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La Última Cena de Leonardo: quince minutos para ver un fantasma
Leonardo pintó la obra más estudiada del mundo con la técnica equivocada. Empezó a deteriorarse mientras él aún vivía. Lo que se ve hoy es en parte una restauración de una restauración. Y sigue siendo extraordinario.
Milán es la ciudad más noreuropea de Italia, y quien llega a ella después de Roma, Florencia o Venecia lo nota de inmediato. El ritmo es diferente. La arquitectura es diferente. La relación de la ciudad con el turismo cultural es diferente: más eficiente, menos barroca, más parecida a la de cualquier capital económica del norte que a la de las ciudades del centro y el sur. Hay una seriedad funcional en la forma en que Milán gestiona su patrimonio que contrasta con el caos afectuoso de otras ciudades italianas.
Esa seriedad funcional es quizá lo más adecuado para albergar la obra más visitada, más estudiada, más reproducida y más dañada de la historia del arte. El Cenacolo Vinciano —la Última Cena de Leonardo— está en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie, en un barrio tranquilo al oeste del centro, y el sistema que regula su visita es el más estricto que existe para ningún monumento de Europa. Veinticinco personas. Quince minutos. Sin excepciones.
El encargo y la elección técnica¶
Ludovico Sforza, duque de Milán y señor de uno de los estados más poderosos de Italia, encargó la decoración del refectorio del convento entre 1494 y 1495. Leonardo da Vinci llevaba ya más de una década en Milán al servicio de Sforza. Tenía cuarenta y dos años y una reputación formidable por una serie de obras que, paradójicamente, incluía más proyectos sin terminar que obras completadas.
La elección del tema —la Última Cena, el momento del Evangelio de Juan en que Jesús anuncia que uno de sus doce apóstoles va a traicionarlo— era convencional para la decoración de un refectorio monástico. Los monjes comían sus comidas en silencio frente a la representación del momento en que Jesús compartió la última comida con sus discípulos. Era una tradición pictórica que los pintores del siglo XV habían interpretado docenas de veces.
Lo que no fue convencional fue la elección técnica. Un fresco tradicional se pinta sobre el enlucido húmedo de la pared: el pigmento se aplica cuando el yeso todavía está mojado, y al secarse queda integrado en la pared de manera permanente y duradera. El método tiene una limitación importante: hay que trabajar rápido, antes de que el yeso se seque, lo que impide las revisiones y los retoques y exige una ejecución directa que Leonardo no estaba dispuesto a aceptar.
Leonardo pintó en cambio sobre el enlucido seco. Preparó la pared con una capa de pez y mastique, y sobre ella aplicó el color con temples y aceites que le permitían trabajar despacio, revisar, añadir detalles, corregir lo que no le satisfacía. Era la técnica de la pintura de caballete aplicada a la pintura mural, y tenía una ventaja práctica enorme en términos de proceso. Su desventaja era que la adherencia no era permanente. El pigmento aplicado sobre yeso seco no se integra en la pared: descansa sobre ella. Y tarde o temprano empieza a desprenderse.
La Última Cena tardó entre cuatro y cinco años en completarse, de 1494 a 1498. En 1517 —diecinueve años después— el cardenal Luis de Aragón visitó el convento y su secretario anotó en su diario de viaje que la pintura ya empezaba a deteriorarse. Leonardo todavía vivía.
El instante que Leonardo eligió¶
La composición es una de las más estudiadas de la historia del arte, pero hay que verla para entender por qué.
Leonardo eligió el instante preciso en que Jesús pronuncia las palabras del Evangelio de Juan: «Uno de vosotros me va a traicionar». No el momento de la institución de la Eucaristía, que es el que otros pintores habían representado con más frecuencia. No el momento de paz y comunión que una escena de cena sugiere naturalmente. El momento de la ruptura: la afirmación que va a dividir el grupo, que va a provocar la reacción simultánea de doce hombres que no saben si el traidor es el de al lado o ellos mismos.
Leonardo pintó esa reacción. Cada uno de los doce apóstoles tiene una respuesta diferente a las palabras de Jesús, y Leonardo las organizó en cuatro grupos de tres que se articulan en torno a la figura central de Cristo. A la izquierda de Cristo: Bartolomé, Jacobo el Menor y Andrés, que reacciona con horror con las palmas abiertas. Junto a Cristo a la izquierda: Judas, que se retira hacia atrás con la bolsa de las monedas de plata en la mano, Pedro con el cuchillo, Juan con la cabeza inclinada. A la derecha de Cristo: Tomás señalando hacia arriba con el dedo —el gesto de la duda que Verrocchio pintó con la misma figura—, Jacobo el Mayor con los brazos abiertos, Felipe señalándose a sí mismo con las manos en el pecho como preguntando si es él el traidor. Y en el extremo derecho: Mateo, Tadeo y Simón en discusión entre ellos.
Judas no está separado del grupo, como en la mayoría de las representaciones anteriores que lo colocaban solo al lado opuesto de la mesa o en un espacio diferenciado. Está integrado, pero identificado por tres señales: la bolsa de plata, la mano que se extiende hacia el pan al mismo tiempo que la de Jesús (referencia a Mateo 26:23, «El que mete la mano conmigo en el plato, ese me entregará»), y la sombra que lo envuelve respecto a los apóstoles que le rodean.
La geometría de la composición¶
Todo converge en Cristo. Las líneas de los artesonados del techo, las tapicerías de las paredes, las dos ventanas del fondo que enmarcan su figura: Leonardo calculó la perspectiva para que el punto de fuga fuera exactamente la cabeza de Jesús. No una aproximación: el punto de fuga exacto. El espacio representado en la pared es una extensión del espacio real del refectorio: la mesa de la pintura es paralela a las mesas donde los monjes comían. Los apóstoles están sentados al mismo nivel que los comensales reales. Leonardo convirtió la comida de los frailes en una comida con Cristo.
La ventana central del fondo, detrás de la cabeza de Jesús, actúa como halo sin ser un halo: la luz natural del exterior ilumina la figura sin el artificio simbólico del disco dorado. Es la misma luz que entra por las ventanas reales del refectorio. La pintura y el espacio son continuos.
Quinientos años de daño¶
Lo que ocurrió después de 1498 es una historia de accidentes, negligencias y restauraciones, algunas de las cuales causaron más daño que los accidentes que pretendían reparar.
En 1652, los monjes del convento necesitaban un paso más cómodo entre la cocina y el refectorio. Abrieron una puerta en la pared exactamente debajo de la mesa de la pintura. Los pies de Jesús desaparecieron bajo el arco de la puerta, que todavía existe hoy.
En 1796 las tropas de Napoleón ocuparon Milán y usaron el refectorio como cuadra. Los soldados tiraban piedras a la pintura. Había, al parecer, una competición informal entre los soldados para acertar en la cara de los apóstoles.
En agosto de 1943 un bombardeo aliado destruyó buena parte del convento. El refectorio quedó en pie pero sin techo ni paredes laterales. La Última Cena estuvo expuesta a la lluvia, al sol y a las heladas durante casi tres años, protegida solo por unas telas y unas bolsas de arena que los voluntarios habían colocado antes de que cayeran las bombas.
Las restauraciones empezaron casi desde el principio. La primera documentada es de 1726, solo doscientos veintiocho años después de que se terminara la obra. A lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX hubo al menos seis intervenciones mayores. Algunas de ellas, especialmente las del siglo XVIII, repintaron áreas extensas sobre el original deteriorado con criterios estéticos propios de su época que no siempre coincidían con lo que Leonardo había pintado. Los restauradores del siglo XX tuvieron que trabajar en parte sobre restauraciones del XVIII.
La restauración más reciente, completada en 1999 tras veintún años de trabajo, retiró todas las intervenciones anteriores e intentó recuperar lo que quedaba del original. El resultado es una estimación honesta de lo que sobrevive: se calcula que entre el veinte y el ochenta por ciento de lo que se ve hoy no es de la mano de Leonardo. El rango de la estimación es amplio porque los expertos no se ponen de acuerdo, lo que dice algo sobre la complejidad del problema.
Los quince minutos¶
El sistema de acceso a la Última Cena es el más estricto de Italia. La sala de espera previa sirve de cámara de descompresión: el aire acondicionado y el sistema de filtrado de partículas del refectorio están diseñados para mantener una temperatura y una humedad constantes que reduzcan el deterioro. Veinticinco personas a la vez. Quince minutos. Cuando suena el aviso, hay que salir aunque uno no haya terminado de mirar.
Las entradas se abren tres meses antes en el sitio web oficial y se agotan en horas —en ocasiones, en minutos. Esto no es hipérbole. Quien no reserva con antelación no puede ver la Última Cena. Algunos tours especializados tienen acceso asignado y pueden ser la única alternativa para quien no encontró entradas directas.
Quince minutos frente a una obra que lleva cinco siglos deteriorándose, sabiendo que lo que se ve es una reconstrucción de una reconstrucción de algo que empezó a deshacerse mientras su autor todavía vivía. La paradoja es parte de la experiencia. Lo que Leonardo quiso hacer con la técnica equivocada, lo que sobrevivió a los soldados de Napoleón y a las bombas de la Segunda Guerra Mundial, lo que veinte restauradores tardaron veintiún años en estabilizar: sigue produciendo una respuesta que ninguna reproducción prepara. La calidad de la atención que esos quince minutos generan no tiene equivalente en ninguna visita de museo convencional.
La restricción es el regalo.
Información práctica¶
Cómo llegar
- El refectorio de Santa Maria delle Grazie está en la Piazza di Santa Maria delle Grazie 2, en el barrio de Magenta, a unos veinte minutos a pie desde el Duomo de Milán
- El metro más cercano es la línea M1 (roja), parada Conciliazione; desde allí son cinco minutos caminando
- El tranvía 16 y el autobús 18 también tienen parada en las inmediaciones
Reservas: imprescindibles
- Las entradas se venden exclusivamente con reserva previa en el sitio oficial (cenacolovinciano.vivaticket.it); no hay venta en taquilla el mismo día
- Las reservas se abren con tres meses de antelación; en temporada alta (todo el año, prácticamente) se agotan en pocas horas del día de apertura de la venta
- Si no hay entradas disponibles en la web oficial, algunas empresas de tours culturales tienen cupos propios; son más caras pero pueden ser la única alternativa
- Llegar tarde invalida la reserva; hay que estar en el punto de recogida de entradas al menos quince minutos antes del horario asignado
Horarios
- Martes a domingo, de 8:15 a 19:00 (última entrada a las 18:45); cerrado los lunes
- Cerrado el 1 de enero, el 1 de mayo y el 25 de diciembre
La visita
- Son veinticinco personas durante quince minutos; no hay excepciones al tiempo máximo
- Está prohibido llevar mochilas grandes al interior; existe consigna en el acceso
- La fotografía sin flash está permitida desde 2016
Qué ver además
- La iglesia de Santa Maria delle Grazie, cuyo coro fue diseñado por Bramante, forma parte del mismo conjunto; la entrada es gratuita y el interior merece quince minutos adicionales
- El Museo del Novecento, en la Piazza del Duomo, es el mejor museo de arte del siglo XX en Milán y un complemento interesante para quien quiere ver cómo evolucionó la pintura italiana después del Renacimiento
- La terraza del Duomo de Milán, a veinte minutos a pie, es la experiencia más inesperada de la ciudad: pasear entre las gárgolas y las agujas góticas a setenta metros de altura es el argumento más convincente para no ignorar Milán como destino