
Bilbonauta · Madrid
El Fantasma de la Ópera en el Teatro Lope de Vega: Lloyd Webber al fin llega a Madrid
Dieciséis años tardó el musical más visto del mundo en llegar a España, y la lámpara cayendo sobre el patio de butacas explica por qué mereció la pena la espera.
El Fantasma de la Ópera de Andrew Lloyd Webber es, probablemente, el musical más famoso del mundo. Estrenado en Londres en 1986 y en Broadway en 1988, lleva décadas llenando salas en medio planeta, con traducciones a docenas de idiomas y una recaudación que supera cualquier otro espectáculo de la historia del teatro. Su llegada a España, sin embargo, se hizo esperar dieciséis años. Hasta que por fin se estrenó en el Teatro Lope de Vega de Madrid el 4 de septiembre de 2002, sustituyendo en cartel a La bella y la bestia, y Madrid se convirtió en una de las pocas ciudades europeas con producción estable del musical.
La producción es obra de CIE España (con Stage Entertainment sumándose este año como coproductora), con un presupuesto superior a los nueve millones de euros y una traducción al castellano firmada por Eduardo Galán. Es una réplica fiel de la producción original de Londres, con el mismo diseño escénico (obra de María Björnson), las mismas coreografías (Gillian Lynne) y la misma dirección (Harold Prince reproducida por los directores asociados). Un montaje a escala internacional que marca un antes y un después en el circuito del musical en España, porque nada de este nivel se había visto antes en las carteleras españolas de manera estable.
Llegamos al Teatro Lope de Vega el 5 de noviembre a las 20:00, con tiempo para entrar sin prisas. Las entradas se habían reservado con bastante antelación (el musical lleva más de un año en cartel y sigue llenando funciones), y la expectativa era alta.
El Teatro Lope de Vega: hogar perfecto¶
El Teatro Lope de Vega de Madrid está en Gran Vía 57, en pleno corazón del eje teatral madrileño. El edificio data de 1949, con una reforma importante en 1997 que lo adaptó para los grandes musicales. Tiene 1.456 butacas repartidas en tres niveles, un aforo óptimo para este tipo de espectáculos (lo bastante grande para amortizar producciones caras, lo bastante humano para mantener la intimidad que requieren ciertas escenas). El Lope de Vega ha albergado los musicales más importantes que han llegado a Madrid en los últimos años: El hombre de La Mancha en 1997, La bella y la bestia en 2001, y ahora el Fantasma. La sala funciona como una especie de flagship del musical en España.
Entrar al teatro esa noche tenía ya su propio ceremonial. La fachada de Gran Vía con el cartel gigante del Fantasma (esa silueta enmascarada con la rosa en la mano), el vestíbulo con recuerdos a la venta (programas, CDs, camisetas, máscaras), las escaleras subiendo a los distintos niveles, el revestimiento clásico de terciopelo rojo y oro. Todo funciona como preparación atmosférica para lo que viene.
El arranque: la lámpara, la subasta, y el viaje al pasado¶
El Fantasma de la Ópera empieza con uno de los prólogos más efectivos del musical contemporáneo. La escena se abre en la Ópera de París en 1911, años después de los hechos principales de la obra, con una subasta de efectos teatrales viejos. Un anciano en silla de ruedas (Raúl, el antiguo viconde de Chagny, ahora viejo) compra un antiguo mono mecánico musical y una lámpara de araña de cristal entelada. El subastador explica que esa lámpara estaba relacionada con el misterioso incidente del Fantasma que aconteció décadas atrás.
En ese momento, con la orquesta arrancando la famosa obertura (esa irrupción del órgano poderoso que todo el mundo identifica nada más escucharla), la lámpara se eleva poco a poco desde el escenario, la tela se cae, y la enorme estructura cristalina empieza a iluminarse mientras asciende por encima del patio de butacas hasta colocarse sobre el público. En paralelo, el escenario se transforma de la subasta decadente a la Ópera de París en su apogeo de 1881, con trabajadores retirando sábanas de candelabros y muebles, con bailarinas empezando a calentar. El prólogo es una declaración de principios: este no es un musical pequeño, esto es espectáculo de primer orden, con escenografía en movimiento constante, con efectos visuales grandiosos, con orquestación rica. El público, solo con ese arranque, ya estaba metido en la historia.
La historia que todo el mundo conoce pero disfruta igualmente¶
El Fantasma de la Ópera está basada en la novela de Gaston Leroux de 1910. La trama es conocida: en la Ópera de París de la segunda mitad del siglo XIX, un misterioso fantasma habita en los subterráneos del edificio, controlando en secreto los acontecimientos del teatro y extorsionando a los gestores. La joven corista Christine Daaé es seleccionada como cantante principal tras una clase misteriosa con un "ángel de la música" que resulta ser el propio Fantasma. La relación entre ambos se complica cuando aparece Raúl, viconde de Chagny y amor de infancia de Christine. El Fantasma, enamorado y obsesionado con Christine, intentará destruir todo lo que se interponga entre ellos.
El musical sigue el esquema narrativo de la novela con algunas simplificaciones, manteniendo los personajes principales (Christine, el Fantasma, Raúl, Madame Giry, los gestores de la ópera, la prima donna Carlotta) y los grandes episodios (la clase secreta, la bajada al lago subterráneo, el baile de máscaras, la noche del desastre final). La fuerza está en que es una historia que combina romance, misterio, horror gótico y drama psicológico con una facilidad que Lloyd Webber domina como pocos.
La música: esos temas inolvidables¶
Las canciones del Fantasma son probablemente las más reconocibles del musical contemporáneo después de las de Jesucristo Superstar y Los Miserables. The Phantom of the Opera (el tema titular, con esa línea melódica obsesiva y esos sintetizadores góticos que marcaron los años ochenta), The Music of the Night (la balada que el Fantasma canta a Christine en su guarida subterránea, con esa línea vocal ascendente que pone los pelos de punta), All I Ask of You (el dúo romántico entre Christine y Raúl, uno de los dúos más emotivos del género), Think of Me (la canción con la que Christine se consagra como prima donna), Masquerade (el gran número coral del segundo acto, con todo el coro caracterizado en trajes de máscara).
Lloyd Webber ha construido un musical donde casi cada escena importante tiene su gran número cantable, y todos ellos se mantienen en la memoria después del espectáculo. El libreto cantado (prácticamente no hay diálogos hablados en esta obra, es casi ópera de principio a fin) está diseñado para fluir sin interrupciones dramáticas, con recitativos conectando los grandes números.
En la producción madrileña, la orquesta está a cargo de Julio Awad como director musical. La traducción de Eduardo Galán mantiene con bastante acierto la métrica original y el sentido de las letras, aunque como siempre pasa con las traducciones, hay matices que se pierden (el nombre "Fantasma" en castellano no tiene exactamente la misma resonancia que "Phantom" en inglés, por dar un ejemplo).
El reparto que vi¶
El reparto lo lideran Joan Crosas como el Fantasma y Julia Moller como Christine. Ambos actores con trayectoria larga en el musical español, con voces trabajadas y presencia escénica sólida. Crosas compone un Fantasma matizado: no el monstruo pleno, sino una criatura atormentada por su propia deformidad, capaz de violencia y también de ternura, con esa mezcla ambigua que el personaje necesita. Su interpretación de The Music of the Night fue uno de los momentos más emocionantes de la noche: la línea melódica ascendente sostenida con una voz llena de expresividad, los movimientos medidos sobre el escenario, la capa negra cayendo como un muro. El público respondió con aplausos largos en cuanto terminó el número.
Julia Moller como Christine es la Christine canónica: voz lírica, técnica vocal clásica, presencia frágil que evoluciona hacia la fuerza emocional a lo largo de la obra. En Think of Me despliega una coloratura impecable; en Wishing You Were Somehow Here Again (el monólogo ante la tumba del padre de Christine) compone un momento emotivo contenido muy efectivo.
Raúl, el vizconde de Chagny, está a cargo de David Ordinas. El personaje es complicado porque queda atrapado entre dos carismas más fuertes (el del Fantasma y el de Christine), y Ordinas defiende su Raúl con dignidad, sobre todo en el dúo All I Ask of You y en los momentos de enfrentamiento directo con el Fantasma.
El resto del reparto (Carlotta la prima donna, los gestores Firmin y André, Madame Giry, la pequeña Meg) está bien resuelto, con la habitual profesionalidad del musical en España que, aunque con menos tradición que el anglosajón, tiene una cantera de actores que saben cantar y actuar a alto nivel.
La escenografía: la lámpara, el lago, la bajada¶
Pero lo que más impresiona del Fantasma, más allá del reparto y la música, es la escenografía. Esta producción reproduce la original de María Björnson, y es un prodigio de ingeniería teatral. Tres momentos sobresalen.
Primero, la caída de la lámpara de cristal sobre el escenario en el final del primer acto. La enorme estructura cristalina, que durante toda la primera parte del musical flota sobre el patio de butacas, cae literalmente hacia la escena en un efecto espectacular, como consecuencia del ataque del Fantasma al teatro. El momento provoca, sin excepción, el grito colectivo del público: la ilusión de peligro real funciona porque la lámpara desciende a gran velocidad sobre los espectadores de las primeras filas antes de detenerse sobre el escenario justo a tiempo. Un truco escénico pensado milimétricamente.
Segundo, la bajada al lago subterráneo de la Ópera. Cuando Christine es llevada por el Fantasma a sus dominios, la escena se transforma en el lago misterioso bajo la Ópera de París. El Fantasma y Christine aparecen sobre una barca que navega lentamente entre niebla por un escenario encharcado, rodeados de velas que emergen del suelo de forma automática en secuencia coordinada. La atmósfera es puro horror gótico hecho teatro. Uno de esos momentos que justifican por sí solos el precio de la entrada.
Tercero, el baile de máscaras del segundo acto. El escenario se convierte en la gran escalinata del vestíbulo de la Ópera, con todo el coro bajando disfrazado de máscaras variadísimas, con colores saturados y coreografías complejas, para el número musical Masquerade. Y en mitad del número, el Fantasma aparece disfrazado de Muerte Roja en lo alto de la escalinata, vestido de rojo intenso con cráneo, bajando en medio del coro para entregar su manuscrito operístico final. Una imagen que encarna la teatralidad del musical en su máximo nivel.
Impresión final¶
Salí del teatro sobrecogido. El Fantasma de la Ópera es un musical que, aunque sea previsible en su trama, te atrapa por la combinación de música inolvidable, escenografía espectacular, reparto solvente y esa atmósfera gótica romántica que funciona a nivel emocional muy primario. Es, probablemente, el tipo de espectáculo para el que se inventó el musical contemporáneo: gran producción con pretensiones comerciales pero con ambición artística real, capaz de llenar salas durante años y de convertirse en referencia cultural transversal.
Para quien vaya a Madrid en los próximos meses (la producción seguirá en cartel durante bastante tiempo, todo apunta a que al menos hasta 2004), recomiendo sin reservas ir a verla. Es la gran oportunidad de ver en España, con producción local, uno de los musicales más emblemáticos de la historia reciente. No se repite con frecuencia, y cuando pasa hay que aprovechar.
Salimos del Lope de Vega a la Gran Vía, con las luces rojas de los cines todavía iluminando la acera. The Music of the Night sonaba en mi cabeza durante el paseo de vuelta al hotel. Un musical que deja eso, canciones que se te instalan dentro, merece todos los elogios.