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El Kina Slott, el pabellón chino de Drottningholm, con su tejado verde y su fachada rosa entre los jardines

Destinos · Suecia · Estocolmo

Drottningholm: excursión de un día desde Estocolmo

A diez kilómetros del centro de Estocolmo, en una isla del lago Mälaren, está el palacio real mejor conservado del siglo XVIII en Europa, con un teatro de corte de 1766 cuya maquinaria escénica original sigue funcionando y un pabellón chino levantado como regalo de cumpleaños. Es Patrimonio de la Humanidad y se llega en barco desde el centro.

Lectura de 7 minutos

Casi todos los grandes palacios europeos han sido reformados sin descanso: redecorados según la moda de cada siglo, ampliados por cada generación de monarcas o alterados por restauraciones bienintencionadas. Drottningholm es la excepción, y esa es la razón de que la UNESCO lo declarara Patrimonio de la Humanidad en 1991, el primer bien sueco en obtener la distinción.

Está en la isla de Lovön, a unos diez kilómetros al oeste del centro de Estocolmo, y es la residencia privada de la familia real sueca desde 1981. El ala que ocupan el rey Carlos XVI Gustavo y la reina Silvia está cerrada al público, pero el resto —los apartamentos de gala, el teatro de corte, el pabellón chino y el conjunto de jardines— se visita con normalidad. Es la mejor excursión de un día que ofrece Estocolmo y la razón principal para estirar el viaje hasta los tres días.

Cómo llegar: el barco frente al metro

Hay dos formas de llegar y no son equivalentes en absoluto.

La primera, y la que recomiendo sin dudar si el viaje es en temporada, es el barco. Los vapores de Strömma salen del muelle junto al Ayuntamiento y tardan unos cincuenta minutos en cruzar el Mälaren, con salidas aproximadamente de mayo a septiembre. El trayecto no es un traslado: es parte de la visita. Se atraviesa esa geografía de islas, canales y bosques que define el archipiélago, con casas de verano de madera roja desperdigadas entre la vegetación, y el palacio se va revelando poco a poco al otro lado del agua. Cuesta más que el transporte público, pero es dinero bien gastado.

La segunda es la combinación de metro y autobús: línea verde hasta Brommaplan y desde allí un autobús que deja en la entrada. Es mucho más barata —entra dentro del billete normal de SL— y bastante más rápida, unos cuarenta minutos en total. Es la opción sensata fuera de temporada de barco o si el presupuesto aprieta.

Una fórmula que funciona muy bien es ir en barco y volver en autobús: se disfruta la llegada por el agua, que es lo que merece la pena, y se ahorra tiempo y dinero en el regreso.

Los jardines: un manual de paisajismo europeo

Merece la pena empezar por fuera, porque los jardines son gratuitos y están abiertos todo el año, incluso cuando el palacio tiene horario reducido.

El conjunto tiene dos partes que responden a dos épocas y a dos maneras opuestas de entender la naturaleza. El jardín barroco, diseñado en el siglo XVII siguiendo el modelo francés, es pura geometría: perspectivas simétricas, parterres, estanques alineados y esculturas colocadas para completar una composición que solo se lee entera desde la terraza del palacio. Es la naturaleza sometida a la razón.

El jardín inglés se añadió en el siglo XVIII, cuando el gusto europeo cambió y la geometría pasó de moda. Aquí todo parece espontáneo —senderos curvos, agrupaciones de árboles aparentemente casuales, estanques de forma irregular— aunque cada curva esté calculada para producir un efecto escénico determinado. Es la naturaleza fingiendo ser naturaleza.

Caminar de uno a otro en la misma mañana es recorrer un cambio de mentalidad completo en la historia europea. La parte inglesa, más alejada y menos visitada, es además la más tranquila del conjunto.

El palacio: poder con acento escandinavo

Los apartamentos de gala conservan la decoración original del siglo XVIII: tapices franceses, mobiliario dorado, techos pintados al fresco, una galería de pintura flamenca y holandesa. Las salas de representación hablan de la época en que Suecia era una gran potencia europea, cuando el Imperio sueco dominaba los territorios del Báltico entre 1611 y 1721.

La comparación con Versalles es inevitable y se hace constantemente —lo llaman el Versalles del norte—, pero solo funciona en cuanto al tamaño y la ambición paisajística. El espíritu es distinto: hay una contención en la forma de exhibir el poder que resulta característicamente escandinava. Menos oro por metro cuadrado y más luz.

La visita a los apartamentos lleva alrededor de una hora u hora y media. Fuera de temporada el palacio abre en horario reducido y solo determinados días, así que en invierno hay que comprobarlo antes de plantear la excursión.

El teatro de corte, la joya que casi nadie espera

Si hay una razón para venir a Drottningholm por encima de las demás, es esta. El Drottningholms Slottsteater se construyó en 1766 por encargo de la reina Luisa Ulrica y se conserva prácticamente intacto, lo que lo convierte en el teatro histórico mejor preservado del mundo.

No se trata solo de que el edificio siga en pie. Lo extraordinario es que conserva su maquinaria escénica original, un sistema de poleas, cuerdas y contrapesos que permitía cambiar decorados enteros en segundos, hacer aparecer nubes, olas y carros voladores. Esa maquinaria sigue funcionando. Los decorados pintados del siglo XVIII también son los originales.

Y lo mejor: el teatro no es una pieza de museo muerta. Durante el festival de verano se representan óperas y obras barrocas usando esa misma maquinaria, con la acústica para la que fue diseñado, en una sala cuya intimidad entre escenario y público los teatros modernos sacrificaron a la capacidad. Ver una función aquí es una experiencia difícil de igualar en Europa.

El teatro se visita únicamente con guía y tiene entrada aparte de la del palacio. Las visitas se centran precisamente en la maquinaria y los decorados, y merecen la media hora larga que ocupan.

El Kina Slott: una fantasía china en el Báltico

En el extremo del parque está el pabellón chino, construido en 1753 como regalo del rey Adolfo Federico a la reina Luisa Ulrica para su cumpleaños. La primera versión era prefabricada y llegó flotando por el lago para darle la sorpresa; la actual la sustituyó poco después.

Refleja la moda de la chinería que dominaba las cortes europeas del XVIII, cuando todo lo chino era el colmo del refinamiento exótico. Lo interpretaron artesanos que nunca habían pisado China, de modo que el resultado mezcla elementos de arquitectura china real con fantasías europeas sobre lo que debería ser, pintado en colores vivos y plantado en medio de un paisaje nórdico que buena parte del año está nevado.

Esa incongruencia es precisamente lo interesante: es un documento sobre cómo viajaban y se deformaban las modas culturales en un siglo sin fotografía. Tiene entrada propia y solo abre en temporada.

Cómo organizar la jornada

Un reparto que funciona bien: barco de la mañana desde el centro para llegar sobre las once, cuando la luz da de frente en la fachada sur y todavía no ha llegado el grueso de visitantes. Apartamentos de gala hasta el mediodía. Comida en la zona —hay opciones dentro del recinto y en los alrededores— y por la tarde el teatro con visita guiada, el pabellón chino y un paseo largo por los jardines para terminar, que es la mejor manera de cerrar porque desde la terraza se ve el conjunto entero.

Con ese esquema hacen falta entre tres y cinco horas sobre el terreno, más el trayecto. Es decir, una jornada completa, y conviene planificarla como tal en lugar de intentar encajarla en media tarde.

Sobre el coste, hay que sumar varias entradas, porque el palacio, el teatro y el pabellón chino se pagan por separado y solo los jardines son gratuitos. Con el barco incluido, la excursión completa supone un desembolso apreciable; usar el transporte público y elegir dos de las tres visitas es una forma razonable de contenerlo.

Cuándo ir y cuándo no

De mayo a septiembre está todo abierto y funcionando: el barco, el teatro, el pabellón chino, los jardines en su mejor momento y el festival de ópera en pleno verano. Es claramente la temporada.

De octubre a abril la excursión sigue siendo posible pero se queda coja. Los apartamentos abren en horario reducido y solo algunos días, las visitas guiadas completas del teatro y el pabellón chino no funcionan, y el barco no navega. Los jardines, eso sí, siguen abiertos y tienen su propia belleza invernal.

Si el viaje a Estocolmo es de tres días o más y cae en temporada, Drottningholm es la excursión que yo elegiría antes que cualquier otra. Combina patrimonio, paisajismo, una travesía preciosa y una pieza única en el mundo, el teatro, que por sí sola justifica el desplazamiento. El itinerario completo de tres días en Estocolmo la sitúa exactamente donde encaja.