Saltar al contenido
La escalera del Hotel Radisson Collection de Bilbao, con sus lámparas colgantes

Bilbao

El Hotel Radisson Collection de Bilbao

El banco de la Gran Vía que acabó siendo un cinco estrellas

El número 4 de la Gran Vía es uno de esos edificios que en Bilbao se ven a diario y se miran poco. Está a unos pasos de la plaza Circular, tiene una fachada de piedra con unas columnas enormes y durante casi setenta años fue exactamente lo que parece: un banco. Desde marzo de 2022 es un hotel de cinco estrellas, el Radisson Collection, con un restaurante de Eneko Atxa en la azotea.

Lo visité en Open Bilbao 2025, pero ya lo conocía por dentro, y no como cliente del banco. En sus plantas de oficinas estuvo durante años Panda Software, la empresa en la que trabajé, y aunque mi mesa estaba en otro edificio pasé por allí muchas veces. Así que este es un artículo sobre un hotel, pero también sobre un banco y, un poco, sobre una empresa de antivirus.

Un banco al principio de la Gran Vía

La Gran Vía empieza en la plaza Circular, y sus primeras manzanas fueron durante todo el siglo XX el territorio de los bancos. Uno tras otro se instalaron aquí, cada cual con su edificio, hasta formar lo que el arquitecto Elías Mas llamó «una suerte de Wall Street» bilbaíno. El Banco Hispano Americano levantó el suyo en el número 4, sobre un solar que da a tres calles: la Gran Vía, Berástegui y Ledesma. Con el tiempo y con las fusiones bancarias, el edificio acabó siendo del Santander.

La fachada sigue un esquema que cualquiera reconoce aunque no sepa nombrarlo. Abajo, un zócalo de granito gris, áspero, que hace de base. Encima, cuatro plantas de piedra clara recorridas de arriba abajo por columnas y pilastras jónicas de tamaño gigante. Y arriba, un ático y un sobreático que rematan el conjunto. En la esquina, mirando a la calle desde la última planta, hay una figura de bronce de la diosa Minerva, obra del escultor Ricardo Iñurria. Es fácil no haberla visto nunca, porque hay que levantar bastante la cabeza.

Por dentro era un banco de los de antes. Todo giraba alrededor del patio de operaciones, un gran espacio de doble altura al que se asomaban las entreplantas, forrado de mármol verde oscuro y latón. Era la fórmula habitual de aquellos edificios, pensados para impresionar al que entraba a ingresar un cheque. Mas los describe como «verdaderos templos» y dice que este transmite, por encima de otros, «una imagen de seriedad y calidad». Era justamente lo que el banco quería que se pensara de él.

Manuel Galíndez, un moderno vestido de clásico

El edificio es de Manuel Ignacio Galíndez, que lo proyectó con la colaboración de José María Chapa. Las fechas bailan según quién las cuente, entre 1945 y 1950, que seguramente son la del proyecto y la de la obra terminada. Los dos arquitectos venían de firmar juntos, muy poco antes, el edificio de la Naviera Aznar, y Galíndez llevaba desde los años treinta dejando su firma por todo el Ensanche.

Lo curioso es que esa firma era, en origen, la de un moderno. Suyos son La Equitativa y La Aurora, dos de los edificios más avanzados que se hicieron en Bilbao antes de la guerra, de líneas limpias y sin apenas adorno. Aquí, en cambio, tiró de columnas y de piedra. Era lo que tocaba: en los años de la autarquía, y más tratándose de un banco, se pedía solemnidad, y el lenguaje clásico era la manera aceptada de darla.

Aun así, quienes han estudiado el edificio no lo ven como un paso atrás. Elías Mas lo explica diciendo que el clasicismo está aquí «magistralmente dictado» por el oficio de Galíndez, y que la «nitidez y elegancia» del edificio producen, pese a todo, «un sentimiento real de modernidad». Es una buena forma de decir que debajo del traje clásico seguía estando el mismo arquitecto.

Cuando encima del banco estaba Panda

Un edificio así le viene grande a una sucursal, y parte de sus plantas acabaron alquiladas como oficinas. En ellas se instaló Panda Software, la empresa de antivirus fundada en Bilbao en 1990 y que más tarde pasó a llamarse Panda Security. No era una oficina cualquiera: Gran Vía 4 figuraba como la dirección de su sede central, la que aparecía en las fichas oficiales de la compañía.

Yo trabajé en Panda entre 2001 y 2008. Mi puesto no estaba aquí, sino en el edificio de la calle Buenos Aires, que queda a un paso, al otro lado de la plaza Circular. Pero vine muchas veces a estas oficinas, unas a ver a compañeros y otras a reuniones de empresa. Por eso, cuando Open Bilbao incluyó el hotel en su programa, la visita tenía para mí una curiosidad añadida: la de entrar como visitante en un sitio en el que había estado tantas veces por trabajo.

Panda dejó el edificio en 2016. El traslado tuvo su historia, porque la dirección quería llevarse la sede al parque tecnológico de Zamudio y la plantilla, que votó sobre ello, prefirió quedarse en Bilbao, en Miribilla. Uno de los sindicatos hablaba entonces de un inmueble «con carencias» de accesibilidad y con el metro cuadrado muy caro, y reprochaba al banco que prefiriese dejar vacío un edificio de seis plantas antes que hacer obras. Dos años después el banco lo vendió, y las obras las hicieron otros.

De sede bancaria a cinco estrellas

El Santander vendió el edificio en mayo de 2018, en plena época en que los bancos se desprendían de sus sedes históricas, y el inmueble acabó en manos de una sociedad especializada en hoteles de lujo. Un año después se supo quién iba a ocuparlo: Radisson, que lo quería para su marca más alta, Radisson Collection, reservada a edificios singulares en grandes ciudades. La apertura se anunció para 2020, pero la pandemia lo retrasó todo y el hotel no recibió a sus primeros huéspedes hasta marzo de 2022.

La obra tenía una condición de partida, porque el edificio está protegido: las fachadas había que respetarlas. El trabajo se hizo de puertas adentro y en la azotea. El estudio dAAr Arquitectura se encargó de convertir las plantas de oficinas en 137 habitaciones repartidas en seis pisos, con dos suites arriba del todo, y de hacerlo con unas exigencias ambientales poco habituales en un inmueble de esa edad: según la cadena, el hotel gasta casi la mitad de energía y un cuarenta por ciento menos de agua que un edificio comparable.

Radisson lo presentó como su segundo Collection en España, y su primer director definía la propuesta como «un lujo asequible y nuevo»: calidad, decía, «pero no una calidad rococó». Entró así en el grupo corto de los cinco estrellas de Bilbao, junto al Carlton, el antiguo Dómine y el Meliá, con una ventaja evidente, que es estar donde está, y un inconveniente que nadie oculta, que es no tener garaje. En 2026 el edificio ha vuelto a cambiar de dueño, aunque el hotel sigue igual y con la misma cadena al frente.

Por dentro: art déco bajo una fachada clásica

Los interioristas no intentaron imitar el banco que hubo. Tomaron otra referencia de la misma época, el art déco, y la usaron para todo el hotel, buscando a propósito el contraste con la seriedad neoclásica del exterior. Se nota en las líneas curvas, en los asientos mullidos y, sobre todo, en los materiales: madera de nogal, latón cepillado y mármol negro de Markina, que es de aquí.

El otro recurso es la luz. El estudio partió de una idea muy bilbaína, la de que en esta ciudad no sobra el sol, y trabajó la iluminación con tanto cuidado como los acabados. En la recepción hay un juego de geometrías con muchos puntos de luz, la escalera lleva una barandilla dorada con luces a ras de suelo y suspendidas, y por todo el edificio se repite un motivo de rayos dorados que viene directamente del repertorio déco. La intención, según sus autores, es que los espacios resulten cálidos y acogedores.

Las habitaciones siguen la misma línea con otro color: paredes blancas, los rayos dorados y un mobiliario en tonos azules, el llamado azul Bilbao, que la cadena relaciona con la ría. Las dos suites de la última planta tienen terraza privada con jacuzzi y vistas a la ciudad. Y en la zona de bienestar, que abrió unos meses después que el resto, hay gimnasio, una sala de yoga y una piscina cubierta con cascada, todo revestido de madera y con detalles de inspiración japonesa.

La azotea de Eneko Atxa

Lo más conocido del hotel no son las habitaciones sino lo que tiene encima. La azotea se convirtió en restaurante y bar, con una parte cerrada bajo un techo transparente y una terraza abierta sobre la ciudad. La decoración no pasa inadvertida: jardines verticales, sombrillas de colores y un suelo de mármol blanco y negro con dibujo geométrico.

De la cocina se encarga Eneko Atxa, el cocinero de Azurmendi, en Larrabetzu, que tiene allí tres estrellas Michelin y varios restaurantes más repartidos por el mundo. El local abrió con el nombre de NKO y una carta que cruzaba la cocina vasca con la japonesa, con platos como los nigiris de ostra, la tempura de langostinos o la parpatana de atún rojo. Después cambió de orientación y hoy se llama Eneko Basque Bilbao, con una cocina vasca contemporánea, y comparte azotea con el bar de cócteles del hotel.

El propio director reconocía a los pocos meses de abrir que el restaurante iba por delante del hotel. Mientras las habitaciones se llenaban «al ralentí», decía, Atxa llenaba «desde el primer día», en comidas y en cenas y los siete días de la semana. No es raro, con ese nombre en la puerta y una terraza sobre la mismísima Gran Vía.

Cómo verlo sin dormir en él

El hotel está en el número 4 de la Gran Vía, pegado a la plaza Circular, con la estación de Abando y la boca del metro a un minuto. Lo primero es verlo desde la acera de enfrente, que es desde donde se aprecia el orden de la fachada: el zócalo gris, las columnas y los dos pisos del remate. Y luego conviene acercarse a la esquina con Berástegui y mirar hacia arriba, hasta dar con la Minerva de bronce.

Para entrar no hace falta reservar habitación. La manera más sencilla es subir a la azotea, a tomar algo en el bar o a comer en el restaurante de Atxa, para el que conviene reservar. La otra vía son las jornadas de puertas abiertas: Open Bilbao lo incluyó en varias ediciones, incluida 2025, que fue como lo visité yo.

Quien quiera completar el paseo lo tiene fácil, porque está en la mejor calle de Bilbao para mirar bancos. Unos portales más allá está la antigua sede del Banco de Bilbao, que también corona su esquina con una escultura, y enfrente la torre que fue del Banco de Vizcaya. Son edificios que se hicieron para durar y para imponer, y que hoy son oficinas, tiendas u hoteles. El del número 4 ha sido banco, sede de una empresa de informática y hotel de lujo sin que su fachada haya cambiado. Dentro ha cambiado todo, varias veces.