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Cupula de La Galleria Vittorio Emanuele II

Destinos · Italia · Norte de Italia

Qué ver en Milán en 1 día: itinerario completo y qué reservar con meses de antelación

Milán tiene fama de ciudad de paso y de aeropuerto, y es injusta. Un día bien planteado da para el Duomo por arriba, un castillo, la basílica más antigua de la ciudad y una cena junto a un canal. Esto es lo que hay que reservar y en qué orden.

Lectura de 10 minutos

Milán arrastra una mala fama que no termina de merecer. Se la despacha como la ciudad de los negocios, la moda y el aeropuerto, el sitio por el que se pasa camino de otra cosa, y hay algo de verdad en el diagnóstico: es más europea que italiana, tiene menos postal por metro cuadrado que Florencia o Venecia y su centro es una mezcla de arquitectura histórica y edificios de posguerra que no siempre casan.

Pero también tiene la catedral gótica más grande de Italia, una de las obras maestras absolutas de la historia de la pintura, un castillo enorme en pleno centro y, sobre todo, una experiencia que yo pondría en el podio de todo lo que se puede hacer en el país: caminar por las terrazas del Duomo, entre pináculos y gárgolas, a setenta metros de altura sobre la plaza.

Con un día se ve lo esencial de Milán bastante mejor de lo que se ve lo esencial de Roma en el mismo tiempo, porque la ciudad es compacta y tiene un metro que funciona de verdad.

Lo que hay que reservar, y con cuánta antelación

Aquí hay una reserva que no se parece a ninguna otra en Italia y que conviene entender bien.

La Última Cena de Leonardo, el Cenacolo Vinciano, se visita en turnos cronometrados de quince minutos con un máximo de unas cuarenta personas. La reserva es obligatoria siempre, para todo tipo de entrada, incluidas las gratuitas. La entrada oficial cuesta quince euros y se compra en la web del Cenacolo Vinciano, pero las plazas no salen a la venta de forma continua: se publican por tandas trimestrales, con varios meses de antelación, y se agotan en cuestión de minutos. El museo cierra los lunes.

Si has planificado el viaje con mucho margen y estás pendiente el día que abren la venta, quince euros. Si no, la alternativa realista son las visitas guiadas de operadores, que tienen cupo propio y suelen costar entre sesenta y setenta euros con la entrada incluida. Es mucho dinero por quince minutos, y es la única manera de verlo cuando lo oficial está agotado. Decide con antelación si esa es una prioridad para ti, porque condiciona todo el día.

El Duomo y las terrazas también van con franja horaria reservada, aunque con muchísima menos presión: basta con comprarlo unos días antes. El pase combinado que incluye catedral, terrazas y museo ronda los veintidós euros por escaleras y los veintiséis con ascensor; hay también entradas solo para las terrazas, algo más baratas, y una entrada solo de catedral sin subida. Las franjas de mañana de las terrazas son las primeras en agotarse.

Ojo con un detalle de calendario: el Museo del Duomo cierra un día a la semana y el Cenacolo cierra los lunes, así que si tu único día en Milán es lunes tienes que replantear el plan.

El Duomo, a primera hora

Empieza en la Piazza del Duomo antes de las nueve y media, que es cuando abren las terrazas.

La catedral se empezó en 1386 y no se dio por terminada hasta bien entrado el siglo XX, con la fachada rematada en época napoleónica y los últimos detalles en los años sesenta. Casi seis siglos de obra, y eso explica la mezcla de estilos y el hecho de que la Fabbrica del Duomo, la institución que la construye, siga existiendo y trabajando: la expresión milanesa lunga come la fabbrica del Duomo, larga como la obra de la catedral, se usa para cualquier cosa que no se acaba nunca.

Está construida en mármol de Candoglia, que llega desde una cantera del Piamonte que la catedral posee desde el siglo XIV y desde la que el material se transportaba por los canales de la ciudad. Tiene ciento treinta y cinco pináculos y más de tres mil estatuas, más que ningún otro edificio del mundo, y en la aguja principal, a ciento ocho metros, está la Madonnina dorada que es el símbolo de Milán y que durante décadas marcó por acuerdo tácito la altura máxima que podía tener cualquier edificio de la ciudad.

Del interior destaco dos cosas: las vidrieras, que son enormes y muy antiguas, y el San Bartolomé desollado de Marco d'Agrate, una escultura del siglo XVI que representa al apóstol con su propia piel arrancada colgando sobre los hombros como una capa, con toda la musculatura al aire. Es tan precisa anatómicamente como incómoda de mirar.

Pero la razón de venir es la de arriba. Lo he desarrollado aparte en el artículo sobre las terrazas del Duomo de Milán, porque merece su propio texto: en resumen, se sube por doscientos cincuenta escalones o en ascensor hasta el primer nivel, se camina por el tejado de mármol entre los pináculos y los arbotantes, y en un día despejado se ven los Alpes al norte. Es lo mejor de la ciudad y no hay discusión.

La Galleria Vittorio Emanuele II y La Scala

Justo al lado de la catedral está la Galleria Vittorio Emanuele II, que es lo que los milaneses llaman il salotto di Milano, el salón de la ciudad. Es una galería comercial cubierta en forma de cruz, construida entre 1865 y 1877 con estructura de hierro y cristal, con un pavimento de mosaico y una cúpula central de cuarenta y siete metros. Se considera el precursor de todos los centros comerciales del mundo, y es infinitamente más bonita que cualquiera de sus descendientes.

Dentro hay una tradición que no falla: en el suelo del octógono central, en el mosaico del escudo de Turín, hay un toro, y la costumbre dice que girar sobre el talón encima de sus atributos tres veces trae suerte. El mosaico está tan desgastado por décadas de gente girando que lo tienen que restaurar periódicamente. Es absurdo y lo hace todo el mundo.

Atravesando la galería se sale a la Piazza della Scala, con el Teatro alla Scala enfrente. La sorpresa del Teatro alla Scala es que por fuera no parece nada: es un edificio neoclásico sobrio, sin fachada monumental, que uno cruzaría sin mirar si no supiera lo que es. Y lo que es, es probablemente el teatro de ópera más importante del mundo, donde estrenaron Verdi, Puccini y Rossini. Se puede visitar el museo y, si no hay ensayo, asomarse a la sala desde un palco. Con un día, es opcional.

El Castello Sforzesco y el parque

Diez minutos andando hacia el noroeste por la Via Dante, una calle peatonal, se llega al Castello Sforzesco, la fortaleza de los duques de Milán, levantada en el siglo XV sobre una construcción anterior.

Aquí hay una noticia práctica excelente: entrar en los patios del castillo es gratuito. Se cruzan las murallas, se pasa bajo la torre del Filarete y se recorren los patios interiores sin pagar nada, y solo se cobra el acceso a los museos que alberga dentro. Si vas justo de tiempo, el paseo por los patios ya cumple.

Si te sobran cuarenta y cinco minutos y te interesa el arte, la visita que yo haría dentro es la Piedad Rondanini, la última escultura de Miguel Ángel, en la que trabajó hasta pocos días antes de morir con ochenta y ocho años y que dejó inacabada. No se parece a nada suyo: las figuras son alargadas, esquemáticas, casi abstractas, muy lejos del virtuosismo del David. Tiene su propia sala y suele estar tranquila.

Detrás del castillo se extiende el Parco Sempione, el gran parque de Milán, que termina en el Arco della Pace. Es un buen sitio para sentarse un rato si el día viene cargado.

Sant'Ambrogio, la Milán que estaba antes

A quince minutos del castillo está la Basílica de Sant'Ambrogio, y para mí es la parada que separa un día turístico de un día bien hecho.

La fundó el propio San Ambrosio, obispo de Milán y patrón de la ciudad, en el siglo IV, cuando Milán era capital del Imperio Romano de Occidente. El edificio actual es románico lombardo de los siglos XI y XII, con un atrio porticado delante que casi ninguna iglesia italiana conserva, dos campanarios de distinta altura y una fachada de ladrillo rojo austera y perfecta. Dentro está el altar de oro de Volvinio, del siglo IX, y en la cripta los restos del propio Ambrosio junto a los de dos mártires.

Es gratuita, casi nunca hay cola y es el edificio que mejor explica que Milán existía y era importante mil años antes de que tuviera nada que ver con la moda o los negocios.

Si te ha tocado turno de Última Cena, Santa Maria delle Grazie está a diez minutos andando de aquí, así que las dos cosas encajan de forma natural en la misma parte del día.

Los Navigli para terminar

Para el atardecer y la cena, coge el metro hasta Porta Genova y baja a los Navigli, los canales.

Milán tuvo una red de canales navegables que conectaba la ciudad con el Tesino y con los lagos, diseñada en parte con intervención de Leonardo da Vinci, que trabajó en el sistema de esclusas. Por esos canales llegó el mármol con el que se construyó el Duomo. La mayoría se cubrieron en los años treinta, pero quedan dos, el Naviglio Grande y el Naviglio Pavese, y sus orillas concentran hoy la vida nocturna de la ciudad.

A partir de las seis y media es la hora del aperitivo, que en Milán es una institución: pagas la bebida a un precio algo más alto de lo normal y el bar pone comida, en algunos sitios un bufé bastante serio. Es la manera local de cenar barato y es probablemente el mejor momento del día para entender cómo vive la ciudad realmente.

Cómo moverse

Milán tiene un metro de cinco líneas que funciona bien y que resuelve todos los desplazamientos del día. El billete sencillo urbano ronda los dos euros y medio, con abonos diarios que compensan a partir de tres o cuatro viajes; el sistema admite pago sin contacto con la tarjeta bancaria en los tornos, que es lo más cómodo.

El centro está dentro de la Área C, una zona de tráfico restringido de pago, así que si llegas en coche déjalo en un aparcamiento disuasorio junto a una estación de metro. Y hay tranvías históricos de los años veinte todavía en servicio en varias líneas, que son transporte real y una pequeña experiencia en sí mismos.

Lo que se queda fuera

La Pinacoteca di Brera, que tiene el Cristo muerto de Mantegna y una de las mejores colecciones de pintura del norte de Italia, y el barrio de Brera que la rodea, que es el más agradable de pasear de todo Milán. El Cementerio Monumental, que es un museo de escultura funeraria al aire libre y gratuito. El barrio de Porta Nuova con los rascacielos y el Bosco Verticale, si te interesa la arquitectura contemporánea. El Museo della Scienza e della Tecnologia, con las máquinas de Leonardo. Y las excursiones a los lagos, Como en primer lugar, que están a una hora de tren y que son la razón por la que mucha gente vuelve a Milán.

Con un día, Milán se ve. Con dos se disfruta. Y si el vuelo te deja aquí de paso camino de otro sitio, no cometas el error de quedarte en el aeropuerto: el centro está a media hora de tren y solo el tejado de la catedral ya justifica la escapada.