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Recreación del espectáculo generada con inteligencia artificial, ya que no tengo ninguna fotografía propia por tener prohibido el uso de cámaras durante la representación.

Bilbonauta · Bilbao

Los Piratas de Penzance de Dagoll Dagom en el Arriaga

Llevaba toda la vida tarareando una canción sin saber de dónde venía. Aquella noche de 1998 en el Arriaga lo descubrí.

Lectura de 4 minutos

Hay canciones que conoces sin saber de dónde vienen. Melodías que llevan ahí toda tu vida, que tarareas sin poder explicar cuándo las escuchaste por primera vez. Eso me pasaba con una canción concreta: alguien cantando a toda velocidad, atropellándose con las palabras, en un torrente imparable de sílabas. La conocía de niño, probablemente de algún dibujo animado, quizá de los Animaniacs o de alguna otra referencia que se me escapa. Pero nunca supe qué era ni de dónde venía.

Hasta aquella noche de septiembre de 1998 en el Teatro Arriaga.

Gilbert y Sullivan en el Arriaga

Los Piratas de Penzance es una opereta cómica de Gilbert y Sullivan estrenada en 1879. La historia es un disparate delicioso: Frederic, un joven que ha sido aprendiz de pirata por error, cumple veintiún años y decide abandonar la piratería para convertirse en ciudadano respetable. Se enamora de Mabel, hija del Mayor General Stanley, y todo se complica cuando los piratas descubren que Frederic nació un 29 de febrero, así que técnicamente solo ha cumplido cinco años bisiestos y su contrato de aprendiz sigue vigente. Absurdo total.

Dagoll Dagom había estrenado su adaptación en noviembre de 1997 en el Teatre Victòria de Barcelona, con libreto en catalán de Xavier Bru de Sala, dirección de Joan Lluís Bozzo y arreglos musicales de Joan Vives. Su versión trasladaba la acción de la costa de Cornualles a la Costa Brava, y los policías del original se convertían en guardias civiles con tricornio. Una adaptación libre, gamberraen el mejor sentido, que hacía suya una obra de más de cien años sin perderle el respeto.

La canción

Y entonces llegó el momento. El Mayor General Stanley se plantó en el escenario del Arriaga y empezó a cantar a una velocidad endiablada. Y de repente la reconocí. Esa era la canción. La melodía que llevaba años en algún rincón de mi memoria sin nombre ni origen.

Se llama "I Am the Very Model of a Modern Major-General" y es probablemente la patter song más famosa de la historia del teatro musical. Un personaje que presume de sus conocimientos enciclopédicos a una velocidad absurda, encadenando rimas imposibles sin tomar aliento. Gilbert y Sullivan la escribieron como parodia del militar victoriano pomposo y pedante, y desde entonces ha sido imitada, versionada y parodiada en todas partes: en los Animaniacs, en películas, en series, en anuncios. Por eso la conocía de niño sin saber qué era.

Escucharla en directo, cantada en castellano a toda velocidad por un actor que clavaba cada sílaba con precisión milimétrica, fue un momento de esos que se quedan grabados. El público del Arriaga se vino abajo.

Carles Sabater

El reparto de aquella producción incluía a Carles Sabater en el papel de Frederic. Sabater era el cantante de Sau, la banda de rock catalán que había arrasado en los noventa con canciones que sonaban en todas partes. Pero además de músico era actor, y llevaba años trabajando con Dagoll Dagom. Verle sobre el escenario del Arriaga, con esa energía y ese carisma que lo hacían magnético, era algo especial.

Lo que no podíamos saber aquella noche es que Carles Sabater moriría solo cinco meses después, en febrero de 1999, de un infarto fulminante tras un concierto de Sau en Vilafranca del Penedès. Tenía treinta y seis años. Es uno de esos datos que te golpean cuando miras atrás y te das cuenta de que estuviste viendo a alguien en uno de sus últimos trabajos.

El espectáculo

Lo que recuerdo del conjunto es que era tremendamente entretenido. Dagoll Dagom tenía un don para coger obras del repertorio clásico y hacerlas accesibles, divertidas, cercanas. No hacía falta saber nada de Gilbert y Sullivan para pasarlo bien. La producción era colorida, el ritmo no decaía en ningún momento y el humor funcionaba incluso cuando algún juego de palabras se escapaba. Era teatro musical popular en el mejor sentido de la palabra: espectáculo para disfrutar sin pretensiones, hecho con un nivel de calidad altísimo.

El Arriaga, además, es un marco perfecto para este tipo de obras. Un teatro de ópera decimonónico con toda su pompa, lleno de dorados y terciopelo, donde una opereta cómica sobre piratas encajaba como un guante.