
Los mejores miradores de Roma: dónde ver la ciudad desde arriba (y cuáles son gratis)
Roma se construyó sobre siete colinas y esa es la mejor noticia para el viajero: hay miradores por todas partes y la mayoría son gratuitos. Estos son los que merecen el desvío y la hora exacta a la que hay que ir a cada uno.
Hay ciudades que se entienden caminándolas y ciudades que hay que ver desde arriba para que encajen. Roma es de las segundas, y no por casualidad: se levantó sobre siete colinas y todavía funciona con esa topografía, así que cada pocos cientos de metros aparece un desnivel desde el que la ciudad se ordena de golpe. Yo he encontrado en los miradores de Roma algunos de los mejores momentos de mis dos visitas, y casi todos ellos fueron gratuitos y casi ninguno estaba en la lista que llevaba preparada.
La otra buena noticia es que Roma tiene una regla urbanística que juega a favor: no hay rascacielos en el centro histórico. Eso significa que el perfil que ves desde cualquier altura es esencialmente el mismo que veía Piranesi, un mar de tejados de terracota y cúpulas del que emerge San Pedro dominando el horizonte al oeste. No es una vista de ciudad moderna. Es una vista de ciudad antigua, y eso es rarísimo en una capital europea de tres millones de habitantes.
Van ordenados por lo que a mí me parece su valor real, no por su fama.
El Giardino degli Aranci, en el Aventino¶
Si solo puedes subir a un mirador de Roma, sube a este. Es un jardín pequeño en lo alto de la colina del Aventino, plantado de naranjos amargos, con una terraza al fondo que se asoma sobre el Tíber y el centro histórico. Desde ahí Roma se despliega hacia el norte: los tejados rojos escalonados, las cúpulas de media docena de iglesias y, cerrando el horizonte, la de San Pedro.
Tiene tres virtudes que ningún otro mirador de la ciudad reúne a la vez. Es gratuito y está abierto en horario amplio. Está fuera del circuito principal, así que incluso al atardecer sigue teniendo una escala humana y se puede uno sentar en un banco sin pelearse por el sitio. Y huele a naranjo amargo, que no es el olor dulce que uno espera sino algo más áspero y particular que se queda asociado al recuerdo del sitio.
La hora es el atardecer, sin discusión, porque el sol se pone justo detrás de San Pedro y la vista se orienta exactamente hacia ahí. Llega media hora antes de la puesta de sol y quédate a ver cómo cambia. Al lado está la Basílica de Santa Sabina, del siglo V, que tiene las puertas de madera con relieves más antiguas que se conservan en Roma; cierra pronto, así que si quieres verla ve antes que al jardín.
A pocos metros, en la Piazza dei Cavalieri di Malta, está el famoso ojo de la cerradura del priorato de los Caballeros de Malta, que encuadra la cúpula de San Pedro al final de un seto recortado. Suele haber cola de gente esperando su turno para mirar por un agujero, que es una de las escenas turísticas más absurdas y más simpáticas de Roma. Merece la pena hacerla si no es muy larga.
Las terrazas del Vittoriano¶
El Monumento a Vittorio Emanuele II, ese mamotreto de mármol blanco que los romanos llaman «la máquina de escribir» o «la tarta de bodas», tiene la mejor vista del centro histórico y una parte de ella es gratis.
Conviene distinguir dos cosas que se confunden constantemente. Las terrazas intermedias del monumento son de acceso libre y ya dan una panorámica excelente sobre los Foros, la Via del Corso y las cúpulas del centro. Por encima está la Terrazza delle Quadrighe, a unos ochenta metros sobre la Piazza Venezia, a la que se sube en un ascensor panorámico acristalado que tarda medio minuto y que es de pago, con la tarifa en torno a los diez euros según la combinación que elijas, porque hay entradas que incluyen también el Palazzo Venezia.
¿Compensa pagar? Depende de tu presupuesto y de cuántos miradores vayas a hacer. La diferencia entre la terraza gratuita y la de arriba es real pero no abismal, y con tres o cuatro miradores gratuitos disponibles en la ciudad, yo lo pondría al final de la lista de prioridades. Si vas a hacer solo uno de pago, prefiero la cúpula de San Pedro.
La virtud del Vittoriano es su posición: está en el centro geométrico exacto del casco antiguo, así que desde ahí se orientan de golpe todos los monumentos que llevas vistos. Es el mirador que mejor funciona a mitad de viaje, no al principio, porque necesita que ya reconozcas lo que estás mirando.
El mirador lateral del Campidoglio¶
Este es un secreto a voces que mucha gente se pierde por diez metros. Justo detrás de la Piazza del Campidoglio, la plaza que Miguel Ángel diseñó para recibir a Carlos V en 1536, hay un pasaje lateral a la izquierda del Palazzo Senatorio que desemboca en una balconada sobre el Foro Romano.
Desde ahí se ve el Foro entero desde arriba, con el Coliseo al fondo y los arcos de triunfo alineados a lo largo de la Vía Sacra. Es gratuito, está abierto siempre y es la mejor manera de entender la planta del Foro, algo que desde dentro resulta casi imposible porque se camina entre restos sin perspectiva. Mi consejo: si vas a visitar el Foro, sube aquí antes, no después. La visita cambia por completo cuando ya sabes qué estás pisando.
La luz de la mañana es la buena, porque el sol entra de frente sobre las ruinas.
La Terraza del Pincio¶
El Pincio es la terraza que cierra el parque de Villa Borghese por el suroeste y que se asoma sobre la Piazza del Popolo, justo abajo, con su obelisco egipcio del siglo XIII a.C. en el centro y las dos iglesias gemelas en el extremo sur. Por encima de los tejados, otra vez San Pedro cerrando el horizonte.
Es gratuito, es amplio y encaja de forma natural en el recorrido si vas a la Galería Borghese, porque se llega paseando por el parque en unos veinte minutos desde el museo. Al atardecer se llena mucho y se convierte en el sitio de encuentro de media Roma joven; a media mañana está tranquilo y la luz sobre la plaza es mejor para fotografiar.
A cinco minutos, en lo alto de la escalinata de la Trinità dei Monti, hay otro balcón sobre los tejados del centro que también merece la pena. Aviso práctico: desde 2019 está prohibido sentarse en los peldaños de la escalinata y hay vigilantes que multan. Se sube, se baja, se para uno un momento, pero no se acomoda.
El Gianicolo, el mirador que los romanos consideran suyo¶
El Janículo no es una de las siete colinas históricas de Roma, y quizá por eso se ha librado en parte del turismo de masas. Está encima del Trastevere, en la orilla derecha del Tíber, y su paseo panorámico ofrece la vista más completa y más ancha de todo el centro histórico: se ve la ciudad entera desplegada de norte a sur, con las cúpulas emergiendo del tejido de tejados.
Es gratuito, está abierto las veinticuatro horas y tiene una particularidad que conviene conocer: todos los días al mediodía se dispara un cañonazo desde la terraza, una tradición que arranca del siglo XIX y que servía para sincronizar las campanas de las iglesias de Roma, que hasta entonces tocaban cada una a su aire. Sigue disparándose puntualmente y sigue sobresaltando a todo el que no lo esperaba.
La subida desde el Trastevere es una cuesta seria de veinte minutos, y esa es la razón por la que hay menos gente. Si combinas el Gianicolo al final de la tarde con una cena en el Trastevere justo debajo, tienes una de las mejores tardes posibles en Roma.
La cúpula de San Pedro¶
Es el mirador de pago que sí merece cada céntimo. Cuesta ocho euros subiendo los quinientos cincuenta y un escalones a pie o diez usando el ascensor para el primer tramo, y en ambos casos quedan trescientos veinte escalones obligatorios por una escalera de caracol que se va estrechando y se va inclinando siguiendo la curvatura de la cúpula, con una cuerda a la que agarrarse al final. No es apta para claustrofóbicos ni para quien tenga problemas de movilidad. Se compra en taquilla dentro de la basílica, no por internet.
Arriba hay una panorámica de trescientos sesenta grados, con la columnata de Bernini y la plaza a los pies, los Jardines Vaticanos detrás y todo el centro histórico al otro lado del río. Pero lo que a mí más me impresionó está a mitad de camino: el balcón interior desde el que se ve la nave de la basílica desde arriba, con el baldaquino de Bernini reducido a una pieza pequeña ahí abajo. Es lo que de verdad transmite la escala del edificio.
Tiene una desventaja que hay que asumir: es el único mirador de Roma desde el que no se ve la cúpula de San Pedro, que es precisamente el elemento que ordena todas las demás vistas de la ciudad. Por eso funciona mejor como complemento que como mirador único.
El Castillo de Sant'Angelo y otras alturas¶
Las terrazas del Castel Sant'Angelo, la mole circular que Adriano construyó como mausoleo en el siglo II y que los papas convirtieron en fortaleza, dan una vista excelente sobre el Tíber, el Vaticano en primer plano y el centro al otro lado. Es de pago, dentro de la entrada del museo, y encaja bien si de todos modos ibas a visitarlo. Si no, la estampa desde el Ponte Sant'Angelo, con los ángeles de Bernini alineados a ambos lados y el castillo al fondo, es gratis y también es Roma en estado puro.
El Monte Palatino merece una mención propia aunque no se venda como mirador: desde el borde sur de la colina, incluido en la entrada del Coliseo, hay una vista completa del Circo Máximo que explica de un vistazo la relación entre el palacio imperial y el hipódromo que tenía a sus pies.
Y luego está la categoría de las azoteas de hotel, esas terrazas con bar donde el mirador se paga en forma de cóctel de quince euros. Hay varias en el centro y algunas tienen vistas espectaculares. No las voy a nombrar porque abren, cierran y cambian de manos con frecuencia, pero si te apetece la experiencia, busca las que están en la zona del Panteón y de la Via Veneto, y ve al atardecer con reserva.
Cómo repartirlos según tu tiempo¶
Si solo tienes un día, sube al Vittoriano por la tarde, cuando ya reconozcas lo que estás viendo, y deja que ese sea tu mirador.
Con dos días, la combinación que yo haría es el balcón del Campidoglio sobre el Foro por la mañana del primero y el Giardino degli Aranci al atardecer del segundo, después de bajar del Vaticano por la orilla del Tíber. Son los dos gratuitos y los dos mejores.
Con tres días, añade el Pincio la mañana que vayas a la Galería Borghese y, si el cuerpo aguanta, la cúpula de San Pedro el día del Vaticano. El Gianicolo lo dejaría para una cuarta jornada o para quien vaya a cenar al Trastevere con ganas de subir la cuesta antes.
Y una recomendación transversal que vale para todos: la luz de Roma al atardecer es de un dorado muy particular, por el color de la piedra travertina y de los ladrillos, y cualquiera de estos miradores mejora un cincuenta por ciento en la media hora anterior a la puesta de sol. Si tienes que elegir un momento del día para gastar en vistas, es ese.