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El azulito, el mítico microbús de Bilbao, aparcado en la plaza de las Mujeres con la torre de Bailén al fondo

Bilbao

En el Azulito por las siete estaciones de Bilbao

Un paseo en autobús retro por las siete estaciones de tren que tuvo Bilbao

El 12 de octubre de 2025, a las diez de la mañana, me subí a un autobús que llevaba más de treinta y cinco años retirado del servicio. Era un azulito, uno de aquellos microbuses que recorrieron Bilbao desde los años sesenta hasta finales de los ochenta, y el viaje formaba parte de las Jornadas Europeas del Patrimonio. Lo organizaba la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Bilbao, que es quien conserva el vehículo.

El recorrido tenía argumento: pasar por los lugares donde estuvieron las siete estaciones terminales de tren que Bilbao llegó a tener a lo largo de su historia. Algunas siguen en uso, otras son hoy un museo o una boca de metro, y de alguna no queda ni el edificio. Dura más o menos una hora, casi todo se ve desde la ventanilla y buena parte de la gracia está en ir, precisamente, dentro de ese autobús.

El microbús que paraba como un taxi

Los azulitos empezaron a circular el 4 de diciembre de 1963 y lo hicieron hasta mediados de 1989, más de veinticinco años. Los ponía en la calle Transportes Colectivos, la compañía que llevaba los autobuses urbanos, y la idea venía de lejos: quien los ideó se había fijado en los taxis colectivos de Estambul y quiso traer a Bilbao algo parecido, con vehículos Mercedes pequeños y ágiles. El color hizo el resto, y con azulitos se quedaron.

No eran un autobús corriente. Tenían su recorrido fijo, pero paraban a demanda, donde el viajero lo pedía, igual que un taxi, y estaba prohibido ir de pie: si no quedaban asientos, no se subía. El billete costaba algo más que el del autobús normal, y todo eso junto los convirtió en el transporte preferido de las clases medias y altas de la ciudad. Era, por decirlo así, la manera elegante de ir en autobús.

Dejaron además una marca que pocos recuerdan. En 1970 se pusieron al volante de los azulitos siete mujeres de entre 22 y 25 años, las primeras conductoras de autobuses urbanos de toda España. El servicio se retiró en 1989 porque había dejado de ser rentable, pero no se fue de la memoria: en 2023, al cumplirse sesenta años de su estreno, se organizó un homenaje a más de cien antiguos chóferes y hasta se ha publicado un libro con fotos y recuerdos de quienes viajaron en ellos.

El coche de la línea F

De todos aquellos microbuses queda uno, y es el del viaje. Es un Mercedes de 1972 que pasó dieciséis años en la calle, hasta 1988, y siempre en la misma línea, la F, que unía Uribarri con Indautxu y la Escuela de Ingenieros. Cuando me apunté habría jurado que la F era la que yo recordaba pasando por Uribarri, y no me fallaba la memoria.

Lo conserva la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Bilbao, a la que Transportes Colectivos se lo donó en 1994, cinco años después de retirar el servicio. La asociación lo mantiene en orden de marcha, que es lo difícil, y lo saca de vez en cuando: en ferias de vehículos clásicos, en la Semana de la Movilidad, en alguna boda y en algún rodaje. El resto del tiempo está guardado en un museo dedicado a la marca.

Hay un detalle que condiciona estos viajes y que explica cómo fue el nuestro. El azulito ya no tiene permiso para detenerse en las paradas de autobús, así que parar por el camino es complicado. La visita se hace, por tanto, sin bajarse: el autobús va pasando por delante de cada sitio y las explicaciones se dan a bordo. Solo hubo una excepción, casi al final, en la estación de Abando.

Siete estaciones para una sola ciudad

Que una ciudad del tamaño de Bilbao llegara a tener siete estaciones terminales parece un disparate, y tiene una explicación sencilla. Aquí el ferrocarril no lo hizo un único plan sino un puñado de compañías privadas, cada una con su línea, su destino y su dinero. Entre 1863 y 1904 llegaron, una detrás de otra, la de Tudela, la de Durango, la de Las Arenas, la de Portugalete, la de Lezama y la de Santander, y cada cual plantó su estación donde pudo o donde le convino, sin preocuparse de enlazar con las demás.

El resultado fue una ciudad rodeada de finales de vía. Tres quedaron en la margen izquierda, casi tocándose, en torno al puente del Arenal. Las otras cuatro, en la derecha, entre Atxuri y el Ayuntamiento. El viaje del azulito las recorre en ese orden: sale de La Naja, va a Atxuri, sigue hasta San Nicolás y Calzadas, pasa por el Ayuntamiento y termina en Abando antes de volver al punto de partida.

Vistas así, de seguido y en una hora, se entiende bien lo que ha pasado después. Durante un siglo largo, el trabajo ha consistido en deshacer aquel lío: en juntar líneas, cerrar terminales y llevar los trenes bajo tierra. De las siete, hoy solo dos siguen recibiendo trenes como estaciones de cabecera.

La Concordia y La Naja, dos estaciones en el punto de salida

La cita era en el número 1 de la calle Bailén, frente a la estación de La Concordia, y el autobús arrancó de la plaza de las Mujeres, al final del puente del Arenal. Es un buen sitio para empezar porque allí mismo, sin moverse, ya hay dos de las siete.

La primera es La Concordia, la más vistosa de todas. Fue la cabecera del ferrocarril de Santander y se inauguró en 1902, con el ingeniero Valentín Gorbeña detrás del proyecto y el arquitecto Severino Achúcarro al cargo de la fachada, esa pantalla modernista de hierro, vidrio y cerámica que mira al Arenal. El nombre viene de un pabellón que hubo en la zona, en el que a mediados del siglo XIX se reunieron los inversores del primer ferrocarril y salieron, por lo visto, de acuerdo. Sigue en servicio: de aquí parten los trenes de vía estrecha hacia Balmaseda, Santander y León.

La segunda no se ve, porque está debajo. La plaza de las Mujeres es en realidad la cubierta de la estación de La Naja, la del tren de Portugalete, que proyectó Pablo de Alzola y se abrió en 1888. Por ella entraron en Bilbao durante un siglo los trabajadores de la margen izquierda, hasta que en 1999 los trenes se desviaron y la estación se cerró. Ahí sigue, a ras de ría y con las verjas echadas.

Atxuri, la estación de los trenes a Gipuzkoa

La siguiente es Atxuri, río arriba, pasado la iglesia de San Antón. Aquí puso su término en 1882 el Ferrocarril Central de Vizcaya, que iba a Durango y que con los años, ya dentro de los Ferrocarriles Vascongados, acabó llegando hasta San Sebastián. Fue durante generaciones la estación de la que se salía hacia el Duranguesado, hacia Gernika y Bermeo y hacia Gipuzkoa.

El edificio que se ve hoy no es el primero. Lo levantó hacia 1912 Manuel María Smith, el mismo arquitecto del hotel Carlton, para sustituir a una estación anterior que se había quedado pequeña, y lo hizo en el estilo neovasco que estaba entonces de moda, con una torre que lo hace inconfundible. Como La Concordia, recuerda que a principios del siglo XX una estación de tren era también un asunto de imagen.

Los trenes dejaron de llegar en septiembre de 2019, después de 137 años, cuando las líneas se desviaron hacia la nueva estación del Casco Viejo. El edificio sigue siendo la sede de Euskotren y delante tiene su final el tranvía, pero los andenes se quedaron vacíos. En 2022 se anunció que acogerá una sede del Museo Vasco del Ferrocarril, lo que tendría bastante lógica.

La Aduana, junto a San Nicolás

De Atxuri el recorrido pasa a San Nicolás, a la plazuela que queda junto a la iglesia, al borde del Arenal. Ahí estuvo la estación de la Aduana, que se llamaba así porque ocupó las instalaciones de la antigua aduana de la villa. Se inauguró el 1 de julio de 1904 como nueva cabecera del tren de Las Arenas y Plentzia, y el encargado de adaptar el viejo edificio fue otra vez Severino Achúcarro.

Su razón de ser era la cercanía. El tren de Las Arenas tenía hasta entonces su final en un sitio apartado, y la compañía quiso meterlo en el corazón del Casco Viejo. Para conseguirlo hubo que perforar más de un kilómetro de túnel desde Matiko. La apuesta salió bien: en cinco años la línea pasó de unos 850.000 viajeros a millón y medio. También tuvo sus sustos, porque el túnel se inundó al menos dos veces, en 1906 y en 1945.

Es la única de las siete que, en cierto modo, ha vuelto a nacer. Por aquellos andenes pasó después el tren de Lezama, del que salió el último servicio en 2015, y en el mismo lugar se construyó la estación actual de Zazpikaleak/Casco Viejo, donde hoy se cruzan las líneas de metro y los trenes de Euskotren. Quien baja allí al metro está bajando, sin saberlo, a la vieja Aduana.

Calzadas y el tren de Lezama

A dos pasos de la Aduana, al pie de las Calzadas de Mallona, estuvo la estación del ferrocarril de Lezama. Se estrenó el 30 de marzo de 1895 y nació con mala estrella, porque la línea ya había tenido su tragedia antes de llegar a Bilbao: en julio de 1894 un tren se quedó sin frenos bajando del monte Artxanda y descarriló cerca de Zurbarán, con trece muertos. Años después, tras otro accidente, el trazado se rehízo con un túnel bajo el monte.

El de Lezama tenía una especialidad poco alegre. Pasaba por Derio, donde Bilbao había abierto su cementerio, a unos ocho kilómetros de la villa, y la compañía vio el negocio de llevar hasta allí los entierros. En 1908 la estación de Calzadas estrenó incluso una capilla para ese servicio. De ahí le viene el apodo con el que ha pasado a la historia, el tren de los muertos.

La estación cerró en septiembre de 1996, cuando un túnel nuevo llevó la línea hasta los andenes de la Aduana. El edificio se salvó y hoy es el Museo Arqueológico de Bizkaia, de modo que sigue recibiendo gente a diario, aunque ya nadie vaya allí a coger un tren.

San Agustín, detrás del Ayuntamiento

El autobús sigue hasta el Ayuntamiento, y aquí la explicación pide un poco de imaginación, porque de esta estación no hay edificio que enseñar. Es la de San Agustín, la cabecera original del ferrocarril de Bilbao a Las Arenas, que se inauguró el 1 de julio de 1887. Estaba en los terrenos del antiguo convento de San Agustín, a espaldas de donde hoy se levanta la casa consistorial.

La fecha tiene su gracia. Cuando llegó el tren, el Ayuntamiento todavía no existía: el edificio de Joaquín Rucoba se inauguró cinco años más tarde, sobre el solar del mismo convento. Aquello era entonces el extremo de la villa, una zona poco céntrica, y esa fue la razón de que la compañía acabara buscando un final de línea mejor situado.

Lo encontró, como ya se ha visto, en la Aduana. Desde 1904 los viajeros dejaron de usar San Agustín y la estación quedó para las mercancías. Es, de las siete, la que menos duró como terminal de pasajeros, apenas diecisiete años, y la que menos rastro ha dejado.

Abando, la única parada

La última estación del recorrido es la primera de la historia. Abando fue el término del ferrocarril de Tudela a Bilbao, la línea que conectó la villa con la meseta, y se abrió el 1 de marzo de 1863, cuando Abando ni siquiera era Bilbao sino un municipio vecino. El trazado lo dirigió el ingeniero Charles Vignoles, y de él le vino a la primera estación un marcado aire inglés.

Fue también el único sitio donde el azulito pudo detenerse, y bajamos a verla por dentro. El edificio actual no es aquel de 1863 sino el que lo sustituyó en 1948, de hormigón, granito y piedra, con una monumentalidad muy de su época. Lo que todo el mundo recuerda es la vidriera que preside la nave de los andenes: quince metros de ancho por diez de alto y 301 piezas, realizada por Jesús Arrechubieta sobre dibujos de Miguel Pastor Veiga, con escenas del trabajo y de los paisajes de Bizkaia y la basílica de Begoña entre ellos.

Abando es, además, la estación que ha ido quedándose con casi todo. A ella se desviaron en 1999 los trenes que antes morían en La Naja, y en ella está previsto que termine el tren de alta velocidad cuando llegue a Bilbao. De las siete cabeceras que tuvo la ciudad, es la que ha acabado haciendo de estación central, que era justo lo que nunca hubo.

Un autobús que hace girar cabezas

De Abando el azulito vuelve a la plaza de las Mujeres, y ahí se acaba el viaje. Pero hay una parte de la experiencia que no tiene que ver con las estaciones y que es, seguramente, la más divertida: lo que pasa en la acera. El autobús atrae todas las miradas. Los peatones se paran a verlo pasar y sacan el móvil para hacerle fotos, y desde dentro se asiste al espectáculo en cada semáforo.

Para repetir la experiencia hay que estar atento, porque no es un servicio regular. La Asociación de Amigos del Ferrocarril de Bilbao anuncia las salidas en su web y en sus redes, y suele sacarlo en fechas señaladas, como las Jornadas Europeas del Patrimonio, que en Bizkaia se celebran cada octubre. Las plazas son pocas, las que caben sentadas en un microbús, así que hay que inscribirse antes y funciona una lista de espera. Si no se puede ir, lo correcto es avisar para que la plaza pase a otro.

El resto es sencillo. La cita fue en la calle Bailén, frente a La Concordia, diez minutos antes de la salida, y la vuelta completa dura alrededor de una hora. Es poco tiempo para siete estaciones y siglo y medio de trenes, pero suficiente para mirar con otros ojos sitios por los que se pasa a diario. Y para comprobar que en un azulito, más de treinta años después, sigue sin poder irse de pie.