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Sala de cabaret en penumbra, con mesas redondas de mantel blanco, sillas de rejilla y velas rojas encendidas, un bombín negro olvidado sobre una de ellas y el escenario al fondo bañado en luz roja.

Bilbonauta · Madrid

Cabaret en el Nuevo Teatro Alcalá: un Kit Kat Klub en pleno barrio de Salamanca

El Nuevo Teatro Alcalá se convirtió en el propio Kit Kat Klub, con mesas, sillas y camareros sirviendo copas entre el público, para un final que dejó la sala en silencio antes de estallar en aplausos.

Lectura de 9 minutos

Cabaret es uno de los grandes clásicos del musical del siglo XX. Estrenado en Broadway en 1966 con libreto de Joe Masteroff, música de John Kander y letras de Fred Ebb, basado en las narraciones de Christopher Isherwood sobre la Berlín de los años treinta, se ha convertido en un clásico absoluto del género. La película de Bob Fosse de 1972 con Liza Minnelli consolidó su estatus popular, y desde entonces ha tenido varias reposiciones, destacando especialmente la de 1998 dirigida por Sam Mendes y Rob Marshall en Broadway, que le dio una vuelta de tuerca más oscura y política al espectáculo.

Es precisamente esa producción de Mendes-Marshall la que la compañía CIE (con Stage Entertainment como coproductora) ha traído a Madrid. La preestreno fue el 15 de octubre de 2003 en el Nuevo Teatro Alcalá, hace apenas tres semanas. Cuando llegamos a verlo el 6 de noviembre, llevaba menos de un mes en cartel, con todo el público del arranque reciente y las críticas recientísimas. Un estreno caliente en el que habíamos tenido la suerte de asegurar entradas con tiempo.

El Nuevo Teatro Alcalá transformado

El Nuevo Teatro Alcalá está en la calle Jorge Juan, 62, en pleno barrio de Salamanca, esa zona burguesa elegante del centro-este de Madrid. Es un teatro de tamaño medio (unas 1.100 butacas aproximadamente, frente a las 1.456 del Lope de Vega), con un aire más íntimo y menos monumental que su vecino de Gran Vía. Precisamente esa escala humana es lo que la producción del Cabaret ha aprovechado.

Para este montaje, el teatro ha sido transformado físicamente. Una parte significativa de las butacas del patio principal han sido retiradas y sustituidas por mesas y sillas, reproduciendo el ambiente del Kit Kat Klub, el cabaret berlinés donde transcurre la obra. Los espectadores de las primeras filas no se sientan en butacas alineadas de espalda a espalda, sino en mesas pequeñas, con sillas, y pueden pedir bebidas que camareros caracterizados les sirven durante la función. El efecto es que el espectador se convierte en cliente del cabaret: está dentro del escenario desde el primer minuto.

El patio de butacas parecía literalmente un cabaret: iluminación rojiza, humo en el aire, pequeñas velas eléctricas encima de las mesas, el maestro de ceremonias saliendo a saludar a clientes concretos antes del inicio oficial del espectáculo. La inmersión arranca antes de que arranque propiamente la función.

El reparto: una suma de talento

El reparto principal es impecable. Natalia Millán en el papel de Sally Bowles es probablemente la gran apuesta de casting. Millán, hasta hace poco conocida sobre todo por la serie El Super, deja de lado la televisión este año para centrarse en el musical, y la jugada le sale perfecta. Su Sally es vulnerable sin caer en el patetismo, ambiciosa sin resultar calculadora, sexualmente libre sin resultar caricaturesca. La interpretación de Cabaret (el tema titular, con esa línea melódica triste bajo la apariencia festiva) fue uno de los momentos más emocionantes de la noche: la canción empieza como número de espectáculo, se transforma gradualmente en confesión íntima y termina como grito desesperado, y Millán navega la transición con una precisión emocional formidable.

Asier Etxeandía como el Maestro de Ceremonias (el Emcee, el papel que Joel Grey inmortalizó en Broadway y en la película de Fosse, y que Alan Cumming reinventó en el montaje de Sam Mendes) es probablemente el gran descubrimiento de la función. Etxeandía compone un Emcee inquietante, sexualmente ambiguo, bisexual explícito, con maquillaje pesado, vestuario revelador y gestualidad siempre calculada. Es un MC que no solo presenta los números del cabaret: comenta la acción, interrumpe, se ríe del público, empuja el arco dramático hacia el abismo. Su entrada en escena con Willkommen, el número de apertura, ya lo establece como centro gravitatorio del musical. A partir de ahí, Etxeandía no suelta al público ni un segundo. Apabullante.

Manuel Bandera como Cliff Bradshaw (el escritor americano que llega a Berlín buscando inspiración y acaba enredado con Sally) ofrece el contrapeso sereno necesario. El personaje de Cliff es el ojo del espectador dentro de la obra: alguien que viene desde fuera y asiste con una mezcla de fascinación y horror al hundimiento de la sociedad berlinesa en el nazismo. Bandera, con su físico elegante y su voz templada, compone un Cliff creíble.

Patricia Clark como Fräulein Schneider y Emilio Alonso como Herr Schultz (los arrendadores, la pareja de mayores cuya tragedia personal condensa la tragedia política de Alemania) construyen la segunda trama de la obra con una ternura contenida y devastadora. Marta Valverde como Fräulein Kost y Manuel Rodríguez como Ernst Ludwig completan el reparto principal.

La dirección de BT McNicholl y la línea de Mendes-Marshall

La producción madrileña sigue fielmente la línea establecida por Sam Mendes y Rob Marshall en el revival de Broadway de 1998. Esto es importante porque hay dos tradiciones del Cabaret: la clásica (más espectáculo, más brillo, más entretenimiento) inaugurada por Harold Prince en 1966, y la contemporánea (más oscura, más sucia, más política, con cabaret berlinés decadente real) de Mendes. Nuestra producción es del segundo tipo: el Kit Kat Klub que vemos no es un cabaret idealizado, es un sitio incómodo, con bailarinas con medias rotas, maquillaje corrido, atmósfera de vicios nocturnos reales. Esa incomodidad estética es deliberada y cargada de sentido.

La dirección de BT McNicholl (responsable de reponer la producción de Mendes en distintos países) mantiene todas las decisiones formales del original: la banda del Kit Kat Klub visible sobre el escenario durante toda la obra, los cambios de escena entre el club y el mundo exterior mediante iluminación y coreografía, el cierre brutal del segundo acto con el Emcee quitándose el disfraz de cabaret y mostrándose con el uniforme de campo de concentración, la imagen final de la esvástica apareciendo en el fondo mientras los protagonistas cantan el tema titular.

Momentos que se quedan

Varios números sobresalen. Willkommen como apertura: el Emcee bienvenida al público en tres idiomas (alemán, francés, inglés), las bailarinas del Kit Kat Klub apareciendo una a una, la banda arrancando, el número fluyendo hasta llenar el escenario de energía decadente. Uno está dentro de Berlín a los dos minutos.

Don't Tell Mama, el primer número de Sally en el cabaret, con Natalia Millán desplegando todo su talento cómico-musical. Mein Herr, otro número cabaretero con Sally protagonizando, con una coreografía con sillas que es directamente heredera de Fosse. Money (el gran dúo entre Emcee y Sally sobre el valor del dinero), con Etxeandía y Millán en un tour de force escénico digno de memorizar.

Y los dos números centrales del segundo acto: If You Could See Her, el número del Emcee bailando con una gorila vestida de mujer judía, que avanza aparentemente hacia el chiste antisemita y acaba en una denuncia escalofriante; y Tomorrow Belongs to Me, el canto aparentemente pastoral que en el contexto se revela como himno nazi incipiente, con el coro subiendo en intensidad mientras se descubre la transformación política. Dos números que ilustran perfectamente la estrategia dramática del musical: bajo la apariencia del entretenimiento, el ascenso del fascismo se infiltra en cada esquina de la vida cotidiana.

El final: demoledor

El final de Cabaret es uno de los más demoledores del teatro musical moderno. Sally toma decisiones que cierran su historia personal (no las detallo para no arruinar la trama a quien no haya visto la obra); Cliff abandona Berlín escribiendo, en el tren, la novela que se convertirá en Goodbye to Berlin de Isherwood; Fräulein Schneider y Herr Schultz renuncian a su relación bajo la presión del antisemitismo creciente; y el Emcee cierra el musical con una repetición cada vez más oscura del Willkommen inicial, hasta desprenderse del disfraz del Kit Kat Klub y aparecer con el uniforme de prisionero del campo de concentración, mientras la imagen de la esvástica se proyecta en el fondo.

El público quedó en silencio, en nuestra función, varios segundos después del apagón final, antes de reaccionar con aplausos largos e insistentes. Es de esos finales que te callan, que te obligan a procesar antes de responder. Ningún espectáculo que pretenda cabaret de frivolidad termina así: Cabaret está construido precisamente para demostrar que no hay frivolidad inocente cuando la política se pudre.

Comparación inevitable con el Fantasma

Resulta imposible no comparar las dos noches de musical de este viaje. El Fantasma de la Ópera y Cabaret son, en cierto sentido, las dos caras opuestas del musical contemporáneo. El Fantasma es gran espectáculo de entretenimiento romántico, con música pegadiza, escenografía apabullante y emoción accesible. Cabaret es teatro musical comprometido, con canciones que son a la vez entretenimiento y denuncia, con una apuesta estética oscura que no busca agradar sino desestabilizar.

Disfruté mucho el Fantasma, pero salí de Cabaret pensando durante días. Y probablemente esa es la diferencia esencial entre ambos: el Fantasma es un musical que uno ve, Cabaret es un musical que uno vive. Ambos merecen la recomendación, pero en registros distintos.

Para quien vaya a Madrid y se plantee la clásica pregunta de qué musical elegir si solo puede ver uno, mi respuesta sería: depende de qué busque. Si busca espectáculo y romance, Fantasma. Si busca impacto emocional y reflexión política, Cabaret. Y si puede ver los dos, como fue mi caso, tanto mejor. Son complementarios, y la combinación deja una impresión mucho más completa del musical en su diversidad.

Salimos del Nuevo Teatro Alcalá con la cabeza dándonos vueltas, sin muchas ganas de hablar durante las primeras calles. Cabaret deja eso: un silencio grueso antes del comentario. Cenamos tarde en un bar cercano, ya más tranquilos, y solo entonces empezamos a descomponer la función. Llegamos al hotel pasadas las doce, con la jornada del SIMO por la mañana y el musical por la noche pesando en las piernas. Pero mereció la pena cada minuto.