
Bilbonauta · Londres
The Woman in White en el Palace Theatre
El gran estreno de Lloyd Webber del año, con los decorados sustituidos por proyecciones de vídeo, y ni una sola canción que se nos quedara en la cabeza al salir.
Pocas cosas generan más expectación que un estreno de Andrew Lloyd Webber. Así que cuando conseguimos las entradas para The Woman in White en el Palace Theatre, la ilusión era considerable. Y en cierto modo la noche fue memorable, aunque no por las razones que esperábamos.
El Palace Theatre¶
El Palace Theatre se alza en Cambridge Circus, justo donde Shaftesbury Avenue se cruza con Charing Cross Road. Inaugurado en 1891 como Royal English Opera House, el edificio es una maravilla de ladrillo rojo y terracota que destaca incluso en una ciudad con tanto edificio magnífico. La fachada victoriana con sus arcos y sus detalles ornamentales te transporta a otra época antes de cruzar el umbral. Los pasillos, los palcos, la cúpula decorada, las butacas de terciopelo. Para alguien que pisa Londres por primera vez, entrar en un teatro así tiene un peso propio. Las paredes llevan más de un siglo acumulando funciones.
La gran apuesta de Lloyd Webber¶
The Woman in White llegaba al West End con el peso de la firma. Andrew Lloyd Webber definió el musical moderno: El Fantasma de la Ópera, Cats, Evita, Jesucristo Superstar. Su catálogo es abrumador. Cada una de esas obras tiene melodías que se clavan en la cabeza y no abandonan. La nueva producción, basada en la novela de Wilkie Collins de 1859 — considerada por muchos como la primera novela de misterio de la literatura inglesa —, se presentaba como su gran regreso. Había estrenado apenas un mes antes, en septiembre de 2004. Cuando nos sentamos aquella noche de octubre, el espectáculo llevaba pocas semanas en cartel. La expectativa era inmensa. La decepción fue proporcional.
Cuando la tecnología traiciona al teatro¶
Vamos a ser directos: no recordamos ni una sola canción del espectáculo. Ni una. Cero. Nada se quedó grabado. De un musical de Lloyd Webber — el hombre cuya principal virtud siempre ha sido crear melodías pegadizas e inolvidables. Salimos del Palace Theatre sin ser capaces de tararear absolutamente nada de lo que acabábamos de escuchar durante más de dos horas. Para un musical, eso es una sentencia.
Pero lo que realmente decepcionó fue otra cosa: los decorados. O mejor dicho, su ausencia.
The Woman in White presumía de ser "innovadora" porque sustituía los decorados físicos por proyecciones de vídeo. En lugar de construir escenarios reales — telones pintados, estructuras de madera, elementos tangibles — lo que ofrecieron fue una pantalla gigante con imágenes proyectadas, presentado como el futuro del teatro.
Parte de la magia del teatro reside precisamente en lo físico, en lo tangible, en lo artesanal. En ver cómo un decorado se transforma ante los ojos, cómo sube un telón y aparece un mundo completamente distinto. En la solidez de una escalinata, en la textura de una pared pintada, en el juego de luces sobre superficies reales. Eso es lo que distingue al teatro del cine. Las proyecciones pueden ser un complemento magnífico — nadie lo discute, pueden añadir profundidad, crear efectos imposibles de otro modo —, pero cuando sustituyen completamente los decorados físicos, algo esencial se pierde que no se recupera con calidad técnica. No es innovar: es empobrecer con mejor iluminación.
El tiempo le ha dado la razón a esa sensación de aquella noche. The Woman in White no se convirtió en ningún clásico, no entró en el panteón de Lloyd Webber, cerró sin demasiado ruido y hoy es poco más que una nota a pie de página en su carrera. Mientras El Fantasma de la Ópera sigue llenando teatros décadas después de su estreno, nadie recuerda una melodía de The Woman in White.
Pero la noche en el Palace Theatre fue, pese a todo, una experiencia propia. Estar en aquel edificio centenario en el corazón del West End, en nuestro primer viaje a Londres, rodeados de esa atmósfera irrepetible: eso sí se ha quedado grabado. El teatro de ladrillo y terciopelo tiene magia independientemente de lo que ocurra en el escenario. Eso al menos nadie puede quitarlo.