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El puente colgante de Clifton: cómo visitarlo y qué saber
El Clifton Suspension Bridge es el símbolo de Bristol y una de las pocas grandes obras de ingeniería europeas que se puede cruzar gratis a pie. Su historia empieza con un legado testamentario de 1753, la firmó un desconocido de veinticuatro años llamado Brunel y de aquí salió el puenting.
Un puente que empezó con un testamento¶
La historia del puente de Clifton no empieza con un ingeniero sino con un comerciante de vinos. En 1753, un tal William Vick dejó mil libras en su testamento con una condición extraña: que se invirtieran hasta que el capital alcanzara diez mil, y que solo entonces se usaran para construir un puente de piedra sobre el desfiladero del Avon. Tardó casi ochenta años en llegar a esa cifra.
En 1830, con el dinero por fin disponible, se convocó un concurso de diseño. Lo juzgaba Thomas Telford, el ingeniero más prestigioso del país, que rechazó todas las propuestas presentadas y colocó la suya propia, lo que provocó suficiente escándalo como para tener que convocar un segundo concurso. Ese lo ganó un desconocido de veinticuatro años llamado Isambard Kingdom Brunel. Fue su primer encargo importante y el arranque de la carrera que cambiaría la ingeniería británica.
Brunel no llegó a verlo terminado. Murió en 1859, con las obras paradas por falta de fondos, y fueron sus colegas del Institution of Civil Engineers quienes lo acabaron en 1864 como homenaje póstumo, reutilizando cadenas procedentes de otro puente suyo. El resultado son más de cuatrocientos metros de estructura, un vano de más de doscientos entre torres y una plataforma suspendida a setenta y cinco metros sobre la marea alta del Avon.
Cómo llegar y cuánto cuesta¶
Nada, si vas a pie. Los peatones cruzan gratis y a cualquier hora; los coches pagan un peaje simbólico en las casetas de los extremos. Es una de esas rarezas que uno agradece: una estructura tan fotografiada y tan icónica que sigue funcionando como vía de tránsito cotidiana y no como atracción con taquilla.
El puente está en el barrio de Clifton, en el noroeste de la ciudad, a unos treinta o cuarenta minutos andando desde el centro, todo cuesta arriba. Hay varias líneas de autobús que suben, con el billete sencillo por debajo o en torno a las tres libras y con la ventaja del sistema de tarificación por contacto, que limita lo que puedes gastar en un día entero de autobuses. Si vas andando, la subida más agradable es la que remonta desde el puerto por las calles residenciales de Hotwells, con fachadas de piedra de Bath en pendiente.
Los dos lados, que no son intercambiables¶
El error más común es cruzar el puente en una sola dirección, hacer la foto y volver por donde se ha venido. Los dos extremos ofrecen cosas distintas y merece la pena hacer el recorrido completo en ambos sentidos.
En el lado de Clifton, el este, está el barrio: calles georgianas, tiendas independientes, cafeterías y un ambiente residencial acomodado que no se parece a ningún otro sitio de Bristol. Ahí está también el mirador junto al observatorio, desde donde se obtiene la vista clásica del puente con el desfiladero por debajo, que es la imagen que sale en todas las guías. El observatorio en sí es de pago e incluye una cámara oscura y un túnel excavado hasta un balcón sobre el acantilado.
En el lado de Leigh Woods, el oeste, hay un centro de visitantes gratuito con la historia de la construcción, maquetas y la explicación de cómo se resolvió técnicamente el problema. Detrás empieza un bosque con senderos y miradores desde los que se ve el puente entero desde abajo y desde fuera, que es la perspectiva que no se consigue estando encima de él. Es un paseo de una hora larga y es la parte que casi nadie hace.
El detalle que a todo el mundo le gusta¶
De este puente salió el puenting moderno. El 1 de abril de 1979, cuatro miembros de un club universitario de Oxford dedicado a los deportes peligrosos se lanzaron desde el tablero atados con cuerdas elásticas y vestidos de esmoquin. Los detuvieron nada más terminar, pero la idea ya estaba lanzada y en pocos años se había convertido en una industria.
Es una anécdota que encaja bien con la ciudad. Bristol tiene esa relación entre la ingeniería victoriana más seria y una cultura urbana bastante dispuesta a hacer el ganso encima de ella, y el puente es donde las dos cosas se cruzan literalmente.
El desfiladero, que es la mitad del espectáculo¶
Conviene no mirar solo el puente. El Avon Gorge, la garganta que atraviesa, es una formación caliza de setenta y cinco metros de altura por la que el río discurre encajonado, y explica por qué construir aquí era tan difícil y tan necesario a la vez.
Abajo, el cauce tiene un aspecto que sorprende a mucha gente: buena parte del día se ve más barro que agua. Eso se debe a que el estuario del Severn, en el que desemboca el Avon, tiene una de las mayores carreras de marea del mundo, con más de doce metros de diferencia entre pleamar y bajamar. Ese mismo fenómeno es el que obligó a Bristol a construir su puerto flotante a comienzos del siglo XIX, porque los barcos amarrados quedaban varados sobre el fango dos veces al día.
Las paredes del desfiladero son además una reserva natural con especies vegetales que no crecen en ningún otro sitio de Gran Bretaña, y una escuela de escalada muy frecuentada. Si te asomas desde el puente en fin de semana, verás gente colgada de la roca.
Cuándo ir y qué esperar¶
La mejor luz es la de última hora de la tarde, cuando el sol cae por el lado de Leigh Woods e ilumina las torres desde el oeste. Por la noche el puente se ilumina con miles de puntos de luz y la vista desde el mirador de Clifton es espectacular, aunque para llegar hasta arriba a esa hora conviene contar con el autobús o con un buen calzado.
En cuanto a la afluencia, es el punto más visitado de Bristol y en fin de semana y en verano hay bastante gente, aunque la escala del sitio lo absorbe bien y nunca llega a sentirse masificado como otros iconos europeos. Hay una excepción que conviene conocer: durante las noches del festival de globos de agosto, el puente se cierra al tráfico y se llena por completo de espectadores, porque es uno de los mejores sitios de la ciudad para ver el espectáculo.
Y una recomendación de fondo: dedícale más tiempo del que tenías previsto. Es fácil despachar la visita en veinte minutos, y sin embargo entre el cruce en las dos direcciones, el centro de visitantes, el paseo por el bosque del lado oeste y un rato en el mirador se van dos horas largas que están entre las mejor invertidas del viaje.