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Recreación del espectáculo generada con inteligencia artificial, ya que no tengo ninguna fotografía propia por tener prohibido el uso de cámaras durante la representación.

Bilbonauta · Bilbao

Cabaret en el Teatro Arriaga

Habían quitado todas las butacas del Arriaga y puesto mesas de cabaret. No estabas viendo el musical: estabas dentro.

Lectura de 3 minutos

Ya conocía Cabaret. Lo había visto años antes en Madrid y sabía perfectamente lo que me esperaba. Pero lo que no esperaba era lo que habían hecho con el Arriaga.

El Arriaga transformado

Al entrar en el teatro aquella noche de diciembre, el patio de butacas había desaparecido. Literalmente. Habían retirado todas las butacas y en su lugar había mesas redondas con sillas, como un cabaret de verdad. El escenario del Arriaga, ese teatro neobarroco lleno de dorados y terciopelo, se había convertido en el Kit Kat Klub del Berlín de los años treinta. La banda sonaba en directo desde una plataforma elevada sobre el escenario, y el público ya no era público: era clientela del local.

La transformación era impactante. Sentarte a una mesa, rodeado de gente, con los actores moviéndose entre el público, cambiaba completamente la experiencia. No estabas viendo un musical. Estabas dentro del musical. Y esa inmersión hacía que todo lo que ocurría en el escenario te golpeara con una intensidad muy diferente.

La producción

Esta versión de Cabaret era una producción de SOM Produce dirigida por Jaime Azpilicueta, que celebraba el cincuenta aniversario del estreno original en Broadway. Había arrasado en Madrid, ganando ocho premios incluyendo el de Mejor Musical de la Temporada, y recorrió treinta y tres ciudades españolas entre 2016 y 2018. El Arriaga acogió treinta y siete funciones durante todo el mes de diciembre, un despliegue logístico considerable: quinientos cuarenta metros cúbicos de material transportados en seis camiones.

Cristina Castaño, a quien la mayoría conocía por La que se avecina, interpretaba a Sally Bowles. Armando Pita era el Maestro de Ceremonias, ese personaje inquietante y magnético que funciona como hilo conductor de toda la obra. Alejandro Tous completaba el trío principal como Cliff Bradshaw, el escritor americano que llega al Berlín de entreguerras sin saber en qué se está metiendo.

Willkommen

Cabaret es una obra maestra. No hay otra forma de decirlo. El libreto de Joe Masteroff, la música de John Kander y las letras de Fred Ebb construyen algo que funciona en dos niveles simultáneos: por un lado es un espectáculo deslumbrante, lleno de números musicales irresistibles, humor negro y una energía escénica arrolladora. Por otro, debajo de toda esa purpurina, hay una historia devastadora sobre cómo la gente mira hacia otro lado mientras el mundo se desmorona a su alrededor.

Los números del Kit Kat Klub son una trampa perfecta. Te seducen, te hacen reír, te envuelven en esa atmósfera decadente y hedonista. Y mientras te dejas llevar, el nazismo va avanzando en la trama como un veneno lento. Las esvásticas aparecen poco a poco, los personajes van eligiendo bando, y lo que empezó como una fiesta se va convirtiendo en algo mucho más oscuro.

El final

Y luego está el final. No voy a desvelarlo para quien no lo conozca, pero Cabaret tiene uno de los finales más desoladores de la historia del teatro musical. Un final que te deja clavado en la silla, o en este caso en la mesa, con un nudo en el estómago. Un final que convierte retroactivamente todo lo que habías visto en otra cosa, que le da un significado nuevo a cada sonrisa, a cada número musical, a cada chiste del Maestro de Ceremonias.

Salí del Arriaga aquella noche de diciembre con frío por dentro y por fuera. Y con la certeza de que Cabaret no es solo un gran musical. Es una obra importante. De esas que te recuerdan para qué sirve el teatro.