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La proa del Vasa, el navío de guerra del siglo XVII recuperado del fondo del mar, vista desde uno de los niveles del museo

Destinos · Suecia · Estocolmo

Qué ver en Estocolmo en dos días

Dos días es el mínimo razonable para Estocolmo, porque permiten resolver sin sacrificios la tensión entre el casco histórico y la isla de los museos. Un día para la ciudad institucional y medieval, otro para Djurgården y el sur, y en medio la relación con el agua que lo explica todo.

Lectura de 9 minutos

La estructura de un viaje de dos días a Estocolmo se resuelve sola en cuanto se mira el mapa. La ciudad está construida sobre catorce islas, y las cosas que hay que ver se agrupan de forma bastante natural en dos bloques: por un lado el eje que forman Kungsholmen, Gamla Stan y el centro; por otro la isla de Djurgården, con la mayor concentración de museos de Escandinavia, y Södermalm al sur.

Dedicar una jornada a cada bloque evita el error más común de quien visita esta ciudad, que es cruzar puentes de un lado a otro perdiendo la mitad del tiempo en desplazamientos. Con este reparto se camina mucho, sí, pero siempre hacia delante.

Si la estancia es más corta, la guía de qué ver en Estocolmo en un día explica cómo comprimir esto sin que se rompa. Y si hay margen para una jornada más, el itinerario de tres días añade justo lo que aquí se queda fuera.

Día 1 por la mañana: el Ayuntamiento y su torre

Empezar por el Stadshuset tiene una razón práctica: es donde se entiende la ciudad antes de recorrerla. El edificio, inaugurado en 1923 tras ocho años de obra y ocho millones de ladrillos, es donde se celebra cada 10 de diciembre el banquete de los Premios Nobel en el Salón Azul, que nunca llegó a pintarse de azul pese al nombre. El Salón Dorado, con dieciocho millones de teselas, completa el interior.

Dos avisos prácticos. El interior solo se visita con guía en horarios concretos, así que conviene consultarlo con antelación. Y la subida a la torre —ciento seis metros, trescientos sesenta y cinco escalones, uno por día del año— abre solo en temporada, aproximadamente de primavera a comienzos del otoño. Merece cada escalón: desde arriba las catorce islas se hacen evidentes y se comprende que Estocolmo no está junto al agua sino construida sobre ella.

Día 1 por el mediodía: Gamla Stan y Riddarholmen

Del Ayuntamiento se cruza a pie hacia el casco antiguo, fundado alrededor de 1252 en el punto donde el estrecho entre el lago Mälaren y el Báltico era más fácil de controlar. Gamla Stan conserva intacto el trazado medieval, y sus habitantes han logrado mantenerlo vivo sin convertirlo en un decorado, algo que se agradece cuando uno viene de ciudades donde los centros históricos han perdido toda autenticidad.

El recorrido lógico pasa por la Riddarholmskyrkan, en la isla contigua, panteón de los monarcas suecos desde el siglo XIII, con su aguja calada de hierro fundido y una sobriedad protestante que contrasta con el peso histórico del lugar. Luego la Storkyrkan, la catedral, escenario de coronaciones y bodas reales, con la escultura de San Jorge y el Dragón como obra maestra del arte medieval escandinavo. Y el Kungliga Slottet, el palacio real en uso más grande del mundo, con mil cuatrocientas treinta habitaciones, construido en el XVIII sobre las ruinas del castillo medieval Tre Kronor. El cambio de guardia, al mediodía, se ejecuta con un protocolo milimétrico.

Entre medias, dejarse perder por las callejuelas. La Mårten Trotzigs Gränd, con noventa centímetros de ancho, es la calle más estrecha de la ciudad y una parada de cinco minutos que todo el mundo hace.

Día 1 por la tarde: la ciudad desde el agua y el atardecer

Este es el punto que más gente se salta y el que más cambia la percepción del viaje. Estocolmo no se comprende del todo hasta que se ve desde el agua. Hay paseos en barco de una hora por Riddarfjärden y los canales que salen del centro con frecuencia, y en ese rato el Ayuntamiento adquiere una majestuosidad distinta, Gamla Stan revela su naturaleza insular y los puentes pasan a primer plano.

Con lo que quede de tarde, dos opciones que funcionan igual de bien. Una es Kungsträdgården, el parque que hace de salón al aire libre del centro, con sus terrazas llenas en cuanto sale el sol; y bajo él, su estación de metro, inaugurada en 1977, con techos abovedados de motivos vegetales, columnas que imitan troncos y restos arqueológicos del antiguo palacio Makalös tras un cristal. La otra es cruzar a Södermalm y subir a Skinnarviksberget para el atardecer: una colina sin entrada ni turismo organizado donde los estocolmeses suben con cervezas a ver cómo la luz del norte se transforma sobre la ciudad. En verano, con claridad hasta pasadas las once, esto no cierra el día sino que lo alarga.

Día 2 por la mañana: el Museo Vasa

Djurgården fue el coto real de caza desde el siglo XVI y hoy concentra la mayor densidad cultural de Escandinavia en una isla que se recorre a pie. Se llega en el ferry de SL desde Slussen, incluido en el billete de transporte normal, que además regala otro paseo por el agua.

La primera parada es el Museo Vasa, y conviene llegar a la apertura para evitar la aglomeración. El Vasa era el buque insignia de la armada de Gustavo II Adolfo y zarpó el 10 de agosto de 1628 cargado de cañones y soldados; había recorrido mil trescientos metros cuando una ráfaga lo hizo escorar y se hundió ante la ciudad entera, que había acudido a despedirlo. Era demasiado estrecho y demasiado alto, un error de diseño impuesto por el rey que los constructores no pudieron corregir sin contradecirle.

Permaneció a treinta y dos metros de profundidad durante trescientos treinta y tres años, hasta que fue reflotado en 1961. El noventa y ocho por ciento de la madera original está intacta por una razón afortunada: el Báltico tiene una salinidad tan baja que no sobrevive el gusano marino que destruye la madera en otros mares. Lo que en el Mediterráneo habría desaparecido en décadas, aquí se conservó tres siglos.

Ver los sesenta y nueve metros de eslora y los tres mástiles alzándose en la sala principal es abrumador, pero lo que de verdad se queda son los objetos personales recuperados del pecio: botas de cuero que alguien se puso por última vez en 1628, un juego de ajedrez, cucharas de madera. Hora y media pasa como si fueran minutos.

Día 2 por el mediodía: Skansen

A un paseo del Vasa está Skansen, el museo al aire libre más antiguo del mundo. Lo fundó en 1891 el etnógrafo Artur Hazelius con una preocupación concreta: la industrialización estaba borrando la vida rural sueca a toda velocidad, y decidió preservarla trasladando los edificios originales desde sus ubicaciones de origen. El modelo funcionó tan bien que se ha copiado en decenas de países; el concepto mismo de museo etnográfico al aire libre nació en esta colina.

Son más de ciento cincuenta edificios históricos que recrean una Suecia en miniatura, con cada región representada por sus construcciones características. En temporada alta hay intérpretes vestidos de época demostrando oficios tradicionales —herrería, panadería, tejido—, lo que convierte la visita en algo bastante más vivo que un recorrido entre casas vacías.

Y hay una parte que suele pillar por sorpresa: Skansen incluye un recinto zoológico con fauna escandinava en espacios que recrean sus hábitats. Osos pardos, lobos, focas del Báltico, renos y alces. Para quien llega del sur de Europa, ver esos animales ayuda a entender el país mejor que muchas salas de museo.

Con el Vasa y Skansen se va la mañana entera y parte de la tarde, y es un uso del tiempo perfectamente justificado. Quien tenga hambre puede comer en la propia isla, aunque los precios son de zona turística.

Día 2 por la tarde: Södermalm o más museos

Aquí el día se bifurca según lo que apetezca.

La opción cultural es quedarse en Djurgården y añadir el Nordiska Museet, alojado en un edificio neorrenacentista imponente, con la colección más completa de cultura escandinava y unas salas de diseño nórdico —Carl Malmsten, Bruno Mathsson— que explican muy bien esa filosofía de que un mueble sea bonito porque es útil, no a pesar de serlo.

La opción urbana es cruzar a Södermalm, la isla del sur, más joven y menos monumental. Allí está el Fotografiska, dedicado a la fotografía, con una colección nórdica interesante y, sobre todo, una terraza panorámica que ofrece una de las mejores vistas de la ciudad. Alrededor, calles con vida propia lejos del circuito turístico y la ya mencionada Skinnarviksberget si no se subió el día anterior.

Una tercera vía, para quien prefiera algo distinto, es el Östermalms Saluhall, el mercado gastronómico de 1888 bajo bóvedas de ladrillo rojo, donde ver la despensa sueca completa: arenques en todas sus preparaciones, salmón ahumado, y carnicerías especializadas en alce, reno y venado.

Consejos prácticos para exprimir los dos días

El transporte lo gestiona SL y un mismo título vale para metro, autobús, tranvía y los ferris urbanos, incluido el de Slussen a Djurgården. Para dos días compensa claramente el abono de setenta y dos horas frente a los billetes sueltos.

Sobre el dinero: los museos principales se mueven entre las ciento cuarenta y las doscientas ochenta coronas, con el Vasa y Skansen en la parte alta. Con este ritmo —dos museos de pago, una torre y un paseo en barco en dos días— las tarjetas turísticas no suelen amortizarse, porque están calculadas para tres o cuatro visitas diarias. Y conviene saber que muchas atracciones cierran temprano, a menudo entre las cinco y las seis de la tarde, lo que obliga a colocar los museos en la primera mitad del día.

Un último apunte sobre la época. En verano la luz se prolonga más allá de las once de la noche y eso multiplica lo que cabe en dos días: las tardes se estiran, las terrazas se llenan y la ciudad entera vive en la calle. En invierno, con días cortos y muchos horarios reducidos, el mismo itinerario exige apretar bastante más y probablemente renunciar a la torre del Ayuntamiento, que solo abre en temporada.