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La fachada Tudor de Temple Meads, la terminal ferroviaria que Brunel diseñó en 1840 y la más antigua del mundo en pie

Destinos · Reino Unido · Bristol

El puerto flotante de Bristol y el rastro de Brunel

Bristol tuvo que domesticar su río para dejar de ser un puerto donde los barcos encallaban dos veces al día. De ese problema salió el Floating Harbour, y del mismo siglo salieron el puente colgante, la estación de tren más antigua del mundo en pie y el primer transatlántico de casco de hierro. Recorrido por la ingeniería que explica la ciudad.

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El problema: doce metros de marea

El Floating Harbour de Bristol no es el río. Es un sistema de dársenas de setenta hectáreas construido entre 1804 y 1809 para resolver un problema que estaba estrangulando el segundo puerto del país.

El estuario del Severn, en el que desemboca el Avon, tiene una de las mayores carreras de marea del mundo: el agua puede subir y bajar más de doce metros. Eso significaba que los barcos amarrados en Bristol quedaban dos veces al día apoyados sobre el fango del cauce, con el casco forzado por su propio peso y la carga desplazándose dentro de la bodega. Cargar y descargar era una carrera contra el reloj y las averías estructurales eran constantes.

De ahí viene, según la explicación que se repite en la ciudad, la expresión inglesa que equivale a decir que algo está perfectamente ordenado y atado al modo de Bristol: en este puerto todo debía ir estibado como para aguantar que el barco se tumbara. La etimología es discutida, como todas las etimologías pintorescas, pero el problema que describe era muy real.

La solución: desviar un río entero

La firmó el ingeniero William Jessop y consistió en algo que hoy parece desmesurado: excavar un canal nuevo de casi tres kilómetros, el New Cut, para desviar por él el curso del río con sus mareas, y convertir el cauce antiguo en un puerto interior cerrado por esclusas, con el nivel del agua constante. Los barcos quedaban siempre a flote, de ahí lo de flotante.

Costó unas seiscientas mil libras de la época, una cifra descomunal, y lo excavaron en buena parte prisioneros de guerra franceses. Durante todo el siglo XIX fue el corazón comercial de Bristol. Cuando los buques modernos se volvieron demasiado grandes para entrar por las esclusas, el tráfico se trasladó río abajo, a Avonmouth, y las dársenas quedaron vacías.

Esa es la historia que hoy se camina. Los almacenes reconvertidos concentran restaurantes, bares y espacios culturales, hay barcos amarrados de todos los colores, y el paseo por los muelles es probablemente el mejor rato que se puede pasar en la ciudad sin pagar nada. De noche, con las luces reflejadas en el agua quieta, tiene algo de irreal.

Cómo recorrerlo

A pie se hace la vuelta completa en unas dos horas largas, cruzando por los puentes peatonales según convenga. Es llano, algo poco habitual en Bristol, y está bien señalizado.

Hay además una alternativa que casi ningún visitante usa: los barcos que operan dentro del puerto funcionan como transporte público de verdad, con paradas repartidas por las dársenas, y permiten combinar desplazamiento y paseo. Conectan la zona del centro con el astillero histórico y con la estación de Temple Meads, y salen bastante a cuenta comparados con lo que costaría una excursión turística equivalente en cualquier otra ciudad.

Entre los puentes peatonales hay uno especialmente cargado de significado, el Pero's Bridge, inaugurado en 1999 y reconocible por los dos contrapesos con forma de cuerno. Lleva el nombre de Pero Jones, un hombre esclavizado en Nevis que fue traído a Bristol como sirviente de un comerciante local y murió aquí en 1798. Fue el primer monumento de la ciudad dedicado a una víctima concreta del comercio del que salió buena parte de esta riqueza.

El SS Great Britain

En el extremo occidental del puerto está el gran objeto de la ciudad. El SS Great Britain fue el primer transatlántico que combinó casco de hierro y propulsión por hélice, botado en Bristol en 1843 con diseño de Brunel, y en su momento el barco más grande del mundo. Hizo la travesía del Atlántico, después la ruta de emigrantes a Australia durante décadas, acabó como buque carbonero y terminó abandonado en las islas Malvinas, donde estuvo hundido hasta que en 1970 lo remolcaron de vuelta a Bristol en una operación extraordinaria.

Hoy se conserva en el mismo dique seco donde se construyó, y la solución museográfica es lo que hace especial la visita: el casco está bajo una cubierta de cristal y agua que simula la línea de flotación, de modo que desde arriba parece un barco a flote y desde abajo se camina bajo el casco, en un espacio deshumidificado que frena la corrosión del hierro.

La entrada ronda las veintitrés libras e incluye la nave, el astillero histórico y dos museos, uno de ellos dedicado al propio Brunel. Es la única atracción de pago realmente importante de Bristol y tiene una particularidad que conviene aprovechar: el billete permite volver durante un año entero, así que si estás varios días en la ciudad puedes entrar dos veces sin pagar de nuevo. Nosotros no llegamos a visitarlo y es lo que más lamento del viaje.

Temple Meads, la estación más antigua del mundo en pie

La tercera pieza del recorrido está a diez minutos del puerto y mucha gente la atraviesa sin mirarla, porque es la estación de tren por la que se llega a la ciudad o se sale hacia Bath.

La diseñó Brunel en 1840 como terminal del Great Western Railway, la línea que él mismo trazó entre Londres y Bristol. La parte original, hoy fuera de servicio y usada para otros fines, es la terminal ferroviaria más antigua del mundo que sigue en pie. Tiene una fachada Tudor que no es Tudor en absoluto, sino historicismo victoriano, y un techo de madera de treinta metros de luz sostenido por ménsulas de hierro colado, imitando deliberadamente la estructura de un salón medieval. Es más catedral industrial que estación. El edificio en uso, con sus arcos curvos, es la ampliación de 1878.

Merece la pena llegar quince minutos antes del tren solo para dar una vuelta por fuera y por el vestíbulo antiguo.

Un ingeniero con una ciudad como banco de pruebas

Isambard Kingdom Brunel llegó a Bristol con veinticuatro años para construir un puente y acabó dejando aquí tres de las obras que definen su carrera: el Clifton Suspension Bridge, que no vivió para ver terminado; el Great Western Railway con su terminal de Temple Meads; y el SS Great Britain. Puente, ferrocarril y barco: la idea era que un pasajero pudiera comprar un billete en Londres, llegar en tren a Bristol y embarcar hacia Nueva York en el mismo sistema integrado.

Recorrer las tres cosas en un día es una de las mejores jornadas temáticas que ofrece la ciudad, y funciona geográficamente porque están las tres alineadas a lo largo del agua. Empieza por Temple Meads a primera hora, sigue el puerto hacia el oeste con parada larga en el SS Great Britain, continúa el paseo por los muelles hasta Hotwells y termina subiendo al puente de Clifton con la luz de la tarde.

Y una advertencia sobre el relato: es fácil contar todo esto como una épica victoriana de progreso e ingenio, que en parte lo es. Pero el puerto que Jessop domesticó y que Brunel modernizó era el mismo del que zarparon más de dos mil expediciones esclavistas entre finales del siglo XVII y comienzos del XIX. Los museos municipales de la ciudad, que son gratuitos, lo cuentan sin eufemismos, y merece la pena pasar por ellos para que el paseo por los muelles tenga las dos capas.