Saltar al contenido
Escultura repreentando el año 1923 junto al mar

Destinos · Turquía · Estambul

La historia de Estambul: Bizancio, Constantinopla y el Imperio Otomano

La ciudad que fue capital de tres imperios y cómo esa historia se lee en sus muros

Lectura de 8 minutos

Hay ciudades que tienen historia y ciudades que son historia. Estambul pertenece a la segunda categoría con una claridad que pocas ciudades del mundo pueden reclamar. No es solo que haya ocurrido aquí cosas importantes —ocurrió de todo, en este rincón del mundo, durante más de dos mil quinientos años—, sino que esas cosas siguen siendo visibles en los muros, en las piedras y en los nombres de las calles con una continuidad que no ha sido interrumpida.

Una misma ciudad ha sido la capital del Imperio Romano de Oriente, del Imperio Bizantino y del Imperio Otomano. Ha sido llamada Bizancio, Constantinopla y Estambul. Ha albergado el poder político máximo de tres civilizaciones que se consideraban rivales o enemigas, y los monumentos de cada una de ellas siguen de pie, a veces a cien metros entre sí, a veces en el mismo edificio.

Bizancio: el origen griego

La historia comienza alrededor del año 657 a.C., cuando colonos griegos procedentes de Megara, liderados según la leyenda por un rey llamado Byzas, fundaron una colonia en el promontorio triangular que domina el estrecho del Bósforo. La elección del lugar no fue casual: ese punto controla el paso entre el Mar Negro y el Mar de Mármara, entre el comercio procedente del norte y el que fluye hacia el Mediterráneo, y es además naturalmente defensivo por tres de sus cuatro lados.

La colonia se llamó Bizancio y creció hasta convertirse en una ciudad importante del mundo griego, aunque sin llegar nunca a la primera línea de las grandes polis. Fue conquistada por los persas, incorporada al mundo helenístico, resistió varios asedios, y en el año 74 d.C. fue incorporada definitivamente al Imperio Romano bajo el emperador Vespasiano.

Durante los siglos siguientes, Bizancio fue una ciudad romana de segundo orden: importante comercialmente por su posición en el Bósforo, pero sin el peso político de Roma, Antioquía o Alejandría.

Constantinopla: la segunda Roma

Todo cambió en el año 330 d.C. El emperador Constantino I, que había reunificado el Imperio Romano tras décadas de guerras civiles y que dos años antes había otorgado al Cristianismo el estatus de religión tolerada en el Imperio, decidió trasladar la capital a una nueva ciudad que llevaría su nombre: Constantinopla, «la ciudad de Constantino».

La elección del emplazamiento en Bizancio fue estratégica: una posición central en el Imperio, defensivamente superior, próxima a las fronteras más amenazadas, y alejada de la Roma senatorial que Constantino veía con desconfianza. En pocos años, Constantinopla se convirtió en la ciudad más importante del Imperio: se construyó el Gran Palacio, el Hipódromo fue ampliado hasta capacidad para ochenta mil espectadores, y llegaron columnas, estatuas y obras de arte de todo el mundo romano para adornar la nueva capital.

El Hipódromo de Constantinopla fue durante siglos el centro de la vida política y social de la ciudad. Las carreras de cuadrigas no eran solo entretenimiento: eran el lugar donde el pueblo expresaba su apoyo u oposición al emperador, donde los partidos políticos —los «verdes» y los «azules», que dividían a la ciudad en dos facciones permanentes— medían su fuerza, y donde en ocasiones estallaban los conflictos que decidían quién gobernaba. El Obelisco de Tutmosis III, transportado desde Karnak en Egipto por el emperador Teodosio en 390 d.C. y que hoy sigue de pie en la antigua explanada del Hipódromo, lleva más de quince siglos siendo testigo inmóvil de todo lo que ha ocurrido a su alrededor.

El Imperio Bizantino: la Roma que sobrevivió mil años más

Cuando en 476 d.C. el último emperador romano de Occidente fue depuesto, el Imperio Romano de Oriente sobrevivió. Eso que los historiadores llaman el Imperio Bizantino —un nombre que los propios bizantinos nunca usaron, pues se consideraban a sí mismos romanos, ciudadanos del Imperio Romano— duró casi mil años más, hasta 1453.

Esos mil años no fueron un período de decadencia lenta: el Imperio Bizantino fue en muchos momentos la potencia cultural y militar más sofisticada del mundo occidental. En el siglo VI, el emperador Justiniano recuperó temporalmente gran parte del Imperio Romano occidental —incluyendo Italia, el norte de África y partes de Hispania—, codificó el derecho romano en el Corpus Juris Civilis que sigue siendo el fundamento del derecho continental europeo, y construyó Santa Sofía, el edificio más impresionante del mundo de su época.

Constantniopla resistió asedios árabes, búlgaros, rusos y vikingos. Fue saqueada en 1204 por los cruzados de la Cuarta Cruzada —que llegaron a Tierra Santa pero acabaron atacando la ciudad cristiana más importante del mundo—, y recuperada por los griegos en 1261. Pero el Imperio se reducía. En 1453, las murallas que Teodosio II había construido en el siglo V —quince kilómetros de triple muralla que habían resistido todos los asedios durante un milenio— cayeron ante los cañones del sultán Mehmet II.

La conquista de Mehmet II y la transformación en capital otomana

El 29 de mayo de 1453, las tropas otomanas entraron en Constantinopla después de un asedio de cincuenta y tres días. El último emperador romano, Constantino XI, murió en combate según la tradición, aunque su cuerpo nunca fue identificado con certeza.

Mehmet II —que tenía veintiún años cuando conquistó la ciudad— entró a caballo en Santa Sofía y ordenó inmediatamente su conversión en mezquita. Pero no destruyó la ciudad: ordenó que sus habitantes fueran respetados, que los monumentos continuaran en pie, y que Constantinopla —que en turco comenzó a llamarse İstanbul, posiblemente una adaptación de la expresión griega «eis tin polin», «a la ciudad»— se convirtiera en la nueva capital del Imperio Otomano.

La decisión fue consecuente. Mehmet II se consideraba el heredero de los emperadores romanos de Oriente, no su destructor, y actuó en consecuencia: continuó en uso el Gran Bazar, construyó la primera mezquita otomana de la ciudad en la misma colina donde estaba la iglesia del Apóstol, y añadió minaretes a Santa Sofía pero preservó su estructura.

Los siglos que siguieron convirtieron a Estambul en la capital del Imperio Otomano en su máxima extensión: desde el norte de África hasta los Balcanes, desde Arabia hasta el Mar Caspio. El Palacio Topkapi, construido por Mehmet II y ampliado por sus sucesores, fue el centro de ese poder durante cuatrocientos años. Los grandes sultanes —Selim I, Solimán el Magnífico, Suleimán el Legislador— gobernaron desde aquí un imperio que en el siglo XVI controlaba el 40% de la población mundial conocida.

La Santa Sofía como símbolo de todas las transformaciones

No hay edificio que resuma mejor la historia de Estambul que Santa Sofía. Construida como la mayor catedral cristiana del mundo, convertida en mezquita tras la conquista, transformada en museo por Atatürk en 1934 como símbolo de la Turquía laica y moderna, reconvertida en mezquita activa en 2020 por decisión del gobierno de Erdogan: en cada una de esas transformaciones, el edificio ha absorbido una nueva capa de significado sin perder las anteriores.

Los mosaicos que los otomanos cubrieron con yeso en 1453 volvieron a aparecer durante las restauraciones del siglo XX y hoy conviven con las grandes medallones con los nombres de Alá, el Profeta y los primeros califas. La arquitectura cristiana del siglo VI convive con los minaretes del siglo XV. El sonido de la llamada a la oración sale de esos minaretes hacia el exterior mientras el interior sigue siendo el mismo espacio que Justiniano construyó para que los fieles sintieran que la cúpula flotaba sostenida por la luz divina.

En Santa Sofía se puede leer la historia entera de la ciudad con más claridad que en ningún otro lugar. Y esa es la razón por la que, de todos los monumentos de Estambul, ninguno es tan imprescindible.

Las Murallas de Teodosio: el límite que resistió mil años

A unos cinco kilómetros al oeste de Santa Sofía, las Murallas de Teodosio son el monumento más extenso y quizá el más emocionante de Estambul desde el punto de vista histórico. Construidas entre 408 y 413 d.C. por el regente Antémio en nombre del joven emperador Teodosio II, estas murallas de quince kilómetros de longitud y tres líneas defensivas protegieron Constantinopla durante mil años.

Los tramos conservados —algunos en estado casi original, otros en ruinas que tienen su propio tipo de grandeza— permiten caminar junto a la misma piedra que los ejércitos árabes del siglo VII miraron desde fuera sin poder traspasar, la misma que los cruzados de la Cuarta Cruzada asediaron en 1204, la misma que los jenízaros de Mehmet II atravesaron finalmente el 29 de mayo de 1453. No hay muchos lugares en el mundo donde el contacto físico con la historia tenga esa dimensión.