
El lado asiático de Estambul: Kadıköy y Üsküdar en un día
Cruzar el Bósforo cuesta lo mismo que un billete de metro y lleva a una ciudad distinta: sin monumentos, sin colas y sin precios de turista. Ruta de un día completo por Kadıköy, Karacaahmet y Üsküdar.
Estambul tiene dos orillas y la mayoría de los viajeros solo pisa una. La asiática, donde vive alrededor de un tercio de la población de la ciudad, se despacha normalmente como una excursión de tarde o directamente se ignora, con el argumento razonable de que allí no hay monumentos. Y es verdad que no los hay. Ese es exactamente el motivo para ir.
Lo que hay en la orilla asiática es la ciudad donde la gente vive: mercados de barrio, calles de bares, cementerios enormes que se atraviesan como bosques y un paseo marítimo desde el que se ve el perfil entero de la Estambul monumental como si fuera una maqueta. Cruzar cuesta lo mismo que un billete de metro y la travesía es, por sí sola, uno de los mejores planes de la ciudad.
Cruzar el Bósforo: el mejor trayecto de veinte minutos de Europa¶
Los ferris públicos salen de Eminönü y de Karaköy hacia Kadıköy y Üsküdar cada pocos minutos y se pagan con la Istanbulkart, igual que el tranvía. Hay que subir a la cubierta exterior, aunque haga frío. En veinte minutos de travesía desfilan por la borda Santa Sofía, Topkapi, la Mezquita Azul y las murallas marítimas, comprimidos en el perfil de la península, mientras los cargueros que van del Mediterráneo al mar Negro cruzan el estrecho por el centro y los ferris se abren paso entre ellos.
El Bósforo tiene treinta y un kilómetros de largo y en su punto más estrecho apenas setecientos metros. Separa dos continentes y durante siglos quien controló ese paso controló el comercio entre dos mundos. Verlo desde el agua, con las dos orillas a la vez, es lo que hace entender de golpe por qué esta ciudad está aquí y no en cualquier otro sitio.
Un apunte de coste que conviene repetir: un crucero turístico por el Bósforo cuesta veinte o treinta veces más que este ferri y enseña, en lo esencial, lo mismo.
Kadıköy, la Estambul sin monumentos¶
Llegar a Kadıköy es entrar en otra ciudad. No hay mezquitas imperiales, no hay murallas bizantinas, no hay nada que salga en las guías. Hay avenidas anchas, mercados de barrio y cafés con las mesas en la acera llenos de gente que no es turista.
La diferencia de atmósfera se nota en el primer minuto. En el centro histórico, incluso en las zonas que no son puramente turísticas, existe una conciencia permanente de que hay visitantes alrededor. En Kadıköy esa conciencia desaparece: la gente hace la compra, come y pasea con la normalidad de quien está en su propio barrio, y nadie te aborda en inglés.
El mercado
El mercado de Kadıköy es la versión funcional de los bazares del centro. Puestos de fruta y verdura, pescaderías, quesos, encurtidos, tiendas de telas. Sin precios inflados para extranjeros y sin nadie tirándote de la manga. Es comercio de proximidad entre vendedores y clientes que se conocen de toda la vida, y por eso mismo resulta mucho más interesante de recorrer que cualquier pasillo del Gran Bazar.
Es también el mejor sitio del barrio para comer, y se come bastante mejor y más barato que en la orilla europea. La zona de Moda, junto al mar, es donde la ciudad se sienta a mirar el agua, con cafés, librerías y un paseo costero que se llena al atardecer.
La otra cara
Hay un detalle que a mí me pareció revelador y que casi nadie cuenta: Kadıköy tiene también centros comerciales modernos que podrían estar en cualquier ciudad del mundo, con las mismas marcas y el mismo aire acondicionado. Entrar en uno a comer un mediodía es un contraste útil, porque enseña que la Estambul globalizada convive con la histórica sin que ninguna borre a la otra. La ciudad no es solo cúpulas y bazares, y fingir lo contrario es una forma de turismo bastante perezosa.
De Kadıköy a Üsküdar caminando¶
Los dos barrios están a poco más de una hora a pie por la costa o por el interior, y el paseo es una de las mejores decisiones que se pueden tomar en esta orilla. Se puede hacer también en tranvía o autobús, pero andando aparecen las cosas que no están en ningún itinerario.
El cementerio de Karacaahmet
Es uno de los cementerios más extensos y antiguos de Estambul, y se atraviesa como si fuera un parque. Las lápidas otomanas de los siglos XVII y XVIII conviven con tumbas recientes, y las más antiguas tienen la forma característica del turbante esculpido en la parte superior, que indicaba el rango del difunto.
Hay un detalle que le da otra dimensión al paseo: las inscripciones antiguas están en alfabeto árabe, que Atatürk sustituyó por el latino en 1928. Son textos que la mayoría de los turcos de hoy no puede leer en los cementerios donde están enterrados sus propios antepasados. Pocas cosas explican mejor la magnitud de la ruptura que supuso la fundación de la república.
El mercadillo de Gündoğumu
Cerca del cementerio, ocupando varias manzanas, hay un mercadillo de barrio que no tiene nada que ver con los de antigüedades y souvenirs que uno conoce de otros viajes. Aquí se vende ropa usada, telas a metros, calzado de segunda mano, electrodomésticos pequeños. Es donde la gente del barrio compra lo que necesita porque cuesta menos que en las tiendas.
Va lleno hasta el punto de que cuesta avanzar por el pasillo central. Y no hay ninguna mirada de "turista" porque en ese contexto uno simplemente no es visible como tal: es otra persona más pasando entre los puestos. Es el tipo de sitio al que se llega sin buscarlo y que acaba siendo lo que más se recuerda de un día.
Üsküdar al atardecer, el mejor mirador de Estambul¶
Üsküdar tiene un carácter más antiguo y más conservador que Kadıköy, con mezquitas otomanas de primer nivel a pie de agua. Pero la razón para terminar aquí el día es el paseo marítimo.
Desde allí, la vista hacia la península histórica es exactamente la de las fotografías: el perfil de Santa Sofía, los minaretes de la Mezquita Azul y de Süleymaniye, las murallas marítimas, el caserío subiendo por las colinas. Todo lo que se ha recorrido durante días reunido en un solo horizonte, con el cielo pasando del azul al naranja y al violeta mientras los minaretes se convierten en líneas.
Lo que hace especial ese momento es que a esas alturas del viaje ya se puede poner nombre a cada silueta del perfil. Deja de ser una panorámica abstracta y se convierte en un mapa de sitios donde has estado. Por eso recomiendo dejar el lado asiático para el último día y no para el primero: la vista vale el doble.
La vuelta, con la gente que vuelve del trabajo¶
El ferri de regreso a Karaköy o a Eminönü a la hora de salida del trabajo va lleno de gente que vuelve a casa: oficinistas con maletín, mujeres con bolsas de la compra, estudiantes con auriculares. Es el mismo Bósforo y el mismo trayecto que por la mañana, pero en compañía completamente distinta, y probablemente sea el rato del viaje en que uno está más cerca de la vida real de la ciudad.
Un aviso práctico: los ferris no funcionan de madrugada. Si el plan incluye cenar y alargar en Kadıköy, la vuelta tardía se hace en Marmaray, el tren que cruza por debajo del estrecho, o en taxi por el puente.
Cómo encajarlo en el viaje¶
Con dos días en la ciudad, el lado asiático es un lujo difícil de justificar. Con tres, es una de las tres opciones que planteo para la última jornada en el itinerario de tres días, y es la que recomiendo a quien viaja con más interés por la vida cotidiana que por los museos. Con cuatro días o más, no hay discusión: hay que cruzar, y conviene dedicarle el día entero y no una tarde.
Todo el recorrido de este artículo se hace con la Istanbulkart y a pie, sin entradas ni reservas de ningún tipo. Ferri de ida, un día caminando y ferri de vuelta. Es probablemente el día más barato de cualquier viaje a Estambul y, para mí, uno de los que mejor se recuerdan de aquella semana.