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Fachada principal de ladrillo rojo del edificio Beta I de Zorrotzaurre, sede de DigiPen

Bilbao

El edificio Beta I de Zorrotzaurre

De fábrica de tornillos a universidad del videojuego

Hay edificios que cuentan la historia de un barrio entero sin necesidad de ser bonitos. El Beta I, en el número 2 de la Ribera de Zorrotzaurre, es uno de ellos: una fábrica de mediados del siglo pasado, plantada frente a la ría, en la que durante años se hicieron tuercas y tornillos y en la que hoy se aprende a programar videojuegos. El nombre le viene de la empresa que lo levantó, Beta, aunque buena parte de Bilbao lo conoce ya simplemente como el edificio de DigiPen.

Entre una cosa y otra pasó por casi todo lo que le puede pasar a un pabellón industrial: se quedó sin fábrica, sirvió de almacén de carrozas, estuvo años en desuso y acabó rehabilitado por el Ayuntamiento en 2018 para convertirse en el primer centro universitario de la isla. Es uno de los diecinueve edificios industriales que el plan de Zorrotzaurre ha decidido conservar, y probablemente el que mejor explica en qué quiere convertirse este trozo de Bilbao.

En este artículo repaso la historia del edificio Beta I, con sus fechas discutidas incluidas, cuento cómo fue la rehabilitación y qué hace allí DigiPen, y explico cómo acercarse a verlo. No es una visita monumental, pero sí una buena excusa para cruzar a la isla y entender lo que está pasando en ella.

Zorrotzaurre, de península industrial a isla

Zorrotzaurre es un invento reciente. Hasta mediados del siglo XX era una vega llana en la ribera de Deusto. En 1950 empezó a excavarse el canal de Deusto, pensado para dar más muelles al puerto, y las obras se detuvieron dieciocho años después sin llegar a completarlo. El resultado fue una península larga y estrecha, unida a tierra firme por un extremo y llena de fábricas, talleres y almacenes.

La crisis industrial fue vaciando esos pabellones y la península quedó durante décadas en una especie de limbo. El plan de regeneración, con un plan director firmado por Zaha Hadid, propuso terminar lo que se había dejado a medias: abrir el canal del todo y convertir la península en isla, con vivienda, parques y actividad económica ligada al conocimiento. El 8 de octubre de 2018, a la una y media de la tarde, el agua pasó por fin de lado a lado y Zorrotzaurre se convirtió oficialmente en isla.

El plan no hizo tabla rasa. Diecinueve edificios industriales se libran de la piqueta por su valor arquitectónico, entre ellos el Pabellón 6, las viejas oficinas de Elorriaga Industrial y de Termoelectricidad Consonni, la sede de la desaparecida Tarabusi, la Papelera y los dos edificios de Beta. Son la memoria fabril de la isla y, al mismo tiempo, el soporte de su nueva vida.

Beta, la fábrica de tuercas y tornillos de la ribera

Beta fue una empresa dedicada a la fabricación de tuercas y tornillos, una de tantas industrias auxiliares que crecieron al calor de los astilleros, las siderurgias y los talleres de la ría. Se instaló en la ribera de Zorrotzaurre a principios de los años cincuenta y allí siguió hasta que trasladó la producción a otra localidad vizcaína.

Lo que queda de aquella fábrica se conoce hoy en dos partes. Beta I es el edificio delantero, el que da la cara a la ribera y a la ría. Beta II es el cuerpo trasero, con entrada por Olagorta kalea, que llegó a tener un jardín en la azotea, un lujo poco frecuente en un pabellón industrial.

Cuando la tornillería se marchó, el edificio delantero acabó en manos municipales y tuvo una segunda vida bastante menos seria: se utilizó para construir y guardar carrozas, además de otros usos del Ayuntamiento. Para 2017 estaba ya en desuso, esperando a que el plan de la isla le encontrara oficio.

Dos fechas para dos edificios

Fechar el Beta I tiene su miga, porque en las fuentes bailan dos fechas y dos autores. La comisión gestora de Zorrotzaurre lo data en 1951 y lo atribuye al ingeniero industrial Juan José Abrisqueta, al que la ficha de Open Bilbao sobre el Beta II suma a Francisco García Alquegui. La prensa, en cambio, habla de un proyecto de 1963 del arquitecto José Ignacio Gorostiza para acoger oficinas, talleres y la vivienda del conserje.

La explicación más sencilla es que las dos cosas son ciertas. Primero se construyó, a comienzos de los cincuenta, la fábrica que da a la ribera, lo que hoy llamamos Beta I. Una década después, cuando el negocio pedía más sitio, se amplió hacia atrás con el cuerpo que hoy se conoce como Beta II. Dos fechas, dos autores y dos edificios que durante años funcionaron como uno solo, y que las fuentes mezclan con bastante alegría.

Ningún documento que yo haya visto lo cuenta con estas palabras, pero es la lectura que mejor encaja con los datos. Si nos ceñimos a DigiPen, lo que ocupa es la parte más antigua, la de 1951: arquitectura industrial de posguerra, hecha para producir y no para lucir.

Ladrillo rojo por fuera, aulas del siglo XXI por dentro

Por fuera, el Beta I es exactamente lo que uno espera de una fábrica de la ría: un volumen rotundo de ladrillo rojo visto, sin molduras ni concesiones, del mismo ladrillo que acabó siendo seña de identidad de medio Bilbao. Los huecos son grandes ventanales apaisados, rehundidos en el muro como si los hubieran recortado a cuchilla, con carpinterías oscuras. En la parte baja, una banda continua de paneles de malla metálica gris cierra el zócalo, y sobre ella, en letras de metal, figura el nombre del inquilino. La rehabilitación conservó expresamente esa imagen exterior.

Por dentro la sorpresa es la contraria. Pude recorrer varias plantas en una visita y la reforma no deja ver nada del pasado industrial: acabados nuevos y un interior repartido en aulas, cada una equipada para lo suyo.

Pasillo del edificio Beta I con varias aulas a los lados y una sala al fondo
Los pasillos de DigiPen, con las aulas repartidas a los lados

Hay una sala de dibujo tradicional, con sus caballetes, y a pocos metros aulas llenas de ordenadores, tabletas gráficas y mesas de luz. Lápiz y píxel conviven con naturalidad, que es justo lo que pide el oficio que allí se enseña.

Sala de dibujo tradicional con caballetes en el edificio Beta IAula con ordenadores en el edificio Beta I
La sala de dibujo y un aula de ordenadores, a pocos metros una de otra

La planta baja, mucho más pequeña que las de arriba (260 metros cuadrados frente a los 1.180 de cada una de las dos superiores), acoge el salón de actos. Allí nos proyectaron varios tráileres de animación hechos por alumnos de la escuela, que son probablemente la mejor carta de presentación del centro. Quien busque vigas vistas y aroma a taller tendrá que conformarse con la fachada.

De almacén de carrozas a concurso público

El camino hasta DigiPen tuvo algún giro. En abril de 2017 el Ayuntamiento sacó a concurso las obras de acondicionamiento exterior e interior del edificio, con un presupuesto de licitación de 2,77 millones de euros sin IVA, y anunció que allí se instalaría el Centro Vasco de Matemáticas Aplicadas. Aquel destino no llegó a cuajar.

En septiembre de ese mismo año el plan había cambiado: el Beta I salía en alquiler para proyectos de formación vinculados a la innovación y las nuevas tecnologías. Las condiciones eran un arrendamiento a veinte años con una renta mínima de 11.000 euros al mes, y el edificio admitía usos terciarios o de equipamiento docente, sociocultural o asociativo.

Solo se presentó un candidato. DigiPen, que llevaba años en Zierbena, fue la única entidad que concurrió, y en octubre de 2017 se supo que la universidad del videojuego se mudaría a Bilbao en cuanto terminaran las obras. En Zierbena, por cierto, la noticia se recibió con bastante calma: fuentes municipales reconocieron que la relación con el centro había sido prácticamente inexistente.

La rehabilitación de 2018: fachadas intactas, interior nuevo

Las obras empezaron en febrero de 2018 y terminaron en agosto, a tiempo, por los pelos, para el inicio del curso. Las ejecutó la constructora Viconsa y las pagó íntegramente el Ayuntamiento. La cifra que se manejó al principio fue de 3,3 millones de euros; la inversión final quedó en 2,3 millones.

El criterio fue el habitual en el patrimonio industrial que se quiere seguir usando: por fuera, tocar lo justo; por dentro, empezar de nuevo. Se renovaron cubiertas y fachadas manteniendo la imagen original, se reforzó la estructura y se reparó el hormigón deteriorado, que en un edificio a pie de ría y con años de abandono no era poco. También se resolvieron la accesibilidad, la evacuación y los accesos, asignaturas pendientes de cualquier fábrica vieja.

El interior cambió por completo. Donde hubo talleres y oficinas hay ahora una quincena de aulas, laboratorios, despachos, salas polivalentes, zonas de estudio y comedor, además de un aula principal para unas setenta personas en la planta baja. Cuando los alumnos entraron por primera vez, el 17 de septiembre de 2018, todavía quedaban remates por hacer.

DigiPen, la universidad del videojuego

DigiPen nació en 1988 en Vancouver de la mano de Claude Comair y se trasladó una década después a Redmond, en el estado de Washington, a la sombra de Nintendo of America, con la que había puesto en marcha un programa de formación de programadores de videojuegos. Presume de haber creado el primer grado universitario del mundo dedicado al desarrollo de videojuegos, y tiene tres campus: Redmond, Singapur y Bilbao.

A Bizkaia llegó por empeño de Ignacio Otalora, que impulsaba desde la Cámara de Comercio proyectos para diversificar la economía del territorio y acabó dirigiendo el centro. El campus europeo abrió a comienzos de la década de 2010 en Zierbena, en los terrenos de la antigua empresa Cabot, y allí estuvo unos ocho años antes de mudarse a Zorrotzaurre con doscientos alumnos de una quincena de países.

La inauguración oficial fue el 10 de octubre de 2018, dos días después de que Zorrotzaurre se convirtiera en isla, con el alcalde Juan Mari Aburto y el propio Comair. El fundador recordó que la escuela había nacido en un sótano y explicó la apuesta con un argumento muy de aquí: que los chavales no tengan que irse fuera a trabajar. DigiPen fue el primer centro educativo en instalarse en la isla, y el Ayuntamiento lo presentó como el faro que debía atraer a las empresas del sector.

Entonces ofrecía dos grados, uno de programación y otro de arte digital y animación. Hoy son cuatro, uno de Bellas Artes en Arte Digital y Animación y tres de ingeniería informática: Simulación Interactiva en Tiempo Real, Diseño de Videojuegos e Inteligencia Artificial. El discurso de la casa insiste en el prestigio internacional del centro y en la relación estrecha entre sus tres sedes, que comparten programas. Por el edificio paga al Ayuntamiento un alquiler de 11.000 euros al mes.

Las goteras de 2021: lo que no se cambió en 2018

La rehabilitación dejó un cabo suelto. En 2018 se restauró todo salvo la carpintería de las cristaleras, y a los dos años los responsables de DigiPen empezaron a quejarse de filtraciones de agua por las ventanas de las fachadas norte y oeste, sobre todo en los días de lluvia fuerte con viento. Quien conozca el invierno en la ría sabe que no son pocos.

El estudio técnico municipal fue claro: los perfiles existentes no eran los adecuados y carecían de los elementos básicos para impedir la entrada de agua. El Ayuntamiento optó por sustituir toda la carpintería de esas dos fachadas, con un presupuesto de unos 112.000 euros y las obras programadas en verano para no molestar a los alumnos.

Es una anécdota menor, pero ilustra bien un dilema clásico de la rehabilitación industrial: conservar lo que hay da autenticidad al edificio, y a veces también goteras.

Beta II y el resto de la isla del conocimiento

El Beta I no está solo. Justo detrás queda el Beta II, la ampliación de los años sesenta, rehabilitado también por el Ayuntamiento y ocupado hoy por Mondragon Unibertsitatea con Bilbao As Fabrik. Forman un mismo conjunto, y así los trata el plan de la isla, pero el Beta II tiene historia y arquitectura de sobra para un artículo propio, de modo que aquí lo dejo solo apuntado.

Entre los dos edificios, el Ayuntamiento urbanizó una plaza e instaló un sistema de geotermia para la climatización, un detalle invisible que dice mucho de cómo se quiere que funcione la isla. Alrededor han ido llegando otros inquilinos a viejos edificios fabriles, como la escuela de diseño Kunsthal a la Papelera, y siguen en su sitio el teatro de Pabellón 6 y los colectivos culturales que mantuvieron viva la península cuando casi nadie apostaba por ella.

La idea de fondo es la que el Ayuntamiento repite desde hace años: una isla del conocimiento en la que convivan vivienda, universidades y empresas tecnológicas. El Beta I fue la primera pieza que se colocó en ese tablero.

Cómo llegar y cómo visitar el edificio Beta I

El edificio está en Ribera de Zorrotzaurre, 2 (48014 Bilbao), en la orilla de la isla que mira a la ría. Se llega cómodamente a pie desde Deusto cruzando el puente Frank Gehry, y el paseo por la ribera, con los pabellones viejos a un lado y el agua al otro, forma parte de la visita.

Conviene tener claro que es un centro universitario en funcionamiento, no un espacio visitable: el exterior se puede ver siempre, pero el interior solo se abre en ocasiones concretas. La mejor es Open Bilbao, el festival de arquitectura de cada otoño. En la edición de 2026 el Beta I ha estado en el programa con visitas guiadas el sábado por la mañana, de 10:00 a 14:00, de media hora de duración y en grupos de veinte personas, y el edificio es accesible.

Mi consejo es no ir solo a por él. El Beta I luce más como primera parada de un paseo por la isla que incluya el Beta II, la Papelera, el Pabellón 6 y la propia ribera, que es donde mejor se aprecia el contraste entre las fábricas que se quedan y los bloques de viviendas que van llegando. Con una hora larga se hace sin prisa.