
La Sinsorga de Bilbao
La tienda de novias de Bilbao que se convirtió en centro cultural feminista
En el número 9 de la calle Askao, en el Casco Viejo, hubo durante años una de esas tiendas de novias de las de antes, con sus lámparas de araña, sus molduras y sus vestidos blancos en el escaparate. Las lámparas siguen ahí. Lo que ha cambiado es todo lo demás: desde junio de 2023 el edificio es La Sinsorga, un centro cultural feminista con taberna en la planta baja, tienda en la primera y una agenda que no para.
Es difícil imaginar un cambio de inquilino con más intención, y sus fundadoras no lo disimulan. Pero más allá del guiño, La Sinsorga es hoy uno de los sitios con más movimiento del Casco Viejo y, de paso, la manera de entrar en un edificio pequeño y curioso que tiene más de un siglo de oficios a la espalda.
Un edificio camaleón en la calle Askao¶
Askao es una calle corta, a un paso de la Plaza Nueva, y el número 9 es fácil de reconocer. Es un edificio pequeño, de cuatro alturas, rematado arriba por un hastial en semicírculo que le da un aire casi de casa de muñecas. Se levantó en 1909, obra del maestro de obras Manuel Camarón, sobre un solar tan pequeño que hubo que aprovechar hasta el último palmo. Por detrás guarda una sorpresa: un patio que da a los jardines y huertos de los vecinos, en pleno Casco Viejo.
Nació como pabellón industrial, un almacén ligado al tráfico del puerto, y desde entonces no ha dejado de cambiar de piel. Fue tienda de maletas y después, durante años, la boutique de Novias Mary y Laura Batán, con el taller de costura en las plantas altas. Alguien lo ha descrito como un camaleón que se ha ido adaptando a los cambios sin perder su esencia, y es una buena definición.
Cuando las actuales inquilinas se quedaron con él, la coincidencia les pareció demasiado buena para dejarla pasar. «Nos parecía interesante resignificar un espacio tan relacionado con el mito del amor romántico y la novia blanca y radiante que tanto hemos criticado», explicaban. De ahí que no arrancaran la decoración heredada: las arañas de cristal y los adornos rococó del salón nupcial siguen en su sitio, ahora bajo un neón rosa.
Qué es una sinsorga¶
La palabra es de aquí, del castellano que se habla en Bizkaia, y cualquiera que haya crecido en Bilbao la ha oído en casa. Una sinsorga es una persona insustancial, poco formal, de la que no te puedes fiar mucho, y se ha dicho sobre todo de las mujeres y de las niñas. «A muchas niñas, desde pequeñas, se les llamaba sinsorgas si no se portaban bien», recordaban las fundadoras. Ponerle ese nombre a un centro feminista es darle la vuelta al insulto.
Las fundadoras son dos periodistas con muchos años de militancia feminista, Andrea Momoitio, una de las creadoras de la revista Pikara Magazine, e Irantzu Varela. Cuentan que el nombre casi se eligió solo, porque sinsorgas es lo que les iban a llamar en cuanto dijeran que habían alquilado un edificio centenario de cuatro plantas en el Casco Viejo. Antes de lanzarse reunieron a arquitectas, hosteleras y amigas con la esperanza, dicen, de que alguien las disuadiera. Nadie lo hizo.
Lo que querían era muy concreto: «el sitio al que a todas nos gustaría ir». Un lugar al que se pueda entrar sin haber quedado con nadie y encontrarse siempre caras conocidas, y que funcionara, en sus propias palabras, como «un refugio para todas las bolleras, feministas y gente fuera de la norma». Para pagarlo recurrieron a las socias, las sinsorgas, que adelantaron sus cuotas: fueron cerca de trescientas.
Una obra que quiso hacerse solo con mujeres¶
La reforma iba a durar unos meses y duró año y medio. Parte de la culpa fue de lo que pasa en todas las obras, los azulejos que llegan equivocados, las exigencias contra incendios. La otra parte fue una decisión de partida: que todas las personas que trabajaran en ella, del primer gremio al último, fueran mujeres.
No se pudo cumplir del todo, y lo interesante es por qué. Encontraron una fontanera, una electricista, una carpintera y un par de operarias que hacían de todo, varias de ellas acostumbradas a montar exposiciones en el Guggenheim o decorados de cine. Pero la mayoría de las mujeres del oficio a las que llamaron ya lo habían dejado, cansadas de una carrera llena de obstáculos, y para algunas partidas no hubo manera. La idea le venía a Andrea Momoitio de una amiga mecánica que no encontraba talleres donde hacer las prácticas ni clientes que se fiaran de ella.
Todo ese proceso está contado en un documental, Llámame Sinsorga, dirigido por Marta Gómez y Paula Iglesias, que pasó por el festival de Varsovia y por Zinebi y se estrenó en cines en noviembre de 2025. Es una película con bastante humor, que alterna las conversaciones de las dos fundadoras con imágenes de una maqueta del edificio que se va desmontando como una casa de muñecas. Quien quiera entender el lugar antes de ir tiene ahí una buena introducción.
Cuatro plantas con nombre propio¶
El edificio es pequeño y vertical, y La Sinsorga lo ha organizado como una casa en la que cada piso tiene su carácter y hasta su nombre. Abajo está el garito, que es el bar: la barra, las mesas, el neón rosa en la pared del fondo y, colgando del techo, las lámparas de araña de la tienda de novias. Es la parte que conoce todo el que pasa por la calle, y la que hace de puerta de entrada a lo demás.
En la primera planta está la denda, la tienda, que comparte sitio con una zona de sofás para tomar café con calma. Se venden prendas de marcas pequeñas, feministas y sostenibles, libros, cerámica y objetos de artistas y colectivos cercanos al proyecto. Más arriba está la que llaman planta de las flores, que es la sala donde ocurre casi toda la programación, y en lo alto la ganbara, el desván, reservado a las socias.
De la etapa anterior no solo quedan las lámparas. Cuando llegó el momento de decorar, cinco creadoras reinterpretaron varios de los vestidos de novia que se habían quedado en la tienda y los convirtieron en piezas que forman parte del lugar. Es un detalle que resume bien el tono de la casa: no se ha borrado lo que hubo, se le ha dado otro sentido.
Comer, comprar y quedarse a ver qué pasa¶
La cocina es vegetariana y vegana, y no la llevan ellas: la sirve Sustraiak, una cooperativa de mujeres de Santutxu que trabaja con producto local y agroecológico. Como el local es pequeño y no admitía una cocina industrial, la carta es corta y sencilla, pensada para resolver lo mismo un desayuno que una comida o un picoteo: quiches de verduras, coca de masa madre, cremas, lasañas, ensaladas y untables de berenjena, pimiento o remolacha, además de un menú del día. No es lo que uno espera encontrar en el Casco Viejo, y esa es justamente la idea.
Lo que distingue a La Sinsorga de un bar con buena carta es lo que ocurre alrededor. La agenda mezcla presentaciones de libros, monólogos, bertsos, conciertos pequeños y cabaret con talleres de lo más variado, desde autodefensa hasta mecánica y electricidad, pasando por uno «para no hablar como un machirulo». También organizan rutas por la ciudad, como la que cuenta por qué las trabajadoras sexuales de Bilbao se pusieron en huelga en 1977, un episodio que casi nadie recuerda.
El barrio se lo ha reconocido. En 2024 la asociación Bilbao Historiko dio a sus fundadoras uno de sus premios del 8 de marzo, que distinguen a mujeres por su trabajo en los barrios más antiguos de la villa. Eso no quita que el proyecto sea frágil, y ellas lo dicen sin rodeos: el alquiler es caro, hay muchos sueldos que pagar y ha habido meses en que pensaron en cerrar. «Las barras de bar quitan mucho las vergüenzas», dice Momoitio para explicar por qué cree que hacía falta un sitio así. Lo cierto es que tres años después sigue abierto y con la agenda llena.
Cómo ir y qué conviene saber¶
La Sinsorga está en el número 9 de la calle Askao, entre la Plaza Nueva y la plaza de Unamuno, a dos minutos de la estación de metro de Casco Viejo. Abre desde primera hora de la mañana, para los desayunos, hasta la noche, y los fines de semana cierra más tarde. Los horarios y la agenda cambian, así que lo sensato es mirar su web antes de ir, sobre todo si se quiere coincidir con una actividad, porque muchas tienen aforo corto y algunas son de pago.
Para quien solo quiera conocer el edificio, basta con entrar a tomar algo. Desde la planta baja se ven las lámparas, las molduras y el neón, y subiendo a la tienda se aprecia bien lo estrecho y vertical que es el solar. Las plantas de arriba dependen de lo que haya programado, y la ganbara es solo para socias. Hacerse sinsorga, que es como llaman a las socias, es además la forma de sostener el proyecto.
Una última cosa. La Sinsorga se define como un espacio feminista y no lo esconde, y en su presentación dejó dicho quién no es bienvenido: «Esta es nuestra casa, y no queremos tránsfobos, machistas, fascistas ni homófobos». Quien entre con respeto encontrará un bar con mucha vida en un edificio con historia. Y quien se quede un rato entenderá por qué a una tienda de novias le ha sentado tan bien cambiar de oficio.