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Panorámica del puente de San Antón desde la ribera de Atxuri, con la iglesia de San Antón a la derecha y Bilbao la Vieja a la izquierda

Bilbao

El puente de San Antón de Bilbao

El puente más antiguo de Bilbao y el de su escudo

Todo bilbaíno ha visto mil veces el puente de San Antón sin necesidad de pasar por Atxuri. Está en el escudo de la villa, con la iglesia y los dos lobos, y de ahí ha saltado al del Athletic y a media ciudad. Es, con mucha diferencia, la imagen más repetida de Bilbao.

Lo que casi nadie sabe es que el puente del escudo no es el que cruzamos hoy. El de verdad, el medieval, estaba al otro lado de la iglesia, aguantó cinco siglos de riadas y lo derribamos nosotros mismos en 1882. El actual es su segundo sustituto y todavía no ha cumplido los noventa años. La historia de cómo se pasó de uno a otro es, en pequeño, la historia entera de la villa.

El único paso sobre la ría

Bilbao existe porque aquí se podía cruzar. Este es el punto donde la ría se estrecha y deja de ser cómoda para los barcos grandes, y por eso mismo donde resultaba posible tender un puente. Se da por hecho que ya había uno antes de la fundación de la villa en 1300, y los documentos del siglo XIV hablan de una obra sólida, de piedra. Durante cientos de años fue el único en muchos kilómetros, y todo lo que iba de Castilla al mar, o del mar a Castilla, tenía que pasar por él: la lana, el hierro, el vino y los arrieros.

Un puente así era también una aduana. En 1335 el señor de Vizcaya autorizó a cobrar dos dineros por cada acémila mayor y uno por las menores para pagar sus reparaciones, y las ordenanzas municipales de 1622 lo regulan con un detalle que hoy hace sonreír. Tenía una cadena que se echaba de noche y se abría a las cuatro de la mañana en verano y a las seis en invierno. Dos vecinos hacían guardia cada día y apuntaban en un libro lo que entraba. Las panaderas tenían prohibido salir a esperar a los arrieros al puente, para evitar la especulación, y otro capítulo lo dejaba bien claro: «Que no anden carros por la Puente».

También tuvo usos menos amables. En las guerras de bandos del siglo XV era el lugar de los empozamientos, la forma de ejecución que consistía en tirar al reo a la ría con las manos atadas y un peso al cuello. El cronista Lope García de Salazar anota, sin inmutarse, que en 1450 a un falsificador «enpozáronlo so la puente de Vilvao».

Un puente, una iglesia y dos lobos

Que Bilbao eligiera un puente como emblema dice mucho de cómo se veía a sí misma. Ya en 1356 el sello del concejo llevaba, según un documento antiguo, «figura de Puente, de un Castillo, e un Lobo». El castillo era el alcázar que guardaba el paso. Cuando se derribó, en el mismo solar se levantó la iglesia de San Antón, donde se cantó la primera misa en 1433, y la iglesia ocupó su sitio también en el escudo. Los lobos son los de la casa de Haro, la familia del fundador.

Desde entonces el dibujo ha cambiado muy poco: el puente, la iglesia, la ría y los lobos. Lo único que varía de una época a otra es el número de arcos, dos o tres, porque los escudos fueron siguiendo las reformas del puente real. El cronista Esteban de Garibay dejó escrito que Bilbao apreciaba tanto su puente «que le trae por devisa e insignia principal en su escudo de armas», y así ha seguido. El Athletic lo lleva en el suyo, y también la Sociedad Bilbaina y la Coral.

Hay quien ha leído en esa imagen algo más que un paisaje: la fortaleza, la ría que da la riqueza y también las inundaciones, y el puente como símbolo de la tozudez de volver a levantarlo cada vez que el agua se lo llevaba. Viendo la lista de riadas, la interpretación no parece forzada.

Cinco siglos de riadas y un derribo

El puente viejo arrancaba pegado a la iglesia, pero por el lado contrario al de ahora: aguas abajo, hacia donde hoy está el mercado de la Ribera. Era estrecho, de poco más de cinco metros de ancho, y tan empinado que subía y bajaba con pendientes de más del veinte por ciento, como un lomo de asno. Tenía dos grandes arcos de medio punto, de unos 31 y 28 metros de luz, y desde 1667 un tercero pequeño, de ocho, que se abrió en la orilla de Bilbao la Vieja.

Porque el agua fue su enemigo de siempre. Las crónicas cuentan que las inundaciones lo destruyeron por completo en 1380, en 1418 y en 1450, y que lo dañaron seriamente otras cuatro veces, la última en el aguaducho de 1593, que se llevó un arco y las casas vecinas. Cada vez se reconstruyó, y cada vez un poco mejor, hasta el punto de que las riadas de 1737, 1801 y 1814 ya solo le hicieron rasguños. Lo que no pudo la ría lo acabó pudiendo el progreso.

En la segunda mitad del siglo XIX aquel puente ya no servía para una ciudad con carruajes. El informe municipal de 1870 era tajante: por sus «enormes pendientes», su estrechez y su mal empedrado, «sólo lo usan los peatones». Se construyó uno nuevo al otro lado de la iglesia, y en 1882 el Ayuntamiento ordenó demoler el viejo. La decisión se discutió durante años, con el escritor Juan E. Delmas lamentando que Bilbao se quedaba sin «monumento alguno próximo a la época de su fundación», y además acabó en tragedia: durante el desmontaje el arco mayor se vino abajo y murieron cinco obreros.

Del puente del escudo queda muy poco. Sus piedras se aprovecharon para los muelles de la Merced y de Marzana, y dos de las seis bolas de piedra que adornaban sus pretiles se guardan en el Museo Vasco. En 2008, unas obras de saneamiento en Urazurrutia sacaron a la luz las dovelas del arco pequeño, que siguen ahí, bajo el asfalto, aunque la zanja volvió a taparse.

El puente nuevo, la dinamita y el puente de ahora

El sustituto lo proyectó el ingeniero municipal Ernesto de Hoffmeyer. Las obras empezaron en 1871, se alargaron por culpa de la guerra carlista y el sitio de Bilbao, y el puente se inauguró el día de Navidad de 1877, con Pablo de Alzola como alcalde. Se le llamó «puente nuevo de San Antón», y durante cinco años convivieron los dos, uno a cada lado de la iglesia: el viejo, empinado y solo para caminar, y el nuevo, llano y pensado para los carros.

Aquel puente nuevo duró sesenta años. En la madrugada del 18 al 19 de junio de 1937, con las tropas de Franco a las puertas, el ejército republicano en retirada dinamitó todos los puentes de la ría para frenar la entrada en la villa, y el de San Antón fue uno de ellos. Bilbao amaneció partida en dos, sin un solo paso entre sus orillas.

El nuevo Ayuntamiento los reconstruyó a toda prisa, y el de San Antón que cruzamos hoy es de 1938. Es un puente de dos arcos, sobrio, más ancho y más cómodo que cualquiera de sus antecesores, y tiene una pequeña particularidad: mientras a los demás se les cambió el nombre por otros del gusto del régimen, este conservó el suyo. A un puente con santo no había nada que objetarle.

Qué mirar desde el puente y alrededor

El puente de San Antón une el Casco Viejo con Bilbao la Vieja a la altura de Atxuri, y se llega andando en diez minutos desde cualquier punto de las Siete Calles, siguiendo la Ribera río arriba hasta dejar atrás el mercado. No es un monumento que se visite, es un puente que se cruza, pero conviene cruzarlo despacio y sabiendo qué se está mirando.

Lo primero es la iglesia de San Antón, que queda pegada al estribo y es la otra mitad del escudo. Está levantada donde estuvo el alcázar, y por eso asoma sobre la ría como una fortaleza. Lo segundo es hacer el ejercicio de imaginar el puente viejo: hay que mirar aguas abajo, al otro costado de la iglesia, hacia la plaza que se abre junto al mercado de la Ribera. De ahí salía, y enfrente, en Urazurrutia, descansa enterrado su último arco. Entre la iglesia y el mercado estuvieron durante siglos la casa consistorial y la Plaza Vieja, de modo que este rincón, que hoy parece un extremo del Casco Viejo, fue el centro de todo.

Para la foto, la del escudo, lo mejor es alejarse un poco. Desde el puente de la Ribera, el siguiente río abajo, se ven juntos la iglesia, el puente y el agua, casi en el mismo orden en que los dibujaron en 1356. Y si se cruza a Bilbao la Vieja y se baja por el muelle de Marzana, se camina, sin saberlo, sobre las piedras del puente que sale en todos los escudos y que ya no está en ninguna parte.