inicial de la Via Appia Antica, la primera gran calzada del Imperio romano, construida en el año 312 a.C. por el censor Apio Claudio Craso —que le dio su nombre— para conectar Roma con Capua. Más tarde se extendió hasta Brindisi, en el extremo del tacón de Italia, convirtiéndose en la principal ruta hacia el Mediterráneo oriental. Los romanos la llamaban Regina Viarum: la Reina de las Calzadas.

El tramo que se conserva hoy fuera de la Porta San Sebastiano es uno de los espacios históricos más extraordinarios de los alrededores de Roma. Los adoquines originales de basalto volcánico, colocados hace veintitrés siglos, siguen en su lugar en amplias secciones del camino. Los pinos piñoneros que flanquean la vía —algunos de ellos centenarios— crean una bóveda vegetal que filtra la luz de una manera que parece diseñada para la meditación. A ambos lados del camino, los restos de los monumentos funerarios que las familias romanas construyeron durante siglos para ser recordados por quienes pasaran: bases de tumbas, columnas truncadas, frisos, epitafios. La Via Appia Antica es, en ese sentido, el mayor cementerio al aire libre de Roma: kilómetros de tumbas que van desde simples nichos de libertos hasta mausoleos monumentales de la aristocracia republicana.

La administración local cierra la via Appia Antica al tráfico los domingos: el camino se convierte en peatonal y ciclable, lo que lo transforma en uno de los paseos más extraordinarios posibles en los alrededores de Roma. Caminar o pedalear por los adoquines romanos entre los pinos y las ruinas un domingo de primavera, con las catacumbas visitables en los tramos iniciales, es una de esas experiencias que no se puede fabricar: requiere exactamente el lugar correcto y el formato correcto, y los romanos han tenido la sabiduría de preservarlos.

La visita: guías, horarios y lo que hay que saber

Las catacumbas romanas tienen una característica que las distingue de otros monumentos de la ciudad: no se pueden visitar de forma independiente. La visita es obligatoriamente guiada, por razones que tienen tanto de seguridad como de preservación: el laberinto de galerías es literal —perderse sin conocer la red es posible y peligroso— y la concentración de visitantes sin control podría dañar irreparablemente los frescos y las estructuras.

Las visitas guiadas son generalmente grupos de veinte a treinta personas con un guía que explica en varios idiomas el contexto histórico y señala los elementos más importantes del recorrido. La calidad de los guías varía, pero los de las catacumbas gestionadas directamente por las comunidades religiosas —San Calixto es administrada por la Comunidad Salesiana, Domitila por los padres del Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana— suele ser alta: conocen el material con la profundidad de quien ha estudiado estos lugares específicamente.

Cada catacumba tiene su horario y precio independiente, y están cerradas los miércoles como norma general. Los horarios varían según la temporada, y conviene verificar en las páginas web respectivas antes de planificar la visita. Los precios oscilan entre los 8 y los 12 euros por persona para la visita guiada estándar.

La temperatura en el interior es constante alrededor de los 14°C todo el año, lo que hace el interior fresco en verano y sorprendentemente templado en invierno. El calzado debe ser cómodo: los suelos de las galerías no son lisos y hay desniveles frecuentes.

Para quien visite más de una catacumba, puede resultar más eficiente dedicar una mañana o una tarde completa a la Via Appia Antica, combinando la visita a San Calixto con la de San Sebastián —están a escasos minutos a pie— y el paseo por los primeros kilómetros de la calzada romana. Domitila, ligeramente más lejos y menos conocida, es probablemente la que ofrece una experiencia más íntima y menos masificada de las tres.

Lo que las catacumbas ofrecen a quien llega con la disposición correcta no es tanto el espectáculo de los huesos —que en Roma es dominio de las catacumbas parisinas, no de las romanas— sino algo más quieto y más difícil de articular: la sensación de estar en los espacios donde una de las transformaciones culturales más grandes de la historia humana comenzó a tomar forma física. La inscripción de un nombre en griego en la pared de tufo. La imagen de un pez —el símbolo críptico de los primeros siglos. El sarcófago de un papa que murió durante una persecución y que no podía imaginar que cuatrocientos años después sus sucesores gobernarían el mundo occidental. El arte más antiguo de una tradición que duraría dos milenios. Todo eso está aquí, bajo la Via Appia Antica, esperando.