
Bilbonauta · Londres
Saturday Night Fever en el Apollo Victoria Theatre
Mi primer musical en el West End, con los Bee Gees sonando exactamente como se espera: correcto, disfrutable, y el aperitivo perfecto para querer volver a por algo que de verdad me dejara sin aliento.
Han pasado casi tres semanas desde que volvimos de Londres y todavía me descubro tarareando Stayin' Alive en los momentos más inesperados. En la ducha, caminando por el Casco Viejo, esperando al autobús en la Gran Vía. No sé si eso dice algo bueno del musical que fuimos a ver o simplemente confirma que los Bee Gees escribieron melodías imposibles de sacudirse de encima, independientemente del envoltorio con que te las sirvan.
El Apollo Victoria Theatre¶
El Apollo Victoria merece un párrafo propio antes de hablar del espectáculo. Se inauguró en 1930 como el New Victoria Cinema, uno de esos cines de la era dorada donde ir a ver una película era un acontecimiento social y los edificios se diseñaban a la altura de la ocasión. Art déco puro: líneas geométricas, una fachada imponente en Vauxhall Bridge Road, un interior que conserva ese aire de palacio construido para impresionar. Reconvertido en teatro en los años ochenta, el Apollo Victoria lleva décadas siendo uno de esos espacios que hacen la mitad del trabajo antes de que empiece la función. Solo sentarse en la sala ya es algo.
El contexto: primera vez en el West End¶
Era mi primer viaje a Londres, todo absolutamente nuevo: el Tube, los autobuses rojos, el acento, los pubs, esa luz tan particular del otoño londinense. Dentro de todas esas primeras veces, ir a ver un musical en el West End era una de las que más ilusión hacía. No recuerdo exactamente cómo acabamos eligiendo Saturday Night Fever. Probablemente fue una mezcla de disponibilidad, precio razonable y el hecho de que la banda sonora la conoce cualquiera. El ritual de las entradas, la cola para entrar, el murmullo del público acomodándose, el programa en la mano... Todo eso, la primera vez, tiene una magia propia que va más allá de lo que se represente después en el escenario.
El musical¶
Saturday Night Fever llevaba en el West End desde 1998, seis años de éxito comercial cuando nos sentamos en aquellas butacas. La fórmula era clara: coger la película de 1977 que convirtió a Travolta en estrella, usar la banda sonora de los Bee Gees que vendió cuarenta millones de copias, montar una producción vistosa con buenos bailarines y dejar que la nostalgia disco hiciera el resto.
La historia es la de Tony Manero, un chico del Brooklyn de los setenta que trabaja en una ferretería durante el día y por las noches se transforma en el rey de la pista de baile. Historia de clase obrera, de escapismo a través del baile, de esa necesidad universal de encontrar un espacio donde ser alguien diferente. Tiene miga, sobre el papel. En la práctica, el musical apuesta más por el espectáculo que por la profundidad.
Como espectáculo, cumple. Los números de baile están bien ejecutados y rinden homenaje a la película sin caer en la parodia. Night Fever suena exactamente como esperas. How Deep Is Your Love tiene ese punto melancólico que siempre funciona. Stayin' Alive cierra la función con ese bajo inconfundible que parece diseñado para que el público salga a la calle caminando con algo más de swing del habitual.
Lo que queda¶
La parte complicada de ser honesto: Saturday Night Fever me pareció correcto. Entretenido. Bien hecho. Los bailarines eran buenos, las canciones sonaban bien, la producción era profesional. Y sin embargo no hubo un solo momento en toda la función que pusiera la piel de gallina. Ni uno. Salimos del teatro contentos, tarareando, con la sensación de haber pasado una buena noche. Pero no salimos transformados ni conmovidos.
No soy especialmente fan de los Bee Gees, eso es verdad, y seguramente eso cuenta. Pero creo que el problema es otro: hay musicales que te entretienen en el momento y musicales que se quedan contigo. Saturday Night Fever pertenece firmemente a la primera categoría. Igualmente disfrutable y olvidable, una contradicción que asumo sin problema. Puedes pasar una velada estupenda y al día siguiente recordar la experiencia como algo agradable pero difuso, como una buena cena en un restaurante cuyo nombre no consigues retener.
Con todo, y esto lo digo sin ironía, me alegro de que fuera nuestro primer musical en el West End. Precisamente por ser discreto, por no haberme dejado sin palabras, sirvió como aperitivo. Sé lo que es sentarse en un teatro así, sé cómo funciona el ritual, sé lo que se siente al formar parte de ese público. Y sé que quiero volver a ver algo que me deje sin aliento. Si la puerta de entrada ya incluía un teatro art déco de 1930 y una sala llena de gente cantando Stayin' Alive a coro, el mundo que había detrás de esa puerta tenía que ser extraordinario. Y lo fue.